Capítulo 27 #2
«Ups», pensé mientras veía a ese lagarto gigantesco volar hacia el cielo.
No vi a Areson, pero di por hecho que el ogro seguía en la cabeza, montado en el sapo como si fuese un toro salvaje.
Las patas rechonchas del jefe no dejaban de agitarse mientras ascendía hacia la noche, más rápido y más alto de lo que tendría que ser físicamente posible para algo tan grande.
«Será mejor que me aparte», pensé.
Dónut entró al galope sobre Mongo en el área del conjuro. Alzó la vista.
—No lo has volcado, Carl.
—¡Dispárale, rápido!
El monstruo llegó al punto más alto y empezó a caer de nuevo hacia nosotros.
—¡Bola de fuego! —gritó la gata mientras el conjuro tamaño de pelota de playa salía disparado.
La bola de fuego de nivel 10 ascendió despacio, casi a regañadientes, en dirección al estómago rosado del monstruo que no dejaba de agitarse.
Las llamas lo cubrieron, y todo su cuerpo se iluminó cuando aterrizó sobre el escudo casi invisible con un plaf muy repugnante.
Claude empezó a gritar y a revolverse mientras se deslizaba por la cúpula que había formado el conjuro y caía hacia los árboles, dejando tras de sí un rastro de vísceras llameantes que empezaron a llovernos encima un instante después de separarse del cuerpo del jefe.
La linde del bosque detuvo el descenso del monstruo, que rugió indignado al quedarse haciendo el pino prácticamente.
Empezó a agitar las patas, que chocaban contra el escudo chisporroteante.
Estaba atascado. Cuando el escudo desapareciese había dos posibilidades: o caía hacia el bosque o caía sobre nosotros.
Detrás, los árboles gigantescos empezaron a torcerse bajo su peso.
Desde allí no le veía la barra de salud.
—Guau. ¿Has visto eso, Carl? —gritó Dónut—. La bola de fuego es una pasada.
Dónut le había abierto un agujero en el vientre y, de alguna manera, les había prendido fuego a las entrañas.
Pero la criatura seguía con vida. El jefe tenía la cara enorme presionada contra el suelo y se había puesto a disparar rayos en todas direcciones mientras gritaba de dolor y seguía lloviendo sangre de su cuerpo.
Los rayos chocaban contra árboles aleatorios a nuestro alrededor, que empezaron a explotar.
—¿Dónde cojones estoy? —preguntó Holger desde el suelo. No me había dado cuenta de que lo tenía junto a mis pies—. Esa cosa me tragó entero.
El monstruo aún no había caído. Seguía agitando las patas y aullaba de miedo y de dolor. Quedaban escasos segundos antes de que desapareciese el conjuro.
—Proyectiles —grité mientras cargaba mi hobomba menos potente. Estábamos demasiado cerca para usar explosivos de los buenos. La tiré directamente al estómago de la criatura mientras Dónut empezaba a dispararle proyectiles mágicos también en la herida.
—¿Por qué no se muere? Siempre que respira le caen vísceras sin parar. Ya vale —gritó Dónut—. ¡No, no! ¡Mongo, no!
Mongo, que aún tenía a la gata montada sobre el lomo, rugió y se lanzó hacia la herida abierta justo cuando el conjuro empezaba a desaparecer.
Dónut dio una voltereta hacia atrás para separarse del dinosaurio y aterrizó a la perfección en mi hombro para luego disparar un último proyectil mágico, antes de que el dinosaurio entrase de cabeza en la herida.
—Va a caer bocarriba —grité mientras los árboles detrás de él no dejaban de torcerse.
El conjuro desapareció al fin, y los árboles hicieron las veces de resorte y lanzaron a la criatura anfibia directamente hacia mí, como si estuviese en medio de una trampa para ratones.
—Mierda —grité. Me afané por apartarme, pero era demasiado tarde.
Demasiado. Dónut ya se había marchado tras pegar un brinco desde mi hombro a una velocidad sobrenatural.
Vi cómo el lagarto corpulento caía hacia mí a cámara lenta mientras la cola alargada de Mongo le sobresalía por el agujero que tenía en la barriga.
—Arg —grité al entrar de cabeza en la herida.
Ya no había llamas, pero de repente era incapaz de ver nada o de respirar siquiera.
Sentí un dolor muy agudo y como si una garra empezara a rasgarme el cuello al tiempo que notaba más y más peso sobre mí.
No conseguí gritar ni veía nada. Era como si acabase de caerme encima un edificio.
Me llegó un aviso de la salud. Lancé un conjuro de sanación, pero el dolor no remitía.
La garra era la trasera de Mongo, que no dejaba de empujarme mientras el puñetero dinosaurio desgarraba carne y entrañas con los dientes en dirección hacia la espalda de la criatura.
Sentí otro desgarrón en el hombro cuando el dinosaurio pegó un brinco.
Vi la luz y respiré hondo mientras Mongo se liberaba y salía por la espalda.
Me bebí una poción de sanación mientras gritaba de dolor y respiraba vísceras de rana.
Conseguí salir por la espalda de la criatura, que seguía temblando y estremeciéndose a pesar de estar muerta.
El cuerpo se me antojó como un colchón de muelles cubierto de cieno.
Conseguí escapar y caí al suelo, a plomo sobre el fango.
A mi lado, un Mongo cubierto de sangre graznaba contento mientras saltaba sobre la espalda del cadáver.
Escupí y me di cuenta de que tenía entrañas de lagarto en las puñeteras branquias. Aún llevaba puesto el anillo. Las limpié metiéndome un dedo. La sensación fue muy similar a intentar embadurnarme el cielo de la boca con yogur. Empezaron a darme arcadas hasta que conseguí despejar los pulmones.
«Madre mía. No me puedo creer lo que acaba de pasar».
El enfrentamiento había durado unos treinta segundos en total.
Como siempre, una vez muerto el jefe, desapareció el pegamento sobrenatural que mantenía su cuerpo unido.
Explotó. Literalmente. Me tiró al suelo y luego me cayó encima una lluvia de entrañas de Claude.
Holger estaba escupiendo junto a mi pierna, y Mongo gruñía a mi derecha mientras comía vísceras.
El elfo de los arbustos había muerto y estaba despedazado.
Areson estaba sentado por allí cerca y se frotaba la cabeza.
No tenía ni idea de qué era lo que había pasado con él, pero parecía enfadado.
Dónut saltó a una rama desde la que veía toda la escena. Bajó la vista y chasqueó la lengua asqueada. Las púas de la señorita Nadine también estaban desperdigadas por todas partes.
Samantha había rodado hasta colocarse sobre mi regazo, cubierta por completo de sangre.
—Hola, Carl —dijo la cabeza de muñeca hinchable—. Te dije que iba a matarlo.