La mascarada del carnicero (Carl el Mazmorrero 5) Capítulo 22
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Capítulo 22

—Espera a que empieces a descender y luego cierra la boca. No lo hagas demasiado pronto. Esos misiles tienen un alcance limitado.

Todos estábamos agachados cuando explotó una iglesia que se encontraba a dos manzanas de distancia.

El humo se volvió más denso y el aire olía extrañamente húmedo.

Unas nubes de tonos verdes flotaban en el ambiente.

El mensaje ¡ TE HAN ENVENENADO ! ¡ VENENO ANULADO !

no dejaba de aparecer y desaparecer de mi interfaz.

Tanto Dónut como yo, los guardias y los hombres castor éramos inmunes.

No era el caso de Mongo, por lo que tuvimos que mantenerlo en el transportín.

Los osunos tampoco estaban a salvo y se habían refugiado.

Ahora también podía morder, eso sí. Me dio un buen mordisco en la mano cuando la agarré. No me dolió, pero tenía fuerza más que suficiente para quedarse colgando. Los colmillos se le doblaban inofensivos cuando se aplicaba sobre ellos la más mínima presión. Podía liberarme con un pequeño tirón.

—Si continúan con este patrón, los proyectiles nos caerán encima dentro de dos ataques —comentó Clint, que alzó la vista. Aún tenía esa forma de castor con paletas.

Estaba prácticamente seguro de que solo había dos o tres de esos cabrones elfos en el bosque, pero de alguna manera habían conseguido colocar allí una catapulta gigante y montarla.

Se habían puesto a disparar rocas grandes de las que brotaba gas al caer.

Los ataques tenían lugar en intervalos de noventa segundos y disparaban la artillería hacia el asentamiento como si estuviesen jugando a una versión gigante del juego Hundir la flota .

De no haber estado tan enfadado, me hubiese quedado moderadamente impresionado por su puntería.

—Muy bien, Samantha. Abre del todo —dije.

Había estado desarrollando una trampa con mina terrestre que incluía un par de misiles teledirigidos en miniatura como parte de la carga explosiva.

La idea era que, si alguien activaba la mina, un par de misiles tamaño virote de ballesta saldrían de ella un segundo antes de la detonación de la bomba.

Dichos misiles, ignorarían al tipo que la había activado y buscarían a compañeros cercanos, lo que sería más devastador para el enemigo.

Tenían poco alcance, eso sí. Quizá algo menos de medio kilómetro.

Pero el mecanismo de activación era sencillo: un tirón de una cuerda y listo.

La carga explosiva de los misiles tenía el equivalente a una dieciseisava parte de una hobomba. No era mucho, pero si le detonaba a alguien en la cara sería suficiente para reventarle la cabeza.

Ahora que Samantha había descubierto la manera de abrir y cerrar la boca, podría activar los misiles con facilidad.

Lo único que yo tenía que hacer era pegárselos a un lado de la cara con cinta americana, añadir un lazo en la cuerda y atar allí uno de sus colmillos de látex.

Gracias a la naturaleza de su… propósito original, podía abrir y cerrar mucho la boca.

Le rodeé con la cuerda el cuello cortado y luego la até alrededor de uno de sus colmillos inferiores de látex.

Los misiles no estaban diseñados para arrastrar por los aires a cabezas de muñecas hinchables decapitadas, pero gracias a que eran teledirigidos, podían ajustar bien la trayectoria.

Con suerte. En realidad, no tenía ni idea de si aquello iba a funcionar.

Era una de las pocas cosas que no podía probar en mi taller. Supuse que merecía la pena intentarlo.

—Unnnnhg unga —dijo Samantha cuando terminé de atarle el activador. No podía hablar con la boca abierta del todo.

Coloqué la cabeza en el suelo y la examiné. Se quedó ahí quieta, con la mandíbula abierta como si le fuesen a hacer una endodoncia. Tenía el misil atado a un lado con cinta americana, envuelta alrededor de la frente y del cuello. Saqué la extensión de la xistera .

—Ten cuidado. No cierres la boca hasta que los veas a ellos o la catapulta.

—Ale —dijo Samantha.

Clic.

—¡Joder! —exclamé mientras daba un salto hacia atrás. El misil salió despedido y lanzó a Samantha por los aires como un cohete de fuegos artificiales. La cabeza de la muñeca hinchable gritó mientras nos alejábamos. Giró varias veces en espiral y luego empezó a trazar círculos más amplios.

—Al menos el misil funciona con la cabeza atada a él —dijo Dónut, que alzó la vista.

El pequeño misil detonó al no encontrar objetivo alguno. Samantha empezó a gritar y a caer en dirección a la ciudad con el pelo en llamas, para aterrizar a unas calles de distancia del lugar donde había caído la última roca.

—Creo que la próxima vez usaré dos misiles —dije—. La detonación ha tenido muy poca potencia.

—¿De verdad que no la vas a matar? —preguntó Dónut.

—Eso dice Mordecai.

—Si esos cabrones de orejas puntiagudas han visto la explosión, ahora saben dónde estamos —comentó Clint.

—Cierto —dije al tiempo que empezaba a correr hacia el lugar donde había aterrizado la cabeza. No me iba a costar mucho encontrarla. Estábamos a dos manzanas de distancia, pero oía sus gritos—. Teníamos que cambiar de posición de igual manera.

—No cierres la puñetera boca. Solo me quedan unos pocos —dije mientras le colocaba dos misiles en la cabeza con cinta americana.

Encontramos a Samantha tirada en la calle, cubierta de hollín y gruñendo mientras intentaba morder el lateral de una de las casas de los osunos.

Había que limpiarle el pelo largo y color hueso, pero aparte de eso no había marca alguna que indicase que acababa de estar en llamas.

Ahora nos encontrábamos a una manzana de distancia de un pequeño parque.

A nuestro alrededor, los edificios habían quedado destrozados por la artillería.

Oí el silbido característico de una roca al caer, que aterrizó justo donde nos encontrábamos unos minutos antes.

La muralla cerca de la entrada del asentamiento se resquebrajó aún más y terminó por derrumbarse. Dónut gruñó.

Yo volví a colocar la extensión de la xistera . Miré a Samantha y asentí antes de colocarla bocabajo en ella. Tenía la parte trasera de los misiles apuntando hacia mi pecho. Si Samantha los activaba en ese momento, podía dejarme tostadito.

C ARL : Muy bien, Mordecai. Estoy en posición. Espero que esto funcione de una vez.

M ORDECAI : Funcionará. Solo recuerda los efectos colaterales.

Tenía 25 de Inteligencia, pero con todas las mejoras diarias llegaba hasta más de 30.

La poción que me había preparado Mordecai se llamaba COMANDANTE CHARLIE por alguna razón inexplicable que ni siquiera él era capaz de comprender.

Me dijo que solía llamarla «zumito cerebral».

Me aumentaba la Inteligencia 10 puntos durante 30 segundos.

Pero tenía un efecto secundario muy desagradable: cuando pasaba el efecto, la reducía 10 puntos durante cinco minutos.

El conjuro Tañido tenía un alcance de 500 metros más por cada 10 puntos de Inteligencia.

No obstante, los factores ambientales podían llegar a reducir o aumentar dicho efecto.

Cuando me bebiese la poción, el conjuro tendría un alcance de tres kilómetros enteros en todas direcciones.

No estábamos muy seguros de a qué distancia se encontraban esos cabrones o si estaban usando algún tipo de camuflaje, pero esperábamos que estuviesen dentro del área de efecto. Si los veía, más les valía rezar.

Podía lanzar a Samantha a un máximo de 50 kilómetros, por lo que debía tener cuidado con la potencia.

—Allá vamos —dije. Me llevé la xistera cargada al pecho para apuntar, con los misiles bien pegados. Luego me bebí la primera de las pociones, la de levitación. Apareció un control deslizante en mi interfaz, que podía ajustarse hacia arriba o hacia abajo y tenía una cuenta atrás de 60 segundos.

«Mierda —pensé—. Me he equivocado con el orden».

Intenté tocar mentalmente el control deslizante y noté cómo los pies se me alzaban un poco del suelo. Sabía que Elle tenía algo parecido en su interfaz, pero ella también podía moverlo hacia delante y hacia atrás. En mi caso, solo era hacia arriba y hacia abajo.

—Vaya, qué raro —dije. Estaba flotando, pero notaba como si tuviese un suelo de cristal bajo los pies.

Subí el control deslizante un metro y medio más mientras esperaba a que se reiniciase el tiempo de recarga de las pociones.

Sabía que el suelo no era tan sólido como parecía.

Mordecai me había dejado muy claro que estas pociones eran muy peligrosas.

Me aseguró que no servían para amortiguar las caídas si había mucha inercia.

No eran una buena alternativa a Caída de pluma.

No podíamos usarlas para evitar caer al suelo desde mucha altura, a menos que las tomásemos antes de saltar.

«Y trátalas como si estuvieses caminando sobre un hielo muy quebradizo», había apostillado.

—No te hagas daño, Carl —dijo Dónut desde el suelo, mientras miraba hacia arriba preocupada.

Esperé a que el tiempo de recarga de las pociones llegase a cero y luego me bebí la poción Comandante Charlie.

Qué listo eres, chaval.

Luego, subí aún más el control deslizante y salí despedido hacia arriba, a través de una nube verde.

Vi la extensión de la selva que rodeaba la ciudad a mi alrededor.

El río infestado de náyades serpenteaba como una víbora.

Eché un vistazo por encima del hombro y me percaté de que el paisaje era similar en todas direcciones.

Solo había árboles. No obstante, al sur y en la distancia, contemplé algo aterrador: varias cabezas de dinosaurios que asomaban entre el dosel arbóreo, como si fuesen cabezas de pato en la superficie de un lago.

Eran brontosaurios. Íbamos a tener que pasar pronto por ese lugar.

Luego, me giré hacia el norte, hacia los cazadores.

Lancé Tañido.