Capítulo 42
No me dieron la oportunidad de despedirme de los Popov.
Después del titilar de las luces, unos veinte guardias gnoll entraron en la habitación.
Me quitaron el rotulador y se llevaron a los mazmorreros.
Tuve que quedarme en una estancia de producción anodina mientras llevaban a los gemelos a su espacio.
—¡Adiós, Carl! —gritó Dmitri—. ¡Saluda a Dónut de mi parte!
Los guardias gnoll me rodearon sin decir nada, con rostro serio. No vi ninguno que reconociese.
—Venga —dije al fin—. Tenéis que admitir que eso ha sido una pasada.
Un guardia de los que estaba al fondo estalló en carcajadas, pero un gruñido de otro de ellos hizo que se quedase en silencio al momento.
Después, sin articular palabra alguna, se dieron la vuelta y se marcharon mientras Zev entraba en la habitación.
Se deslizó hacia mí, dejando tras de sí un rastro de agua en el suelo de metal.
—Carl —dijo—, siempre que te sacamos la lías.
—Le di su merecido. Se me acercó demasiado.
—Bueno. Me gustaría que supieses que está bien y que lo han curado. Quiere interponer una denuncia por maltrato.
Parpadeé sin dejar de mirarla. Era una idea tan absurda que ni siquiera fui capaz de enfadarme.
—¿Estás de broma? ¿Maltrato?
Ella negó con la cabeza.
—Carl, los cargos penales son algo muy serio. Está fuera del sistema, por lo que el ataque no ha sido bajo jurisdicción de los Borant. Se aplicarán las leyes habituales. No eres ciudadano de pleno derecho, mientras que él sí que lo es.
Seguía sentado en la silla, pero me recliné y me crucé de brazos.
—Ya. ¿Y qué van a hacerme?
—Los cargos, si la acusación quiere llegar hasta el final del procedimiento, se archivarán hasta que salgas de la mazmorra.
Es algo que ha ocurrido antes. Si se te llega a condenar, recibirás una pena, de dos o tres ciclos normalmente, con su fianza.
Odette también tenía una fianza, por ejemplo.
Pero claro, ella luego se casó con el presidente de la corporación que se la pagó, porque es Odette.
—¿Qué cojones quieres decir con eso?
—El Sindicato no tiene prisiones para estancias largas.
Cuando más leve sea el delito, mayor será la fianza y menor el tiempo de la pena.
Si llegas a tener tres o cuatro denuncias, la cantidad de tiempo suele tener un máximo de veinte ciclos y también se reducen las fianzas.
Es por eso por lo que, si te arrestan por robo, podrías llegar a tener una pena de un año y una fianza de cincuenta mil créditos quizá.
El reloj empieza a contar desde el momento en el que se firma la sentencia.
Si un tercero, que suele ser un sistema de gobierno lícito o una megacorporación, necesita mano de obra para un proyecto, se les da la opción de pagar la fianza.
Normalmente, no eligen a los condenados con las mayores fianzas a no ser que haya una guerra en algún lugar, por lo que suelen estar desesperados.
Si la fianza de alguien es de tres dígitos o menos, suele significar que habrá algún interesado en pagarla durante lo que dure la pena.
—Un momento. Espera. Espera. ¿Me estás diciendo que los prisioneros se venden como esclavos?
—Algo así —respondió Zev—. Es caro. Si tienes una fianza de mil créditos y una pena de diez ciclos, no solo pagan esos mil créditos.
Tienen que pagar la tarifa de franquiciado, que viene a ser cinco veces la cantidad de la fianza por ciclo.
Además, también deben pagarte esa cantidad cuando termine la pena.
Y la fianza en sí al juzgado. Por lo que mil créditos pueden llegar a convertirse en cien mil.
Y también tienen que pagarte la comida, la estancia y el transporte.
No merece la pena a menos que tu fianza sea muy baja, y solo es baja cuando has cometido varios delitos.
Nadie los compra si la pena es de un ciclo, pero el tiempo empieza a contar desde el principio y, normalmente, se tardan unos meses en que la persona esté lista para trabajar en el lugar donde se le requiere, y debe asegurársele el viaje de vuelta al lugar donde lo recogieron.
No es esclavitud en realidad, porque los criminales reciben su paga cuando se liberan.
Teniendo en cuenta que sobrevivan, claro.
Pero, además de pagar los gastos completos, las corporaciones tienen que pagar unos impuestos de muerte, por lo que siempre intentan evitar que mueran.
Los franquiciados suelen enviarse a planetas fronterizos para ayudar con las nuevas colonias, o a fábricas o zonas mineras.
Hoy en día, es poco habitual que se usen en la guerra.
—Pero sigue siendo esclavitud —dije al tiempo que negaba con la cabeza—. ¿Y a la gente le parece bien?
—Son criminales —respondió Zev.
Respiré hondo.
—¿Y cuál es la pena por clavarle un bolígrafo en el cuello a un naga de mierda?
—Si te condenan, no será muy grave. Quizá treinta mil créditos y tres ciclos. Pero no eres un mazmorrero normal y corriente, Carl. Estoy segura de que el Imperio Calavera llegaría a comprarte.
Me puse en pie y estiré la espalda. Llevaba semanas luchando y matando todos los días. La idea misma de salir de la mazmorra y terminar siendo condenado por hacerle un rasguño a aquel tipo se me antojaba… Pues no sé. Estúpida. Ridícula. Irracional. Pero también normal dadas las circunstancias.
—¿Y podría pagar yo mismo la fianza?
—Técnicamente, no está permitido. Pero claro que ocurre.
Tienes que ser una organización con licencia, y los franquiciados no pueden estar relacionados de ninguna manera con la entidad que realiza dicha compra.
Pero claro que ocurre. El príncipe Maestro está franquiciado a una subsidiaria de una subsidiaria que pertenece al Imperio Calavera.
No lo eran en aquel momento, pero el Imperio la adquirió poco después.
Es una laguna legal que solo pueden permitirse los ultrarricos, claro.
Cuando ocurrió salió en las noticias. Supongo que el dinero tiene sus ventajas.
—Bueno —dije mientras pensaba que, en realidad, el universo se merecía aquella pesadilla distópica.
Las posibilidades de tener que sufrir las consecuencias de lo que había hecho eran ínfimas.
Empecé a dirigirme hacia la puerta del camerino—.
Al menos, lo que he hecho no me ha puesto en peligro con la mazmorra.
¿Sabes por qué estaba tan enfadado ese tipo?
—Nunca dije que estuvieses en peligro. De hecho, de ahora en adelante es probable que te pongan seguridad adicional.
Y Nihit es un naga. Todos tienen problemas a la hora de controlar sus emociones.
Y su hermano está casado con una integrante del Sultanato de Sangre y participará en la Guerra de Facciones.
Quiere que Dónut y tú salgáis de la mazmorra antes de llegar allí.
Parece pensar que sois una especie de anticristo enviado desde los cielos para provocar el apocalipsis.
Es una teoría que empieza a ganar adeptos entre algunos.
La mayoría de las personas están encantadas con vosotros.
Me resultaba muy gracioso, pero la sensación solo duró un instante.
Siempre estaba allí, en los rincones de mi mente.
La tarea imposible que teníamos por delante.
Si llegábamos al noveno piso, Dónut tendría que lidiar con el ejército del Sultanato de Sangre.
Pero gracias a la Corona mágica de la furcia de la septicemia, que había perdido hacía ya tiempo, era peor que eso.
Había leído la descripción tantas veces que había llegado a memorizarla.
Corona mágica de la furcia de la septicemia.
¿Quién es una guarrilla? ¡Tú eres una guarrilla!
¡Es un objeto Efímero!
¡Es un objeto Único*!
Concede al portador +5 de Inteligencia. También aumenta en +5 la habilidad Primera impresión buena. Todos los ataques, incluidos los mágicos, tienen una probabilidad del 15 % de infligir la desventaja Septicemia.
¡Atención! (Pero en serio, ¿eh? Tanto que lo voy a repetir).
¡ATENCIÓN! Lee esto antes de ponértela, te digo.
Ponerte esta corona hará que formes parte permanente de la línea de sucesión real del Sultanato de Sangre del noveno piso de la Mazmorra Planetaria.
Si te quitas este objeto, no perderás dicha condición.
Los miembros de la realeza del Sultanato de Sangre necesitarán matar al sultán y a todos los demás integrantes de la familia real antes de tener permitido descender al décimo.
Solo querrás ponerte esta tiara si eres un psicópata rabioso y sediento de sangre.
Teníamos que asegurarnos de que todos los integrantes del Sultanato de Sangre estaban muertos antes de que la dejasen salir del piso.
Y, aunque normalmente los nagas morían durante los enfrentamientos, sabía que la realeza en sí siempre conseguía llegar hasta el final con vida.
Siempre. Llegar hasta ellos iba a ser una misión complicada, prácticamente imposible.
Si Quasar conseguía ayudarme, esperaba que fuese un poco más fácil. Pero, incluso así, iba a tener sus complicaciones.
Cuando Dónut había perdido la corona al final del tercer piso, esta se había regenerado.
Y era muy probable que alguien ya hubiese encontrado esa nueva versión.
Que supiésemos, dicha persona no había sido lo bastante estúpida como para ponérsela.
O, si lo había hecho, ya había muerto. Si otro mazmorrero llegaba a usarla, también teníamos que asegurarnos de que esa persona estaba muerta para que Dónut pudiese salir del noveno piso.
—Entonces… ¿ese tal Nihit nos teme porque cree que podemos llegar a acabar con esos tipos en el noveno piso? —pregunté.
Zev suspiró.
—Primero deberías preocuparte por sobrevivir al sexto, Carl.