La mascarada del carnicero (Carl el Mazmorrero 5) Capítulo 41
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Capítulo 41

—¿De verdad fue un accidente? —comentó el pequeño niño masa amorfa a los Popov mientras le firmaban el autógrafo. La cosa tenía voz nasal y de friki—. ¿O lo hicisteis a propósito?

Ambos alzaron la vista sin terminar la firma.

Estaban en mitad de las instalaciones de producción, pero el movimiento de aquel rotulador permanente negro se repetía de alguna manera en el otro extremo de la galaxia.

Nuestro «responsable» era un tigador macho de mirada aterrorizada llamado Effex.

Estaba en la convención físicamente y se había colocado a la izquierda de los Popov con fotografías que los fans podían comprar para las firmas.

Elegías una o dos y Effex las colocaba delante de nosotros para firmarlas.

Podían ser mías o de los cabecencos, y había una en la que yo aparecía estrechándole la mano a los mellizos, algo que había tenido lugar escasos minutos antes en el camerino.

Los fans que elegían esa recibían la firma de los tres.

Podían elegir entre muchísimas fotografías animadas.

También había camisetas que teníamos que firmar y una especie de tableta digital que no llegué a entender.

Me daba la impresión de que era una carcasa para el móvil o algo así.

La fotografía del niño masa amorfa era una de los hermanos Popov agitando el martillo de meteorito dentro de un tren que estaba a punto de descarrilar, mientras unas criaturas que parecían erizos en llamas los atacaban.

La imagen se reproducía en bucle, repitiéndose una y otra vez.

Al parecer, si ponías encima el dedo, o el apéndice amorfo que tuvieses, podías transportarte mentalmente a aquel instante.

El cabecenco terminó de firmar, cada uno con un rotulador en sendas manos, y los dos autógrafos aparecieron reluciendo dorados en la fotografía.

Dmitri lo firmaba todo muy contento y hablaba con la gente. Maxim, por su parte, era más silencioso y parecía aburrido, aunque siempre miraba de hito en hito a las alienígenas femeninas que tenían aspecto mínimamente humano.

Si los fans pagaban una tarifa adicional, algo que siempre hacían, se daban la vuelta y se les hacía una foto o se les grababa un vídeo de aquellos entre nosotros.

A mi lado, Maxim suspiró al tiempo que Dmitri soltó un resoplido de indignación al chiquillo.

—Por enésima vez —dijo Dmitri—, nuestro guía Hongrish me dijo que el cabecenco era una buena elección porque me daría una vida extra al morir. No me dijo que, al elegirla, estaba obligando a mi hermano a tener el mismo cuerpo que yo. Nunca lo habría hecho de saberlo.

La masa amorfa se estremeció y se inclinó hacia delante, lo que lo hizo parecerse a un molde de gelatina que estaba a punto de derramarse sobre la mesa. Cuando habló, abrió la boca hasta la parte superior de la cabeza, como si mirase hacia arriba. Era raro de cojones.

—Pero… —continuó el chico—. Te vimos hablando sobre ese programa de televisión de tu planeta, el de los gemelos con el cuerpo unido, esos a los que arrestaron por vender armas.

Dijiste que te gustaba el programa. Yo lo vi y llegué a la conclusión de que te habías quedado tan prendado de ellos que habías elegido voluntariamente una especie que te permitiría emular a tus personajes de televisión favoritos.

—No sé de qué estás hablando, niño —dijo Dmitri.

—Entonces ¿no confirmas ni niegas mi hipótesis?

—Lo que voy a confirmar es mi pie en tu cuerpo de gelatina de mierda como no te largues ya —gruñó Maxim.

—He pagado por la foto. Bueno, mi masa celular superior ha pagado por ella.

—Pues llévatela y pírate.

La masa amorfa no dijo nada más y se llevó la foto.

—¿Un tema delicado? —pregunté a Maxim mientras veíamos como el niño se marchaba entre chapoteos.

—Ni preguntes —dijo Dmitri—. Oye, al menos este niño no ha preguntado por tu exnovia ni por el combate contra esa insecto.

Sí, casi todos los malditos fans habían tenido que comentar algo sobre la entrevista con Odette en la que había aparecido Beatrice o sobre la flecha que le había clavado en el cuello a Vrah.

Al parecer, Circe se había enfadado muchísimo y ahora venía de camino al sistema planetario de la Tierra para hacer algo al respecto.

No sabía qué pretendía hacer, ya que era demasiado tarde como para que entrase en el sexto piso y se uniese a los cazadores.

Mientras, el objetivo de Vrah iba a ser intentar aguantar.

La gente ya se había puesto a apostar sobre si terminaría por caparse para evitar la infección, lo que arruinaría por completo sus posibilidades de convertirse en la próxima reina del Enjambre.

Ignoré todas las preguntas que me hacían sobre ella.

Me limité a decir que eso era algo con lo que ella tendría que lidiar.

Si hacían algún comentario sobre Bea, lo que les decía era que Dónut estaba bien y que ya habíamos dicho todo lo que teníamos que decir durante la entrevista.

Varias personas, al menos unas veinte, estaban vestidas como yo.

Llevaban unos gayumbos de corazones rojos, iban descalzos y llevaban chaquetas y capas.

Me resultó raro de cojones. Muchos de esos tipos querían que les firmase los calzoncillos, lo que fue bastante incómodo de hacer con el rotulador.

Uno de ellos, un humano, quería que le firmase el pie, pero me negué.

Había más cosplayers, entre ellos una elfa vestida como Hekla y un orco que iba de Quan Ch, con muñón protésico y sanguinolento incluido, del que caían chorros de sangre. Me pidió que le firmase el muñón.

También vino una pareja de sacacianos que se habían atado para imitar a los Popov. Discutieron tanto que terminaron por separarse. Me pareció muy divertido, pero Dmitri y Maxim no pensaron lo mismo.

Varias personas me preguntaron sobre ese puñetero dibujo de la niña gnoll, pero me negué a comentar nada al respecto.

A los Popov los cosieron a preguntas sobre su enfrentamiento con los Cichociemni y sobre lo que pensaban respecto a la muerte de Bogdon Ro.

Dmitri no dijo nada, pero Maxim les contó muy animado que el tipo había recibido su merecido y que sentía que otros hubiesen tenido que morir para llegar a esa conclusión.

La procesión agotadora de fans nos ocupó unas tres horas y media.

Finalmente, nos quedaron solo unos pocos invitados. Y luego vendrían los reporteros.

A simple vista, la última de las fans parecía del todo humana, pero luego me fijé bien y vi que le salía un tentáculo de la parte trasera de la cabeza.

No tenía muy claro si era una persona con un parásito o si era algo diferente.

Caminaba con cautela y subió despacio al escenario, como si le pasase algo en las piernas.

Por lo demás, era una humana morena normal de unos cuarenta años.

Se llamaba Jenn’ifer y tenía la palabra PRÉMIUM junto al nombre, rodeada por unas estrellas que no dejaban de girar, lo que significaba que había pagado por estar ahí.

Ya nos habíamos topado con varios tipos así.

Me pregunté cuánto habrían pagado por esta farsa.

Effex deslizó una fotografía frente a mí para que la firmase. El pase prémium incluía dos firmas y una foto, pero ella solo quería una. Era una de Dónut y mía en el biplano aquel, el oso rabioso, mientras nos perseguía Orthrus, el cachorrito gigante al final del piso anterior. Cogí el rotulador.

—Jenn’ifer, ¿no? Es un nombre muy popular en el lugar del que vengo.

—Es muy común en todas partes, sí —dijo ella secamente mientras yo empezaba a firmar. Me detuve al instante cuando me fijé al fin en su camiseta.

Rezaba «Asociación para la erradicación de los cocker spaniel», en estándar del Sindicato, pero las palabras «cocker spaniel» estaban tachadas con una línea transparente que las recorría.

Sobre el mensaje se encontraba el dibujo semirrealista de un perrito adorable de orejas peludas y con una equis titilante y roja encima. Suspiré.

—Sé que me voy a arrepentir de preguntar algo así, pero ¿se supone que esa camiseta de los cocker spaniel es un chiste?

La mujer abrió los ojos como platos.

—No digas en voz alta esas…

El tentáculo de carne que le sobresalía por la nuca se agitó y empezó a zarandearse y a chocarse contra su cabeza, lo que hizo que se quedase en silencio. Una boquita se abrió luego en el apéndice y empezó a gruñir y a salivar, para después supurar una saliva densa en la cabeza de la mujer.

El tentáculo tenía un mechón de pelo rubio y largo en la punta, recogido con un lacito que hacía que… esa cosa pareciese una versión chunga de un Yorkshire terrier. Se agitaba con rabia.

—Maggie, silencio —dijo la mujer al tentáculo mientras yo me giraba hacia los gemelos y decía «Pero ¿qué coño?

» sin alzar la voz. Ella le dio unas palmaditas al apéndice—.

Se enfada siempre que alguien pronuncia la palabra que empieza por C.

Se enfada tanto que sale corriendo. Y yo siempre le digo: «No te voy a perseguir, monstruito». Pero siempre termino haciéndolo.

La cosa, que seguía temblando, empezó a emitir un lloriqueo.

—¿Maggie? —pregunté—. Conocí a otra Maggie hace poco. También era un parásito.

—¡Mi Maggie no es un parásito! —dijo Jenn’ifer, indignada—. Es solo que no le gusta que la gente diga la palabra que empieza por C.

—Si no quieres que la gente la diga, ¿por qué la llevas en la camiseta? —pregunté.

Jenn’ifer ignoró mi pregunta y siguió hablando: