Capítulo 29
Dónut y yo nos sentamos, fascinados, mientras veíamos a Edgar la tortuga usar una vara de plata que parecía una aguja y que sostenía con la boca para dibujar un nuevo tatuaje en la piel de Signet.
Mongo y Samantha estaban por allí contemplando también el proceso.
Edgar mojó la punta de la aguja en los restos de la señorita Nadine y los sorbió como si fuese una pajita.
De hecho, resonó un ruido similar cuando el pelo, las cerdas y las vísceras quedaron absorbidas, uno parecido al de una bomba de sentina estropeada.
Después, se giró y empezó a pinchar a Signet en el muslo.
La tortuga no estaba dibujando nada en realidad, sino clavándola en el mismo sitio una y otra vez mientras los puntos se movían solos para formar la imagen poco a poco.
Cada pinchazo emitía un chasquido al entrar en el cuerpo de la semináyade, como si se lo estuviese clavando hasta el hueso.
El resto de los tatuajes de su cuerpo revoloteaban en círculos alrededor del nuevo, que ya estaba a medio completar, lo que hizo que gran parte de su piel quedase al descubierto. El tatuaje nuevo se ovilló como si tuviese frío y miedo.
D ÓNUT : ESTO ES ASQUEROSO. PERO NO PUEDO APARTAR LA MIRADA. ES COMO ESE PROGRAMA EN EL QUE REVENTABAN ESPINILLAS QUE SIEMPRE VEÍA LA SEÑORITA BEATRICE.
C ARL : Sí que es asqueroso, sí. Pero no lo digas en voz alta.
—Entonces ¿todos estos tatuajes son de compañeros caídos?
—pregunté entre susurros. Todo el proceso tenía un aire muy espiritual.
El resto de los hombres castor, así como los elfos de los arbustos y las demás criaturas contemplaban la escena en silencio, con aire reverencial.
El único ruido era el chasquido y el fluir ocasional del agua.
—Sí —respondió Signet, también entre susurros—. O de enemigos caídos que considero dignos. Recibí el primero la noche en la que asesinaron a mi madre. Fue la misma que conocí a Edgar.
—Entonces, eras una niñita pequeña sola que no paraba de llorar y, de repente, un tipo tortuga se acercó a ti y te dijo: «Hola, niña. ¿Quieres que te haga un tatuaje?» —preguntó Dónut.
Edgar, que aún tenía la aguja en la boca, soltó una carcajada como pudo.
—Un momento —continuó Dónut, que miró a Areson el ogro y el tatuaje del ogro de tres cabezas que Signet tenía en la piel.
Esta giró la cabeza para mirar a la gata—.
Ese tatuaje es igual al señor Areson, y Carl dice que había otro ogro que se parecía a otra de las cabezas.
Si ese tatuaje es de él, no todos los que llevas son criaturas muertas.
Areson gruñó.
Signet alzó la vista al ogro con tristeza.
—Areson, Apollon y Herman son ogros, sí, pero nacieron el día en que falleció su progenitor.
Di-we. Él es el segundo tatuaje que me hice.
Un cabecenco de tres cabezas que murió protegiéndome de los enviados de mi hermana.
Cuando un cabecenco muere, se divide en una nueva criatura dependiendo de cuántas cabezas tuviese el original.
Dichas nuevas criaturas aparecen como bebés, pero crecen muy rápido.
El cuerpo original no desaparece, por lo que lo usamos para el tatuaje.
Areson, aquí presente, tiene una tercera parte de los conocimientos de su progenitor.
Él se quedó aquí, en el Coto de Caza. Apollon marchó con nosotros a la Ciudad Epigea, donde empezó a trabajar en el circo. Herman está debajo, en Larracos.
Hizo una pausa y los ojos se le empañaron durante unos instantes. Luego añadió:
—Espero llegar a verlo algún día.
—¿Un cabecenco? —preguntó Dónut—. Carl, esa es la especie de los hermanos Popov, ¿no?
—Sí —respondí. Yo estaba pensando lo mismo. De hecho, ahora tenía más preguntas. ¿Por qué dos tipos habían elegido esa especie tan extraña?—. Ellos tienen dos cabezas, no tres.
—Un cabecenco puede llegar a tener desde dos hasta seis cabezas —explicó Signet—. Pero normalmente son de dos o tres.
Tardaron una hora más en terminar el tatuaje, momento en el que el sol empezó a alzarse en el horizonte distante.
El tatuaje terminado era pequeño, quizá de unos diez centímetros.
Vimos cómo aquel retrato de la señorita Nadine daba un paso titubeante por la piel de Signet.
Di-we, el ogro de tres cabezas, se arrodilló ante la recién llegada y le posó la mano encima. Ella se estremeció, asustada.
—¿Sabe quién es? —pregunté. De repente, pensé que quizá la criatura no quería que la convirtiesen en un tatuaje después de su muerte, por lo que aquello podía ser todo un honor o no, dependiendo de las circunstancias.
—No es la señorita Nadine —respondió Signet, que bajó la vista y contempló con cariño el nuevo tatuaje—.
Es un elemental de sangre y tinta, y una combinación de los restos de lo que era y de mis recuerdos de ella.
Es un retrato viviente pintado con su sangre, pero no es real.
No en el sentido que comentas. Es un duplicado. Un recuerdo bonito.
En ese momento, la oruga se enderezó para luego transformarse en una joven chee con una falda larga y holgada. Alzó la vista hacia el otro con los ojos abiertos como platos. Un chee más pequeño apareció y asomó la cabeza por detrás de su falda.
Holger apareció a mi lado y soltó un grito.
—¡Es Clint! ¡Ha llevado con ella a Clint! Anda, pero tiene el aspecto que teníamos antes de cambiar. Mirad todo ese pelo.
—Ocurre a veces —explicó Signet en voz baja sin apartar la vista del nuevo tatuaje.
La versión infantil de Clint tenía los ojos muy abiertos y miraba a su alrededor—.
Lo quería tanto que el recuerdo de él habita dentro de ella.
Por eso, cuando dibujamos el tatuaje, lo hizo aparecer aunque no tuviésemos su cadáver.
Holger extendió el brazo con gesto reverencial y detuvo los dedos a escasos centímetros de la piel de la semináyade.
—Te echaré de menos, amigo mío. Pero estarás con la señorita Nadine. Dondequiera que estés, tengo claro que estarás más seguro que nosotros.
Se llevó la mano a la cara y se enjugó las lágrimas. Uno a uno, los hombres castor supervivientes se inclinaron frente a la piel de Signet antes de marcharse.
«Dios —pensé al verlos—. Cómo odio este lugar».
Cuando el sol salió por completo, los hombres castor regresaron al agua y se prepararon para construir una presa de madera alrededor de la entrada del castillo.
Holger apareció unos minutos después para quejarse porque no se podía llegar hasta la trampa de alarma que había quedado atascada en uno de los conductos.
Wonderwall seguía reproduciéndose en un bucle infinito.
—No es necesario levantar defensas alrededor del castillo. Ese ruido es defensa suficiente —dijo el tipo.
—Pero ¿por qué quieres desconectarla? —preguntó Dónut.
Teníamos que llegar a una estancia segura.
Dentro de muy poco iba a tener lugar mi primera cita en la convención.
No recordaba muy bien qué era lo que tenía que hacer, una mierda seguro, pero no nos daba tiempo de llegar hasta Villa Mongo.
Había una pequeña aldea a unos kilómetros al norte, pero en lugar de eso optamos por cruzar el río, atravesar la masacre de la orilla meridional y dirigirnos hacia un pequeño asentamiento de dríades que había al sur.
Eran unos kilómetros más, pero estaba en la dirección en la que queríamos ir.
Cuando nos instalásemos, tomaríamos el lugar, entrenaríamos a los guardias y quizá luego probaríamos con la misión de los dinosaurios.
Luego, íbamos a pasar el resto del tiempo yendo a por los cazadores y preparándonos para la batalla inevitable contra la reina Imogen.
—Seguimos en contacto —dijo Signet mientras nos preparábamos para marcharnos.
—Nosotros iremos de un lado a otro —dije—. ¿Cómo nos encontrarás?
Ella me dedicó una sonrisa diabólica.
—No te preocupes por eso. Cuando tengamos un plan para atacar a los elfos, enviaré a alguien a por ti.
Mientras, nosotros nos dirigiremos hacia el sudeste, hacia su territorio.
Imogen ya se habrá enterado de mi regreso, por lo que tendremos que escapar, luchar y escondernos de ahora en adelante.
También seguiremos dando caza a esos extraterrestres.
—Ten cuidado con ellos —dije—. Mátalos tan pronto como los veas. No intentes capturarlos. Se vuelven más fuertes a cada día que pasa y pronto lo serán demasiado como para matarlos con facilidad.
Signet me dio un beso en la mejilla antes de marcharse.
Me acerqué al agua y saqué el kayak del inventario mientras Dónut guardaba a Mongo. Teníamos que mantenerlo en el transportín porque sabíamos que había más dinosaurios por la zona. Seguro que tenían una manera de sentirse entre ellos, y aún no estaba preparado para lidiar con ese problema.
Una niebla baja descendió hasta la superficie del río y lo cubrió como una manta. De vez en cuando echaba un vistazo a los osunos de la otra orilla. Quería llegar allí antes de que las criaturas de la selva se los comiesen. Algunos tenían equipamiento mágico.
Dejé el kayak en el agua, y Dónut saltó sobre mi hombro mientras contemplaba el río con recelo. También tiré a Samantha al interior. La cabeza de la muñeca hinchable se había quedado dormida y roncaba con fuerza. Empezamos a cruzar el río.
—Sabes que esa Signet quiere darte como cajón que no cierra, ¿verdad? —preguntó Dónut cuando íbamos por mitad del río. Yo contemplaba con cautela la otra orilla. La pendiente no era tan inclinada como la otra, y me pregunté cuántas trampas habría por la zona.
—De ser así, es porque los productores quieren que se sienta de esa manera.