Capítulo 25
Clint nos vio cuando yo sacaba a Samantha del barro.
—Qué asco. ¿Cómo te has quedado atascada ahí? —pregunté. Estaba muy encajada en la tierra y, de alguna manera, había conseguido que la parte de atrás de la cabeza se quedase medio enterrada. Tuve que tirar con fuerza para sacarla, y emitió un ruido de succión cuando la saqué del fango.
—Intentaba coger un atajo, pero me choqué contra una roca. —De ella no dejaban de caer pegotes de barro.
En ese momento, apareció Clint. El calvo tenía gesto preocupado.
—Aquí estáis. ¿De paseo o qué? Os estábamos esperando.
—¿Todos bien? —preguntó Holger.
—Nos atacó un trío de extraterrestres. Eran una especie de orcos peludos que no había visto antes. Hirieron a unos pocos elfos, por desgracia, pero no los mataron. Los imbéciles usaron un ataque de rayo cerca del todoárbol.
—Qué tontos —convino Holger mientras negaba con la cabeza y se le agitaba el mullet—. ¿Quedaron aplastados, entonces?
—Dos de ellos —explicó Clint—. El tercero se electrocutó, pero Areson consiguió capturarlo. Signet va a usarlo como sacrificio. Está formando su pelotón de asalto. El grupo entero. Estoy emocionadísimo.
—¿Signet? ¿Zarina Signet está aquí? —preguntó Samantha. Consiguió zafarse de mi agarre y cayó al suelo. Empezó a rodar hacia el campamento entre gritos, pero volvió a quedarse atascada a unos seis metros de nosotros. Empezó a gruñir.
—¿Qué es el todoárbol ese? —pregunté mientras me acercaba para volver a cogerla.
—Lo has visto antes —comentó Holger—. Es un árbol antiguo y mágico. Nos protege. A los habitantes del bosque.
Recordé el árbol de aspecto antiguo que habíamos visto la primera vez que Signet nos había reunido a todos. Recordé que la descripción no me había ayudado demasiado.
—Ese árbol está muy lejos de aquí.
—Sí —aseguró Holger—. Pero es el mismo. Las raíces abarcan toda la zona. Lo que viste no fue más que un pequeño brote. La parte principal está muy por debajo de donde nos encontramos ahora, entre las tierras en conflicto y el reino celestial.
—Ah —dije. No recordaba haber leído nada sobre un árbol gigante que ocupaba un piso entero en el libro de cocina—. ¿Y el árbol os protege de los ataques de rayo?
Clint respondió mientras yo me volví a agachar para tirar de Samantha, quien se había puesto a gritarme para decirme que ella podía sola. Dónut chasqueó la lengua al ver lo mucho que se había ensuciado la cabeza de la muñeca hinchable.
—Todos los habitantes del bosque que se encuentren a unos pocos cientos de metros de algún brote del todoárbol están protegidos de los ataques mágicos.
El árbol absorbe el conjuro y se lo devuelve al lanzador.
Lo sabe todo el mundo. El brote muere al hacerlo, pero crece de nuevo unos pocos meses después.
Solo un idiota sería capaz de atacar con magia cerca de esas cosas.
Esto tenía que ser algo nuevo. De lo contrario, los cazadores no hubiesen sido tan estúpidos como para atacar.
—¿El árbol protege a los habitantes del bosque? ¿También a los altos elfos? —preguntó Dónut—. ¿Aunque sean los malos?
—Sí —aseguró Clint—. Y esos cabrones levantaron el castillo encima de un bosquecillo de brotes. Al todoárbol le da absolutamente igual si alguien es bueno o malo. Se limita a proteger a los que llevamos el bosque en la sangre. No tiene conciencia ni nada.
—Pues me parece fatal —aseguró Dónut—. Pensé que sería como en esa película de aquel alienígena azul con la señora de Cazafantasmas y ese cienciólogo que se casó con la madre de Eric Forman en Friends .
—¿Qué? —pregunté—. ¿De qué hablas?
—Mira, Carl, si no entiendes mis referencias, la verdad es que no creo que merezca la pena hablar sobre clásicos del entretenimiento contigo.
—¡Suéltame! Suéltame —exigió Samantha, que nos interrumpió. No dejaba de agitarse en mis manos.
—Vale, pero si vuelves a quedarte atascada vas a tener que liberarte tú solita —advertí.
—¡Suéltame!
La tiré como una bola de bolos y desapareció entre los árboles.
Unos minutos después, llegamos al claro y encontramos a Signet hablando en voz baja con Areson. El ogro asintió, se colocó al hombro al cazador inconsciente y luego se perdió en la oscuridad. Lo siguió un grupo de elfos de los arbustos y de osunos.
Samantha aún no había llegado, ya que al parecer había vuelto a quedarse atascada. Tenía pensado dejarle la oportunidad de intentar liberarse por su cuenta antes de ir a buscarla.
Bajé la vista a los cadáveres chamuscados de los otros dos orcos. Aparecían como equis en el mapa, pero estaban tan fritos que prácticamente no quedaba nada de ellos. Aun así, el sistema me dejó saquear a uno.
Cadáver del cazador Talentoso. Muerto al achicharrarse con su propio pergamino de Rayo. Menudo tontolaba.
El Imperio Calavera.
—Me preguntaba cuándo nos íbamos a topar con estos comemierdas —dije.
—Parecen tan ineptos como el príncipe Maestro —dijo Dónut—. ¿De verdad gestionan un imperio galáctico gigantesco?
El tipo, que tenía el nombre absurdo de «Talentoso», llevaba encima tres pergaminos de Rayo y una cantidad inusitada de oro, casi setenta y cinco mil monedas, que era muchísimo más dinero del que jamás habíamos encontrado en un cadáver.
C ARL : Oye, Dónut. Será mejor que saquees tú a este. Yo paso. No quiero pagar tanto dinero en impuestos.
Dónut soltó un grito ahogado cuando vio lo que llevaba encima el cadáver.
D ÓNUT : ¿POR QUÉ TIENE TANTO DINERO? EL OTRO NO TENÍA NADA.
C ARL : Ni idea, pero ten cuidado con los pergaminos.
D ÓNUT : CARL, CARL, TIENE ALGO MÁS. NO APARECÍA EN LA LISTA, PERO CUANDO LE DI A «SAQUEAR TODO» ¡ME APARECIÓ EN EL INVENTARIO!
ES UN VALE DE CRÉDITO. CREO QUE ES COMO UNA TARJETA DE CRÉDITO.
NO TIENE DESCRIPCIÓN. Y SÍ QUE PARECE UNA TARJETA, SÍ.
¡TENEMOS QUE IR A COMPRAR ALGO CON ELLA ANTES DE QUE LA CANCELEN!
C ARL : Guárdatela por el momento. Le preguntaremos a Mordecai más tarde. De ahora en adelante, cuando saquees a los cazadores, coge los objetos uno a uno. No uses el botón de saquear todo.
D ÓNUT : PERO ASÍ SE TARDA MUCHO, CARL.
—Por algún motivo sabían que nos íbamos a reunir aquí —comentó Signet—. Estaban escondidos, preparados para emboscarnos, pero Edgar los sintió. Se vieron obligados a atacar.
Edgar era esa criatura con forma de tortuga. Parecía una tortuga de tierra gigante de las que se podían encontrar en los zoos, una de las que siempre se decía que tenían ciento cincuenta años o más. La única diferencia era que este tipo podía hablar. Dónut y él se caían bastante bien.
—¿Adónde os habéis llevado al otro? —pregunté.
—Areson va a prepararlo para el sacrificio —explicó Signet—. Esperaba que nos hicieses los honores.
Asentí.
—Sin problema, pero primero me gustaría hablar con él.
—Si tenemos tiempo.
—¡Signet! ¡Guapa! —gritó Samantha, con una voz extrañamente amistosa y aguda.
Rodó hasta los pies de la élite y empezó a chocarse con ella, lo que le dejó manchas de barro en la pierna.
Tenía una rama enredada en el pelo—. ¡Sobrina!
¿O eras mi prima? Debo decir que me encanta lo de los pechos al descubierto.
Te queda genial. Es muy valiente por tu parte.
No los tienes tan perfectos como los míos, pero me impresiona que nuestros genes se trasladen tan bien.
En serio. Son unas buenas almohaditas festivas de sobresaliente.
Pequeñas pero juguetonas. Cuando me encerraron por primera vez, me pasé un tiempo experimentando con unas demonios que estaban conmigo…
Y lo cierto es que aprendí a apreciar… Mira, ¿sabes qué?
Da igual. Será mejor que no lo sepas. Lo único que intento decir es: buenas mamas.
Está claro que has salido a nuestra parte de la familia y quería que lo supieses.
No sé por qué has mancillado un cuerpo tan bonito con tanta tinta, eso sí, pero al menos eso tiene solución.
Ah, supongo que debería llamarte Zarina, ¿no?
—Por todos los dioses —dijo Signet, que dio un paso atrás—. ¿Se supone que eso es una cabeza de Lika?
Lika era el personaje ficticio en el que estaba basada la muñeca hinchable original.
—Esto… Sí, es Samantha —dije—. Vamos a usarla para la distracción.
—No sabía que erais familia —añadió Dónut—. ¡Es un espíritu debilitado!
Signet se agachó y agarró la cabeza de la muñeca hinchable para examinarla. Todos los tatuajes que revoloteaban por su piel se acumularon en la parte delantera para verla mejor.
—Mira, prima. Majestad. Te necesito —dijo Samantha cuando Signet giró la cabeza de látex entre sus manos.
La náyade pasó un dedo por la cicatriz que Samantha tenía en la barbilla—.
Como seguro que has oído, mi padre me envió fuera de casa durante un tiempo…
Y no te vas a creer todo lo que he tenido que pasar para salir del lugar donde me metió.
Pero el humano que me estaba ayudando la cagó y, por resumir, me he quedado atrapada dentro de esta cosa.
Como eres la última heredera purasangre del Imperio y también tenemos una relación consanguínea, puedes ayudarme.
Para ti no será nada complicado y tardarás dos o tres minutos.
Como mucho. Y si lo haces, yo recuperaré mi cuerpo.
Signet se me quedó mirando.
—Carl, cuando dijiste que conocías a alguien que podía ayudarnos con el ataque, olvidaste mencionar algún que otro detalle.
Gruñí.
—Eso me suena a cuando usaste la vida de Dónut como moneda de cambio para obligarme a ayudarte, ¿no crees? Pero esto ni de lejos es tan grave.
Signet suspiró y volvió a mirar a Samantha, quien intentaba sin éxito torcer la boca en una gran sonrisa. Parecía un pez intentando coger aire.
—Dime, ¿qué es lo que quieres que haga por ti exactamente? —preguntó Signet.