Capítulo 24 #2
«Asegúrate de rodearte de compañeros competentes en los que puedas confiar.
No demasiados, pero sí los suficientes como para llevar a buen puerto tus planes».
Había sido el consejo de Herot. Lo había escrito en la decimosexta edición del libro de cocina.
Recientemente, yo no dejaba de releer su ensayo enrevesado e inconexo sobre la naturaleza de los PNJ.
Me daba la sensación de que en el fondo era una genialidad, pero que había que encontrar dicho ingenio entre líneas.
«Es necesario encontrar ayuda eficiente.
Recuerda apoyarte en sus capacidades. Los imbéciles solo harán que te maten».
—¡Suéltame! ¡Te mataré! ¡Mataré a tu madre! —gritó Samantha, lo que me sacó de mi ensimismamiento. Mongo le había agarrado entre los dientes y se había puesto a agitar la cabeza como si fuese un juguete.
—¡Oye! —dijo Dónut.
Clint y Holger estallaron en carcajadas.
Yo suspiré.
—Entonces…, eres un hombre castor, ¿no? —preguntó Dónut a Holger mientras caminábamos.
Llevábamos así casi tres horas, grindeando unas criaturas pequeñas y agresivas llamadas furtivos, que eran como carcayús de mitad del tamaño de uno normal y que salían de agujeros en el suelo.
Eran fáciles de matar, ya que Dónut los veía antes de que surgiesen.
Habíamos guardado a Mongo porque, cuando los vio, el dinosaurio los mataba como loco y nos robaba gran parte de la experiencia.
Se puso el sol y la noche se extendió por el bosque.
Dónut lanzó el conjuro Antorcha, que ahora tenía a nivel 13.
Los furtivos terminaron por enterrarse aún más en sus agujeros.
Holger nos comentó que pronto quedarían reemplazados por unos depredadores con forma de murciélago.
Generalmente no atacaban a los grupos, sobre todo si llevaban luces, pero aun así teníamos que avanzar con cautela. Pronto llegaríamos a nuestro destino.
Nos dirigíamos hacia el norte, donde nos reuniríamos con Signet y con el resto de su equipo para atacar el Fuerte Libertad, el antiguo palacio de las náyades.
Clint se había adelantado para comentarles que estábamos de camino.
Supuestamente, el «equipo de asalto» al completo iba a reunirse junto a uno de esos árboles antiguos.
Una vez allí, nos dirigiríamos hacia el río para llevar a cabo la estrategia.
Por suerte, Dónut y yo solo teníamos un papel muy secundario en el plan del día.
Estaba claro que Signet quería mantenernos a salvo para la segunda parte.
Además, el castillo estaba sumergido en su mayor parte, y todos sabíamos la opinión de Dónut a la hora de sumergirse. La gata lo había dejado bien claro varias veces.
Samantha también nos acompañaba. Al principio la llevaba encima, pero como no cerraba la boca la tiré al suelo y la hice rodar.
Iba por ahí, delante o detrás, gruñendo y chapoteando contenta entre el barro y las hojas.
Avanzaba bastante rápido, pero no podía saltar, por lo que a veces se quedaba atrás.
No dejaba de quedarse atrapada entre ramas y arbustos, por lo que teníamos que rescatarla constantemente.
Al principio me preocupaba que escapase o que desapareciese en la oscuridad.
Pero no lo hizo. No dejaba de canturrear contenta mientras caminábamos, y soltaba algún que otro taco en voz baja siempre que se chocaba contra algo.
Se pasaba bastante rato amenazando a los árboles.
—Pues no sabía que os fuese a sorprender tanto nuestra naturaleza de hombres castor, pero los extranjeros sois muy raritos —comentó Holger.
—Si quieres saber mi opinión, cuando estás transformado tienes un aspecto adorable.
Esta forma chee de ahora está bien, pero el cuerpo de castor es maravilloso.
—Dónut soltó un grito ahogado de repente—.
Carl, ¿entonces el aceite de castor se saca de los castores?
La señorita Beatrice lo usaba para el pelo.
No dejaba de decir que servía para que le creciese más rápido.
Tenía un pelo maravilloso, casi tanto como el de Holger.
A veces me obligaba a beberme una gota para que me diesen ganas de hacer caca antes de meterme en la jaula del jurado.
Siempre me dolía la barriguita. —Se pasó la lengua por los labios—.
Qué recuerdo tan horrible, la verdad. Ahora que lo pienso, sabía más o menos a lo que hueles, Holger.
—Beatrice no tendría que haberlo hecho —dije—.
Estoy muy seguro de que es peligroso para los gatos.
Y no se saca de los castores, sino del ricino.
Es aceite de ricino. Pero una vez oí que a veces se usan las excreciones de unas glándulas de los castores para los perfumes. Y para el saborizante de vainilla.
—Qué asco —dijo Dónut—. ¿Vainilla? Los castores no me pegan con la vainilla, la verdad. Stracciatella quizá. O napolitano si me apuras. Pero ¿vainilla? Qué va.
—Hay un dios castor en la Nada —dijo Samantha, que se colocó rodando entre nosotros—. Capa o algo así. Es un mierdas. Hehaka, otra deidad, lo usa como sombrero. No le gusta mucho, pero no puede hacer nada para evitarlo. Se pasa el día llorando.
—¿Excreciones de glándulas? —preguntó Holger, que ignoró a Samantha—. ¿Para perfumes? Estáis fatal de la cabeza. Normal que los humanos huelan tan mal.
—Pues no tienes ni idea, en realidad —dijo Dónut—. Deberías de haber conocido a alguno de los antiguos amigos de Carl. Tenía uno que se llamaba Maloney que olía a pasta enlatada podrida mezclado con…
Dónut se quedó en silencio al ver un resplandor distante alzándose por los cielos, lo que hizo que la noche quedase iluminada como el día.
Atravesaba los árboles e iluminaba tanto que hizo que el conjuro Antorcha no sirviese para nada.
Aquel resplandor azul hizo que todos nos detuviésemos.
Después oímos unos chasquidos repiqueteantes y el retumbar del trueno.
El suelo tembló, y se me erizó el vello de los brazos al sentir la electricidad.
Dónut y Samantha soltaron un gritito al unísono.
—Carl, ¿qué ha sido eso? ¡Ha sonado como una explosión!
—No ha sido una explosión —dije—. Ha sido un rayo.
—¡Ha venido desde el lugar donde está el todoárbol! —comentó Holger—. Estamos cerca. ¡Creo que nos atacan!
Empecé a oler a madera quemada.
—Dónut, ¿qué ves en el mapa? —pregunté.
—¡Están demasiado lejos!
—Voy. ¡Los mataré! —gritó Samantha, que empezó a alejarse rodando.
—Espera —le dije, pero ya había desaparecido—.
Cagondiós. —Había estado a punto de agarrarla, pero titubeé y se me escapó.
El plan era usarla como distracción de igual manera, así que tampoco pasaba nada.
Se perdió rodando en la noche—. Iremos detrás, pero deteneos tan pronto como veáis algo en el mapa.
—¡Yuuuuuuju! ¿Quién está disparando rayitos por aquí? —oí gritar a Samantha en la distancia.
—Mira que hace ruido para lo pequeña que es —murmuró Dónut.
—Vamos —dije—. Y no llaméis la atención.
Avanzábamos rápido entre la oscuridad de los árboles y, de repente, aparecieron puntos por todas partes. Eran criaturas del bosque de nivel bajo que huían de la explosión. Un grupo de los monos de siempre chillaron mientras escapaban entre las ramas de los árboles que teníamos encima.
—Hay algunas equis en el mapa —dijo Dónut mientras nos acercábamos—.
Oh, oh. Veo a un cazador. No, un momento.
Está rodeado por varios PNJ. Y dos élites: Signet y el ogro ese que da miedo.
¿Cómo se llamaba? Areson. Sí. También veo a los otros castores y a la señora oruga.
No sé quién ha disparado el rayo, pero creo que los cazadores son los que se han visto más afectados.
Hay dos cadáveres y creo que son de los malos.
Carl, a estos cazadores se les da fatal lo de cazar, la verdad. No dejan de morir.
Frente a nosotros, Samantha empezó a aullar para pedir ayuda. Se había quedado atascada.
Suspiré.
—Venga, vamos —dije al tiempo que me ponía en pie.