La mascarada del carnicero (Carl el Mazmorrero 5) Capítulo 14
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Capítulo 14

La estadística que Bravvo tenía más alta era la Destreza. Y matarlo solo iba a darme un punto.

Su arma era una espada larga mágica que aumentaba dos puntos de Constitución y que guardé para vender más tarde. El resto de su ropa no servía para nada, pero me la quedé de igual manera. Y luego me guardé el cadáver desnudo.

Lo único que había merecido la pena eran nueve pociones de levitación.

No eran tan útiles como las de volar, pero te permitían alzar el vuelo durante un tiempo igual al doble de tu Inteligencia en segundos.

No tenía muy claro qué altura podía llegar a alcanzar o qué pasaba si se agotaba el tiempo antes de haber vuelto al suelo.

El cazador había usado uno para vigilar Villa Mongo desde las alturas antes de que un misil le impactase en toda la cara.

Dónut y yo saqueamos el cuerpo del cazador muerto sin inmutarnos usando mi nuevo método de saqueo seguro mientras Signet y los demás nos contemplaban impasibles.

Al terminar, me puse en pie y me enjugué el agua de los ojos, lo que no sirvió para mucho ya que seguía diluviando.

Dónut tenía un aspecto horrible y no dejaba de temblar en mi hombro, acurrucada contra mi cuello.

—Signet, cielo, te venderé a mi nieto primogénito si me dices el nombre del conjuro que usas para no mojarte —dijo la gata desde mi hombro.

La élite rio entre dientes.

—No es un conjuro, pequeña. Es una maldición. Es mejor que no la tengas.

—Bueno, pues ya nos has encontrado —dije—. Me alegro de verte bien, pero la verdad es que estamos muy ocupados. Hay mucha gente dándonos caza y el asentamiento este de aquí tiene un serio problema con los dinosaurios que deberíamos resolver.

La semináyade asintió.

—Todo está conectado. Podemos ayudarnos.

—Aquí no estamos a salvo —comentó Clint. Tuvo que hablar muy alto para que se le oyese, ya que la lluvia cada vez caía más a plomo. El hombrecillo no dejaba de mirar con nerviosismo hacia la pendiente que llegaba hasta el río—. Con esta lluvia, no tardarán en salir.

Detrás de él, la oruga con las seis sillas de montar emitió un chirrido húmedo.

—Vamos —dijo Signet, que nos indicó que la siguiéramos—. Al bosque. Hablaremos mientras caminamos. Esta vez no os obligaré a ayudarme, pero espero que podamos llegar a un acuerdo beneficioso para ambas partes.

Eso era mentira, claro. Estaba obligado por contrato a ayudarla.

Pero estábamos metidos en un programa más o menos guionizado y no podía decirlo en voz alta.

Me pregunté por unos instantes qué pasaría si le colocaba una de mis nuevas bombas lapa en la espalda y salía corriendo. Era probable que nada bueno.

—¿Dónde está el ogro aquel? —pregunté mientras miraba alrededor. El otro élite había desaparecido mientras saqueábamos el cuerpo.

—Hay invasores por el camino. No dejan de salir de la ciudad de Zockau. Areson nos ayuda a mantenernos a salvo. Se reunirá con nosotros más adelante.

Me quedé en silencio y miré hacia el norte.

—Nosotros también podemos ayudar —dije al fin.

Noté el peso del Anillo de sufrimiento divino en el dedo. Su calidez me resultaba aún más evidente bajo la lluvia. Una muerte más y empezaría a darme dos puntos de característica en lugar de uno.

—Ya hemos arriesgado mucho viniéndote a buscar —comentó Clint mientras subía a lomos de la oruga.

Los otros cinco guerreros saltaron sobre las sillas de montar, uno a uno, hasta que los seis formaron una hilera que parecía sacada de la montaña rusa de un parque de atracciones.

La oruga amarilla y peluda emitió un chillido agudo.

D ÓNUT : CARL, ESA COSA PARECE UNA ESCOBILLA DE RETRETE AMARILLA. VA A ASUSTAR A MONGO.

C ARL : Deja a Mongo en el transportín por ahora. Tiene que descansar igualmente.

Examiné la oruga alargada y peluda.

Nadine. Oruga sabia barbuda. Nivel 50.

La oruga sabia barbuda es un insecto peludo y enorme que habita en los árboles y que normalmente se contenta con quedarse en las copas y comer hojas hasta que les da por formar una crisálida y convertirse en algo igual de inocuo.

Son muy peludas y bastante monas mientras no las mires demasiado a la cara.

¿Has visto la cara de un insecto de cerca?

En serio, raras de cojones. Son casi inofensivas, incluso después de convertirse en polillas.

Sea como fuere, Nadine no nació siendo una oruga.

Una sabia barbuda no suele ser muy inteligente a pesar de su nombre.

Tampoco es que Nadine fuese la mejor de su clase de ciencias antes del ataque de los altos elfos, pero era una chee.

Una profesora, en realidad, a cargo de la escuela.

También hacía sus pinitos como actriz, pero será mejor que no le saques el tema. Si aún puede hablar, lo negará.

D ÓNUT : ¿CREES QUE EL RESTO DE ESOS TIPOS TAMBIÉN SE HAN TRANSFORMADO EN ORUGAS? PORQUE ES MUY RARO TODO.

C ARL : Pues no lo sé, pero ten cuidado. Recuerda lo que le ocurrió a Miriam Dom. La transformaron en vampira porque creyeron que era divertido. No dejes que ninguna de estas cosas te muerda.

Nadine la oruga se abalanzó hacia delante y desapareció por la selva entre serpenteos.

Los seis jinetes no dejaban de moverse arriba y abajo, como si estuviesen haciendo la ola.

Signet les seguía el ritmo algo más atrás y yo iba a la zaga, cerca de ella, con Dónut sobre el hombro.

Envié otro mensaje a Quasar, pero aún no me había respondido.

—Cuando llueve mucho, los Confederados se aventuran a salir del río —dijo Signet mientras nos alejábamos del agua. Íbamos hacia el norte, lejos del camino principal y del río, pero más cerca de Zockau.

—Tu madre es una náyade y tu padre es el rey de los altos elfos, ¿no?

—pregunté, intentando recordar la historia.

Sabía que era bastarda y que había sido rechazada por ambas familias, lo que la había obligado a escapar a la Ciudad Epigea, donde se había unido al circo.

Se había quedado viviendo allí hasta que el desastre de Escolopendra lo había puesto todo patas arriba.

—Así es, pero el rey Finian, mi padre, ya no está entre nosotros. Su hija, mi hermanastra, es quien reina ahora entre los altos elfos. Se llama Imogen.

—¿Y tu madre? —pregunté.

Signet apretó los labios. En su hombro, el tatuaje del tiburón martillo agitó la cabeza y se alejó.

—Murió hace tiempo —respondió unos instantes después—.

Era una princesa, una de las de verdad. Me protegió, me quiso y me enseñó a ser elegante.

También me mostró lo que es la magia y la importancia de la familia, por muy pequeña que esta pueda llegar a ser.

Luego llegó la revolución, y ahí fue cuando acabó todo.

El palacio de mi familia ahora está ocupado por los duques imbéciles de la Confederación.

Nada ha cambiado desde entonces. Me desterraron del río, y el pueblo de mi padre me expulsó del Coto de Caza.

Aún era una niña. Fue hace ya mucho tiempo.

—Mi padre también me desterró —explicó Dónut—. Más tarde le pillaron la cola con la puerta de un coche, lo que hizo que lo descalificaran de los concursos a partir de ese momento. Se lo tiene bien merecido.

Signet asintió.

—Si me ayudas a completar mi misión, te ayudaré a reclamar tu corona si lo necesitas.

—Ah, no. Yo ya la he reclamado —dijo Dónut. Agitó la cola húmeda contra mi cuello—. Conquisté Cleveland y me hice con el título de gran campeona, algo con lo que él solo había podido soñar.

—Me alegro mucho —dijo Signet.

La selva se volvía más y más frondosa a medida que avanzábamos.

Me dio la impresión de que Nadine la oruga iba comiendo hojas para abrirnos paso a medida que avanzábamos.

Recordé la advertencia del elfo de los arbustos cuando habíamos llegado.

«No te salgas del sendero». Estábamos rodeados por puntos blancos de criaturas que no nos eran hostiles y la mayoría se apartaba a nuestro paso.

Apareció un grupo de puntos rojos en la distancia, pero no tardó en dispersarse.

La lluvia seguía mojándonos a pesar de la frondosidad que nos rodeaba, por desgracia.

Era como si no dejásemos de caminar entre cataratas y duchas.

Por el suelo discurrían una infinidad de arroyos que se dirigían hacia el río, y tenía barro hasta los tobillos.

No era muy probable que encontrásemos trampas a esta distancia del sendero, pero me mantuve ojo avizor.

—¿Qué haces aquí, Signet? —pregunté al fin—. ¿Por qué has venido a buscarme?

—Estoy reuniendo a un equipo y necesito tu ayuda. Eres el último que necesitaba.

—¿Y yo qué? —preguntó Dónut.

—Ambos sois los últimos que necesitaba.

—Muy bien, pero la última vez que trabajamos juntos tenías pensado sacrificarme —dije.

—Eso solo fue al principio —dijo ella a la defensiva—. Antes de que descubriese lo fuerte que eres.

—¿Qué ocurrió esa noche? —pregunté—. Después del circo. Nosotros nos marchamos al día siguiente, y las carpas y todo lo demás había desaparecido. Ya no quedaba nadie.

Signet asintió con tristeza.

—Grimaldi mató a los parásitos y liberó a nuestra familia. Fue como cuando salvaste a Heather la osa. Todos los payasos, los lémures y el resto de los trabajadores se desmoronaron, libres al fin. Todos menos Grimaldi. A él me lo llevé conmigo.

—¿Sigue vivo, entonces? —pregunté—. ¿Ha vuelto a ser un enano?

—No —respondió un instante después—. Él… Su historia en todo esto prácticamente ha terminado. Ahora estoy reuniendo a este grupo por otra razón.

—Entonces ¿quién es el otro tipo? El forzudo que estaba aquí hace nada. ¿No formaba parte del circo?

—Sí —dijo Signet—, pero estaba aquí en el Coto de Caza cuando tuvo lugar el ataque. Su hermano Apollon era quien se encontraba en la Ciudad Epigea. Apollon ha muerto, pero Areson no. Tienen otro hermano, Herman el Rápido, que estaba en Larracos. Pero no sabemos si sigue con vida o no.

Intercambié una mirada con Dónut.

Frente a nosotros, uno de los guerreros gritó y la oruga aceleró el paso.

—¿Y cuál es la historia de estos tipos? —pregunté—. Sé que son hombres que se transforman en algo, pero no sé en qué. ¿En orugas?

—No —respondió ella—. Los seis son iguales, pero no se transforman en orugas. Son hombres castor.

—¿Hombres castor? —pregunté—. ¿Los roedores?

—Sí, eso mismo. Hombres castor.

—Pues la verdad es que el sitio les viene que ni pintado.

—Sí, son criaturas pequeñas y semiacuáticas.

Pero bueno, que eso da igual. Lo importante es que la princesa Imogen fue quien transformó mágicamente a su pueblo.

Fue hace mucho tiempo, antes del ataque de Escolopendra.

En aquella época, mi padre aún estaba en el trono e Imogen era su mano derecha.

Su general de hechicería. Atacaron a los chee y les robaron las tierras.

Mi hermana lanzó el conjuro Transfiguración y luego envió a los limpiadores para que se los llevaran.

Solo escaparon unos pocos. En aquella época, estos guerreros eran niños.

Nadine era su instructora. Su profesora.

Ella se transformó en una oruga, y el resto de los niños de la escuela lo hicieron en criaturas diferentes, pero estos seis pequeños acabaron convirtiéndose en lo mismo.

Desde ese entonces, han pasado mucho tiempo corriendo y luchando por sus vidas.

Los chee eran un pueblo pacífico, pero estos seis han tenido una vida muy dura y se han pasado todo el tiempo luchando.

Se han convertido en un grupo de combate de élite.

—Muy bien. Ahora, cuéntame. ¿Para qué estás reuniendo a un grupo?

Frente a nosotros, los arbustos volvieron a agitarse y los seis puntos de los hombres castor se separaron de la oruga para perseguir a algo invisible.

Signet ladeó la cabeza, como si aguzase el oído. El tatuaje de una medusa que tenía en el hombro se le escurrió por el cuello. En la distancia, una criatura aulló de dolor. Se relajó.

—Hay dos grandes males en esta tierra antaño bella y sagrada —explicó—. Y acabaré con ellos cueste lo que cueste. La Confederación y los altos elfos.

—Entonces ¿quieres vengarte de los que mataron a tu madre y luego acabar con los altos elfos? ¿Eso es todo?

Signet sonrió sin que el gesto se le reflejase en la mirada.

—Más o menos.