Capítulo 31
—Mi papi dice que eres el putito de una gata —comentó el niño.
Era humano y tenía una chapa con el nombre «Keith H.
». Tendría seis o siete años y llevaba un corte de pelo raro de cojones.
Parecía como si una mofeta se le hubiese enroscado en la parte alta de la cabeza y se hubiese muerto allí.
La mayoría de los humanos que no eran de la Tierra eran más esbeltos y tenían los ojos más grandes.
Este niño era bajito y achaparrado, como un enano, y con ojos que parecían puntas de alfiler.
Me miró expectante con esa mirada porcina.
Examiné el trabajo que había entregado para el concurso de arte.
Era un dibujo de mierda, incluso para los estándares de los niños de siete años.
Un monigote dibujado en un folio con varios garabatos en rojo sobre él.
Vi lo que quizá podría parecerse a un pájaro amarillo o algo así flotando sobre aquel desastre.
También vi lo que se me antojó como una mancha de chocolate con leche.
—¿Qué se supone que es? —pregunté.
—Pues eres tú. Y eso es una larva berrenda que te está comiendo —dijo Keith—.
Mi papi dice que, si no fueses el juguetito de la IA, es probable que ya estuvieses muerto.
También dice que eres un tramposo y que trabajas de chapero para la macro-IA y para los peces del fango.
Dice que ahora que los gusanos cerebrales se han hecho con el control, morirás en cualquier momento.
—Cuando veas a tu padre, pregúntale quién es el otro tipo que va a casa cuando él no está —comenté. Extendí el brazo e hice clic en el número uno de la tableta virtual que flotaba delante de mí—. Siguiente.
A mi izquierda, Hurk reprimió una carcajada. El glíner miró por encima el dibujo del chaval y votó sin pensárselo para luego indicarle al chico que se fuese.
Llevábamos así más de una hora. Al parecer, la MazmorraCon se estaba celebrando en algún lugar del sistema interior, significara lo que significase eso.
Mientras los adultos iban por ahí paseando y comprando tonterías, visitando puestos y yendo a las charlas, había una guardería donde podían dejar a los niños.
Pagando una tarifa adicional, los niños podían participar en un concurso de arte.
Cada uno de los tres días de la convención había lo que se llamaba jueves célebres.
A los niños les daban todo tipo de suministros artísticos, desde tabletas digitales, pasando por «nanoarcilla con autoaprendizaje para esculpir» o el equivalente alienígena a papel y lápices de colores.
Luego, los chicos pasaban uno a uno frente a los jueces, quienes echaban un vistazo a los resultados y les daban una puntuación en una escala del uno al treinta.
No me dieron ningún tipo de instrucciones sobre cómo tenía que juzgar los dibujos ni lo duro que debía ser.
La mayoría era la típica mierda que podía esperarse.
Pero también vi unos pocos que parecían haber sido creados por maestros artesanos, como dibujos animados en tres dimensiones que eran tan realistas que parecían fotografías.
El chico antes de Keith era un alienígena con forma de burbuja verde llamado Guru-san, quien había presentado una escultura que se parecía y se movía como una llama de las que escupían lava de tamaño real.
El niño no tenía brazos ni rasgos físicos algunos, por lo que no tenía ni idea de cómo había conseguido hacer algo así. Le había puesto un veinticinco.
Estaba acostumbrado a tener un robot o un productor que me dijese qué hacer, pero en esta ocasión no tenía nada.
Había atravesado la puerta pequeña que había en el camerino y me había sentado en un escritorio, tras lo que había aparecido un panel flotante frente a mí.
Me habían colocado entre dos alienígenas; a mi izquierda había un glíner con cara de pez que parecía estar flotando en una cuba de agua o de otro líquido extraterrestre virtual.
Todos los que llevaban la chapa tenían el nombre flotando sobre su cabeza, y el del tipo era Hurk, sin más.
Me había saludado con fervor. Los glíner se parecían mucho a los kua-tin, pero eran de tamaño humano y tenían la piel de cierta tonalidad azulada.
Para mi sorpresa, el alienígena que tenía a la derecha era un camello bactriano adusto de gesto lúgubre.
No había caído en que aquellas cosas eran una especie de verdad y no algo que se habían inventado para la mazmorra.
Me pregunté qué pensarían al ver a los camellos de la Tierra.
Supuse que sería algo muy parecido a lo que pensábamos los humanos al ver a un mono o a un neandertal.
El tipo iba vestido con una túnica larga de seda. Se llamaba G’VALT . SESIÓN DE AMOR . No tenía ni idea de qué podía significar algo así. Me miró y resopló, momento en el que los mocos salieron disparados de su hocico y desaparecieron por el límite virtual de la pantalla.
Los tres estábamos virtualmente en la convención, pero los niños sí que estaban en ella de verdad.
Frente a nosotros había una estancia amplia llena de infantes que no dejaban de gritar.
No me dio la impresión de que pudiesen vernos.
Varios robots con forma de frisbee en plan Mexx flotaban por el lugar, zumbando con agobio entre el caos.
Los niños formaban un grupo heterogéneo, de edades comprendidas entre dos y diez años, o eso creía yo al menos.
Había tigadores, sacacianos, humanos, elfos, orcos y otras especies que no tenía ni idea de qué coño podían llegar a ser.
Me fijé en que todos respiraban aire. No había glíner ni niños kua-tin.
Más o menos una tercera parte de esos niños estaban muy concentrados creando sus obras de arte.
El resto se dedicaban a chocarse contra las paredes y a correr por ahí haciendo cosas típicas de niños.
Me quedé sorprendido por lo normal que me pareció aquella imagen.
De no haber sido porque eran alienígenas y había robots sirvientes, podría haberla confundido con cualquier guardería de la Tierra.
—No tengo ni idea de lo que se supone que tengo que hacer —comenté.
—No te preocupes, niño —dijo Hurk el glíner.
A pesar de estar en una cuba de líquido, oía a la criatura como si estuviese sentada a mi lado.
Tenía un acento británico extrañamente formal, como si fuese un personaje shakespeariano—.
No estamos haciendo un mapeado cuántico.
Solo tienes que mirar la ilustración y luego pulsar un botón entre el uno y el treinta.
Cuanto mejor sea el resultado, más puntuación tienes que darle.
Es fácil. Al final, ganará el mierdecilla de estos que tenga más puntos.
A mi derecha, el camello resopló con sorna. Sacó lo que parecía un vaso lleno de humo y se lo acercó al hocico alargado. Le dio una calada larga e intensa.
—En serio, ¿viejo amigo? ¿Tanto te afectan los niños? —le gritó Hurk al camello—. Perderás la consciencia antes de terminar.
—Cómeme el culo, Hurk —dijo el camello. Después alzó la voz y gritó—. Venga ya. Acabemos con esto.
Aquella sería la primera y última vez que oiría hablar al camello.
—No le hagas caso a G’valt —me dijo Hurk, en un susurro conspiranoico—. Está enfadado porque su nombre indica cuál es su obra.
—No entiendo nada —dije.
Hurk señaló hacia arriba.
—Mi nombre dice «Hurk» a secas. Es porque prácticamente todo el mundo sabe quién soy.
Soy Hurk, el diseñador del club Desperado y otros escenarios.
Soy un habitual de la MazmorraCon. En tu caso, tu nombre también dice «Carl» a secas.
Todo el mundo te conocería aunque no fueses por ahí corriendo en ropa interior.
Este año, el nombre de G’valt tiene un añadido.
En el pasado escribió varias obra de teatro, entre las que se encuentra una pequeña obra maestra llamada Sesión de amor .
Solo la representan PNJ en el noveno piso del mazmorreo.
Legalmente, al menos. En los viejos tiempos, todo el mundo sabía quién era.
Ahora necesita un poco de ayuda para ser recordado.
—El hombre pez suspiró con dramatismo—. Pero todo esto da igual si estamos tratando con estos infantes con pañales cagados.
El único de nosotros al que podrían llegar a reconocer es a ti, querido Carl.
Ser jueces en los concursos de arte es el principio y el fin del circuito de charlas, una mezcla de estrellas en alza y aquellos a los que están a punto de tirar al portal de la basura.
Empezaba a pensar que, a pesar de haberse quejado del camello por drogarse, el glíner tampoco estaba en sus cabales.
—Una cosa —comenté—. ¿Sabes qué es lo que acaba de pasar? En la mazmorra, quiero decir. Con Dónut y Lucia Mar. No me lo quieren decir.
Hurk negó con la cabeza.
—Lo siento mucho, chico. Hoy en día solo veo los acontecimientos destacados, pero si tu compañera se ha topado con esa mazmorrera psicópata, te doy mis condolencias de antemano.
«Joder», pensé. Miré al camello, pero él se limitó a negar con la cabeza.
Uno de los robots Mexx empezó a pitar y a zumbar de repente hacia nosotros.
—Niños, ha llegado la hora de las votaciones. Poneos en fila.
—Es mi madre —dijo la niña elfa. Se llamaba Divinidad Amapola y había dibujado una versión buenísima estilo anime de una elfa que sonreía a cámara. El dibujo parpadeó y me lanzó un beso.
—Es fantástico —dije. Le di un veinticuatro.
—Gracias. Está muerta —dijo la niña antes de marcharse.
—Dios —murmuré.
—Dioses. Estos tipos… —susurró Hurk cuando un trío de criaturas con forma de cabra se acercó al mismo tiempo. Eran animales de pelaje negro azabache con ojos rojos. Parecían unos Prepotentes satánicos. Los nombres sobre sus cabezas parecían ecuaciones científicas. Completamente impronunciables.
—¿Dónde está vuestra ilustración? —pregunté sin dejar de mirar a las tres cabritas.
—Votadnos —dijo la del centro. Luego baló—. Votadnos.