Capítulo 32 #3
—Vamos, nada de cháchara —dijo Moxo antes de empujarme un poco por la espalda.
—Pues nada —dijo el doctor Trinquete mientras salía por la puerta del otro extremo—. Buena suerte y eso. Tanto en la charla como cuando vuelvas. Mantén la cabeza gacha.
Cuando salí de la estancia sentí algo muy siniestro. Me dio la impresión repentina de haber perdido el tiempo en la sala de entrenamiento, como si hubiese tenido que aprender algo que había pasado por alto.
Llegamos a un pasillo estrecho que parecía más bien un panel de acceso a los conductos eléctricos.
Nos habíamos tenido que agachar para abrirnos paso por él, atravesando puertas y caminando durante lo que se me antojaron como cinco minutos.
La temperatura en aquel pasillo era sofocante y sentí cómo el sudor había empezado a perlarme la frente.
Los dos gnolls parecían absolutamente destrozados.
Llegamos a una escalerilla. Era una que parecía infantil, con los escalones demasiado cerca unos de otros.
—Arriba —dijo el guardia. Obedecí y me abrí paso por una escotilla que había en el techo, para llegar luego a un pasillo idéntico que aquel en el que acabábamos de estar.
No había visto advertencia de portal subespacial, pero algo cambió cuando subí por la escalerilla. La interfaz seguía desconectada, pero de repente me sentí más débil, como si la gravedad hubiese cambiado.
—Coge aire un momento —dijo Frito—. Estás en una zona cero, sin mejoras de ningún tipo. Te acostumbrarás en nada.
—Dioses, cómo odio esa transición —dijo Moxo, inquieto.
Aún no comprendía qué significaba lo de esas zonas diferentes. Parecía haber de varios tipos. Cerré el puño y, por primera vez, el guantelete no se formó. ¿Qué significaba eso?
—No te preocupes —dijo Frito—. Vamos al estudio tres, que es de clase dos.
El otro guardia gruñó.
—Ya está bien de descansar. Continuemos.
Caminamos otros cinco minutos y nos detuvimos frente a una entrada redonda con unas palabras encima.
Me di cuenta de que decían «Estudio tres. Solo nosequé, nosequé». El texto estaba en estándar del Sindicato y podía leerlo. Más o menos. Era como si lo conociese, pero no demasiado bien, como si fuese un idioma antiguo que no había hablado en muchísimo tiempo.
«¿Qué cojones?».
Entramos en la estancia y sentí cómo recuperaba la energía. Al otro lado, las palabras de la puerta pasaron a estar en ese estándar del Sindicato que podía leer sin problema y ahora había unas frases más en otro idioma alienígena que desconocía.
—Tenemos que esperar aquí —dijo Frito mientras señalaba hacia un rincón.
Moxo sacó un vapeador cilíndrico similar al que usaba Quasar, mi abogado, y empezó a darle caladas.
—Sí —convino—. Tenemos los mejores asientos del lugar.
—Hola, Carl —saludó una voz robótica. Era un robot frisbee de tipo Mexx, pero más estrecho y mucho más brillante—. Soy un robot botones de la Corporación Valtay, número identificativo 6.ff. Seré tu guía durante la charla que está a punto de tener lugar. Puedes llamarme Biff.
Giró, y la habitación apareció frente a mis ojos. Era una estancia enorme y con unas gradas llenas de gente. Había decenas de tipos de alienígenas, incluyendo algunos que no había visto antes, desde insectos a limos pasando por una especie de aves de tres cabezas. Ellos no me veían a mí.
Delante tenía una mesa alargada con cuatro sillas que daban hacia el público. Estaba sobre un escenario. Tres de las sillas ya estaban ocupadas, pero esos tipos tampoco me veían. O, si lo hacían, estaban haciendo como que no. El estruendo de la multitud se extendía por el ambiente.
Biff flotó sobre la última de las sillas y se quedó por allí.
—Te sentarás aquí, Carl.
«Ahí es donde está ella. Me han puesto justo al lado».
—¿Estaré solo en la habitación? —pregunté mientras me acercaba a la silla. De repente, me quedé muy preocupado por si se les ocurría hacer algo ridículo, como dejarme solo en una estancia con esa mujer.
—Así es —aseguró Biff—. Estaremos tú, yo y esos mercenarios pulgosos que están fumando material ilegal que altera los sentidos estando de servicio.
—Cuidado con lo que dices —comentó Moxo desde el rincón.
—Sí, qué miedito tengo —respondió el robot frisbee —.
Mira cómo me tiemblan las tuercas. —Luego añadió, dirigiéndose a mí—: La charla dará comienzo en unos tres minutos.
Serás el único que participe virtualmente.
Al terminar el evento, quédate sentado y el equipo de seguridad, si es que siguen conscientes, te escoltará de vuelta a tu camerino.
—Perfecto —dije, cada vez más receloso. El robot desapareció por el techo poco después. Olía lo que estaban fumando los dos gnolls. No era ese aroma agrio y característico de los palitos luminosos, sino algo más parecido al denso de la hierba. Aunque no del todo. Estaba por todas partes.
—Tenemos los mejores asientos del lugar —repitió Frito—. La gente ha pagado una pasta por estar en la charla. No la van a retransmitir por túnel hasta más tarde.
Moxo le dio una calada al vapeador.
—Ser un mercenario tiene sus ventajas.