La mascarada del carnicero (Carl el Mazmorrero 5) Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

—Tienes que instaurar de inmediato las normas sobre las náyades y los dinosaurios —decía el osuno mientras me acercaba al grupo.

Coloqué una trampa de alarma. La configuré para que sonase Give It Away de los Red Hot Chili Peppers.

Tenía una canción diferente para cada una de las seis entradas del asentamiento.

También recibiría una notificación en caso de que alguien trastease con las trampas.

—¿Por qué dices que es necesario? —preguntó Mordecai—. Los guardias mantendrán el asentamiento a salvo. ¿Han tenido lugar ataques de náyades recientemente?

—¿Recientemente? —preguntó el oso. Era un clérigo de luz de nivel 45 llamado Tam.

La criatura tenía un hocico grisáceo parecido al del alcalde.

De hecho, me dio la impresión de que todos los osunos del pueblo eran ancianos—.

¡Vivimos al borde del río! Siempre nos atacan.

¡Siempre! —Señaló a Mongo—. Pero no son tan terribles como los lagartos.

Esas cosas son lo peor. Lo peor sin lugar a dudas.

¡Hay de todas las formas y tamaños y siempre intentan entrar para comernos!

Y ahora que nos lidera un mono pagano con un dinosaurio mascota, los dioses ya no nos protegen.

Solo estábamos a salvo porque no pecábamos jamás.

Si te niegas a instaurar de nuevo nuestro escudo sagrado de orden y devoción, vas a tener que salir ahí fuera y hacer algo con esa amenaza que son los dinosaurios.

—Mierda —dijo Mordecai en el momento en el que el clérigo terminó el discurso. Se giró para mirarnos a Dónut y a mí—. Perdón, chicos —comentó avergonzado—. Ha sido un accidente.

Estaba a punto de preguntarle a qué se refería, pero la notificación llegó al instante.

¡Nueva misión! El recital.

Los ataques de los dinosaurios cada vez son más problemáticos en el asentamiento grande llamado Villa Mongo.

Empezó siendo una tontería: un pollo por aquí, un osuno por allá…

A la gente no le importó demasiado al principio, porque atacaban a los más impertinentes.

Pero dichos ataques han empeorado. Los dinosaurios se acercan cada vez más a las defensas de la ciudad.

Hay mucha comida para dinosaurios más fácil de obtener en la selva, así que ¿cuál será la razón para que todos se hayan centrado tanto en Villa Mongo? ¿Por qué atacan?

Acaba con la amenaza. O descubre qué es lo que quieren y entrégaselo. Tú eliges.

Recompensa: ¡Recibirás una caja de misión de oro! ¡También recibirás una mejora para el asentamiento gratuita!

—¿Mejora para el asentamiento? —pregunté—. ¿Eso qué es?

—Pues no lo sé —respondió Mordecai—. El menú del pueblo de Dónut es mucho más completo que en temporadas anteriores. De hecho, desde que abrió el piso he notado más cambios de lo habitual. Todo está bastante diferente en mi menú de representante.

K ATIA : ¿Villa Mongo? ¿En serio? ¿Y por qué habéis recibido una misión para cazar dinosaurios?

—¿Recital? —preguntó Dónut—. ¿Por qué se llama así la misión? ¿A qué viene?

—Ni idea —comenté—. Pero asegúrate de volver a activar la norma de los dinosaurios y añade una excepción para Mongo o algo así. No nos vendría mal completar la misión para conseguir una mejora defensiva.

—No pienso reimplantar unas políticas racistas solo para hacer que un puñado de osos de peluche creciditos se sientan más cómodos.

En serio, Carl, el lugar tiene el nombre de un dinosaurio.

Es que no puede ser. —Se giró hacia el guardia—.

Señorita Nance, ¿por dónde íbamos? Ah, sí.

Tienen orejas peludas que parecen pantuflas baratas.

También se babean todo el tiempo y se dice que tienen incontinencia.

Si ves a una de esas cosas… —Dónut soltó un grito agudo cuando Mongo empezó a graznar de repente y a correr con ella sobre la silla—.

¡No! ¡Mongo malo! —gritó antes de abalanzarse hacia el fondo de la calle.

—Cagondiós —gruñí antes de empezar a correr detrás de ellos.

C ARL : ¡Dónut, salta!

Los osos y el resto de las criaturas se desperdigaron para dejar pasar a Dónut y a Mongo.

Un comerciante que vendía flores tuvo que tirarse al suelo para evitar que lo atropellasen.

Volví a soltar un taco sin dejar de correr.

Perseguir a Mongo era igual que intentar dar alcance a una moto.

Pasó junto a varias iglesias y tiendas, dobló una esquina y desapareció.

Dónut no se bajó del dinosaurio. «Mierda, mierda».

La última vez que Mongo había escapado así había sido por culpa de un conjuro, para llevarnos hasta una trampa. Era probable que ahora estuviese pasando lo mismo.

C ARL : ¡Cagondiós, Dónut! No salgas del asentamiento. ¡Salta!

D ÓNUT : NO VOY A ABANDONAR A MONGO, CARL.

Doblé la esquina a toda velocidad y pasé junto a un grupo de osos con símbolos raros sobre la cabeza que no tuve tiempo a examinar. Mongo y Dónut estaban muy lejos y se dirigían directos hacia la salida sur del pueblo, que estaba protegida por dos micónidos.

Atravesaron la verja, dejaron atrás las murallas y desaparecieron en la selva mientras yo hacía todo lo posible por seguirles el paso. Justo cuando dejé de verlos, Mongo volvió a graznar.

Pero no. No había sido Mongo.

Sentí un escalofrío que me recorrió todo el cuerpo. Unos graznidos más se oyeron en la distancia e hicieron temblar el follaje.

«Joder, joder. No, no, no».

C ARL : A Mongo no le pasará nada. Tú estás en peligro. Bájate. ¡Ya!

Tenía un total de diez pociones de repelente de dinosaurio desde el final del piso anterior.

La descripción era muy vaga y no tenía claro para qué servían.

Duraban treinta horas. Ya me había tomado una antes y a Mongo no había parecido importarle, pero Dónut se había negado a hacerlo, por si afectaba de alguna manera a su relación con la mascota. Me arrepentí de no haberla obligado.

Mientras corría, cargué una cortina de humo con doble ración de Miedo en la xistera y la tiré hacia la selva que tenía delante.

Se alzó trazando un arco como un proyectil de mortero, dejando tras de sí un rastro de humo.

La bomba de humo mejorada usaba cuatro cortinas normales, pero duraba el doble y cubría la zona con mucho más humo que las normales.

D ÓNUT : ¡CARL, CARL! ¡AYUDA!

Me apresuré a través de la puerta del asentamiento y entré en la jungla. «Diooos. Diooos», pensé al ver los puntos rojos. Había unos cuarenta dispuestos en semicírculo alrededor de Dónut y Mongo, que estaban delante de mí. Me abrí paso por el follaje hasta llegar hasta un pequeño claro.

Me detuve en seco para echar un vistazo alrededor. El corazón no dejó de latirme a toda velocidad.

Durante unos aterradores instantes, pensé que todo se había quedado paralizado e iba a dar comienzo una batalla contra un jefe.

Mongo estaba muy quieto en el claro, con la cabeza gacha, gruñendo y a punto de atacar. Cuarenta pares de ojos nos contemplaban detrás de las hojas. A nuestro alrededor, unas cabezas muy familiares empezaron a asomarse entre la vegetación. Todas miraban muy fijamente a Mongo.

Había tirado la bomba de humo con demasiada fuerza, y la nube se alzaba en la distancia. Algunas volutas grises llegaron al claro y bailoteaban cerca de los cuarenta dinosaurios, pero no eran suficientes para ocultarnos. Las criaturas no le quitaban ojo de encima a Mongo.

Nadie se movió lo más mínimo. El combate iba a dar comienzo en cualquier momento. Y, cuando lo hiciese, íbamos a estar bien jodidos.

Ninguno de los dinosaurios emitió sonido alguno.

Mongo era el único que gruñía, un ruido grave y aterrador como un motor constantemente revolucionado.

Nunca lo había oído hacer algo parecido.

Aparte de él, solo se oía el siseo de la cortina de humo.

Hasta los insectos y el resto de los animales se habían quedado en silencio.

El contador de visualizaciones que tenía en la esquina de la interfaz empezó a dispararse.

Intenté encontrar una solución. Necesitaba opciones. Aún quedaban veinte minutos para volver a usar de nuevo el conjuro Caparazón protector.

Me acerqué a Dónut y a Mongo y levanté a la gata de la silla para luego empezar a volver sobre mis pasos.

Dónut estaba igual de paralizada, pero el cuerpo no dejaba de temblarle.

No se resistió cuando la agarré. Mongo se había quedado muy rígido y tenía el cuerpo duro como una roca.

Coloqué a la gata inerte sobre mi hombro y seguí caminando hacia atrás.

—Carl, son una manada de Mongo. Y tienen mucho nivel —susurró Dónut, con una voz cargada de miedo.

—No te bajes de mi hombro —respondí—. Soplón y luego Ni de coña.

Soplón haría aparecer cinco guardias junto a nosotros y con Ni de coña nos tomaríamos una poción de invisibilidad cada uno. Luego yo tiraría otra cortina de humo mientras Dónut lanzaba Muro de fuego, y después usaría Saltacharcos para regresar al asentamiento.

—No pienso hacerlo sin Mongo —dijo la gata—. Y no veo lo que hay fuera del claro.

—Ese mierdecilla es la razón por la que hemos acabado así —dije al tiempo que daba otro paso hacia atrás.

Aún no sabía qué era lo que lo había hecho venir hasta allí, pero supuse que era alguna especie de llamada propia de los dinosaurios o un sexto sentido o algo así.

Una rama se rompió al pisarla, y uno de los mongoliensis que estaban más cerca giró la cabeza hacia nosotros.

Los ojos del reptil parpadearon y luego empezó a mover la cabeza como un pollo.

Era algo que había visto cientos de veces hacer a Mongo antes de atacar a un objetivo.

El dinosaurio tenía algo parecido a un chal de color violeta alrededor del cuello, que parecía fuera de lugar. Estaba andrajoso y lleno de sangre. Algunas de las otras criaturas tenían objetos similares equipados. Ninguno de ellos era mágico.

—Estamos bien jodidos, Dónut. Tenemos que irnos. Estos son los compañeros de Mongo. Estará bien. Si continúo un poco hacia atrás, verás el asentamiento desde aquí y podrás usar Saltacharcos.