Capítulo 31 #2
A mi derecha, G’valt se había desmayado, pero una mano apareció por encima de su hombro y pulsó la puntuación en la tableta. Llevaban un rato así. Antes votaba en silencio, pero desde que se había quedado dormido, aquella otra persona que estaba con él en la estancia se dedicaba a votar.
—No tengo muy claro qué debería…
—Tú introduce un número —susurró Hurk mientras votaba—. Que se larguen cuanto antes.
—Votad. Queremos que nos juzguen —dijo la cabra del centro. Las otras dos emitieron un balido prolongado que sonaba como si lo estuviesen reproduciendo a cámara lenta.
Extendí el brazo y pulsé el cinco; era la puntuación más baja que había dado, excepto al imbécil de Keith.
Las tres cabritas suspiraron al unísono y giraron al mismo tiempo para marcharse.
—Hemos sido juzgados —dijo la del medio—. Juzgaaaaaados.
—¿Qué cojones está pasando? —pregunté a Hurk mientras se acercaba el siguiente niño, un tigador que llevaba en las manos lo que parecía una flor de plastilina.
—La Abundancia —explicó Hurk sin dejar de mirar a las cabras mientras se marchaban.
Oí el estremecimiento en la voz del hombre pez—.
Todos son así. Deberías ver a los adultos.
Tu compañero en la mazmorra, ese cáprido, va a sus programas cada pocos días.
Se quedan allí sentados en círculo alrededor de él, que se pone a gritar.
Ellos le responden con más gritos. Es rarísimo.
Nadie sabe en qué pueden estar pensando siquiera.
Me resulta ajeno incluso a mí y te aseguro que he visto cosas que no creerías.
—Sí que es raro, sí —dije. Empecé a sentirme muy incómodo, como si de repente estuviésemos en peligro. Esos tipos, la Abundancia, eran los que habían inventado el sistema de túneles, los que supuestamente estaban asociados con nuestra nueva patrocinadora, la Boticaria.
Volví a centrarme en el niño que acababa de llegar y luego vi a la que iba detrás, esperando su turno pacientemente. Vi el nombre brillando sobre su cabeza y me incliné hacia Hurk.
—Oye, ¿podrías hacerme un favor? Dale una puntuación alta a la siguiente.
Hurk se giró del todo en la cuba para mirarme.
—¿A la niña gnoll? ¿Por qué iba a hacer algo así? Llevo dándoles unos y doses durante toda la mañana a estas fábricas de mocos con patas.
—Si le das una buena puntuación, diré en voz alta que me encanta el diseño del club Desperado durante la próxima charla.
—¡Hecho! —dijo Hurk. Alzó la vista al niño tigador que sostenía la flor de plastilina—. ¿Sigues aquí? Tampoco es para tanto eso que llevas. Deja que pase la artista de verdad.
El alienígena alto asintió con solemnidad y se marchó.
La niña parecía una perrita que caminase a dos patas.
Tenía muy poco que ver con la hiena en la que terminaría por convertirse.
Se llamaba Lix y tenía unos ojos inocentes y ridículamente grandes.
El líder del equipo de seguridad quería que votase bien por ella, ya que al parecer era su nieta.
A cambio, él me dejaría saquear todo lo que encontrase en mi camerino.
No es que hubiese visto nada extraordinario por allí, pero lo último que quería era molestar a un jefe de seguridad.
—A ver qué nos traes —dije.
Aventuré que la niña tendría unos cuatro años de edad. Había hecho un monigote tridimensional de un gnoll adulto con una porra. El gnoll del dibujo parecía estar dándole una paliza a algo. Puede que a un orco. Solo había usado un color, el negro.
—Es mi abuelito —dijo la niña—. Está ayudando a eliminar del universo a la escoria que no paga impuestos.
Hurk se rio.
—Esto es el primer treinta de treinta que he visto hoy.
Votó con una floritura sobreactuada.
Yo suspiré y también le puse un treinta al dibujo de la niña.
—No estaremos presentes para la ceremonia de premios —dijo Hurk cuando terminamos con el último de los niños—, pero sí que llegaremos a ver quién ha ganado. Así sabrás que he cumplido con mi parte del trato. No te olvides de la tuya.
Habíamos tardado unas dos horas. Tras terminar con las votaciones, las puntuaciones aparecieron en nuestra pantalla.
Lix, la gnoll sombría, había ganado con una puntuación perfecta de noventa.
A mi derecha, el bactriano seguía roncando.
No sabía quién estaba votando, pero al parecer les había puesto un treinta a todos los niños.
Los niños que habían llegado mientras el camello seguía consciente habían recibido todos un uno.
El cabroncete de Keith había acabado con una puntuación final de cuatro.
—Normalmente, no me resulta un problema —continuó Hurk—, lo de perderme la ceremonia, quiero decir.
Pero la verdad es que estoy muy interesado en la de hoy.
A la facción Eyber no le va a gustar nada.
Se van a poner rabiosos y a derramar cieno por todas partes y dejarán el centro de convenciones apestando.
—¿Esos quiénes son? —pregunté.
—El niño que dibujó el retrato de tu compañera gatuna. Suelen ganar este tipo de cosas. El chico ganó ayer, de hecho. Les encanta hacer estallar burbujas de cieno detrás del jurado cuando no se salen con la suya. Ten cuidado.
Recordaba el dibujo. Era una Dónut de un parecido sorprendente y estoy seguro de que le hubiese encantado a la gata.
Le había puesto al niño, que en realidad parecía una babosa, un veintiséis.
«Bueno», pensé. En realidad, me alegraba de poder librarme de la ceremonia de premios.
Al parecer, en ella se repasaban todos los dibujos, así que podía llegar a retrasarse muchísimo.
Supuse que quedaría bastante claro que el ganador estaba amañado, pero la verdad es que me dio igual.
Había llegado el momento de irme. La puerta sobre la entrada de mi camerino empezó a titilar, lo que al parecer significaba que tenía que marcharme.
—Bueno, Hurk. Nos vemos a la próxima —dije al tiempo que me ponía en pie y alzaba la voz—. Y adiós a ti también, camello.
—Buena suerte, Carl —dijo Hurk. Se quedó en silencio un instante y luego añadió—: ¿Sabes? Hacía mucho tiempo que no veía a un mazmorrero como tú, uno que llama la atención de la gente, uno del que están pendientes de verdad. Ten cuidado.
—¿Cuidado? —pregunté.
Se rio con sorna.
—Sí, sé que es una advertencia un poco rara.
Pero bueno, que sepas que veré tu charla de después.
Debo admitir que me siento un poco viejo para esto, pero estoy bastante emocionado con la supernova que nos tienen preparada.
Me han dicho que la cola para entrar en la charla ya estaba llena de gente cuando abrieron las puertas de la convención por la mañana.
—¿Supernova que nos tienen preparada? —pregunté—. ¿A qué te refieres?
—Chico… —dijo Hurk—. No te han dicho nada, ¿verdad?
Suspiré.
—Venga, sorpréndeme.
—Vas a participar en una charla cuya moderadora es la madre de una de las cazadoras que has asesinado. Y no se corta un pelo en decir lo mal que le caes. Todos los aficionados están babeando con lo que podría ocurrir en esa charla. Va a verla todo el mundo.
A mi lado, el camello roncó y lo llenó todo de mocos.
—Je. Qué ganas.