Capítulo 12
Dejé a Dónut en el primer bar por el que pasamos.
El exterior casaba a la perfección con la arquitectura del lugar, pero dentro era un bar de sándwiches llamado Eegee’s.
La gata no había dejado de temblar a causa de la rabia y el miedo.
No me molesté siquiera en llegar hasta el espacio personal.
La propietaria era una bopca llamada Marta, y había una pareja de osunos sentados en un rincón dándoles sorbos a unas bebidas en tazas de poliestireno.
Solté a Dónut sobre la mesa de un reservado. Parecía estar a punto de hiperventilar. Se quitó las gafas de sol, y vi que tenía los ojos abiertos como platos y las pupilas dilatadas. Le temblaba todo el cuerpo.
—Respira hondo —dije.
—¿Y si no vuelve? —dijo mientras le temblaba la mandíbula inferior—. Carl, tenemos que volver a salir.
—Pero ¿qué te pasa? —pregunté. La rabia que sentía empezaba a transformarse en preocupación—.
Si nos hubiesen atacado, estaríamos muertos los tres.
Te estás comportando de manera muy rara.
Estás demasiado asustada. Más de lo normal.
¿Te han lanzado un conjuro? —La examiné rápidamente, pero no vi que tuviese ninguna desventaja activa.
Eso no tenía por qué significar nada, porque a veces no se marcaban.
Le pasé las manos por el cuerpo—. ¿Estás herida?
Dónut no respondió y siguió temblando.
—Mira, sé que quieres mucho a Mongo, pero no puedes perder el control así.
—Pero ¿y si no vuelve? —repitió.
—Pues tendremos que superarlo, pero algo me dice que estará bien. Tú me preocupas más ahora mismo.
Dónut se quedó callada unos instantes.
—Estoy muy asustada, Carl.
—Sé que lo estás —dije—. Yo estoy igual y no pasa nada por admitirlo. Cualquiera que diga que no lo está miente o está loco.
—No, no lo entiendes. Está empeorando. Cada día más.
No le había quitado las manos del lomo y empecé a acariciarla. No sabía qué era lo que estaba pasando. Parecía estar bien unos minutos antes de que Mongo escapase. Estaba muy contenta de haberse convertido en alcaldesa. Y luego, de repente, había perdido la cabeza. No tenía sentido.
—Cuéntame qué te pasa —dije.
Me dio la impresión de que estaba a punto de escapar. Puso la misma cara que ponía cuando alguien llenaba la bañera o encendía la aspiradora.
—Dónut —dije, cambiando de táctica—. No pasa nada. Cuéntamelo cuando te sientas lista. Ahora, vamos a sentarnos aquí y esperaremos a que Mongo regrese.
No teníamos tiempo para algo así, pero no sabía qué otra cosa hacer. Dónut era del todo inútil cuando estaba tan asustada. Y, peor aún, se convertía en un peligro para ambos. Tenía que solucionar aquel problema cuanto antes.
Pasé cinco minutos acariciándola antes de que empezase a hablar.
—Se supone que tengo que fingir que no lo sé.
Y me iba bien. Pero luego Mongo escapó y me vino a la cabeza de repente, como aquella vez que la señorita Beatrice tuvo el accidente de tráfico cuando volvíamos del concurso y yo estaba dormida.
De repente, noté un golpe fuertísimo y me golpeé contra el costado del transportín y, aunque no me hice daño, me quedé muy asustada.
Pues cuando pensé que iban a comerse a Mongo, sentí como si volviese a estar en ese accidente.
Me estremecí.
—¿Tienes que fingir que no sabes qué? —pregunté—. ¿Qué se supone que significa eso?
—Yo… no puedo. —Respiró hondo—. La gente siempre me abandona. Y no sé por qué. ¿De verdad soy tan horrible?
—¿A qué viene esto? Eso no es verdad —dije.
—Katia nos abandonó —dijo—. Y tú cada vez haces cosas más peligrosas. Y le dije a Mordecai que no pasaba nada, pero no es cierto. Vas a morir porque eres estúpido y ni siquiera te preocupa lo que pueda pasarme después. Mongo me va a dejar por una fresca. Y después… Después…
Se quedó en silencio.
—¿Después qué?
Pero ella se limitó a negar con la cabeza.
La miré, confuso, intentando averiguar qué le pasaba.
Antes de que nos pusiésemos a organizar los guardias del asentamiento, yo había entrado en el estudio de creación para crear algunos lanzacohetes más.
Dónut había ido a entrenar a la habitación mágica para practicar el conjuro Día de colada. ¿Y luego qué?
Se había puesto a leer comentario en el tablón de redes sociales.
—¿Alguien ha dicho algo que te ha enfadado? ¿En internet?
Los ojos empezaron a brillarle. Sabía que había dado en el clavo. Empezó a temblarle la boca.
—Yo… Yo…
Z EV : ¡Hola, chicos!
C ARL : Mal momento, Zev.
Z EV : Solo quería ver cómo estabais. Hemos cambiado un poco el calendario. Iréis al programa de Odette hoy mismo. Intentad no estar en medio de un combate contra un jefe hasta después.
D ÓNUT : ¿HAS CAMBIADO LA HORA? ¿VA TODO BIEN? ¿TE VEREMOS ALLÍ?
Z EV : Sí, sí y sí. También quería recordarte una cosa, Carl. Van a cachearte concienzudamente antes de dejarte entrar en la caravana, así que ten cuidado. Pero seguro que todo va bien, porque sois fuertes y valientes. Sobre todo tú, Dónut.
C ARL : Vale. Gracias, Zev. Pero estamos ocupados ahora. Déjanos hablar, por favor.
Pero cuando vi el mensaje me di cuenta de que no había sido una coincidencia.
Zev no solía interrumpirnos cuando estábamos haciendo algo, sobre todo si era algo dramático.
Sabía que Zev y Dónut se comunicaban de alguna manera a través del tablón de redes sociales, pero no tenía ni idea de cómo y tampoco tenía una forma segura de preguntarle a la gata sin poner a los demás en peligro.
La interrupción poco habitual de Zev era una advertencia no demasiado sutil para dejar de hablar del tema. Ya tendría la oportunidad de preguntarles a ambas cuando estuviésemos en la caravana de producción.
Respiré hondo.
—Dónut, sé que estoy haciendo cosas peligrosas. Y eso no va a cambiar, pero a partir de ahora te preguntaré antes de hacerlas si tengo la oportunidad. Te lo prometo. No voy a abandonarte.
—Eso ya lo has dicho antes —dijo Dónut. Después hizo una pausa—. Pero ¿qué pasará en el noveno piso?
Eso era. No sabía qué era lo que ocultaba Dónut, pero solo se trataba de un síntoma del verdadero problema.
Debido a la Corona mágica de la furcia de la septicemia, que ya no llevaba, Dónut no podría salir del noveno piso hasta que todos los integrantes de la familia real del Sultanato de Sangre hubiesen muerto. Recordé lo más importante de la descripción del objeto:
Ponerte esta corona hará que formes parte permanente de la línea de sucesión real del Sultanato de Sangre del noveno piso de la Mazmorra Planetaria.
Si te quitas este objeto, no perderás dicha condición.
Los miembros de la realeza del Sultanato de Sangre necesitarán matar al sultán y a todos los demás integrantes de la familia real antes de tener permitido descender al décimo.
Aquella misión, la de matar a todos los nagas, era más complicada de lo que podía llegar a parecer.
—Ya nos encargaremos de eso cuando toque.
Dónut se me quedó mirando. Ya habíamos estado así, era una conversación que habíamos tenido antes, y siempre la dejábamos en aquel mismo momento. «Ya nos encargaremos de eso cuando toque». Pero eso no iba a servirnos de nada y ambos lo sabíamos.
Esa sensación, aquel río inclemente dentro de mi cabeza, empezó a rugir.
«El agua ha empezado a fluir». Algo se rompió en mi interior.
Era como si hubiese tomado una decisión.
Recordé a mi madre sosteniéndome la mano mientras nos encontrábamos al borde del Gran Cañón.
Pensé en mi padre en el coche detrás de nosotros, esperándonos.
Un maremoto de posibilidades. Pues esto era lo mismo.
Era un momento exactamente igual. No sabía cómo, pero lo sabía.
«Puedes hacerlo —pensé—. Eres capaz de reconocer estos momentos cuando los experimentas».
Alcé ambas manos y rodeé con ellas la cabeza de Dónut.
—Estás muy preocupada por Mongo, ¿verdad?
—Sí.
—Pues así es como me siento yo por ti.
Dónut parpadeó.
—¿En serio? ¿Lo dices en serio?
Su voz sonó tan anhelante que sentí una punzada en el corazón.
—Sé que no te he dicho esto antes a la cara y lo siento. Pero no voy a abandonarte, ni en el noveno piso ni en ninguno. Te lo prometo. ¿Vale? Somos un equipo y nada va a separarnos. Nada de nada.
—¿Nada de nada de nada?
—Nada de nada de nada.
Nos quedamos así unos instantes. Dónut empezó a temblar y me di cuenta de que yo también. Cualquiera que estuviese viéndonos no iba a entender lo que estaba pasando. Daba igual. Había cosas que los demás no tenían por qué comprender.
La vi tragar saliva varias veces, y empezó a recuperar la compostura. Terminó por recomponerse. Suspiré y esperé.
—No sé por qué te pones tan dramático, Carl. Deberíamos…
Se quedó en silencio sin terminar la frase, saltó y se dirigió hacia la puerta a la carrera.
Vi el punto en el mapa un momento después.
Mongo estaba ahí fuera. Me puse en pie y la seguí al exterior.
El dinosaurio se tambaleaba como borracho y cruzó junto a los guardias.
Yo aceleré el paso mientras Dónut saltaba sobre él.
—¿Estás bien? —empezó a preguntarle—. ¿Qué te ha hecho esa? No tendrás enfermedades raras, ¿verdad? Parecía la típica dinosaurio con enfermedades raras.
Mongo graznó y luego se derrumbó en mitad de la calle. Tenía la barra de salud llena del todo.
Dónut soltó un grito ahogado de preocupación mientras yo estallaba en carcajadas. Los dos micónidos se acercaron para mirar al dinosaurio.
Me arrodillé y le di unas palmaditas a Mongo en la cabeza.
—Si me quedasen cigarrillos te dejaría uno, chico.
Mongo pio de agotamiento.
—No hace gracia, Carl —dijo Dónut.
Sacó el transportín, y Mongo no se quejó ni lo más mínimo cuando la gata le dijo que entrase.
—Al menos ahora los puntos son blancos —dijo Dónut un momento después, mirando hacia el exterior del asentamiento.
Seguí su mirada. Varias docenas de esas señoras Mongo seguían en la selva, mirándonos. Kiwi estaba en el centro. Las plumas de colores más claros destacaban entre el follaje verde oscuro. Levantó la cabeza hacia el cielo y soltó un unk, unk, unk.
—A mí su punto me sale rojo —dije.
—Qué raro —comentó Dónut.
Me encogí de hombros y sonreí.
—Es probable que sea diferente para ti porque ahora eres su suegra.
Dónut soltó un resoplido. Se quedó en silencio y ladeó la cabeza.
—Carl, hay más dinosaurios por la selva. No estaban ahí antes. Y veo uno muy grande.
—Mierda. ¿Se está acercando?
—No. Está quieto. Bueno, no. Se ha dado la vuelta y se aleja. No sé si servirá para algo, pero creo que tienes razón. Voy a reimplantar la norma antidinosaurios.
—Mejor. Y si tenemos tiempo, deberíamos ponernos con su misión.
Kiwi chilló de nuevo y luego se perdió en la selva.
El resto de los dinosaurios no tardó en desaparecer.
Mientras se alejaba, oí el agitar de la vegetación.
Y también vi algo entre los árboles, como el reflejo de la luz en un prisma.
Cuando intenté averiguar qué era, todo se oscureció y empezó a llover.
Dónut saltó sobre mi hombro y se arropó contra mi pecho.
—Carl, ¿crees que se ha quedado embarazada?
—Ya te digo yo que sí —respondí.
—Soy demasiado joven y guapa para ser abuela.
¡Logro desbloqueado! ¡Sesión doble!
Eres uno de los primeros cinco mazmorreros en recibir Sesión doble. Seguro que no sabes qué significa. Es similar a los cambios, pero en esta ocasión es a propósito. Ya… Sigues sin entender nada.
Recompensa: ¡Has recibido una caja de aficionado de platino!
—¿Qué cojones? —murmuré. Examiné el contador de visualizaciones y el indicador estaba a la derecha del todo. Pero llevaba así desde que Dónut había escapado. Iba a tener que reiniciarlo—. Dónut, ¿a ti te han dado un logro raro?
—No. Probablemente sea porque te has restregado el musgo de la selva entre los dedos de los pies o algo así.
—Se quedó en silencio—. Anda. Ahora que lo dices, acabo de ver que mi contador de visualizaciones está muy alto.
Seguro que han sido un puñado de pervertidos que querían ver cómo violaban a Mongo. Pues se acabó el espectáculo.
Detrás de nosotros, se oyó el estruendo de un misil al dispararse seguido de una explosión.
Solté un taco, respiré hondo y le di unas palmaditas a Dónut. En ese momento empezó a llover con más intensidad y nos quedamos empapados.
—¿Todo bien? ¿Estás más relajada?
—No sé de qué me hablas, Carl.
—Bien —dije—. Hora de ponernos manos a la obra.