Capítulo 33 #3
—Carl, no tengo permitido dirigirme a ti directamente porque soy una de tus patrocinadoras y sería una infracción del contrato de patrocinio, por lo que será mejor que me marche.
Pero también soy una de las patrocinadoras de la MazmorraCon y os he obligado a que te dejen hablar. Es lo único que puedo decir.
La mujer salió de la habitación mientras todos le abrían paso, hasta que desapareció por la puerta redonda.
«¿Patrocinadora?», pensé. ¿La Boticaria? ¿O quizá pertenecía a la Organización Activista y Pacifista de Intelecto Abierto?
—Zorra. Cagonlosdioses. Zorra de mierda. La mataré —gruñó Circe mientras veía cómo se marchaba la mujer—. No pienso quedarme aquí.
Y, sin volverme a mirar, la mantis enorme empezó a dirigirse hacia la salida. Tuvo que apartar el pedazo de mesa rota, que cayó del escenario con un estruendo y se hizo añicos antes de que ella se marchase.
—Bueno, venga —dije alzando la voz—. ¿Alguien puede decirme cuál es la mejor manera de matar a Vrah?
Circe se quedó muy quieta en el espacio que había entre el escenario y el público. Rígida y sin darse la vuelta. A mi derecha, Sydnee soltó un grito ahogado. Un silencio sepulcral se apoderó de la estancia.
—Eso es de lo que habláis en estos sitios, ¿no?
Creía que por eso estábamos aquí, que la convención era para eso.
Para celebrar la muerte. Para hablar sobre monstruos.
Sobre PNJ. Para vanagloriarnos con el lanzamiento de conjuros capaces de derretir las caras de gente como yo.
Vrah decapita a sus presas y se cuelga las cabezas a la espalda.
Permití que se alargase el silencio incómodo posterior durante unos segundos antes de continuar.
—Acabo de ser jurado de un concurso de dibujo infantil en el que algunos niños me dibujaban muriendo.
O lo hacían con mis amigos. Nos tratáis como si fuésemos insignificantes, como si no fuésemos reales, como si vuestra vida valiese más que la nuestra.
Es como si fueseis integrantes de una secta adoradora de la muerte galáctica y disfrutaseis del dolor y del sufrimiento mientras no os afecte a vosotros.
Sois listos. Sois inteligentes. Especies con conciencia.
Pero separáis a los que son como yo para que parezcamos otra cosa.
«No pasa nada. Solo son mazmorreros». Pero en el fondo lo sabéis, tenéis que saber qué estáis haciendo en realidad.
Yo no lo entiendo y no creo que lo haga jamás.
Voy a tener que aceptarlo sin más, aceptar que os gusta cuando mueren otros. Pues bien. Juguemos.
Señalé a Circe, que seguía sin moverse.
—No estoy pidiendo hacer trampa, solo tener la misma información que aquellos a los que nos enfrentamos. Cuando acabe esta charla, volveré ahí fuera y estoy muy seguro de que no me enfrentaré a Lucia Mar, sino a la hija de Circe. Y no solo a ella. ¿Hay alguna mantis más?
Ya sabía la respuesta porque la había visto en el episodio resumen. Aun así, miré a Drick, quien sabía que sería el primero en responder. El tipo asintió.
«Unas pequeñas semillas por aquí y por allí para hacer crecer un bosque».
—Todas son hijas de Circe, ¿no? ¿Cuántas hay?
Otra persona, un orco del público, gritó la respuesta.
—Quedan ocho, aunque hay uno que se ha quedado en Zockau para intercambiar con el resto de los representantes. Ese es macho. Son siete guerreras incluyendo a Vrah.
—Todas las guerreras son sus hijas —añadió otra persona—. Todas pertenecen al Enjambre Negro.
—Pero también hay nebulares acampados ahí fuera. Dicen que ahora también tienen derecho a darte caza —siguió otro—. Estás en su territorio.
Les hice una seña a los otros invitados, que seguían en pie sin saber qué hacer.
—Bien, bien. Hablemos sobre el tema. Sentaos, chicos, que vamos a hablar.
Circe se había quedado rígida, sin moverse lo más mínimo.
—Circe, puedes volver a subir a la mesa si quieres.
No sé cuánto tiempo nos queda, pero me gustaría que propusiésemos ideas entre todos.
Si estuvieseis en mi pellejo, ¿qué haríais?
Podéis levantar las manos e ir comentándolo.
O… los tentáculos, claro. Lo que tengáis.
Hal, Drick, también podéis comentarme si creéis que alguna de las ideas es muy buena.
Y tú, Circe. Me vendría bien conocer la opinión de alguien más cercano a mis enemigos.
—Como les ocurra algo a alguna de mis otras hijas, te daré caza personalmente y mataré al responsable —espetó Circe de repente antes de volver a reaccionar. Se dirigió a toda velocidad hacia la puerta e hizo que algunos de los integrantes del público tuviesen que apartarse.
—Pues supongo que el responsable seré yo —grité—. ¿Me has oído? Y deberías haberlo pensado mejor antes de enviarlas a todas a morir en mi mazmorra. Es una pena que no estés ahí dentro, pero supongo que eres demasiado vieja o cobarde para ello.
La mantis volvió a quedarse paralizada, pero luego salió al fin de la sala de conferencias.
—Sabes que estás bien jodido, ¿no? —dijo Hal del Centro.
El alienígena rectangular me miró con gesto triste—.
Tenía razón cuando dijo que no es como el Maestro.
Las mántides no son solo unas cazadoras estupendas, sino también buenas estrategas.
No dejan de sorprenderme. Si sobrevives a esto, será mejor que te asegures de acabar con todas.
Suspiré y volví a centrar la atención en el público.
—Aquí el compañero Hal dice que estoy bien jodido. ¿Alguien sabe cómo desjoderme? ¿Cuál es la mejor manera de matar a una mantis?
Se alzaron varias manos, tentáculos y alas.
—Volveré mañana —comenté cuando un tigador nos indicó que casi se nos había acabado el tiempo.
Los dos mercenarios habían regresado, y el vapeador había desaparecido—.
Estaré firmando autógrafos en mi mesa, sacándome fotos y respondiendo preguntas.
Si vuestro plan funciona, me aseguraré de decorar mi espacio con las cabezas de las hijas de Circe.
La multitud estalló en vítores y carcajadas.
«Mierda», pensé justo al recordar algo.
—Por cierto —grité sobre el escándalo—, ¿alguna vez os habéis parado a pensar en lo guapo que está el diseño del club Desperado? Es una pasada.
Algunos de los miembros del público se miraron entre sí, sorprendidos. Yo me reí, aún bajo los efectos de la droga.
—¿Quién era la señora esa? —pregunté a Hal cuando todos nos pusimos en pie.
—Una representante del colectivo. La portavoz, de hecho —dijo él.
Asentí. Había acertado. La Boticaria.
—No creo que sea bueno para ti relacionarte mucho con…
La estancia parpadeó y, de repente, el público y mis compañeros invitados desaparecieron, lo que hizo que Hal del Centro no terminase la frase.
—Vamos —dijo Moxo mientras me agarraba del brazo—. Te vas para casa.
—Mira, te olvidaste de tu vapeador cuando te fuiste antes —dije.
Los dos guardias estaban mucho menos dicharacheros y más serios mientras volvíamos al camerino. No me molesté en intentar sacarles conversación.
Nos detuvimos frente a la puerta del plató. Sabía que en él se encontraba la que daba a mi camerino.
—Ya conoces el camino. Puedes ir solo —dijo Frito. Se inclinó hacia delante—. Hay dos tipos de transacciones. Las personales y las profesionales. Hoy hemos hecho de los dos tipos. La de la droga fue profesional. La del comandante ha sido personal. Son cosas distintas. ¿Lo has entendido?
—La verdad es que no —respondí.
Me dio unas palmaditas en el hombro y me empujó por la espalda para que entrase en el plató, ahora vacío. Lo único que quedaba en él era una mesa. Mientras la miraba, recuperé el acceso a la interfaz de usuario. Apareció una página entera de mensajes, pero solo leí el más reciente.
D ÓNUT : SI VES ESTO, NO VAYAS HACIA LA ESTANCIA SEGURA.
ES UNA TRAMPA. LUCIA ESTÁ DENTRO Y PUEDE HACERTE DAÑO IGUALMENTE.
HE MATADO A SU ESTÚPIDO PERRO Y SE HA ENFADADO MUCHÍSIMO.
TE ESTÁ ESPERANDO, PERO LAS SEÑORAS INSECTO ESTÁN FUERA DEL ASENTAMIENTO, ELLAS Y ESOS OTROS TIPOS QUE PARECÍAN ALIENÍGENAS DE STAR TREK CHUNGOS CON SOMbrEROS GRANDES.
Era información que ya tenía gracias a la charla. Respiré hondo. Había escrito instrucciones para Dónut en el bloc de notas y estaba preparado para enviárselas. Hice una pausa al fijarme al fin en la mesa que había en mitad de la estancia vacía.
Mesa de autómatas. Nivel 5.
Sobre la mesa había un libro. Era uno en rústica normal y corriente con un enano sonriente que me resultaba familiar montado sobre una especie de caballo mecánico.
Guía del doctor Trinquete para fabricar autómatas por diversión y beneficio . Me hice con él y lo abrí por la primera página. Estaba autografiado.
Guardé el libro y la mesa en el inventario y me crují el cuello.
Cuando entré en el camerino, quedaban cinco minutos para que me teletransportasen de vuelta a la mazmorra.
Respiré hondo de nuevo. Saqué el pañuelo de Drakea y volví a cubrirme la cara con él.
Después cogí el Anillo de sufrimiento divino y me lo deslicé en el dedo.
—Vamos allá —dije mientras entraba en el camerino.