Capítulo 13 #2
—Tened cuidado —dijo Mordecai mientras nos marchábamos—. Recordad a qué os enfrentáis. No terminéis en una situación en la que haya que elegir entre vosotros o ella. Que estéis entre los diez mejores no significa nada para los productores.
—Vamos, Dónut —dije mientras andábamos hacia el puente y salíamos del asentamiento.
—Carl, sé que prometiste no participar en otros programas secundarios, pero ¿esto es absolutamente necesario? Creo que es una distracción que no necesitamos en estos momentos.
—Lo es —aseguré—. Después del tercer piso, ella estará de nuestra parte. Y ahora mismo necesitamos toda la ayuda que podamos conseguir.
—Bueno. Si tú lo dices… La última vez que la vi me dejó en coma y me abandonó para que muriese en la ciudad de noche mientras Mongo me defendía.
—Signet —llamé mientras nos acercábamos al borde del puente—. Se acabaron las tonterías de esconderte entre los arbustos. Sabemos que estás ahí.
La semináyade con cuernos y casi desnuda salió y se cruzó de brazos mientras nos acercábamos.
Zarina Signet.
Me había olvidado de lo inquietante que era su rostro.
Samantha la muñeca hinchable también era semináyade, pero ella tenía un aspecto mucho más humano.
Más o menos. Seguía siendo una muñeca hinchable decapitada, claro.
No obstante, Signet tenía la cara más demoniaca y monstruosa de su herencia náyade.
Zarina Signet. Semináyade y semi-alta elfa invocadora. Nivel 60.
Era el mismo nivel que tenía antes. Al parecer, los élites no podían subirlo. Aún era más alto que mi nivel 54, pero ya no me parecía tan aterradora ni sobrecogedoramente poderosa.
—¿Quién dices que se estaba escondiendo, viejo amigo? —dijo ella. Tenía un conjuro activo que evitaba que le mojase la lluvia. Los tatuajes familiares revoloteaban por su piel. El del ogro de tres cabezas se quedó muy quieto para mirarme, rodeó la curva de sus pechos y luego me saludó.
Signet siguió hablando.
—Veníamos a buscarte a ti, pero nos topamos con otros que también te buscan.
Tengo algunos amigos que han empezado a despejar el camino hacia el norte, pero uno de los otros ha conseguido sortearnos.
La mayoría de los invasores han evitado esta zona, pero algunos idiotas se han dedicado a destruir puentes y han convertido este asentamiento en la única manera de acceder al distrito Liana.
Un segundo élite apareció entre los arbustos. Esperaba que fuese Grimaldi, el jefe de ciudad que había escapado del tercer piso, pero no fue el caso. Era Apollon el Fuerte, el ogro forzudo que me había dado aquel cono infestado de parásitos. Creía que había muerto en el circo.
Pero no… Me di cuenta de que no era él. Era otro forzudo que me resultaba muy similar. Este tenía nivel 45 y era un ogro llamado Areson el Sabio. Antes de que me diese tiempo a examinarlo, un grupo de seis criaturas pequeñas salieron detrás de él y se me quedaron mirando fijamente.
Todas llevaban armaduras de cuero tachonado negro que las cubrían de la cabeza a los pies.
También les colgaban de la espalda dos armas, diferentes en cada caso.
No llevaban yelmo, y cada uno de los guerreros de piel blanca adornaba sus cabezas con una bandana roja sobre la melena, en plan Rambo.
Medirían unos noventa centímetros de altura y eran anchos, pero no obesos; parecidos a jugadores de fútbol americano de buena complexión.
Robustos como una hilera de barriles blindados.
Sus ojos grandes y separados miraron a Dónut con desconfianza.
Uno llevaba un corte de pelo mullet, otros dos iban con el pelo rapado, otro con cresta y otro llevaba la cara cubierta de pintura en plan camuflaje.
Mi impresión inicial fue que eran enanos bajitos.
Eran demasiado altos para ser gnomos. Tenían el tamaño apropiado para ser bopcas y eran igual de peludos, pero la complexión no casaba con esa especie.
Además, sus rasgos eran más bien élficos.
O de hobbit, en realidad, pero tampoco lo eran.
Tenían niveles entre 48 y 53, y todos tenían cicatrices y cuerpos que evidenciaban haber estado en un campo de batalla más de una vez.
Examiné al que tenía más cerca. Era uno calvo con el rostro chato y ojos grandes y marrones.
Llevaba una maza y un machete cruzados a la espalda.
Me di cuenta de que le faltaba un pie, y puede que la pierna entera, y que una barra metálica curvada destacaba bajo los pantalones de cuero en el lugar donde tendría que haber estado su bota.
Clint Aplastagarre. Nivel 50. Hombre algo. Especialista de reconocimiento ligero.
Hace mucho tiempo, Clint y su pueblo pertenecían a una especie llamada los chee. Eran pacíficos. Carpinteros, en su mayoría. Pero luego los altos elfos quisieron apoderarse de sus tierras y ahí acabó todo. Lo que les ocurrió es una historia bastante horrible.
No quedan chee en este lugar. Hubo supervivientes la noche en la que los altos elfos invadieron su hogar, pero ya no quedan chee.
Voy a dar por hecho que sabes lo que es un hombre lobo. Pues esto no es un hombre lobo. O quizá sí. Es un hombre algo. Y eso es todo lo que sabrás hasta que él mismo te diga en qué se transforma o hasta que te lo enseñe, o hasta que te muerda y lo descubras por ti mismo.
Clint y sus hermanos han unido fuerzas con Zarina Signet. Tienen un enemigo en común.
—¿En qué crees que se van a transformar? —susurró Dónut—. ¿Será en un perro? Espero que no. No creo que pueda soportar que se transformen en perros, aunque la verdad es que tienen pelo suficiente para hacerlo.
Apareció una séptima criatura que se bajó de un árbol.
No era una serpiente como había creído en un principio, sino una oruga gigante casi tan grande como Mongo desde la cola hasta la cabeza.
Era amarilla y negra, segmentada, cubierta de unas cerdas picudas y que me llegaba hasta casi la cintura.
Me estremecí al verla. Tenía una cabeza de insecto muy grande que me siseó antes de colocarse detrás de la fila de guerreros.
Sobre su cuerpo destacaban seis sillas de montar una detrás de otra.
Y atado bocabajo a las sillas se encontraba el cazador, que era un yenk sin afiliación de nivel 50 llamado Bravvo.
La parte izquierda de su cuerpo estaba chamuscada debido al impacto del misil.
La criatura me miró asustada, con los ojos abiertos de par en par.
Su barra de salud estaba prácticamente vacía.
—Al principio pensé usar a este para mi sacrificio de sangre —comentó Signet—, pero creo que te permitiré elegir qué quieres hacer con él. Dice que te estaba dando caza y fueron los tuyos los que lo derribaron. Así que debería ser tu presa.
—Nos estaba dando caza, sí —dije al tiempo que daba un paso al frente.
—¿Y qué quieres que haga con él? —insistió Signet.
—Cúralo —respondí.
Signet asintió con gesto reflexivo.
—Te veo más fuerte, Carl, pero sigues siendo un blandengue.
—No —dije. Saqué el anillo del inventario y me lo deslicé por el dedo—. Eso se acabó.