La mascarada del carnicero (Carl el Mazmorrero 5) Capítulo 30
38%

Capítulo 30

Entrando en el punto de encuentro.

Volvía a estar en una estación espacial. No, no, no, no. Dónut y Samantha se habían quedado ahí abajo, solas con esa psicópata. La puerta de la estancia segura estaba abierta. ¿Habría entrado la gata? Claro que sí. Dónut no era boba.

Pero no tenía forma de asegurarme. ¿Por qué me había parado a preguntarle a ese dríade quién era el alcalde? Zev había intentado advertirnos como había podido. Mierda. Tenía que regresar.

Me giré en gravedad cero y me sorprendí por lo que me rodeaba a pesar de ser la segunda vez que lo veía. Intenté abrir el chat, pero no me funcionaba la interfaz.

—No —repetí, esta vez en voz alta.

Pasaron varios minutos desesperantes. Debajo, algo ardía en la superficie de la India, cerca de la parte más meridional del país.

No sabía geografía suficiente para averiguar de qué ciudad se trataba, ciudad que quizá ya no estuviese ahí.

El fuego era lo bastante intenso como para verlo desde el espacio.

—Hola —grité a la trampilla invisible—. ¡Hola!

Estaba más asustado a cada minuto que pasaba. Pensar que le había pasado algo a Dónut y que no podía hacer nada para evitarlo me hacía sentir una impotencia sobrecogedora.

—Mierda. —Le di una patada al suelo acristalado a través del cual se veía el planeta, algo no demasiado inteligente. Salí despedido hacia arriba en diagonal y me choqué con fuerza contra el mamparo.

A mi izquierda, la trampilla del techo se había abierto al fin justo cuando empecé a caer hacia el suelo.

Un gnoll la atravesó, muy serio. No era uno de los de antes.

Este estaba menos equipado y tenía menos cosas en el uniforme.

También era bastante adulto, con canas por el hocico.

En los hombros tenía la insignia de una luna en cuarto creciente, diferente a lo que tenían los tipos de la otra vez.

—Tengo que volver. Ya. Ahora mismo.

—Lo que tienes que hacer ese cerrar el pico —dijo el gnoll sombrío.

Cayó al suelo con un ruido metálico y dio unos pasos hacia mí, mientras yo flotaba hacia abajo sin poder hacer nada.

Me agarró por el tobillo y me bajó sin esfuerzo alguno.

Tuve que tener cuidado de no caer a cuatro patas en el suelo de cristal.

Me pasó un escáner—. ¿Llevas explosivos encima?

Me dieron unas ganas horribles de agarrarlo por el cuello y empezar a asfixiarlo, pero sabía que lo único que conseguiría así sería retrasarlo todo. Zev había dicho que me encontraría con ella en la caravana de producción. Ella podría decirme qué estaba ocurriendo. O eso esperaba.

—No llevo nada —dije—. Venga, termina ya.

El gnoll se inclinó hacia delante. Tenía el aliento caliente y olía extrañamente dulce, como a mandarinas.

—Mi nietita se llama Lix. Me harías un favor personal si votases por ella.

No puedo pagártelo directamente, pero estoy a cargo de la seguridad de la caravana de producción a la que están a punto de transferirte.

Se dice que sueles robar en las caravanas.

Pues podría obviar esos delitos si haces esto por mí.

Giré la cabeza para mirar al gnoll adulto.

—Pero ¿de qué cojones estás hablando?

No respondió. Me agarró por la chaqueta y tiró de mí como si estuviese moviendo las manecillas de un reloj. Los pies se me alzaron del suelo y empecé a girar por los aires. El movimiento me sorprendió tanto que no hice nada para resistirme. Empecé a caer despacio, y él dijo:

—Está limpio.

Lo había dicho girando la cabeza hacia el hombro. Luego saltó al techo. Antes de que me diese tiempo a reaccionar, empecé a brillar.

Entrando en las instalaciones de producción.

La vez anterior había aterrizado mal, pero en esta ocasión lo hice a la perfección.

Mis pies descalzos resonaron al chocar contra un metal frío y estrecho.

La interfaz volvió a activarse por unos instantes antes de volver a desaparecer.

En ese escaso segundo, apareció una página entera de mensajes, la mayoría de Dónut y Mordecai.

Y de Samantha. Alcancé a leer uno de Dónut diciéndole algo a Katia, por lo que sabía que estaba bien por el momento. No leí más, pero me relajé. Un poco.

—Guau —dije mientras empezaba a echar un vistazo a mi alrededor.

La caravana de producción en la que me encontraba era mucho más grande de lo habitual.

Estábamos debajo del agua, pero algo me decía que el navío era enorme.

Sentí movimiento y sonidos a mi alrededor.

Pensé en el Akula, el submarino gigante del piso anterior.

Pues era más o menos lo mismo. La estancia estaba ridículamente húmeda y me estallaron los oídos.

Tenía cierto aire a la última caravana submarina en la que habíamos estado, pero en este caso no tenía aquel ventanal enorme en el que se veía el océano al otro lado.

Solo había una salida demasiado pequeña en la pared del otro extremo, y una luz roja y parpadeante fija en el metal sobre ella.

Habían grabado un símbolo alienígena sobre la luz.

Parecía una Q mayúscula con alguna que otra línea más.

Lo demás era igual que siempre. Había una encimera vacía.

Un baño pequeño. Un sillón, aunque era de metal como el banco de una parada de autobús.

«Dónut lo odiaría». Bajo mis pies, oí lo que se me antojó como el restallar de un conjuro al lanzarse, seguido de vítores y risas.

El suelo vibró un poco con el estruendo de la multitud.

—¿Qué cojones? —murmuré.

—Hola, Carl —dijo Zev desde el banco. Pegué un brinco por la sorpresa. Estaba justo detrás de mí y no la había visto. Estaba sentada en silencio y apoyada en el reposabrazos. No llevaba el traje, solo el respirador. Parecía pequeña y agotada. La mujer pez diminuta me sonrió.

—Zev —saludé—. Tengo que volver ahí abajo.

—Sí —dijo ella—. Ha sido un enfrentamiento brutal, pero Dónut está bien. Se ha refugiado en la sede gremial. No tengas prisa. Este es el primero de los tres eventos y no durará mucho. No obstante, estaba comentando tu planificación con mi equipo y…

—¿Enfrentamiento? —exclamé antes de que pudiese seguir hablando. Dejé de sentirme aliviado—. ¿Se ha enfrentado a Lucia Mar? ¿Sola?

Zev miró al techo con nerviosismo.

—Mira, Carl. Las cosas han cambiado con la nueva…

gestión de la mazmorra. No estamos en una caravana de producción normal.

La mayoría de las caravanas de alquiler eran propiedad de una empresa llamada Sistema de Producción Senegal S.

C., pero los Valtay los han expulsado del sistema porque les cuesta…

seguirles el rastro a los mazmorreros cuando están fuera de la mazmorra.

Hubo cierto problema. Un intento de escapar.

Eso y lo que ocurrió con Loita en el piso anterior les ha hecho tomar la decisión de ser un poco más estrictos.

—Se inclinó hacia delante—. Van a vigilarnos constantemente.

Y no solo lo hará la IA, sino los sistemas de seguridad del navío.

No puedo decirte qué ha ocurrido exactamente, pero que sepas que Dónut está bien.

Recordé lo que había comentado ese tipo cuando estábamos en órbita.

—¿Estrictos? —pregunté mientras echaba un vistazo alrededor. «¿Con nosotros? ¿Después de lo que les hemos ayudado a conseguir?», pensé pero no dije en voz alta.

Zev continuó:

—Estamos en una lanzadera de los Valtay, y está aparcada en la zona primaria del planeta.

Nos encontramos en el fondo del océano, cerca de la oficina central.

La nave suele estar dividida en zonas con diferentes características ambientales, pero se ha limpiado y presurizado para los estándares de la Tierra.

De ahora en adelante, la mayor parte de las entrevistas tendrán lugar en ella.

Oí más risas amortiguadas bajo mis pies. «Están grabando un programa aquí debajo en este mismo momento».

Respiré hondo.

—Muy bien. Acabemos con esto de una vez para que me dejen volver.

—En realidad, y como te decía antes, estaba comentando tu planificación con mi equipo.

El primer evento tendrá lugar dentro de unos minutos.

El segundo será la charla, que será dentro de unas pocas horas.

Hemos decidido que te quedarás aquí entre uno y otro.

La sesión de autógrafos está programada para mañana, por lo que en ese caso sí que podrás salir y volver más tarde.

Pero la charla «Historia del mazmorreo» será dentro de seis horas.

Después del primero de los eventos, regresarás aquí y te proporcionaremos una cama y comida.

También podemos darte acceso a una sala de entrenamiento, para compensar el tiempo de mazmorreo que vas a perder.

—¿Estás de broma? —pregunté—. Y una mierda.

Quiero volver ahí dentro de inmediato. Si Dónut ha conseguido entrar en la sede gremial, eso significa que solo puede salir por la misma puerta y, si no ha matado a esa psicópata, eso significa que sus perros y ella podrían estar esperándola.

Dónut está atrapada y tengo que volver ahí lo antes posible.

Zev bajó la voz para hablar más despacio y dejar claro que sería mejor que la escuchase.

—Tu aparición en la MazmorraCon es un acontecimiento muy esperado. No es solo que el universo tenga muchas ganas de conocerte hoy, sino que te aseguro que también sería muy recomendable que… te quedases por aquí el mayor tiempo posible. ¿Me has entendido?

—No —le aseguré.

—Pues tendrás que confiar en mí. Cuando hayamos terminado, te teletransportaremos de vuelta al lugar exacto donde te encontrabas.

Cualquier otro mazmorrero, sus mascotas o cualquier otra criatura que sepa de tu participación podría estar esperándote allí.

Por eso necesitas descansar. Te sentará bien. Es lo único que puedo decirte.

Estaba intentando dejarme claro algo. Empezó a dolerme la cabeza.

—Creía que habíais bloqueado las comunicaciones…

—Silencio —dijo Zev al tiempo que alzaba su mano palmeada.

El agua le salpicó desde el cuello y mojó el banco—.

Voy a abrir tu inventario un momento. Saca la chapa de la MazmorraCon que te salió en la caja de aficionado y cuélgatela del cuello.

No saques nada más. Y quítate el pañuelo mágico.

Podrás volver a ponértelo cuando regreses. Venga, que tienes que salir ya.

Suspiré y saqué la chapa con el cordón rojo. El demonio rojo de la parte delantera de la chapa rugía en silencio y disparaba fuego por la boca. En el dorso, había un anuncio de propiedades inmobiliarias en lo que parecía una especie de planeta pantanoso. Me colgué la chapa del cuello.

Hay una nueva pestaña disponible en tu interfaz. Horarios de la MazmorraCon.

Intenté abrir la pestaña, pero me fue imposible.

—No puedo abrir la pestaña —dije.

—Lo siento, Carl —respondió Zev—. A diferencia de las caravanas normales, este navío tiene su propia zona de contención. Tienes sistema nervioso de mazmorrero, por lo que estás bloqueado.

Cerré el puño por instinto para ver si funcionaba el guantelete.

Y lo hizo, como si estuviese por encima del nivel del mar.

Lo cancelé al momento para que no me diese problemas con la seguridad.

Qué raro. ¿A qué venía esto? Quería preguntarle a Zev, pero el instinto me dijo que sería mejor obviarlo por el momento.

—¿Qué era el primer evento? Me he olvidado de la descripción de la caja de aficionado.

—Vas a formar parte del jurado de un concurso artístico infantil.

—No jodas. Estás de coña, ¿no?

—Intenta no decir palabrotas, al menos en este evento. Son niños.