Capítulo 37 #2
El estómago me dio un vuelco a pesar de saber que Dónut había sobrevivido al encuentro.
Tenía muy claro lo que estaba a punto de ocurrir.
Dónut iba a entrar en la otra estancia segura y a volver a intercambiarse de posición con Lucia.
Pero, en esta ocasión, la gata iba a activar una segunda trampa nada más aparecer entre los dos perros.
Dónut se arrastró hacia la puerta, pero Samantha, quien también había aterrizado en la plataforma, rodó hacia la entrada y llegó primero. Empujó la puerta con la cara y entró.
«Lo hizo a propósito», pensé sin apartar la vista de la pantalla.
Samantha activó la trampa Rizo y se volvió a teletransportar al centro del claro, detrás del muro de fuego que no había dejado de crepitar.
Activó la segunda trampa, que parecía ser una especie de cepo que le impedía escapar.
Gustavo agarró entre las fauces la cabeza de la muñeca hinchable indestructible y la agitó con violencia mientras Samantha gritaba que iba a matarlo.
Cici, la mayor de los rottweilers, se abalanzó hacia ella con intención de arrancársela de la boca a Gustavo, pero este se apartó entre temblores y gruñidos.
En ese mismo instante, Lucia se teletransportó frente a Dónut, quien seguía arrastrándose hacia la entrada de la estancia segura.
La gata se lanzó al interior justo cuando Lucia intentó atacarla, y ambas cayeron en el local volcando sillas y mesas.
El propietario osuno gritó y se apartó de un brinco.
El lugar no era una estancia segura de verdad.
Era del mismo tipo que el club Desperado, o aquella donde habíamos matado a Gary el Ronco una y otra vez.
Había una puerta que daba a la sede gremial a casi cinco metros, pero en la estancia en la que se encontraban podían hacerse daño.
Antes de que a Lucia le diese tiempo a recuperarse, Dónut corrió hacia la puerta de la sede gremial.
—Cuidado con las trampas —dije sin querer en voz alta antes de que Dónut cayese en ella.
—Eso es lo que yo llamo un buen gatillazo, Carl —gruñó Dónut.
En la pantalla, la gata se quedó completamente paralizada.
Un contador de noventa segundos apareció sobre su cabeza.
Aún podía moverse en el círculo muy limitado, pero tenía la pata delantera clavada en la tarima del bar.
Se giró y disparó un proyectil mágico de máxima potencia hacia Lucia Mar, quien salió despedida hacia atrás al recibir el impacto.
Lucia estaba herida, pero tenía algún tipo de protección mágica que absorbía prácticamente todo el daño.
Vi que uno de los anillos de sus dedos empezaba a latir y a brillar.
No obstante, el conjuro había golpeado a la mazmorrera y le había quitado un veinte por ciento de la salud.
Y justo cuando la niña convertida en mujer empezaba a recuperarse, Dónut le lanzó una bola de fuego al pecho. Lucia voló hasta la pared del fondo del bar mientras el osuno gritaba asustado. La pared estalló en llamas.
—No la ataques directamente —dije—. Tiene aquel conjuro, ¿recuerdas? Aquel Devolver el daño que usó para matar a Ifechi.
—No soy idiota, Carl. El conjuro se llama Caucho y no lo había usado aún porque quería que los perros me comieran. Además, Mordecai dijo que cree que solo puede usarlo cuando está en forma de mujer atractiva.
—Pero si yo no dije eso —aseguró Mordecai—. Dije que creía que podía lanzarlo gracias a uno de los objetos que lleva, por lo que podría usarlo en forma esquelética. Pero no estoy seguro.
—Ah… —dijo Dónut—. Bueno, pues no lo lanzó.
—Además —añadió Mordecai—, Bola de fuego es un conjuro para lanzar en exteriores, Dónut.
—¡Callaos los dos! Ahora es cuando se complican las cosas.
—Tendrías que haber soltado a Mongo —añadí—. Eran tres contra una.
A mi lado, Mongo graznó para indicar que estaba de acuerdo.
—Pero ¿no ves que estoy al lado tuyo y que eso es un vídeo, Carl? Además, tú estabas bebiendo margaritas y comiendo fresas mientras yo luchaba por mi vida. Deja de dar consejos inútiles y limítate a mirar.
Extendí el brazo y acaricié a Dónut.
—Tienes razón. Lo siento.
En la pantalla, Dónut gritó.
—¡Atrás!
Y Lucia se separó de la pared. La salud le había bajado un cincuenta por ciento.
Empezó a darse palmaditas como si nada para apagar el fuego de su ropa.
Detrás de ella, las llamas se alzaron. Se acercó a la barra y se puso de puntillas para mirar al osuno, quien estaba agachado detrás para cubrirse.
—Leche —dijo Lucia.
—El lugar está en llamas, alcaldesa. Tenemos que marcharnos —dijo la criatura.
Golpeó la barra con el puño y la madera se resquebrajó.
—Leche. Rápido. —Se giró hacia Dónut—. A los gatos les gusta la leche, ¿no?
—¿Qué? —preguntó Dónut.
—¡Dos vasos de leche! —exigió Lucia. Miró por encima del hombro hacia la nada—. Se acabó el combate. Hemos empatado.
—Esto… Tengo que ir a la trastienda a por la leche —dijo el osuno. Desapareció en la cocina. Un momento después, se oyó un portazo en la distancia. El hombre oso había escapado, pero Lucia no parecía haberse dado cuenta.
—¿Y los puntos? —Lucia se quedó en silencio y miró hacia la ventana mientras se propagaban las llamas.
—¿Con quién hablas? —preguntó Dónut mientras el fuego empezaba a rozar el techo. Aún quedaban cuarenta segundos en el contador que tenía sobre la cabeza.
—Está loco —dijo Lucia—. Dice que debería acabar contigo, pero luchas bien.
—Oye —dijo Dónut a la pantalla de la televisión—. ¡Han eliminado una parte! Dijo que el tipo se llamaba Alexandro y que era su ayudante infantil.
—Eso no me lo contaste —comentó Mordecai—. Qué raro.
Lucia siguió hablando en la pantalla.
—Tú amigo ha escapado. ¿Cómo se llamaba?
Ah, sí. Carl. Es un cobarde. No se abandona a los amigos.
Yo tenía amigos en el piso anterior. Bini y Abraham y Siti.
Era todo de hielo y conseguimos estallar la burbuja, pero me quedé dormida y no ordené a Gus que durmiese.
Y… él es malo. —Se quedó en silencio—. Cici también lo es, pero Gus es peor aún.
Creo que se han comido a tu amiga cabeza, pero no me han dado puntos por ello.
—Empezó a darse golpes en un lateral de la cabeza, con fuerza contra la sien y a ritmo constante.
Pum, pum, pum. La había visto hacerlo en otro episodio resumen después de que su perro matase al resto de los mazmorreros de su burbuja—.
Deberías irte antes de que… —Se quedó en silencio.
Cici, la rottweiler más grande, entró en el pub con la cabeza gacha. La criatura tenía los labios torcidos en un gesto sádico. Los incisivos eran del tamaño de una mano humana. «Joder», pensé. A Dónut le quedaban veinte segundos más de parálisis.
Gustavo no había entrado, y di por hecho que el otro perro seguía fuera mordisqueando a Samantha en el suelo.
En ese momento, algo cambió en el comportamiento de Lucia. Lo vi en su gesto, como si se ensombreciese de repente. ¿A qué había venido eso? Miró a la perra gigantesca y dijo:
—Tú también quieres jugar, ¿verdad, querida Cici? Mata a la gatita. Puedes quedarte la cabeza, pero déjame lo demás.
El techo del bar ya había quedado cubierto por completo de llamas.
Un humo negro y denso cubría la estancia.
Uno de los rincones traseros se derrumbó y dejó al descubierto las ramas del árbol, que también empezaron a arder.
Unas ascuas rojas revoloteaban por los aires, y una viga pesada de madera cayó al suelo junto a Lucia, para luego soltar una rociada de chispas. La joven no se movió ni lo más mínimo.
Durante todo ese tiempo, Dónut se había puesto a mascullar algo. Me di cuenta al fin de qué era lo que estaba haciendo. Estaba cantando. Estaba intentando lanzar un conjuro de bardo.
—No te preocupes, Donucita —dijo Lucia mientras Cici se dirigía hacia la gata—. Pronto cruzarás el velo y podrás festejar con el resto de los perdedores. Y yo conseguiré puntos suficientes para cruzar el puente y volver a casa con mi papá.
«Pero ¿de qué cojones habla la niña esa?».
Cuatro Dónut adicionales aparecieron de repente en el pub en llamas, todas alineadas contra la pared del fondo a su alrededor.
—Joder, ¡lo conseguiste! —exclamé ignorando lo que Lucia acababa de decir—. ¡Conseguiste lanzar Séquito!
—No te sorprendas tanto, Carl —dijo la gata indignada.
Pero no era un engaño demasiado útil. Las cuatro ilusiones no tenían el contador sobre la cabeza ni podían moverse. Se quedaron ahí quietas como maniquís. Sobre la del centro, la Dónut de verdad, había una cuenta atrás de cinco segundos.
En ese mismo instante, Cici saltó hacia delante e intentó morder a la Dónut del medio. Me estremecí al ver las fauces enormes cerrándose y atravesando a la gata como si no estuviese allí. El animal se golpeó contra la puerta cerrada de la sede gremial y gimoteó.
—¿Cómo…? —empecé a decir, pero las ilusiones se esfumaron de repente, tan rápido como habían aparecido. El conjuro había sacado cinco copias y una de ellas se había colocado justo encima de la del centro, momento en el que la Dónut de verdad se había bebido una poción de invisibilidad.
Pero eso no era todo. También había lanzado Agujero a sus pies justo antes de recibir el ataque de la criatura.
La imagen pasó al exterior rápidamente. Vimos una silueta translúcida de Dónut caer directa al suelo y aterrizar con agilidad cerca del tronco del árbol en llamas. La gata alzó la vista para mirar el agujero.
—No me puedo creer que haya funcionado —dije.
—El conjuro anuló la trampa —explicó Mordecai—. Consiguió zafarse. Fue un buen truco.
—¡Me dieron un logro y todo!
—¿Sabías que eso era lo que iba a pasar?
—Claro que lo sabía, Carl. Pero espera, espera. ¡Esta es la mejor parte!
En la casa del árbol, Cici descubrió finalmente el agujero circular que tenía entre las patas y asomó la cabeza. El animal monstruoso empezó a ladrar sin parar a la forma invisible de Dónut.
—No —gritó Lucia mientras saltaba hacia delante. Extendió el brazo para tirar de Cici y sacarle la cabeza del agujero.
Pero llegó demasiado tarde.