La mascarada del carnicero (Carl el Mazmorrero 5) Capítulo 22 #2
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Capítulo 22 #2

El ruido avanzó estruendoso por aquel cielo nublado.

Miré el mapa en busca de los puntos púrpura de los cazadores, pero de repente todo quedó cubierto de blanco y se volvió prácticamente inútil.

Aparecieron en él todas las criaturas que no eran rojas, lo que incluía todas las serpientes, los monos y las aves.

Tras un instante de pánico, recordé que el mapa tenía un filtro.

Hice clic y eliminé todo menos a los cazadores.

Allí estaban. Más cerca de lo que creía, a más o menos un kilómetro y medio de distancia en dirección nordeste del asentamiento.

No los vi, pero ahora sabía exactamente dónde se encontraban.

Había un espacio entre los árboles, un claro.

Solo eran dos tipos y ambos brillaban, indicativo de que tenían objetos mágicos.

Era probable que estuviesen corriendo.

—A por ellos —dije. Extendí el brazo hacia atrás y lancé a Samantha directa hacia allí.

Voló y trazó un arco en el cielo a una velocidad ridícula. No tardé en perderla de vista. Luego atisbé las dos llamas de los misiles al encenderse. Había tirado de la cuerda en el momento exacto, sobre el claro.

«Joder». Había empezado a descender, pero me quedé quieto.

Samantha no había girado, tal y como esperaba, sino que siguió avanzando por la inercia mientras los cohetes comenzaban a virar, lo que hizo que la cabeza empezase a dar vueltas como una rueda llameante por los cielos.

Había intentado no tirarla con demasiada fuerza, pero al parecer había fallado.

Pero luego, descendió directa hacia el suelo, justo cuando le dispararon algo desde abajo.

Habían intentado alcanzarla con una bola de fuego.

El proyectil, que era muy lento, no impactó en ella, y Samantha desapareció entre los árboles más allá del claro.

En ese momento, volví al suelo y oí la detonación de los misiles en la distancia.

—¡Sí! —grité mientras alzaba el puño al aire cuando recibí las notificaciones de experiencia—. Me he cargado a uno de esos comemierdas.

S AMANTHA : ¡HAZME VOLVER! HAZME VOLVER. RÁPIDO. HAZME VOLVER.

Guardé rápidamente la extensión de la xistera , lo que hizo que la cabeza reapareciese a mis pies entre gruñidos y rechinar de dientes. Volvía a tener el pelo en llamas y estaba cubierta de tierra, hojas y sangre.

También había traído algo.

Había conseguido morder el tobillo del segundo elfo antes de desaparecer. La criatura, pálida y esbelta, estaba inconsciente a causa de la explosión que había matado a su amigo. El tipo estaba cubierto de una sangre, que en mayor medida no le pertenecía. También tenía la pierna en llamas.

Clint se giró y empezó a apagar el fuego con su cola de castor, que hizo un sonido húmedo y mullido muy extraño. Las llamas habían desaparecido poco después. Samantha siguió gruñendo y agitando el tobillo. No había recibido daño alguno.

La salud del elfo estaba casi al mínimo.

Seguía inconsciente y el estado le iba a durar 40 segundos más.

Me arrodillé a su lado y le quité un brazalete negro que llevaba en el brazo.

Daba CONSTITUCIÓN +10 y también otra cosa.

Suspiré y lo guardé en el inventario. Se lo daría a Dónut en cuanto pudiese. Después examiné al tipo.

Akland. Elfo selenita. Nivel 51. Especialista en artillería.

El Sueño.

—Suéltalo, Samantha —dije al tiempo que tiraba de la cabeza, que no había dejado de gruñir. Samantha escupió. Aún tenía cinta americana a un lado de la cara sucia.

—¡Lo he matado yo! ¡Yo!

—Este no.

De hecho, la muerte del otro me había contado a mí, lo que me resultó bastante interesante. Seguro que tenía que ver con que fuese un espíritu debilitado. Ya le preguntaría a Mordecai más adelante.

—¿Asesino de cazadores? —preguntó Dónut, muy seria. El tipo iba a despertar en escasos segundos.

—No —dije al tiempo que sacaba el anillo del inventario. Asesino de cazadores era una jugada que se nos había ocurrido hacía poco tiempo—. Sánalo. Antes quiero hablar con él.

Me puse el anillo y luego saqué las esposas mágicas del inventario.

—Se suponía que esto no iba a ocurrir —dijo Akland el elfo después de que Dónut lo sanase.

Estaba esposado a un poste y no podía moverse.

Dónut se encontraba detrás de él, con un proyectil mágico preparado por si intentaba algo.

Clint y Holger lo flanqueaban a ambos lados, y Holger aseguraba que podía sentir si le daba por intentar lanzar un conjuro.

Samantha había vuelto a acercarse a sus piernas de alguna manera y se había puesto a morderle el tobillo otra vez, como una maldita piraña, entre gruñidos. Él intentaba sacudírsela, pero no podía.

—Por favor. Solo soy un contable. Nos ofrecieron dinero para venir e irnos de caza. Tengo familia. Por favor. Por favor.

—¿Y qué se suponía que iba a ocurrir? —pregunté.

—¿Qué?

—Ya me has oído. Dijiste que se suponía que esto no iba a ocurrir. ¿Qué se suponía que iba a ocurrir?

—No íbamos a darte caza. El Enjambre Negro y el Imperio Calavera te habían reclamado, pero te metiste en nuestro territorio.

Ya no hay puentes. Íbamos a apoderarnos del asentamiento.

A Paradigma Tagg hasta le da igual el equipo.

O lo que les hiciste a las facciones. Solo quiere que encontremos a un mazmorrero en concreto.

—¿Te refieres a Louis? —pregunté.

—Sí, sí. Ese humano mancilló el honor de la madre de Tagg.

Por favor. No quería involucrarme en esto.

Me fue bien en el campamento de cazadores de fantasía y conseguí un hueco en el ejército de la Guerra de Facciones.

Después me pidieron que viniese al Coto de Caza.

Se suponía que iba a ser fácil. Me ofrecieron muchísimo dinero.

Ni siquiera soy miembro de la familia, como los otros.

—¿Campamento de cazadores de fantasía? —preguntó Dónut detrás de mí—. ¿Es lo que parece?

—Es para que la gente juegue como si estuviese en el programa.

Lo lleva la familia de Vrah, pero una vez cada ciclo el Sueño alquila la luna entera y permite a los empleados y a los familiares jugar durante unos pocos días.

No es real, pero es divertido. Los mejores jugadores consiguen una plaza en la Guerra de Facciones.

A mí me fue muy bien, y aquí estoy. Se suponía que no iba a estar en peligro real y me ofrecieron mucho dinero. Por favor.

—¿Peligro real? —pregunté mientras me inclinaba hacia delante—. ¿Es divertido, dices?

—Así es. Por favor. Solo soy un contable. Trabajo revisando cargamentos de cultivos de soja.

—¿Sabes en qué trabajo yo? —pregunté.

D ÓNUT : CARL, ACABA YA. ESTÁS A PUNTO DE HACER EL MONÓLOGO DEL MALOTE. SIEMPRE DICES QUE NUNCA HAGAMOS EL MONÓLOGO.

Tenía razón. Eché un vistazo a mi contador de visualizaciones y había subido muchísimo. Lo estaba haciendo por el público. Era importante. Era muy importante que lo oyesen. Quería alargarlo un poco más para que se conectase a mí la mayor cantidad de espectadores posible.

O al menos eso fue lo que me dije a mí mismo. No me oía pensar siquiera. Ese río de los rincones de mi mente se había enrabietado hasta desbordarse y llenar todos los espacios posibles.

«Este es mi regalo de cumpleaños. Te estoy dando una oportunidad de seguir adelante con tu vida. Perdón por haber tardado tanto.

»Esto lo detendrá. Es muy ruidoso, Carl. Muy ruidoso».

—C-creo que lo sé. Arreglas barcos, ¿no?

—No —aseguré—. Eso es a lo que me dedicaba antes. Ya no.

—Por favor.

—Tenía un planeta. Un planeta entero. Uno lleno de personas. Algunas buenas, otras malas. Pero la mayoría solo queríamos trabajar un poco, vivir una vida normal, enamorarnos quizá y tener una aventura o dos. Y ya.

—Por favor —repitió—. Puedo pagarte. No tengo mucho, pero te lo daré todo.

Has marcado a Akland.

La característica más alta de Akland es Constitución.

—Voy a demostrarte a qué me dedico ahora.