Capítulo 25 #2
—Tienes que darme tu cuerpo —comentó Samantha—.
Morirás, claro. Pero solo tardaremos unos pocos minutos.
Te puedo ir recitando el conjuro. Veo que eres invocadora, por lo que sin duda puedes lanzarlo.
¿Quieres que empecemos ya o lo hacemos después de atacar el castillo?
No quiero que te ofendas, pero conmigo en tu cuerpo será muchísimo más fácil.
¿Qué talla de sujetador llevas? Al rey Blaine le gustan así, respingonas y sin ser muy grandes.
Son perfectas. Seguro que dejará de tirarse a mi madre cuando vea mi nuevo cuerpo.
Pero antes tendremos que eliminar esos tatuajes, claro.
No pasa nada. Y no hace falta que te disculpes, no. Qué emocionada estoy.
Signet giró la cabeza para mirarme.
Yo me reí.
—Zorra desagradecida —gruñó Samantha mientras nos acercábamos al río. Llevábamos media hora caminando entre la oscuridad de la selva para alcanzar la orilla, y Samantha se había pasado todo el tiempo quejándose.
—Silencio —dije—. Cierra esa boca.
—Es una mentirosa. Igual que la puta de su tía Corrine.
Samantha iba a lomos de Mongo, amarrada detrás de Dónut en la silla. Nos temíamos que se escapase rodando. Dónut se giró y le dio unas palmaditas a la cabeza con una pata.
—No te preocupes —dijo la gata—. Encontraremos otra solución.
—Quería su cuerpo —dijo Samantha—. Me gusta su cuerpo. No entiendo que no me lo quiera dar.
—Dijo que te ayudaría —comentó Dónut—. Pero es normal que no quiera morir haciéndolo, ¿sabes? Las cosas no acabarían bien para ella.
—Es una mentirosa de mierda —gruñó Samantha.
Lo cierto es que Signet sí que era una mentirosa de mierda.
Estaba muy claro que no tenía intención alguna de ayudar a Samantha a recuperar su cuerpo.
Le había comentado que, después de encargarnos de las náyades y de los elfos, quizá tuviese un conjuro con el que invocar un cuerpo permanente para ella.
Pero yo tenía muy claro que la élite solo lo había dicho para que Samantha cerrase la boca.
El problema era que Samantha no era tonta. Estaba como una cabra, sí, pero tonta no era. Aun así, quería tanto ese cuerpo que estaba dispuesta a ayudar solo por la posibilidad de que Signet estuviese diciendo la verdad. Pero eso no había evitado que se pasase todo el tiempo insultándola.
—Cuando nos acerquemos al agua, tenemos que permanecer en silencio. No queremos que sepan que estamos por aquí aún —expliqué.
—Los mataré a todos —dijo Samantha—. Ya veréis. Los mataré a todos. Y a sus madres.
Frente a nosotros, el azul resplandeciente de un conjuro bailoteaba en el aire.
Era uno de protección diseñado para hacer que los grupos grandes fuesen invisibles.
Lo había lanzado Edgar la tortuga, cuya clase era algo así como mago caparazón.
Nos dirigimos hacia el borde del conjuro y lo atravesamos, momento en el que me estallaron los oídos, más o menos como cuando entraba y salía del caparazón protector.
¡Estás oculto!
El área del conjuro era enorme, más de lo que esperaba.
Me recordó de repente a la carpa de circo de Grimaldi.
«Aquí dentro podría esconderse todo un ejército», pensé.
Frente a mí, los demás se habían reunido en la parte alta de una colina.
Vi a Areson el ogro, aún con el orco colgado del hombro.
La criatura, que seguía atada, se había despertado y no dejaba de moverse.
Subimos a la colina y lo vimos en la distancia, brillando en la oscuridad: Fuerte Libertad.
Estábamos en la linde del bosque, ocultos entre los últimos árboles.
El conjuro de protección alcanzaba un cuarto del camino colina abajo.
Una pendiente larga y llena de barro descendía hasta el río, que aquí era mucho más ancho: unos dos kilómetros y medio, más de lo que era en Villa Mongo y más al sur.
Las náyades habían despejado la pendiente de toda hojarasca para ver si se acercaba algo por ella.
Lo único que había era un sendero de roca que salía del bosque y llegaba hasta un arco también de roca junto a la orilla del río.
Cuando miré la pendiente, vi que varias luces comenzaron a encenderse por la zona. Trampas. Muchas trampas. Eran de alarma y de invocación. Luego miré el sendero de rocas y vi que también estaba lleno de trampas de «alarma silenciosa».
Un grupo de elfos de los arbustos empezó a reptar por el sendero lleno de barro y a desactivar en silencio las trampas que habían quedado dentro del conjuro de protección.
Mientras miraba, otro grupo salió del área del conjuro con mucha pericia y se acercó a la primera trampa de las que quedaban fuera.
Era una que yo no había visto antes. Se dispusieron a desactivarla. Estaban abriendo camino hasta el agua.
El castillo en sí se encontraba a medio kilómetro de la orilla y brotaba como la punta de un rascacielos que hubiese quedado sumergido durante una inundación.
A pesar de la oscuridad, vi que estaba en un estado cochambroso.
Una de las murallas se había derrumbado, y una bandera ajada ondeaba en un poste que estaba inclinado en un ángulo extraño, como si estuviese a punto de caer hacia delante.
En la roca, justo por encima del agua, vislumbré lo que anteriormente había sido una vidriera enorme y curvada que tendría un tamaño de dos pisos.
Ahora estaba llena de agujeros, tantos que era imposible distinguir el dibujo del cristal.
No tenía ni idea de si había habido puente desde la orilla hasta el castillo en algún momento, pero no vi ni rastro de él.
Nos habíamos acercado con la mitad de los guerreros de Signet. La otra mitad se encontraba en la orilla opuesta, oculta entre los árboles.
Me coloqué junto a ella, quien contemplaba el castillo con gesto funesto. Se giró hacia mí y vi que una lágrima le recorría la mejilla.
—¿Sabes lo gracioso? —dijo.
—¿Qué?
—Si hubiesen esperado, se hubiesen hecho con el control de igual manera.
Habría sido una cesión de poder pacífica y organizada.
No tenían por qué matar a mi madre. Yo era su única hija y, según el acta constitutiva, no era elegible para el puesto.
El gobierno hubiese vuelto a manos del pueblo.
Pero la Confederación no pudo esperar y mataron a mi madre justo antes de que se convirtiese en zarina.
A veces, cuando echo la vista atrás, me da la impresión de que tenía pensado abdicar de igual manera.
Era algo que comentaba a veces, que podíamos escapar ella y yo y mudarnos a alguna isla lejana.
Las lágrimas que se le derraban por la cara no le estaban tocando la piel en realidad.
Flotaban a escasos milímetros de ella y, cuando giró la cabeza, salieron despedidas y algunas me mojaron.
«El agua no entra en contacto con ella».
¿Qué era lo que le había dicho a Dónut? «No es un conjuro. Es una maldición».
Aún desconocía la historia completa de Signet.
Me faltaban los detalles. Sabía que su madre había sido princesa, pero que el rey de los altos elfos la había dejado embarazada.
El rey Finian, que ya estaba muerto. Un golpe de Estado había acabado con la vida de su madre y luego la habían desterrado a ella.
Al mismo tiempo, la salud del rey Finian empezó a decaer y su heredera, la princesa Imogen, decidió erradicar a todos los semielfos bastardos hijos del rey.
Probablemente lo hiciese para reclamar la corona de su pueblo.
Signet se había visto obligada a escapar a la Ciudad Epigea, donde se había unido al circo.
El reino de las náyades no era muy grande.
El pueblo había quedado sumido en la anarquía.
Los usurpadores habían tomado el castillo y habían dejado de mantenerlo.
Y también habían abandonado el reino. Estaban tan obsesionados con la idea de ser «libres» que se habían olvidado por completo de lo que significaba gobernar.
Al igual que ocurría con la mayoría de las historias y de las misiones, era muy probable que aquello fuese una especie de sátira política que estuviese relacionada de alguna manera con algo de fuera de la mazmorra.
Me daba igual. No obstante, sabía que cuanto más supiese al respecto mejor para mí.
«Deberíamos haber dejado esto para el final —pensé—. Tendría más sentido».
—Bueno, ¿lista para invocar a tus chicos? —pregunté.
—Sí —respondió ella al tiempo que se envaraba—.
Lanza esa cosa poseída al agua y haz que los guardias se acerquen a ella.
Los míos aprovecharán para hacerse con el castillo desde arriba.
Princesa Dónut, el resto del equipo de asalto y tú protegeréis la costa de aquellos que intenten escapar.
Sospecho que no lucharéis demasiado. No suelen salir del agua.
—Se quedó en silencio—. Si las cosas no acaban bien para mí, quiero que sepas que agradezco todo lo que me has ayudado, Carl.
Ahora te considero parte de mi familia. Y la familia es muy importante para mí.
Me giré hacia el orco secuestrado.
—Acabemos con esto.
Tenía que sacrificarlo. Signet tardaría varios minutos en lanzar el conjuro una vez la criatura estuviese muerta. Mientras lo hacía, yo lanzaría a Samantha al agua con la extensión de la xistera , para recuperarla luego. Tenía que dejar colocada la extensión.
Signet cabeceó en dirección a Areson, quien dio un paso al frente y tiró al orco al suelo sin cuidado alguno. Lo examiné.
La examiné, mejor dicho. Era una orca joven que no dejaba de escupir y gruñir.
Sonreí cuando vi cuál era su clase. Al igual que Gwen, había elegido una que obviaba la magia y le otorgaba mejores habilidades de combate.
Tenía nivel 50, lo que significaba que no había subido ni un solo nivel desde que había llegado al sexto piso.
Era muy probable que fuese una principiante.
Cazadora Futura. Orca pelocerdas. Nivel 50. Típica guerrera aburrida de siempre.
Imperio Calavera.