Capítulo 27
Nunca he creído ser una persona inteligente.
Todos hacemos estupideces. Muchas veces, la gente no hace tonterías porque sea imbécil, sino porque reaccionan así, toman decisiones apresuradas. Son cosas diferentes. Y esa fue mi excusa.
Una decisión apresurada. O al menos es la manera en la que intento convencerme a mí mismo.
Cuando Samantha dijo «Ya casi lo tenía», tendría que haber esperado un momento para preguntarle de quién estaba hablando.
Y ella me habría respondido: «Ya casi tenía al monstruo del río que dispara rayos y que se ha apoderado del salón del trono del Fuerte Libertad».
De ser así, le habría preguntado: «¿Estás mordiendo a esa criatura en este mismo instante? ».
Esperaba que Samantha se teletransportarse a mis pies como solía ocurrir.
En lugar de eso, apareció a mi lado esa rana enorme del tamaño de un camión.
Lo hizo tan cerca que todos salimos volando; la sensación fue muy parecida a saltar de un trampolín húmedo.
Dónut y Mongo desaparecieron entre los árboles.
Areson cayó y luego desapareció entre gritos.
Yo salí despedido hacia atrás y empecé a deslizarme por la pendiente en dirección al río.
Me detuve al chocar contra el cuerpo sorprendentemente blando de la señorita Nadine, la oruga gigante, quien había dejado de alejarse para contemplar el monstruo con la boca abierta.
La enorme criatura medía unos dos metros y medio de alto y unos cuatro y medio de largo.
Era verde y parecía un lagarto. No tenía cuello, y de su cuerpo sobresalían unas patas cortas y rechonchas que parecían ridículas.
Tenía un bulto donde debería haber estado la cola, como si se la hubiesen arrancado recientemente.
Era mitad rana y mitad caimán achatado, de una apariencia claramente prehistórica.
Abrió la boca y croó sorprendido por la teletransportación repentina.
Al hacerlo, tanto Samantha como Holger, en forma de castor, salieron expulsados de su boca para caer sin cuidado alguno en el barro, como un par de bolas de pelo.
Holger, que estaba cubierto de algo viscoso, alzó la cabeza e intentó gritar, pero cayó y quedó inconsciente. Samantha aullaba algo incomprensible sobre la madre de esa especie de rana.
El mundo no se quedó paralizado ni empezó a sonar música, pero sabía que aquella criatura era un jefe antes incluso de leer la descripción.
Empecé a subir por la pendiente mientras la abría.
Me agaché cuando un rayo atravesó el cielo nocturno disparado desde los ojos del monstruo.
Siseó sobre mi cabeza y chocó contra las paredes del castillo que tenía detrás. «Mierda, mierda, mierda».
Claude Fangotiérrez Cuarto. Eryops Gigantis.
¡Jefe de municipio nivel 65!
Madre mía la que te espera. Estos cerdos chapoteantes que tiran rayos y moran en las profundidades son capaces de arruinarle el día a cualquiera. Podría decirse que es su cometido en la vida.
También se los conoce como los okupas del río o como los cahto del barro, y una de las reglas principales de todo aquel que vive bajo el agua en un río es que nunca hay que invitar a un eryops a tu casa.
¿Por qué? Porque jamás se piran. Esa es la razón.
Son monos cuando son pequeños, sí. Cuentan chistes.
Saben bailar. Y se les da de miedo preparar pisco sour.
Pero cuando se acaba la fiesta, se dejan caer ahí en mitad del salón y anuncian que van a vivir en ese lugar a partir de ese momento.
Pues eso es lo que hizo nuestro amigo Claude.
Hace unos años, los pocos miembros restantes del gobierno de la Confederación creyeron que sería buena idea montar una recaudación de fondos para conseguir algo de dinero y arreglar con él el castillo que empezaba a caérseles encima.
Su aversión a cualquier tipo de impuestos llevó a una escasez desafortunada e imprevista en la tesorería del reino, sobre todo porque tenían que pagarles un diezmo a los altos elfos.
Fue por eso por lo que tomaron la idea de esos mismos altos elfos y organizaron un gran baile, uno al que estarían invitadas todas las criaturas submarinas de cualquier parte. Bienvenidas mientras pagasen la entrada de cincuenta de oro, claro.
La fiesta fue un desastre desde el principio.
Para empezar, no fue nadie. Esto se debió a que la mayoría de los ciudadanos normales del reino de las náyades llevaban un tiempo muriéndose de hambre y habían empezado a comerse cualquier cosa (o criatura) que se acercase al agua.
También se debió a que a los de la Confederación se les daba como el culo lo de preparar fiestas.
No obstante, Claude Fangotiérrez Cuarto decidió pasarse en el último momento. Los guardias lo dejaron entrar en el castillo a pesar de su reputación. Y el resto es historia.
Los eryops tienen una bonificación de un décuplo a la Constitución si están bien arraigados a un lugar. Ah, y también disparan rayos por los ojos si los haces enfadar. Tienen fama de ser difíciles de matar. Y de mover incluso. He oído rumores que dicen que odian que les froten la barriguita.
Claude es un anfibio. Ya sabes lo que eso significa.
Aviso: Es una criatura de tipo lagarto. Te infligirá 20 % más de daño debido a tu sello de extinción. Y sí, al igual que los dinosaurios, sé que los anfibios no son lagartos en realidad. Eres libre de poner una queja.
Claude rugió indignado y disparó otro rayo.
Ya tenía la barra de salud sobre la cabeza, pero no le había bajado prácticamente nada.
A mi lado, la señorita Nadine siseó rabiosa y empezó a subir por la pendiente.
Las cerdas de su cuerpo me tocaron la cara y sentí como si acabase de rozarme uno de esos cepillos de una máquina de autolavado de vehículos.
Vi a Areson sobre el jefe de repente, gritando.
Claude echó un vistazo alrededor, sorprendido por lo que estaba viendo y aún desorientado.
Extendió la lengua y atrapó a un elfo de los arbustos, que chilló mientras lo arrastraba hacia su boca. Se lo tragó entero.
Empecé a subir por la pendiente a toda prisa.
C ARL : Dónut, tenemos que conseguir tirarlo al suelo para llegar hasta la barriga.
D ÓNUT : ESA COSA ES ASQUEROSA, CARL. HUELE A UNA MEZCLA DE ALGAS Y CHEETOS.
C ARL : Se va a girar hacia ti. Prepárate. No lo ataques aún. Adéntrate más en el bosque con Mongo y cuidado con sus rayos, pero cuando lo dejemos bocarriba, tenemos que ir a por el estómago.
D ÓNUT : ¿QUÉ VAS A HACER?
A mucha distancia detrás de mí, me llegó un nuevo estruendo. Era un enfrentamiento que venía de la otra orilla. Un rugido resonó a nuestro alrededor, uno de dinosaurio sin duda. No pertenecía a un velocirraptor, sino a algo mucho más grande. Mierda. Ahora no podíamos hacer nada al respecto.
—¡Areson! —grité—. ¡Bájate del bicho!
Claude soltó un nuevo ruido insoportable.
No se pareció en nada a un croar, sino más bien a un eructo al revés.
En ese momento, volvió a tragarse a Holger, que seguía inconsciente, y a Samantha.
La señorita Nadine se lanzó contra el costado del monstruo mientras este no dejaba de abrir y cerrar esa especie de mandíbulas.
La criatura sin cuello hizo todo lo posible por girarse hacia la oruga gigante, que aún no había visto al otro sobre la cabeza.
Los ojos del sapo se centraron en la señorita Nadine.
Ella también se encontraba justo delante de mí.
Los ojos empezaron a brillar.
«Oh, oh».
Me lancé hacia la derecha justo cuando los dos rayos salieron disparados e impactaron contra el cuerpo alargado y peludo de la señorita Nadine.
Este se infló, y la criatura empezó a relucir de repente, como si se hubiese transformado en un tubo de neón.
Luego, la exprofesora de guardería transformada en guardiana explotó.
Empezaron a llover vísceras verdes y espinas negras y peludas.
Una de las sillas de montar que llevaba encima, que estaba muy caliente, me golpeó en un lado de la cabeza y me apartó aún más.
Areson gritó rabioso mientras yo seguía rodando.
Golpeé con el pie una trampa de invocación sin desactivar mientras me alejaba descontrolado.
Un par de guardias náyade aparecieron de repente frente a mí en la pendiente.
Empezaron a descender en mi dirección, y tuve que saltar por encima de uno tras recuperarme para regresar junto a Claude la rana lagarto desmadrada, que seguía mirando a su alrededor con gesto sorprendido.
—Areson —repetí entre gritos—. Bájate ya, joder. Solo podemos hacerle daño en la barriga.
El ogro estaba intentando… algo. Enterrar las manos en la cabeza de la criatura o algo así.
Fuera lo que fuese, el monstruo ni se había dado cuenta de que tenía un ogro encima.
Yo lo había avisado, así que dejé de considerarlo mi problema.
Me quedaban escasos segundos antes de que el lagarto me viese al fin.
S AMANTHA : ME HA TRAGADO OTRA VEZ. NO TE PREOCUPES. LO MATARÉ DESDE DENTRO.
Me deslicé hasta detenerme junto al monstruo, para evitar que me viese. Claude volvió a croar o a eructar. Luego vomitó algo. Estaba muy seguro de que era Holger, que seguía inconsciente. Samantha y el otro elfo seguían en el interior.
«Dios, espero que esto funcione».
—Aguanta, Areson —grité—. Se va a caer. Salta en cuanto puedas.
Lancé Caparazón protector.
Esperaba que el monstruo cayese de lado, como un camión articulado volcado en la carretera, y así dejar al descubierto su vientre. La pista en la descripción me había dejado muy claro que aquella era la forma correcta de acabar con la criatura.
Pero eso no fue lo que ocurrió.
Estuvo a punto, eso sí. El diámetro de mi conjuro aumentaba con la Inteligencia, y probablemente tendría que haberlo lanzado desde más abajo en la pendiente, para que el ángulo de la esfera hubiese empujado a Claude hacia un lado en lugar hacerlo saltar por los aires.