La mascarada del carnicero (Carl el Mazmorrero 5) Capítulo 46 #2
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Capítulo 46 #2

Dejamos de estar paralizados y las garras me aferraron en menos de un segundo.

Una alrededor de la pierna y la otra del pecho.

Unas alas cuarteadas empezaron a batir en el cielo nocturno.

Las garras se me clavaban y tiraban de mí al mismo tiempo, como si intentaran partirme como un palito de mozzarella caliente.

La criatura olía a muerte y a vísceras. Yo seguía bocarriba y veía la parte inferior de su cuerpo.

Grité mientras mi salud se reducía hasta quedar en rojo.

Estaba a punto de partirme por la mitad.

D ÓNUT : ¡CARL! ¡CARL!

Un proyectil mágico impactó en el ala del monstruo mientras sobrevolaba los árboles. La criatura aulló de rabia.

En ese instante, me lancé un conjuro Sanar y saqué la poción de pringue sagrado en la mano que me quedaba libre.

Rompí esa especie de agua sagrada pringosa contra la garra que me aferraba el pecho, momento en el que esta empezó a sisear.

Sierra volvió a graznar, con tono agudo y ensordecedor.

Tenía la esperanza de que me soltase, pero se limitó a apretar con más fuerza.

C ARL : ¡Luz!

Saqué la segunda y última pelota justo cuando el sol que era el conjuro ascendía hasta donde me encontraba. Dónut había escalado uno de los árboles y asomaba la cabeza entre el dosel arbóreo, como una maga en lo alto de la montaña mientras la tiara le relucía a la luz del conjuro.

Intenté lanzar la poción contra el pecho del dinosaurio, pero la criatura se movió a causa de la luz y la poción le estalló contra la cabeza, lo que tampoco estuvo mal. Lo que sí que estuvo mal fue que me lanzó por los aires como si fuese un mero muñeco de trapo.

—¡Arg! —grité. Empecé a agitar los brazos inútilmente mientras volaba hacia el cielo, que ahora brillaba a causa del conjuro.

La criatura aterrizó bocarriba sobre los árboles, atrapada como si hubiese quedado enredada en una tela de araña.

Yo seguí girando, me quedé un segundo flotando en el sitio y luego empecé a caer como si fuese un saco de piedras.

Me bebí la última poción de cuasichof mientras me abalanzaba hacia la silueta llameante del jefe, que seguía vivo y estremeciéndose entre llamas sobre los árboles.

Dónut estaba cerca, a unos pocos troncos de distancia, y gritó algo cuando aparecieron unos Mongo mecánicos que saltaron sobre las copas de los árboles en dirección a la criatura.

Uno cayó al bosque desde decenas de metros de altura cuando se rompió una de las ramas que acababa de pisar.

Yo seguí cayendo, de camino a impactar al jefe en mitad del pecho. Se suponía que la poción de cuasichof iba a salvarme la vida, pero la salud estaba a punto de bajarme hasta el 5 %. El problema era que, como el dinosaurio no estaba en el suelo, no tenía ni idea de si el efecto iba a funcionar.

Cerré el puño derecho y apareció el guantelete justo antes de chocar contra el dinosaurio vampírico que seguía gritando a pesar de tener la cabeza cubierta de llamas. Lo golpeé justo en medio de las dos garras, como si fuese Superman rompiendo una pared.

Lo atravesé como si estuviese hecho de papel y seguí cayendo, rebotando y chocando con ramas y hojas.

Mierda. Mierda. Mierda. ¡Pum! Sentí el crujir de la caja torácica y las piernas al romperse cuando di de lleno contra el suelo lleno de barro.

Empecé a sangrar justo antes de volver a lanzar el conjuro Sanar.

A mi izquierda, un árbol explotó entre crujidos y chasquidos cuando esa cosa gigantesca caía entre las ramas y se abría paso a través de las hojas.

«Va a aterrizar sobre mí». Pero el cuerpo se detuvo de improviso, flotando a unos seis metros de altura y con las alas extendidas como si fuese una marioneta.

La parada repentina no detuvo la inercia de las entrañas del monstruo, que rezumaron del agujero que yo le había abierto antes con el puño.

Unas vísceras frías y parecidas a anguilas me cayeron en la cara poco después.

Y siguieron cayendo y cayendo, como uno de esos lazos infinitos que salían del sombrero de un mago.

Empecé a escupir y a tener arcadas mientras mi cuerpo se sanaba gracias al conjuro.

Conseguí librarme de toda la sangre y ver a la criatura, que había quedado empalada entre dos árboles mientras su cabeza ardía y no dejaba de aullar. De la parte inferior de su cuerpo caían los restos de entrañas malolientes.

«Pero ¿por qué no te mueres?». Le vi la barra de salud y estaba en rojo, pero se resistía a vaciarse.

El orbe de luz de Dónut descendió sobre la criatura e hizo que las llamas de su cabeza ardiesen más calientes y con más intensidad.

Las entrañas que me cubrían empezaron a sisear como una ristra de salchichas en una sartén.

Mongo se me acercó graznando mientras el último de los dinosaurios mecánicos saltaba desde las alturas y aterrizaba en el hombro del monstruo.

Vi algo en el suelo: el corazón que no había dejado de latir y estaba a unos pocos metros de mí, como un motor del tamaño de una pelota de fútbol. Lo oía latiendo al ritmo de la música.

Recordé la advertencia del libro de cocina, la que decía que nuestra versión de los vampiros quizá no era la misma a la que nos íbamos a enfrentar en la mazmorra.

Aun así, agarré una rama gruesa y afilada llena de sangre y mojada de lluvia.

Me acerqué al corazón y lo atravesé con la madera, lo que se me antojó como intentar apuñalar a un pavo crudo.

El puñetero monstruo explotó en ese momento y nos cayó encima más sangre aún.

El mapa de barrio quedó a mis pies, y el resto de la criatura se desperdigó entre los troncos de los árboles destrozados a mi alrededor, como una cascada de basura húmeda.

¡Ganador!

La música se detuvo de repente, como siempre. No me moví y dejé que la lluvia me limpiase todo lo posible. Cayó otro árbol, pero en dirección opuesta a donde nos encontrábamos. Mongo gruñó y se inclinó para empezar a mordisquear los restos.

—Ni se te ocurra.

El vampirismo era contagioso y, de no haber estado protegido por la chaqueta, era muy probable que me hubiese infectado.

Hubiese «muerto» para despertar con un hambre insaciable.

No sabía si comerse el cadáver de un vampiro podía llegar a contagiarte, pero el hecho de que la mitad de los dinosaurios del bosque fuesen muertos vivientes a estas alturas me hacía pensar que sí.

Dónut saltó de la rama mientras reducía la intensidad de la luz del conjuro.

—¡Tremendo puñetazo en la polla le has dado a ese pterodáctilo vampiro! —gritó—. ¡Le has hecho un agujero!

Gruñí mientras me apartaba de los restos. La lluvia no había escampado ni lo más mínimo.

—Sí, Dónut. Pero era una dinosaurio. No tenía polla.

—¡Pues tremendo puñetazo le has dado en su monte de Venus!

¿Viste lo que le hizo mi luz? ¡Me acaba de subir a nivel 14!

—Saltó al suelo, con cuidado de no pisar donde había restos del vampiro—.

Nos ha costado matarlo, pero la luz lo hizo estallar en llamas como si fuese una bola de fuego.

—Hizo un mohín—. Mira, Carl, tenemos que encontrar una manera menos asquerosa de matar a estas cosas.

—¿Cómo cojones lo acabas de llamar? —pregunté—. ¿Monte de Venus?

—Es como lo llamaba la señorita Beatrice. Eso y «gatita», aunque me niego a usar ese nombre. La verdad es que el otro me gusta. ¿A ti no? «Monte de Venus». ¡Mongo, no!

—Será mejor que guardes a Mongo en el transportín hasta que salgamos de aquí. No queremos que se infecte con los restos del monte de Venus.

—No, no. Será mejor que lo guarde, sí. Mongo, adentro.