La mascarada del carnicero (Carl el Mazmorrero 5) Capítulo 17
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Capítulo 17

Alquilamos habitaciones para los hombres castor en la posada y luego nos dirigimos hacia la estancia segura.

Entramos, pero allí no había nadie a excepción de Mordecai y los dos guardaespaldas cretinos.

Mordecai estaba en su habitación y salió con lo que parecían unas orejeras sobre las orejas ya peludas de por sí. Parecía enfadado.

—Gracias a los dioses —dije—. Tenéis que hacer que se calle antes de que Bomo y el Mazo la destrocen. Louis, Firas y Katia han tenido que marcharse. Tu amigo Bautista también estuvo por aquí.

—¿Qué está pasando? —pregunté.

—¡Carl! ¿Ya estás en casa? ¡Carl! ¡Ven ahora mismo! —Era un grito agudo y ensordecedor. Una voz sobrenaturalmente alta que salía de la sala de entrenamiento.

Samantha.

—Ah, sí. Es verdad. Me olvidé de decírtelo —dijo Dónut.

—¿Qué te olvidaste de decirme?

—Es posible que le haya contado a Samantha por accidente que estábamos hablando con Signet.

No sabía que se iba a poner así. Tuve que silenciarla en el chat.

Se puso como loca cuando se enteró y no sé por qué.

Es muy vergonzoso, la verdad. ¿Has visto lo irritante que resulta la manera que tiene de hablar en el chat?

—Buf… —dije—. Mira… ¿Sabes qué quiere?

Samantha no había dejado de gritar.

—¡Carl! ¡Carl, ven!

El robot limpiador emitió un quejido lastimero, como si el ruido lo irritase.

—Quiere que la lleves a hablar con esa tal Signet —dijo Mordecai—.

Estaba dándome la receta de una poción que llevo mucho tiempo buscando, pero justo en ese momento Dónut le dijo que estabais con esa élite.

No ha parado desde entonces. Hice que Bomo le cerrase la boca, pero ha descubierto la manera de rodar un poco y conseguir que se le vuelva a abrir. Te sugiero que uses cinta americana.

—Ahora no tenemos tiempo para lidiar con ella. Estamos a punto de ir al programa de Odette.

Mordecai se me quedó mirando.

—Oye, tú fuiste quien me dijo que sería mejor que me quedase la cabeza —añadí.

Samantha soltó una serie de aullidos. Gruñí.

—Venga. Iré a hablar rápido con ella.

Dónut alzó la vista hacia el Mazo. Apareció un cepillo frente a ella.

—Macito, sé educado y cepíllame.

El monstruo de roca rugió de felicidad y se acercó para coger el cepillo mientras yo me dirigía hacia la sala de entrenamiento.

Samantha, la cabeza de muñeca hinchable reanimada, estaba en el suelo en mitad de la estancia, bocabajo y gritando. Dejó de hacerlo en el momento en el que entré. La cabeza rodó hacia mí, se detuvo a mis pies y me miró.

—¿Qué cojones? —pregunté—. ¿Cuándo aprendiste a hacer eso?

—Llévame hasta ella. Hasta Zarina Signet. Es la nieta de la princesa Yungsten de las náyades, lo que la convierte en mi prima tercera en cuarta generación y puede devolverme mi cuerpo. Llévame hasta ella o mataré a tu madre.

Me arrodillé, agarré la cabeza de látex por el pelo blanco y la coloqué bien sobre el suelo.

—¿Cómo que tu prima tercera? Pensaba que eras una diosa. Ella no lo es.

—Bueno, si te pones muy técnico es por el matrimonio, pero su tatarabuelo era Zar Guggenheim, quien se casó con…

—¿Sabes qué? Me da igual. Dónut y yo vamos a volver a ver a Signet mañana por la noche cuando asaltemos el castillo de las náyades. La traeré aquí si me prometes que dejarás de gritar. ¿Vale? Pero un grito, solo uno, y no hay trato.

Ya había planeado traerla de igual manera, pero no tenía pensado decírselo a Samantha.

—Vale, vale. Bien —dijo ella—. Puedo hacerlo. Pero deberías sacarme más a menudo. Estoy segura de que la zorra de mi madre ya no atacará más cuando lo hagas. Y yo destrozaré todo lo que quieras. Venga, llévame con Signet y seré tu putita fiel hasta el fin de los tiempos.

Le di unas palmaditas en la cabeza, momento en el que ella gruñó e intentó morderme la mano.

Z EV : Muy bien, chicos. Transfiriéndoos. Recordad que no vais a ir directos a la caravana. Habrá un control de seguridad antes. Debería ser rápido.

—Mierda —murmuré. Me había olvidado de eso.

Dónut estaba sentada a mi lado. Me dio la impresión de que estaba más nerviosa de lo habitual. Ya había guardado a Mongo, lo que era bastante poco habitual. Me miró como si estuviese a punto de decir algo, pero luego cambió de idea.

Entrando en el control de seguridad.

Brillamos y aparecimos en un lugar que no había visto antes. Todos nuestros menús desaparecieron. Una advertencia relució en la interfaz, pero lo hizo tan rápido que no me dio tiempo a leerla.

Dónut aulló. Ambos caímos de lado y nos golpeamos contra una pared de cristal, pero nos chocamos contra ella a cámara lenta.

Aun así, dolió bastante. Al momento, me di cuenta de que quizá no estaba de lado.

Tenía la cabeza como un bombo. Me mareé de repente, como si estuviese cayendo al vacío.

Tras el golpe contra la pared, el suelo o lo que fuese, vi algo que jamás había creído que vería.

Contuve el aliento a causa de la impresión sin dejar de mirar al otro lado.

—Joder —murmuré.

La Tierra. Cubría el horizonte por completo, aunque empezaba a alejarse.

Tardé un instante en orientarme. Vi el océano Índico extendiéndose debajo de nosotros y un poco de Madagascar apareciendo por encima.

El cielo estaba despejado en su mayor parte.

El planeta entero estaba girado unos noventa grados de la imagen habitual que yo tenía de él.

El cambio de escenario fue tan repentino y tan inesperado que empezaron a caerme lágrimas.

Pensé de inmediato en Coolie, quien había escrito la decimonovena edición del libro de cocina.

Aquellas vistas, pero de su planeta natal, habían sido lo último que había presenciado.

Había muerto después de un intento de asesinato fallido a una pareja de administradores.

No estábamos en ingravidez, pero casi. La rotación de la nave hacía que la pared transparente fuese el suelo, pero debido a una física que jamás llegaría a comprender, la gravedad que sentía era muy leve.

Dónut empezó a agitar las patas.

—Carl, Carl. Esto no me gusta. Voy a…

Echó el atún que acababa de comer en mi dirección. El vómito pareció extenderse en una nube a cámara lenta antes de caer a nuestros pies.

—No nos advirtió que íbamos a estar en el espacio —dijo la gata.

La estancia en sí no tenía absolutamente nada.

No era más que una superficie vacía con suelo de cristal y paredes hechas de un metal extraño que tenía un aspecto similar al óxido.

Estábamos solos ahí dentro. Había algo escrito en una de las paredes, pero no reconocí el idioma y no fui capaz de leerlo.

—¿Hola? —saludé.

—Aquí huele a atún podrido —dijo Dónut—. Me alegro de haber guardado a Mongo. Esto no le gustaría nada.

Una pareja de gnolls entró en la habitación desde arriba, con los pies por delante. Atravesaron una escotilla que no había visto antes. No apareció ninguna ventana emergente. Se dejaron caer como un grupo de fuerzas especiales en una misión.

Eran gnolls sombríos, de esos que parecían hienas.

El mismo tipo de criatura que Gary el Ronco, el pobre PNJ al que habíamos matado muchísimas veces en el cuarto piso.

Los tipos iban ataviados con una armadura que parecía de plástico con insignias de rango en el pecho.

La armadura los cubría por completo a excepción de la cabeza.

Ambos llevaban lo que parecían fusiles de plasma sobre los hombros.

Y también un escáner en la muñeca con aspecto de reloj sobredimensionado.

Eran de las fuerzas antidisturbios de los gnolls sombríos. De las de verdad. Mercenarios.

Aterrizaron con estruendo a nuestro lado. Las botas pesadas emitieron un chasquido al chocar contra el cristal, y uno de los dos cayó directo sobre el vómito de Dónut.

—No te muevas —dijo el otro mientras me pasaba el escáner—. ¿Llevas explosivos encima?

—Si los llevase, ya lo sabrías a estas alturas —respondí.

El gnoll gruñó divertido antes de empezar a cachearme. Llevaba algo extraño que le colgaba de la cintura. Parecían unas aletas de buzo antiguas. El otro también las llevaba.

—¿De verdad es necesario todo esto? —pregunté—. ¿No tenéis un escáner especial con IA que os diga que no llevo nada encima?

El gnoll no respondió. Detrás de mí, el otro estaba inclinado sobre Dónut haciéndole lo mismo. Agarró el colgante de la gata y lo examinó de cerca.

—Antes llevaba una mariposa, pero ahora me han obligado a ponerme esta cosa tan fea —dijo Dónut—. Es espantoso.

El gnoll lo soltó y se enderezó.

—Todo en orden —dijo.

El que me había cacheado asintió y saltó a más altura de la que esperaba, para luego atravesar a la perfección la escotilla que seguía abierta en el techo. El segundo le rascó con cariño la barbilla a Dónut, o eso me pareció, y luego él también desapareció por la escotilla.

—¿Acabas de dejar que ese perro te rasque la barbilla? —pregunté.

Nos volvimos a teletransportar antes de que Dónut pudiese responder.

Aterrizamos de lado en la caravana habitual de Odette. Yo caí en la cubierta y solté un resoplido, y Dónut lo hizo en el sillón, entre Zev y Odette. El suelo no dejaba de agitarse. Parecía que había tormenta en el exterior.

—Au —dije mientras me frotaba el brazo y me ponía en pie.

Odette estaba en forma de humana sin piernas, flotando a unos pocos centímetros del sillón sobre esa especie de silla de ruedas circular suya.

Zev no llevaba el traje de buceo habitual, solo un dispositivo de reciclado de aire alrededor de la garganta.

Era la primera vez que la había visto sin el traje.

Me sorprendió lo escuálida que era comparada con el resto de los kua-tin que había visto.

Pero lo que más me sorprendió fue el hecho de que la presentadora estuviese en el camerino.

—Odette —saludé, sorprendido.

Dónut se giró para ponerse en pie y vi claramente cómo la cola atravesaba el cuerpo de Odette, lo que indicaba sin lugar a dudas que se trataba de un holograma.

Zev sí que estaba allí de verdad. El sillón ya estaba empapado con los chorros de agua de su dispositivo de reciclado de aire.

Se levantó del asiento mientras Dónut hacía lo propio y se colocaba junto a ella.

La gata bajó la cabeza y empezó a frotarla contra la mujer pez a modo de saludo.

—Anda, pero si Odette está aquí —dijo Zev un momento después, anunciando una obviedad—. Qué inesperado.

—Hola, Carl —saludó la presentadora—. No tenemos mucho tiempo. Entraremos en directo dentro de unos pocos minutos y aún tengo que vestirme, pero quería hablar de algo muy importante. Sobre tu exnovia.

Dónut soltó un grito ahogado, lo que me distrajo por unos instantes. Creía que iba a volver a vomitar, en esta ocasión encima de Zev.

—Espera. ¿Qué acabas de decir? —pregunté cuando mi cerebro procesó las palabras—. ¿Hablas de Beatrice? —Sentí un escalofrío—. ¿Qué pasa con ella?

—¿La señorita Beatrice? —preguntó Dónut, que alzó la vista—. ¿Sabes algo de la señorita Beatrice? —Miró a Zev—. ¿De qué habla, Zev?

—Odette acaba de darme la información —aseguró Zev—.

Una información muy inesperada. Cuando me dijo lo que quería contaros, lo hablamos y ambas decidimos que es mejor que lo sepáis lo más pronto posible.

—Hizo una pausa—. Hablar sobre este tema en este lugar es seguro. —Miró a Dónut y luego me miró a mí.

Era como si Odette acabase de lanzar una granada y nos hubiésemos quedado esperando a que explotase.

Respiré hondo.

—Muy bien, Odette. ¿Qué es lo que sabes?

—Beatrice está viva.