La mascarada del carnicero (Carl el Mazmorrero 5) Capítulo 33 #2
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Capítulo 33 #2

—El idiota del suelo es Hal del Centro. Es un antiguo guía del juego y representante ocasional que pasó doscientas temporadas en la mazmorra antes de jubilarse y empezar su programa. Nunca fue un guerrero.

»Y, finalmente —continuó Circe. La multitud estalló en vítores, momento en el que supe que me había hecho visible.

Me envaré en el asiento, junto a la mesa casi partida en dos que tenía delante.

Tenía la mano apoyada en ella y sentía bajo la palma la mesa intacta de la caravana en la que me encontraba yo—.

Tenemos al mazmorrero número uno de la temporada actual, aunque no sobrevivirá por mucho tiempo.

Saludé con la mano y me aseguré de sonreír.

Circe se inclinó hacia delante. Las siguientes palabras las pronunció en un tono completamente neutro, como si fuese una profesora de universidad muy aburrida.

—Hemos venido para hablar sobre la historia del mazmorreo y cómo ha ido cambiando a lo largo de los ciclos.

Todos sabemos cómo empezó. Cuando el consejo de naciones original se topó con los motores primigenios y dio comienzo así la reacción en cadena que superpobló la galaxia, se terminó por tomar la decisión de que necesitábamos recolectar los elementos primigenios que habían quedado abandonados en los planetas presembrados y, al mismo tiempo, hacer algo para contener dicho sobrecrecimiento biológico.

Además, las especies superiores como el Enjambre, que están a la vanguardia de la descodificación y la ingeniería inversa de la tecnología primigenia, se pusieron en contacto con el consejo y exigieron tener la capacidad de llevar a cabo experimentos de campo en las zonas de mejora controladas por macro-IA.

Por desgracia, esto llevó a la formación de un comité del Sindicato que dejó dicha solicitud en consideración…

Siguió así durante casi diez minutos, sin permitir que ninguno de los invitados dijese una palabra. Lo cierto es que me resultó bastante interesante, aunque Sydnee la historiadora resopló varias veces durante la charla de la mantis, para indicar que no estaba de acuerdo con lo que decía la insecto.

«Si Dónut estuviese aquí, esto se hubiese acabado hace tiempo», pensé.

Vi que el público ya se había aburrido. La mayoría no había acudido a la charla para recibir una clase de historia de las de dejarte dormir, sino porque sabían que Circe y yo íbamos a estar en la misma estancia y querían ver lo que podía llegar a pasar.

Tras varios minutos más en los que la insecto siguió comentando cómo la creación de la ley de Protección de Especies Planetarias Nativas ponía en peligro la existencia misma de toda vida en el universo, me incliné hacia delante y me di un cabezazo con fuerza contra la mesa en el lugar donde se encontraba la grieta, imaginaria para mí.

Resonó más de lo que esperaba y reverberó como un disparo.

Circe se quedó en silencio durante unos instantes. El resto de los invitados de la charla tampoco dijeron nada.

—Carl —comentó Circe al fin—. ¿Qué haces?

—Lo has hecho tú —dije sin apartar la cabeza de la mesa—. Me has matado. Estoy muerto ahora mismo, literalmente. Tu hija no fue capaz, pero tú sí que lo has conseguido. Has conseguido aburrirme hasta la muerte.

La multitud estalló en carcajadas. A mi derecha, Hal del Centro no dijo nada. Ni Sydnee. Drick estaba muerto de risa.

—Carl, me veré obligada a silenciarte en la charla si continúas comportándote como un imbécil.

—¿Silenciarme? —dije—. Pero si no estás dejando hablar a nadie. —Alcé la vista al fin para dirigirme al público—. ¿A alguien le importa un carajo el tema del que habla?

—No —gritó la mitad de la audiencia.

—A mí me interesa —dijo Sydnee, que parecía alicaída.

—Perfecto —dije—. Sydnee, o comoquiera que te llames, ¿cuál decías que era tu libro?

Se envaró.

—Se llama Una crónica minúscula sobre el mazmorreo: el viaje de una mujer hacia la iluminación mediante el conocimiento, el academicismo y la poética de cadencia triple .

—Suena interesantísimo. Si de verdad queréis conocer el tema de la charla, leed el libro. Os garantizo que es imposible que sea menos interesante que esta mierda que estábamos oyendo.

—Gracias, Carl —dijo Sydnee—. ¿Podría poner tu comentario en la cubierta?

—Claro —respondí.

La especie de rastas de Circe se habían quedado rígidas de repente. Empezó a decir algo, pero la interrumpí.

—He oído rumores de que muchos de vosotros habéis estado esperando muchísimo para esta charla. ¿Son ciertos?

—Así es —gritó una persona. Alcé la vista para mirarlo. Era un tipo mitad humano y mitad robot que estaba sentado cerca del fondo. Llevaba una camiseta en la que aparecía una versión pin-up de Elle y se estaba comiendo algo similar a un algodón de azúcar chisporroteante.

—Pero supongo que lo que queréis en realidad es oír lo que esta señora cucaracha tiene que decir sobre el hecho de que yo haya matado a la cobarde de mierda de su hija.

Y luego probablemente querréis escucharme responderle diciendo que también voy a matar a su otra descendiente.

Luego se enfadará mucho y yo diré otra cosa que la irritará aún más. ¿No es así?

El público empezó a animarse de verdad en ese momento.

A mi izquierda, Circe Took había empezado a moverse inquieta de un lado a otro mientras trinaba con rabia.

Ese pelo extraño se volvió a quedar rígido e hizo que pareciese una mantis religiosa con un afro.

Hal del Centro empezó a apartarse, como si tuviese miedo de que la mantis pudiese llegar a explotar.

Sydnee parecía contenta por haber tenido la oportunidad de nombrar su libro.

Lo había sacado y lo sostenía contra el pecho.

Drick no dejaba de mirarme fijamente. Él también estaba tenso, como si tuviese miedo de que hubiese conseguido colar una bomba en aquel lugar a pesar de que estábamos a media galaxia de distancia.

—Prestad atención —dije. Me recliné en el asiento y apoyé los pies descalzos sobre mesa—.

En un principio, lo que tenía pensado era decir «Que os den a todos por el culo» y luego salir a toda prisa de aquí.

Pero tengo un problema y me gustaría pediros ayuda.

¿Queréis que encontremos un solución a mi problema entre todos?

—Esta es la razón por la que nunca se usan mazmorreros activos para este tipo de cosas —siseó Circe mientras el público se volvía loco. Alzó la vista a lo que se me antojó como un tigador con los ojos abiertos como platos que se había puesto en pie al fondo—. Desconectadlo.

—No —gritó otra voz. Era una mujer. Una humana, o quizá una elfa, sentada en un rincón con una capa marrón de patrón muy llamativo.

Este me resultaba familiar de alguna manera, pero no conseguí identificarlo.

Era de círculos y líneas. La voz de la mujer estaba amplificada antinaturalmente, como si ella también tuviese un micrófono invisible.

Sonaba muy mayor para el aspecto que tenía.

Señaló al mismo tigador y gritó—: No lo hagáis.

La criatura se quedó paralizada, aún con los ojos abiertos. Al ver a la mujer, varios miembros del público empezaron a señalarla y a susurrar. Otros soltaron un grito ahogado.

Los que estaban más cerca de ella se levantaron e intentaron alejarse de cualquier manera, como si le tuviesen miedo.

«¿Qué cojones está pasando?».

—Yo soy la moderadora de esta charla —siseó Circe a la recién llegada.

Dejó caer las patas inferiores sobre la mesa, con estruendo, y esta se partió por el lugar que había dejado maltrecho anteriormente, lo que hizo que la insecto se tambalease hacia delante y estuviese a punto de caer del escenario.

Los otros tres invitados pegaron un brinco hacia atrás y el público rio nervioso.

Todo el mundo había empezado a mirar como loco a Circe y a esa nueva mujer, como un partido de tenis.

—¿Este era el plan? ¿Estaba todo preparado? ¿Teníais pensado burlaros de la muerte de mi hija? —siseó Circe—. ¿Humillarme? Pues no vais a poder. Yo no soy el Maestro y no lo conseguiréis tan fácilmente.

Miré a Hal del Centro. Seguía girado hacia Circe y hacia mí, con los ojos clavados en la insecto.

Sydnee se había apartado y ahora estaba detrás de Drick, quien le susurraba algo al oído.

La atención de Drick bailaba entre Circe, yo y la mujer con túnica que se había puesto en pie al fondo.

Sabía que también estaba hablando con alguien mediante su interfaz.

De hecho, me di cuenta de que todos lo hacían. Todos tenían la mirada perdida y les brillaban los ojos. Era el equivalente intergaláctico de haber sacado el móvil para grabar lo que estaba pasando.

Yo me quedé quieto en la silla y con los pies aún sobre la mesa. Sabía que para el público ahora era como si tuviese los pies flotando en el aire.

—¿Puede alguien decirme quién es la señora de la túnica? —pregunté al fin. Luego no pude evitar añadir—: Está bastante buena.

Fue entonces, en ese momento, cuando al fin me di cuenta de lo estúpido y lo imprudente que estaba siendo.

Miré hacia atrás y me di cuenta de que los dos guardias, Frito y Moxo, habían desaparecido.

El vapeador cilíndrico de Moxo estaba tirado en el suelo, y brotaba de él un humo denso.

El aroma de la droga se había quedado impregnado en la estancia.

Imbécil. Esto era lo mismo que las drogas que habían escondido en las golosinas para mascotas del programa de Odette.

Era una trampa. Me habían drogado con algo.

Me sentía en pleno uso de mis facultades, pero algo había cambiado sin duda. Era como si hubiese perdido por completo el autocontrol.

Me daba igual. Supuse que era lo que querían, que los Valtay lo habían preparado todo. Pero ¿era para meterme en problemas a mí o para otra cosa? Estaba sobrepasado. Otra vez. Estaba siendo usado por unos alienígenas contra los que no podía hacer nada. Otra vez.

Pero me importaba un carajo. Miré al público y pensé: «Esta es la mía».

La mujer de la túnica fue la siguiente en hablar.