La mascarada del carnicero (Carl el Mazmorrero 5) Capítulo 29 #2
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Capítulo 29 #2

—Sí, eso no lo he dudado ni un segundo. Pero sé mucho sobre arcos narrativos, Carl, y te aseguro que se te va a tirar encima antes de la batalla final.

Es probable que estéis en un prado, que ella lleve una diadema de flores en el pelo y que haya velitas y mariposas.

Puede que llore a su madre durante el sexo y arqueará la espalda y te clavará con fuerza las uñas.

Y tú gruñirás como un búfalo cachondo, como haces siempre.

Y luego intentarán matarte. Eso es lo habitual.

Es como funcionan estas cosas. El sexo con las estrellas invitadas siempre es una condena.

Y no pienso permitir que ocurra. No volverás a quedarte solo con ella.

—Signet no me va a «dar como cajón que no cierra», Dónut.

—No, no lo hará. Haré todo lo que sea para que no ocurra.

Es una pena que Areson y Holger sean tan feos.

Ese es el problema, que no hay nadie medianamente atractivo en el grupo para prestarse para el sacrificio sexual.

Quitándome a mí, claro. Pero estoy muy segura de que Signet no es lesbiana.

Hasta esos elfos de los arbustos parecen salidos de un campamento de trabajos forzosos.

Creía que los elfos tenían que ser sexis.

Llegamos a la orilla y me puse manos a la obra.

Me até a Samantha, que seguía durmiendo, a la espalda por el pelo y empecé a saquear los restos de los osunos.

Ella había tenido razón. Estos tipos estaban muertísimos.

Era como si algo enorme los hubiese partido por la mitad a todos.

Las plumas rosa de la boa cubrían la orilla, y el hedor a muerte recorría el lugar.

Me hice con varias partes de armadura y algunas dagas y espadas mágicas.

No había nada de mucho valor, pero entre todo quizá conseguiría sacar mil de oro.

La mayoría de las trampas ya se habían desactivado o activado, pero conseguí encontrar algunas más en los extremos, entre las que había una nueva llamada pendiente deslizante, que me hubiese hecho resbalar y caer al agua. Me las guardé todas en el inventario.

—Estate atenta por si ves dinosaurios —dije mientras nos internábamos en la selva en dirección al sur. Se suponía que el asentamiento estaba a unas pocas horas en esa dirección.

Zev me envió un mensaje para decirme que me diese prisa. Me advirtió de que me teletransportarían estuviese o no en una estancia segura, por lo que cabía la posibilidad de que Dónut se quedase sola ahí fuera. Insistió más de la cuenta, por lo que le hice caso y aceleramos el ritmo.

Nos topamos con varias criaturas que, en su mayor parte, eran unas cosas llamadas derviches picudos: unas plantas rastreras con púas que me recordaron a zarzas y que se movían como arañas.

Las flores de esas cosas estaban en la lista de Mordecai, por lo que matamos a unos pocos y me guardé sus cadáveres.

También nos hicimos con algunos objetos más de los que Mordecai nos había pedido, por suerte para él.

No vimos criaturas grandes ni dinosaurios, pero sí que nos pasamos una hora y media grindeando mientras avanzábamos rápidamente.

Samantha se despertó y empezó a quejarse entre gritos para que la liberase, pero la mantuve atada.

El estruendo llamó la atención de más criaturas, pero acabamos con ellas con facilidad.

Tenía muchas ganas de llegar a una estancia segura y librarme de ella de una vez.

Al fin vimos el asentamiento. Me recordó al primero que habíamos encontrado, aunque más pequeño.

Solo había un guardia campana funeraria en la puerta principal.

Sobre nosotros había casas de los árboles construidas en ángulos extraños.

La mayoría de los edificios estaban fabricados con planchas que parecían de bambú, y distinguí un templo en mitad del pueblo.

A pesar de encontrarnos en las afueras, percibí el olor dulzón de las flores y de la lluvia.

Z EV : Carl, Dónut, tenéis que entrar en la estancia segura ya. No podré detener ni retrasar la teletransportación. Tenéis dos minutos. O quizá deberíais… No he dicho nada. No puedo. A la estancia segura. Rápido.

El contador de visitas, que había estado a mitad desde antes de lo del tatuaje, subió de repente y se colocó a la derecha del todo con un movimiento repentino y estremecedor, como si los usuarios de la internet galáctica se hubiesen dado cuenta de algo justo después que Zev, fuera lo que fuese.

«Oh, oh», pensé.

Entrando en Alucarda.

—Carl, ¡este asentamiento ya tiene nombre! —indicó Dó­nut—. ¡No es justo! ¡Quería ponérselo yo!

Me quedé quieto y miré alrededor rápidamente.

—Ten cuidado —murmuré—. Es posible que haya otro mazmorrero por aquí.

—Pues esto no puede ser. Por eso necesitamos a Katia. Ella tiene la habilidad de Encontrar mazmorrero. Carl, no veo puntos en el mapa. ¡Se ha roto!

—Tiene que ser un conjuro de protección. ¡Vamos!

Avanzamos rápidamente hasta llegar a una calle llena de establecimientos.

Me quedé frente a la entrada de un bar, un pequeño edificio llamado Aloe Maná.

Era una estancia segura de verdad. El logo era un cactus que brillaba de azul.

En la puerta había un dríade con forma de árbol. Un mono le colgaba de las ramas.

—Hola —saludé mientras apoyaba la mano en la puerta. Desde ahí vi el interior. Era un restaurante de comida rápida de algún tipo donde solo había un bopca. Dónut estaba en mi hombro, y Samantha aún me colgaba por detrás—. ¿Sabes quién es el alcalde de este asentamiento?

—Era R’aggah —dijo el tipo árbol—. Pero ha vuelto a ser uno con la tierra. Una mujer malvada se ha hecho con el control, una con dos bestias que matan indiscriminadamente. La alcaldesa Lucia Mar.

«Me cago en la puta».

—¿Y dónde está ahora? —pregunté.

—Anda, ¿de quién habláis? Parece tan loca que nos llevaríamos bien —dijo Samantha a mi espalda.

Y, en ese momento, me teletransportaron.