Capítulo 16
Dos de los hombres castor nos acompañaron de vuelta a Villa Mongo. Signet también envió algunos elfos de los arbustos y otras criaturas para que se dispersasen a nuestro alrededor y buscasen cazadores rezagados.
Los dos que iban junto a nosotros eran Clint, el calvo al que le faltaba una pierna, y el del mullet, que se llamaba Holger.
Los hombres peludos no dejaban de insistir sospechosamente para que nos metiésemos en una estancia segura, y tardé un poco en darme cuenta de que había sido una orden de Signet, quien a su vez la había recibido de los productores.
Era porque teníamos que ir al programa de Odette dentro de unas pocas horas.
Era un recordatorio, uno bastante claro, de que los élites no eran tan independientes como los PNJ normales.
No los controlaban como robots, pero los productores podían enviarles sugerencias, lo que a veces los hacía actuar de manera que no casaba demasiado con sus personajes.
No me había quedado claro cuánto control tenían exactamente sobre ellos.
Seguí dándole vueltas al tema mientras regresábamos a Villa Mongo. Tenía que descubrir si había una manera de conseguir que Signet y otros élites fuesen del todo independientes, al igual que los PNJ normales. Y también qué ocurriría en ese caso.
Sea como fuere, los dos tipos, Clint y Holger, no eran élites. Eran PNJ normales y seguían órdenes de Signet.
—Dime, Holger —empezó a decir Dónut mientras caminábamos. Iba a lomos de Mongo, y el resto a pie—. ¿Por qué ese corte de pelo? ¿Cómo se llamaba, Carl?
—Un mullet —respondí.
—Eso, sí. Elegante por el frente y alborotado por detrás.
Dime, ¿está relacionado de alguna manera con tu cultura?
En el lugar del que vengo, lo está. Significa que eres alguien muy propenso a decir «¡Yija!
», a escuchar música que va sobre camiones, a ponerle los cuernos a tus novias y a comer salchichas empanadas y mantequilla frita.
Y que te gusta hacer explotar cosas. —Me miró—. Carl, deberías dejarte el mullet.
—Es un símbolo de mi poder —comentó Holger con orgullo. El tipo llevaba dos armas colgadas a la espalda. Una espada con forma de hoz y un palo muy afilado.
—No es un símbolo de nada —dijo Clint.
—Eso lo dices porque tú eres calvo —comentó Holger.
—No soy calvo cuando me transformo —aseguró Clint—. Y cuando tú te transformas pareces más imbécil aún.
—Pues a mí no me disgusta —dijo Dónut—. Una vez vi a un maine coon que tenía un pelaje similar y le quedaba perfectamente.
Era arrebatador. —Miró a Clint—. Pero estar calvo también está bien.
O puede estarlo. No pienso hablar de gatos esfinge ni de esos chihuahua raros, pero la verdad es que te queda bien.
—Gracias, princesa —dijo Clint.
—¿La habéis visto hacerlo alguna vez? —preguntó Dónut, que cambió de tema—. ¿La habéis visto invocar a su grupo de batalla, quiero decir? Carl la vio en una ocasión, pero yo no llegué a hacerlo. Dijo que todos sus tatuajes cobraron vida, pero que eran igualmente planos.
—Solo una vez —respondió Clint—. Y no fueron todos. Solo el ogro y las anguilas.
—¿Cómo empezasteis a trabajar con ella? —preguntó Dónut—. Nosotros nos la encontramos cuando intentaba invadir un circo. Hizo que a Carl se le pusiese durísima, tanto que tuvo que romperse el dedo para despejar la mente. ¿Y vosotros?
Holger gruñó divertido.
—Es algo habitual, sí. Nosotros la conocemos desde que éramos críos.
Vivió en la aldea con nosotros después de su maldición.
Uno de los ancianos le presentó a Grimaldi, y ella se marchó con él.
Poco después, esa zorra de Imogen atacó nuestro hogar y nos mató a casi todos.
Unos años después, cuando atacó Escolopendra, los que sobrevivimos a la ofensiva de Imogen casi no nos vimos afectados por la nube del demonio.
—¿En serio? —pregunté—. ¿Y sabéis por qué no?
Holger se encogió de hombros.
—Ni idea. Quizá fuese porque uno de los ataques que afectó a la zona era el conjuro Transfiguración.
Era exactamente el mismo que Imogen usó con nosotros.
Aunque no estoy seguro del todo porque había otra cosa en esa nube.
Esporas. Un conjuro de rabia y cosas horribles.
Recuerdo que aquel día me puse muy enfermo, pero no tardé en recuperarme.
Ahora, la ciudad al otro lado del río quedó devastada.
La mayoría de los animales se transformaron o murieron.
Estuvimos a punto de morir de hambre. La señorita Nadine nos salvó.
—Ajá —dije—. Muy interesante.
—Para mí no fue interesante, la verdad. Las náyades nos habían dejado muy maltrechos varias veces, y esto fue otro clavo en nuestro ataúd. Uno de los grandes. Ya es hora de que empecemos a vengarnos.
—¿Y los altos elfos? —pregunté—. ¿Cómo les fue durante el ataque de Escolopendra?
Clint gruñó.
—¿Tu madre nunca te ha contado la historia?
¿No te ha leído el poema? «Los altos elfos, acobardados, se refugiaron en su castillo protegidos por lo que habían robado».
Los elfos salieron de allí oliendo a nenúfar.
Los elfos de los arbustos quedaron devastados, pero los altos elfos tenían algún tipo de magia que los protegió.
Algo que habían robado. Se dice que esos cabrones sabían lo que iba a pasar.
Y otros incluso aseguran que fue culpa de ellos. No me sorprendería.
—¿Cómo va a ser culpa de ellos? —Yo había leído algo muy diferente en el libro de cocina.
Los enanos semeru del noveno piso habían excavado a demasiada profundidad.
Era una versión al revés de la historia de la Torre de Babel.
Dicha historia era la que me había ayudado a imaginármela inundada, de hecho.
Clint negó con la cabeza.
—Se rumorea que los elfos bajaron hasta allí en el pasado, cuando esa cosa aún estaba durmiendo.
Fue entonces cuando se hicieron con todas las piedras de alma para su magia.
Pero el gusano empezó a despertarse, por lo que huyeron a la carrera y, antes de marcharse, robaron algo más.
Fue un objeto que los protegió del multiataque de Escolopendra.
Los salvó a todos. A la corte real, al menos. A los que estaban en el castillo.
—Pues yo he oído que esa zorra de Imogen intentó lanzar su conjuro Transfiguración en el ciempiés gigante y no funcionó —añadió Holger—.
Pero esa fue una de las razones por las que dicho conjuro formó parte del ataque de nueve fases.
Escolopendra se dedicó a lanzar todo lo que le habían lanzado a ella a lo largo de los años, pero a la vez.
Una especie de Devolver el daño, pero uno que tarda mucho en prepararse.
Clint se giró hacia el otro hombre castor.
—Es imposible que haya sido Imogen, capullo. Los elfos tenían cristales de alma antes de que naciese cualquiera de nosotros. Imogen es vieja, pero no tanto. Tiene la misma edad que Zarina.
—Bueno, quizá ella bajase de nuevo más adelante —dijo Holger—. Y no me llames capullo o se lo diré a la señorita Nadine.
—Eso no tiene sentido —aseguró Clint—. ¿Que bajó de nuevo más adelante? Dioses, mira que eres tonto.
—Tú sí que tienes cara de tonto —dijo Holger.
—Y tú pelo de tonto.
—Al menos yo tengo pelo, calvo. Y dos piernas.
—¿En serio? —pregunté—. Podéis dejar de…
Clint gritó y cargó contra el otro PNJ. Los dos empezaron a darse una buena tunda mientras rodaban por la hojarasca. Un momento después, habían quedado cubiertos de barro y hojas. Las aves salieron desperdigadas por el cielo, y Mongo empezó a brincar de un lado a otro con emoción.
—Son igualitos a tu amigo Sam el Unicejo y tú —dijo Dónut mientras los veía pelarse con extraña fascinación. Ambos gritaban descontrolados y se golpeaban a puñetazo limpio. La rabia y la violencia me resultó repentina y caótica. Al menos ninguno había desenfundado un arma.
—Nosotros nos insultábamos, pero siempre era de broma —dije al tiempo que bajaba la vista hacia los hombrecillos—. Nunca nos pegamos. Y solo nos pasaba con los videojuegos.
—¿Las peleas no iban en serio? —preguntó Dónut—. ¿Estás seguro? La verdad es que eran brutales. El tipo te llamaba nenaza y te decía que eras su zorrita. Francamente, empezaba a pensar que habíais pasado tiempo juntos en prisión o algo así. Las chicas nunca se insultan así entre ellas.
—Las chicas son peores que nosotros, pero normalmente no lo hacen cara a cara. Y tú me estás insultando todo el día, Dónut.
—Yo no te insulto, Carl. Se llaman críticas constructivas. Es diferente.
Clint había tomado ventaja y se había colocado sobre Holger para golpearle en la cara. Una barra de salud apareció al fin sobre ambos. Estaban aún en verde, pero se habían empezado a hacer daño de verdad. Me interpuse y fui a separarlos.
—Suficiente —dije intentando apartar a Clint de encima de Holger.
Siguieron peleándose; Clint le había agarrado el mullet con fuerza y, cuando tiré de él, arrastró al tipo por la mano.
Holger gritó de rabia y le clavó su gigantesco diente delantero mientras Clint le daba puñetazos una y otra vez con la mano que le quedaba libre.
—Parad ya. Dios —grité al tiempo que los soltaba y me separaba de ellos. Terminé por recordar que un mordisco de estos tipos podía llegar a transformarme en uno de ellos, algo con lo que sería mejor no tener que lidiar.
—Vienen enemigos —dijo Dónut—. Y rápido.
Sin titubear, ambos se pusieron en pie de un salto y desenfundaron las armas.
Fue una reacción tan repentina que me dio la impresión de que habían practicado el movimiento y todo.
Se colocaron espalda contra espalda y luego se pusieron a la defensiva frente a nosotros en el camino.
Clint sostenía una maza. Holger, la espada con forma de hoz. Ambos empezaron a girar en círculos.
—¿Dónde? —preguntó Holger. La cara había empezado a hinchársele a causa de los golpes.
—Lo siento —dijo Clint, que señaló hacia el sendero con la maza—. Son invisibles y vienen rápido. En el suelo.