Capítulo 11 #3
Mongo siguió gruñendo. Uno de los velocirraptores dio un paso titubeante hacia el claro y se detuvo a unos seis metros de distancia.
Era uno particularmente grande, con aspecto despiadado y lleno de cicatrices.
Tenía más plumas rosadas y azules que Mongo, lo que hacía que llamase más la atención.
Una cicatriz muy desagradable y aserrada le recorría el rostro de lado a lado.
Le faltaba el ojo izquierdo y tenía el pico lleno de hendiduras.
Era como si alguien le hubiese atacado directamente con una alabarda en la cara hacía mucho tiempo.
Cada una de sus garras relucientes medía unos veinticinco centímetros y no dejaban de bajar y subir, como si la criatura estuviese tamborileando con ellas sobre la superficie de una mesa.
Aquel era el líder, obviamente. Estaba muy quieto y con la cabeza gacha, como Mongo.
Examiné al monstruo.
Kiwi. Mongoliensis líder de la manada. Nivel 60.
Dicen que fue un asteroide lo que acabó con los dinosaurios de este planeta.
Pero yo no creo que sea cierto. Si Kiwi y su manada de velocirraptores voraces y algo locas hubiese estado por ahí durante el Cretácico, tengo muy claro que estas tipas hubiesen acabado con todo y con todos.
Esta es Kiwi, la zorra líder de la manada a cargo de las depredadoras más listas y sádicas de la selva: las Mongoliensis.
Imagina una banda de mujeres convictas de una película carcelaria de la década de 1970.
Luego mézclalas con un poco de guepardo y una pizca de piraña y llegarás a saber más o menos lo bien jodido que estás.
Esta manada en particular solo está formada por hembras. De hecho, al parecer todos los dinosaurios de la zona son hembras. Es muy raro. Interesante, incluso.
Y otra cosa muy interesante que deberías saber: puede que parezca fortuito, pero es probable que sea algo muy importante.
Los monstruos de clase dinosaurio no existían por aquí antes del ataque de nueve fases de Escolopendra.
Pero aquí los tienes. ¿De dónde han salido?
Si no estuvieses a punto de morir entre gritos de dolor, no estaría de más investigarlo un poco.
Aviso: Se trata de una criatura de tipo lagarto. Te infligirán un 20 % más de daño debido a tu sello de extinción.
Y sí, sé que los dinosaurios no son lagartos, pero más te vale dejar a un lado los tecnicismos. Supéralo.
El resto de las criaturas Mongo iban de nivel 30 a 45. El nuestro tenía 33.
—Dónut —dije mientras daba otro paso hacia atrás—. Hazlo. Lanza Soplón.
—Mongo —susurró Dónut, que me ignoró—. Vuelve. Ven con mami. —La criatura no respondió—. Carl, tenemos que tirarle una poción de invisibilidad.
Kiwi alzó la cabeza de repente y emitió una especie de ladrido estruendoso y terrorífico. Se pareció al de una foca, pero con una cantidad monstruosa de distorsión. Unk. Unk. Unk. El suelo empezó a temblar con la llamada.
¡Te han dejado Paralizado como un ciervo ante los faros de un coche! ¡No puedes moverte de tu posición actual durante 15 segundos!
Mongo alzó al cabeza y emitió un ruido similar.
Después, todas las velocirraptores empezaron a imitarlos y a aullar.
Ninguna se nos acercó, eso sí. Intenté dar otro paso atrás.
Podía mover los brazos y lanzar conjuros, pero tenía las piernas clavadas en el sitio.
«Mierda». Estábamos muy cerca. Las ramas de la selva se agitaban contra mi cabeza, y en el minimapa me aparecían los dos puntos blancos de los guardias del asentamiento.
Estaban a unos nueve metros, muy quietos.
—¡Joder! —grité—. Poción de invisibilidad. ¡Ya!
Me bebí una.
En ese momento, Mongo y Kiwi saltaron al mismo tiempo y se chocaron en mitad del aire como si fuesen dos vehículos.
Dónut, que seguía visible, se puso tensa como si estuviese a punto de saltar de mi hombro e inmiscuirse en el enfrentamiento.
Saqué la bola de discoteca hobgoblin mientras Mongo y Kiwi se enzarzaban muy pegados como un par de serpientes, tras caer al suelo y ponerse a rodar.
A nuestro alrededor. El resto de los Mongo aullaron y gritaron, pero ninguna hizo amago de atacar.
De hecho, me di cuenta de que estaban empezando a apartarse hacia la selva.
No habían dejado de graznar, ahora con más fuerza aún.
Empezaron a oírse más cosas alrededor. Una bandada de aves alzó el vuelo.
Unos monos que no sabía que estaban por ahí aparecieron de repente sobre nosotros en el dosel arbóreo, para ponerse a chillar y a gritar.
Los árboles se estremecieron, y empezó a caer una lluvia de flores rosadas y rojas.
Solo tenía que aguantar cinco segundos y lanzaría la bola de discoteca, abrazaría a Dónut y empezaría a correr. Pero cuando terminó la parálisis, me quedé muy quieto. Noté cómo bajaba la cabeza.
«Joder».
—Carl, Carl. ¿Qué están haciendo? ¿Qué hacen?
Mongo y Kiwi no estaban luchando.
Estaban haciendo lo contrario a luchar.
—Pues… —empecé a decir justo cuando pude dar un paso atrás. Tenía la pierna como dormida, pero podía moverla. Examiné el mapa con cautela. El resto de los puntos rojos se habían retirado, pero no demasiado lejos—. Creo que necesitan privacidad.
—¡Haz algo, Carl! —exclamó Dónut—. ¡Tú! ¡Dinosaurio! ¡Deja en paz a mi niño!
Kiwi estaba bocabajo y con la cola echada a un lado mientras Mongo la montaba. Este soltaba un gruñido grave con cada embate que le daba a la hembra, una y otra vez.
—No sé yo si Mongo querrá que lo deje en paz —dije.
—Eso no tiene gracia, Carl. ¡Es muy joven! ¡Aún no hemos hablado sobre el tema! ¡Se está aprovechando de él! ¡Mongo! ¡Mongo!
—Dónut, tenemos que salir de aquí. Nos atacará cuando terminen. Ya verás que a Mongo no le pasa nada.
—¿Es que no has visto Animal Planet, Carl? ¡Le va a arrancar la cabeza de un mordisco! ¡Mongo! ¡Para ahora mismo! ¡Ahora!
Mongo levantó la cabeza y aulló de placer mientras seguía empujando a Kiwi como un marinero borracho al llegar a un burdel en tierras extranjeras. Extendió las alas y empezó a batirlas arriba y abajo como hacía cuando era un bebé. La cola no paraba de agitarse de lado a lado.
—Esto es culpa tuya, Carl. ¡Mongo! ¡Vuelve! ¡Vuelve con mami!
Dónut estuvo a punto de saltar hacia ellos, pero la agarré a tiempo.
—¿Por qué es culpa mía? —pregunté al tiempo que daba otro paso atrás.
—¡Eres una influencia malísima! Tengo muy claro que yo no le he enseñado nada de eso. Tú y tus comentarios sexuales lo han convertido en un pervertido.
Kiwi soltó un siseo intenso de satisfacción, para luego bajar la cabeza hasta el suelo mientras también batía las alas. Agitó el trasero mientras Mongo seguía empujando. Los gruñidos de nuestro dinosaurio cada vez eran más precipitados.
—Es demasiado vieja y asquerosa para él, Carl. Le voy a disparar un proyectil mágico.
—Mira —dije—. Aún tiene el punto rojo. Nos atacará al terminar. Y, si lo hace, Mongo te defenderá y es probable que esa cosa le haga daño. Si volvemos a la seguridad del asentamiento, Mongo no se verá obligado a luchar por nosotros.
—¿Y si usa su magia sexual maligna de prostituta para tentarlo y se queda con ella, como una de esas profesoras de instituto?
—Si ocurre algo así, nos ocuparemos de eso más tarde —dije mientras me retiraba hacia el asentamiento. Aún veía los demás puntos rojos al otro lado del claro. Podían atraparnos con facilidad, pero ninguno se dirigió hacia nosotros. Aún. Teníamos que darnos prisa.
—Mongo, vuelve con mami tan pronto como hayas terminado —gritó Dónut, derrotada.
Me di la vuelta y empecé a andar a paso ligero hacia la entrada del pueblo, sin soltar a la gata.
—Tan pronto como regrese, lo meteré en el transportín y volveré a implantar la norma antidinosaurios —gruñó Dónut.