La mascarada del carnicero (Carl el Mazmorrero 5) Capítulo 38
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Capítulo 38

C ARL : Mordecai, ¿es seguro dejarlo pasar?

M ORDECAI : No puede teletransportarte al exterior como hace Lucia en las estancias seguras normales, si lo preguntas por eso.

Pero sí que puede, y seguro que lo hará, comentar a los suyos todo lo que vea aquí dentro.

No puedes atarlo. No puedes contratarlo.

Puedes obligarlo a que se quede en la habitación principal del espacio personal y poco más.

C ARL : Mierda, ¿qué hacemos?

M ORDECAI : Pues la verdad es que tendrías que haberlo pensado mejor antes de invitarlo.

—No esperaba que vinieses —dije, sin dejarlo pasar.

Había enviado a Bomo a Zockau con la nota dos horas antes.

Y la criatura tenía instrucciones muy claras de no salir de la estancia segura de la taberna de la ciudad.

Estaba a punto de enviarle un mensaje para que volviese.

Si Vrah estaba de camino al lugar, era probable que ya estuviese por allí.

«O quizá no», pensé. Supongo que volar con los genitales en llamas podía llegar a retrasarla un poco.

—Atacarme —dijo Bomo entre gruñidos—. En la estancia segura. Atacarme y quedarse paralizado un minuto. Después decir: «Espérame». Y atacarme otra vez. Quedarse paralizado una hora. Insecto de mierda. Haber muchos cazadores en la estancia segura. Muchísimos. Asustar a Bomo.

—¿Te atacó? —pregunté al tiempo que arqueaba una ceja—. ¿Dos veces? ¿Con qué?

—Con manos. Intentar puñetazo. Quedarse paralizado y sistema decir niño malo.

Si nos atacaba una tercera vez, se quedaría sin equipo y se teletransportaría al nido de monstruos más cercano.

Suspiré y examiné a la pequeña criatura temblorosa. Parecía un niño. No tenía esas patas superiores similares a espadas como las hembras, lo que le daba un aspecto más patético aún.

Edict. Mantis. Nivel 50. Comerciante.

El Enjambre Negro.

—Hola, Edict —dije al tiempo que me apoyaba en la puerta.

Había varias puertas de otros espacios personales en aquel pasillo entre espacios.

El lugar era unas de las pocas estancias seguras de Zockau, por lo que tenía sentido que otros quisiesen tener su espacio conectado al bar—. ¿Qué tienes para mí?

—No soy un cazador. Ni un guerrero. Solo soy un contable. Me obligaron a venir para comerciar.

—¿Contable? —pregunté—. Sabes que eres la segunda persona que me dice eso, ¿verdad? —Miré a Dónut, quien saltó sobre mi hombro—. ¿Cómo se llamaba el otro, el elfo del Sueño? También dijo que era contable.

—Ya sabes que nunca recuerdo los nombres de los cadáveres, Carl —dijo Dónut—. Quizá la mano que tienes en el inventario diga su nombre. Podrías sacarla.

—¿Akland? —preguntó Edict, que se quedó más taciturno aún.

Si se encorvaba un poco más, podía caerse al suelo y convertirse en un bicho bola—.

¿Habéis matado a Akland? No me había enterado.

Salió con los demás y le dije que era un imbécil.

Los cazadores están regresando todos a Zockau.

Se ha vuelto muy peligroso. Por favor. Ella está a punto de llegar.

Y me dijo que teníamos que procrear. Tenemos que darnos prisa.

—¿Qué tienes para mí? —repetí.

El insecto retorció las manos entre sí.

—Tenía mucho equipamiento mágico, pero me contrataron para comprarlo para nuestro gobierno. Los Excavadores. Ya habían pagado por todo.

Los Excavadores también eran mántides. Eran una de las nueve facciones que competían en la Guerra de Facciones.

—¿Hay un representante de los Excavadores en el piso?

—No, no me has entendido bien. Me pagaron por adelantado. Me contrataron para llevarles el equipo directamente tras el derrumbe de este piso. Cuando este cierre, iré directo al noveno. Ellos son mis jefes en realidad. El Enjambre Negro solo les vende a ellos.

Aunque los Excavadores pertenecían a la misma especie que los mántides del Enjambre Negro, sabía que eran dos grupos muy diferenciados.

El Enjambre Negro podía considerarse una empresa privada.

Al parecer, conseguían el dinero gracias a una especie de parque de atracciones intergaláctico, como Disney pero en plan chungo.

Los Excavadores eran la familia real y la entidad de gobierno del sistema de las mántides.

No les solía ir bien en la Guerra de Facciones, pero participaban a menudo.

Al parecer, eran una de las fuerzas más terroríficas y mortales de la galaxia, pero los PNJ que se generaban para ellos en la Guerra de Facciones no eran insectos, por lo que lo normal era que los eliminasen los segundos, después de los naga.

Tenía una fotografía de la madre emperatriz en el inventario.

—Me da igual para quién trabajes. A menos que quieras que tus cojones de mantis religiosa se prendan fuego durante una semana seguida, vas a tener que soltar esos objetos. Y después te protegeremos.

—Carl, ¿los insectos tienen genitales? —preguntó Dónut—.

No me suena haberle visto el pene a un bicho.

Seguro que son asquerosos, como uno de esos penes de pato en plan sacacorchos.

O el de un perro. ¿Los has visto? Son repulsivos y, a veces, los tienen ahí colgando sin razón aparente.

Parecen pintalabios sudados. Cada vez que la señorita Beatrice sacaba ese tubo rojo y se lo llevaba a la boca, no podía evitar imaginarme que…

Alcé una mano para silenciar a la gata y dejé que la mantis respondiese.

—No lo entiendes —dijo Edict—. El contrato del equipo ya se ha llevado a cabo.

Si te lo diese, los Excavadores nos arrebatarían el dinero a mi familia y a mí.

Mi enjambre. Soy de Mente Profunda y no sobreviviríamos.

Por eso he accedido a dárselos a otra entidad que los entregará por una pequeña tarifa. No te diré quiénes son.

Suspiré. La verdad es que no creía que esto llegase a funcionar, pero merecía la pena intentarlo.

Lo único que quería era que Vrah estuviese lejos de este tipo para que no pudiese librarse de la gonorrea.

El libro de cocina me había confirmado que las enfermedades venéreas eran muy comunes en la mazmorra, y varias tenían la misma cura.

Tenías que caparte o contagiársela a otro.

Y por «otro» se refería a una criatura de anatomía compatible.

No sabía cómo funcionaban los genitales de estas mantis alienígenas, pero lo que sí sabía era que si conseguías cortarte algo en la mazmorra, eso no volvía a crecer.

Y también sabía que Vrah era la siguiente en la línea sucesoria del Enjambre, por lo que hacerse una histerectomía espacial o esterilizarse o lo que quiera que tuviese que hacer no era algo que se planteara.

Por muy llorón y cobarde que pareciese el tipo que tenía delante, estaba claro que no era imbécil. Tenía que saber que mi objetivo principal era mantener infectada a Vrah. Aun así, tenía que seguirle el juego.

—Pues supongo que entonces estás jodido —dije, intentando que sonase natural—. Si no tienes nada para nosotros, no tenemos por qué mantenerte a salvo. —Me encogí de hombros.

Edict negó con la cabeza.

—Si quisiese permanecer a salvo, me quedaría en la estancia segura y me negaría a salir aunque Vrah me lo ordenase.

No puede obligarme a hacerlo. No puede usar el truco de la teletransportación, ni el del cambio de fase, ni el método de eyección bopca ni las otras muchas maneras que existen para sacar de allí a los mazmorreros.

Después de tu ataque, llenaron la taberna de conjuros de protección. Solo tendría que quedarme dentro.

—¿Y entonces qué haces aquí? —pregunté. Una alarma distante empezó a resonar en los rincones de mi mente. «Esto es una trampa. Me está tendiendo una trampa». Pero ¿cuál? ¿Era una distracción?

—No sé cómo has infectado a Vrah con esa enfermedad, pero cuando lo hiciste me obligaste a sellar mi destino, y quizá el de todo el Enjambre.

Me obligaste a tomar una decisión. Si te doy las armas y armaduras, mi familia quedará arruinada económicamente.

Y yo quedaré deshonrado y obligado a suicidarme a causa de la vergüenza.

Si me niego a obedecer las órdenes de Vrah y permito que sufra, su familia se vengará y acabará conmigo.

Son poderosos, casi tan fuertes como la familia real y mucho más ricos.

Pero si obedezco las órdenes de Vrah y me apareo con ella, no solo moriré.

No quedará fecundada dentro de esta zona, pero aun así está prohibido que los de mi Enjambre aceptemos reproducirnos con los del suyo.

Y, aunque el gobierno de los Excavadores, no es tan estricto como era antaño, las viejas costumbres persisten en nuestra cultura y se nos tachará de traidores.

Quizá se nos perdone si se tienen en cuenta las circunstancias, pero igualmente será una humillación. Y no permitiré que ocurra.

—Un momento —dijo Dónut—. ¿Te obligarán a suicidarte por tener relaciones con alguien de otra familia?

—Es necesario registrar todos los apareamientos de las mántides antes de que ocurran.

Se lleva a cabo una prueba y una terapia psicológica para el macho.

Pero mi familia es funcionaria del gobierno, por lo que tenemos prohibido procrear con una empresa con ánimo de lucro sin firmar un contrato y pagar una licencia.

—¿Terapia psicológica? —preguntó Dónut—. ¿Para qué? Lo único que tienen que hacer los machos de los humanos es encontrar a alguien lo bastante borracho como para que no se vomiten al verlos durante al menos cinco minutos.

La criatura rio.

—¿Sabes lo que pasa cuando una mántide procrea?

—Algo muy asqueroso supongo, ¿no?

—La hembra se come la cabeza del macho. Tengo un cerebro secundario y más pequeño en el abdomen que me mantienen vivo durante unas pocas horas y me permite seguir con el proceso hasta que termino por morir.

—¿Procrea con un cadáver sin cabeza mientras se la come? ¿En serio? —preguntó la gata—. ¿Y lo sabes antes de empezar? ¿Y eyaculas? Carl, ¿has oído eso?

Todo eso me daba igual. Había pasado el último minuto buscando trampas en el pasillo y preguntándole a Mordecai lo que creía que estaba pasando.

Me había dicho que no se podían colocar trampas en los pasillos de los espacios generados entre estancias.

Y yo estaba a punto de dar un paso atrás y cerrar la puerta.

Aun así, me quedé quieto escuchando hablar a la criatura.

Cuando más hablaba, más se enderezaba y más confiadas sonaban sus palabras.

—Bueno —dije—. Así que estás jodido pase lo que pase.

El insecto cerró las garras en sendos puños insectiles. Siguió temblando, pero ya no estaba seguro de que fuese a causa del miedo. Estaba enfadado, pero algo me decía que no era por mí. No lo tenía claro.

—Solo hay una manera de conservar mi honor —dijo—. De proteger a mi familia. Tengo que morir en combate.

—No podemos luchar aquí —dije. Pero luego me di cuenta de que había atacado a Bomo en dos ocasiones.

—Odio este lugar —dijo el insecto, ahora del todo enderezado.

Detrás de él oí gritos que venían del bar.

Era la voz dolorida de Vrah chillando su nombre—.

Lo odio muchísimo. Llegar a las estrellas fue lo peor que podría haberles pasado a los míos.

Es una muerte horrible y muy lenta. Expandirnos hasta desaparecer por completo.

Los primigenios terminaron por comprenderlo, pero ya era demasiado tarde para ellos.

Creo que los kua-tin también lo saben. Algunos, al menos.

Lo llaman el Gran Consenso. Pero no lo es.

No hay consenso alguno. Sus jóvenes no lo comprenden.

Ahora, déjame entrar en tu espacio, por favor.

La puerta que llevaba hasta el bar detrás de él se abrió de repente, y Vrah empezó a arrastrarse por el pasillo. Se alzó junto a Edict. En ese momento, hice clic en el insecto pequeño y le di permiso para atravesar nuestra puerta.

Vrah se movía despacio y siseaba de dolor con cada paso. Un humo le brotaba de la entrepierna y olía a queso quemado. En el pequeño pasillo no había sistema de ventilación, y el humo no tardaría en cubrirlo por completo.

Empezó a decir algo al insecto pequeño, pero él se abalanzó hacia delante con un grito de batalla constreñido e intentó darme un puñetazo.

Se quedó paralizado, con uno de esos puñitos de garras a escasos centímetros de mi entrepierna. Las palabras NIÑO MALO MALO aparecieron sobre su cabeza. Vrah siseó de rabia mientras Edict parpadeaba dos veces antes de desaparecer.

Se había teletransportado, desnudo, al nido de monstruos más cercano. No tenía ni idea de qué sería dicho lugar, pero era muy probable que no fuese a salir de una pieza de allí.

Jamás iba a comprender las complejidades de la cultura de las mántides, pero sospechaba que aquello era lo mejor que le podía pasar. Y, si no a él, a su familia.

A pesar de haber dicho que había entregado todos los objetos, aparecieron muchísimas monedas de oro en el suelo a mis pies, que se desperdigaron como si me hubiese tocado el premio gordo de una antigua tragaperras.

Tantas que me cubrieron hasta los tobillos.

El robot limpiador pitó con rabia mientras Dónut soltaba un grito ahogado.

En el pasillo, Vrah aulló y empezó a darle golpes a la pared mientras su abdomen inferior seguía ardiendo.

«Parece más insignificante —pensé—. Menos siniestra».

Me di cuenta de que se había quitado las cabezas de la espalda.

Todas, no solo las que Dónut había reanimado.

Supuse que había sido para ir más ligera.

Las llamas de su entrepierna se apagaron como si acabase de sanarse, pero luego volvieron a brotar.

Ni siquiera una estancia segura podía protegerla de aquel tormento.

—¿Sabes? —dijo Dónut desde dentro de nuestro espacio personal—. Deberías ir a que te viesen eso. Quizá puedan recetarte una cremita o algo así. Parece que se te ha infectado.

—Nos vemos luego —dije. Tuve que empujar físicamente la montaña de monedas con la puerta para cerrarla.

Varias de ellas quedaron en el pasillo, pero la gran mayoría acabó en nuestro lado.

Abrí la puerta de nuevo al momento y apareció el bar de Alucarda.

Estaba hecho un desastre. El bopca no había vuelto.

Sabía que aquel lugar era lo único que quedaba en pie del asentamiento.

La bomba había sido muy potente, la más potente que había creado jamás.

La única con más potencia era el Juicio Final de Carl, que seguía a buen recaudo en mi inventario.

—Vamos, Dónut —dije al tiempo que salía al bar—. Tenemos que escapar antes de que vuelva Lucia o algún otro cazador.

—Pero ¿qué pasa con el oro? —preguntó—. Y has dejado algunas monedas en ese pasillo. Debes tener más cuidado con eso, Carl.

—Yo me encargo —dijo Mordecai, que empezó a recogerlo mientras le indicaba al robot limpiador que se mantuviese al margen.