La mascarada del carnicero (Carl el Mazmorrero 5) Capítulo 13
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Capítulo 13

Nos dirigimos rápidamente hacia el otro extremo del asentamiento.

Unos minutos antes estaba soleado, pero ahora estaban cayendo chuzos de punta.

Encontramos a Mordecai junto a la puerta septentrional, al lado del puente, echando un vistazo hacia abajo protegido por dos micónidos.

Estaba debajo del sombrero de una de las setas para no mojarse, pero no le estaba funcionando la idea.

Uno de los guardias había disparado un misil tierra-aire a un cazador que se acercaba. Mordecai comentó que se trataba de un yenk que había usado un conjuro de levitación, y no una mantis, por lo que no había sido Vrah ni un integrante del Enjambre.

—Dudo que esté muerto, pero lo han derribado —comentó Mordecai—.

Cayó al otro lado del río. Si sigue con vida, es probable que intente encontrar otra forma de entrar.

Es un yenk, por lo que lo más seguro es que trabaje en solitario.

No obstante, también cabe la posibilidad de que forme parte de un grupo mayor.

Los yenk eran alienígenas humanoides de frente arrugada y exoesqueletos óseos, muy parecidos a un klingon de Star Trek , pero desnutridos y más altos.

Ikicha, que había escrito la undécima edición del libro de cocina, pertenecía a esa especie.

No era una muy común, pero los había visto por aquí y por allá entre el público, sobre todo en el programa del Maestro.

Eran unos tipos muy extraños con unas particularidades reproductivas más extrañas aún.

Tenían tres géneros y los tres eran necesarios para reproducirse.

Las hembras y las crías vivían en comunidades pacíficas junto al tercer género, que no era inteligente y yo no sabía cómo se llamaba.

Desconocía los detalles. Los machos se expulsaban una vez alcanzaban la madurez y también eran guerreros muy fuertes.

Se convertían en cazarrecompensas y mercenarios, pero no podían colaborar con otros machos de su especie porque se peleaban, como peces luchadores siameses.

Sabía que Ikicha era un macho castrado, pero no daba muchos detalles sobre qué significaba algo así.

—Sigue por ahí —dijo Dónut un momento después—. Veo el punto.

Miré, pero yo no vi nada. Nos quedamos en los límites del asentamiento, justo al borde del puente. Debajo, el río batía con fuerza torrencial. El caudal había subido aunque solo llovía desde hacía unos pocos minutos. Recordé la náyade que había salido para comerse al alcalde.

—¿Dónde está? —pregunté.

—Es posible que se haya quedado atrapado en un árbol —dijo Dónut, que señaló a la derecha, justo donde el puente cubierto se unía a la pendiente de la otra orilla—. Puede que haya caído ahí después del impacto y no pueda bajar. O quizá esté esperando a que deje de llover.

—Hum… —dije—. ¿Crees que es una trampa?

—Podría ser —respondió Mordecai—. Si no lo es y no está muerto, quizá se haya quedado inconsciente. Esos tipos siempre llevan muchísimas pociones de salud, por lo que no creo que se haya quedado ahí parado en un árbol por las heridas.

—Descubrámoslo —comenté.

Lancé Tañido.

—Ahí estás —dije. Solo había un cazador al alcance. Y sí que estaba atrapado en un árbol. Cuando lancé el conjuro, el árbol empezó a agitarse con violencia mientras el alienígena hacía todo lo posible por zafarse.

—No está inconsciente —dijo Dónut—. ¿Qué hace?

—Parece empalado —dijo Mordecai.

Tañido no servía para encontrar criaturas rojas ni mazmorreros, pero sí para todo lo demás. Vi una miríada de puntos multicolor en el mapa y algo hizo que se me helara la sangre.

—Mierda —dije—. Joder. Joder. Joder.

Estaba pasando un día antes de lo que esperaba.

No estaba muy seguro de qué significaba aquel logro de Sesión doble, pero empezaba a hacerme una idea.

—¿Qué? ¿Qué pasa? —preguntó Dónut.

—Sí que era una trampa, pero no la han puesto otros cazadores.

Ni mazmorreros. —Me centré en el pequeño cúmulo de puntos ocultos detrás del árbol.

Había siete puntos blancos y luego dos más: blancos pero con cruces rojas dentro.

Uno de los siete blancos normales estaba en el árbol con el cazador.

Era una criatura alargada, como una serpiente, y se había enroscado alrededor de la criatura para evitar que se moviese.

Élites. El hecho de que no se estuviesen alejando me dejó claras sus intenciones.

—Vale. Tenemos los cuatro guardaespaldas cretinos y los dos conjuros. Mi cliente quiere dos objetos más para firmar el trato.

—Hemos sido muy generosos —dijo el kua-tin.

El adusto administrador Borant había fingido vacilar sobre proporcionarnos los cuatro guardaespaldas, pero cuando Quasar había mencionado el conjuro Zerzura se le había caído la máscara.

A los peces del fango no se les daba muy bien poner cara de póquer, lo que hizo que valorase aún más la capacidad de Zev para fingir.

Detrás de él, Orren el intermediario gruñó divertido en la silla.

No había dicho una palabra desde el comienzo de las negociaciones.

—La segunda solicitud es sencilla —comentó Quasar—. Estamos muy seguros de que ibais a regalárselo, pero queremos asegurarnos por completo.

—¿Cuál es? —preguntó el kua-tin sin nombre.

Quasar me guiñó el ojo. Esta había sido idea suya. La única mía era la tercera solicitud, aunque lo cierto es que casaba muy bien con la primera y la segunda.

—Como todos sabemos, el sexto piso es donde terminan la mayoría de estos programas secundarios.

También sabemos que hay unos pocos a los que se les otorgan licencias para continuar tras el derrumbe de dicho piso.

Queremos que concedáis una de esas licencias a Furor y Entretenimiento Inc.

para el programa La venganza de la hija .

Antes de que el representante de Borant tuviese tiempo de responder, Orren fue quien lo hizo:

—Eso es imposible —dijo—. Las licencias de los programas secundarios se dan por decisión de la IA y no se pueden conceder hasta el final del piso. Y si hay varios programas entre los que elegir, se lleva a cabo un sorteo.

—Pues tengo que decir que te equivocas, chavalito —dijo Quasar—. Deberías echarle un ojo al apartado 674, párrafo 5 o 6 de la enmienda sobre programas secundarios. Los productores que tengan beneficios por debajo de lo esperado tienen permitido marcar como emergencia un programa.

A Orren se le iluminaron los ojos.

—Es una norma muy antigua —dijo un momento después.

Se encogió de hombros—. Bueno, pues tendrán que aceptarla y pagarle un veinte por ciento adicional a Borant.

Puede que no quieran hacerlo. Pero si el programa sobrevive al arco narrativo actual, hay muchas posibilidades de que consigan la extensión de igual manera.

—Ya han aceptado. Les hice la pregunta antes —comentó Quasar, que agitó un dispositivo parecido a un teléfono móvil.

—Entendido —dijo el kua-tin—. Pero este tiene que quedarse calladito. La más mínima mención en voz alta y lo anularemos.

Mi abogado me había dicho que los kua-tin lo aceptarían sin problema porque, básicamente, les aseguraba unos cuantos millones de créditos adicionales.

Pero lo más importante es que así se garantizaba el equivalente a una tercera temporada para La venganza de la hija .

No todos los programas secundarios tenían permitido enviar a sus élites al noveno piso.

Era una recompensa oculta, y Quasar insistía en que Furor y Entretenimiento intentaría aprovechar la oportunidad.

También les daba, de nuevo, un incentivo para mantenerme con vida.

Sobre todo si Borant aceptaba mi tercera solicitud.

Furor y Entretenimiento aún no había aceptado nada. Estábamos de farol. Quasar había intentado contactar con los productores, pero no estaban disponibles para atendernos. Insistió en que accederían. Y, si no lo hacían, pues bueno… Ya me lo comentaría llegado el caso.

—Dijiste que querías algo más —comentó Orren—. Tengo muchas ganas de saber qué es.

C ARL : Quasar. Ha llegado la hora. Necesito que me digas si los de Furor y Entretenimiento te han respondido.

Q UASAR : Hey, hey, ¿qué pasa? Ahora mismo, estoy un poco ocupado.

Y puede que borracho. Y puede que también con la parienta.

Ya sabes. Si eres un cliente, leeré este mensaje y te responderé lo más pronto posible.

Si eres un recaudador de impuestos o quieres cobrar una factura, que te den por culo. Esto es un mensaje automático.

C ARL : Cagondiós, Quasar. ¿Qué cojones? Tengo que saberlo.

Me había prometido que me enviaría un mensaje si conseguía un trato, pero lo último que sabíamos era que se lo estaban pensando.

Si no aceptaban, no tendrían incentivo alguno para mantenerme con vida.

Mi muerte los llevaría a conseguir una audiencia escandalosa y era muy posible que consiguieran acceso al noveno piso de igual manera.

Si conseguía que aceptasen el trato, me mantendría a salvo…

De lo que pudieran llegar a hacerme ellos, al menos.

—¿Dos élites? —preguntó Mordecai—. Qué inesperado.

Miré a Dónut.

—Tú decides. Puedes quedarte aquí y preparar las defensas del asentamiento o acompañarme. Yo soy el único que aparece en el contrato.

Ella volvió a subírseme al hombro.

—¿No acabamos de tener una conversación al respecto, Carl?

Sonreí.

—Me lo imaginaba, pero también prometí que te daría elección.

Dónut alzó la vista hacia el micónido guardia más cercano.

—Señorita Nance, voy a dejar a Mordecai a cargo. No tiene permitido pelear, pero te dirá qué hacer. Sigue preparando las defensas del asentamiento, pero si alguno de los malos ataca, lo primero que debéis hacer es llevar a Mordecai a una estancia segura, le guste o no. ¿Entendido?

La señorita Nance gruñó.

Dónut suspiró con dramatismo.

—Y tampoco dejéis entrar en el pueblo a ningún dinosaurio, pero si ataca la de las plumas rosadas, intentad no matarla. Ya nos encargaremos de ella en otro momento. Hay cosas que requieren nuestra atención antes.