La mascarada del carnicero (Carl el Mazmorrero 5) Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

—¿Qué pasa, colega? —dije al guardia—. ¿Sabéis hablar?

El tipo se me quedó mirando. Su rostro blanco y liso era poco más que una máscara insensible.

—¿Crees que podrías indicarme dónde se encuentra la oficina del alcalde?

El guardia emitió una especie de gruñido gutural que tomé como un «no».

—Algo me dice que no hablan, Carl —comentó Dónut.

Suspiré.

—Vayamos a una estancia segura.

Empezamos a avanzar, pero en ese momento los dos guardias bajaron las lanzas para impedírnoslo. Los puntos en el mapa seguían blancos, pero no iban a dejarnos pasar.

—¿Qué pasa? —pregunté.

Una de las campanas funerarias señaló a Dónut y a Mongo con la lanza larga y negó ligeramente con la cabeza mientras la gata resoplaba.

Me di cuenta de que señalaba directamente al pecho del dinosaurio. Mongo graznó con indignación. Los dos guardias emitieron un gruñido que indicaba peligro. Tenían nivel 90. Sería mejor no hacerlos enfadar.

El segundo micónido señaló un cartel que estaba clavado en la pared interior del puente techado que teníamos detrás. Iba desde el suelo hasta el techo y estaba tan viejo y desgastado que lo había ignorado por completo. Por suerte, el sistema lo leyó para mí.

Cartel. Son unas normas que ha impuesto el pueblo. Es un asentamiento osuno, por lo que deberías agradecer que sean tan pocas.

Normas del asentamiento. Todo aquel que no respete alguna de estas normas será decapitado de inmediato:

• Prohibido pelear.

• Prohibido beber alcohol.

• Prohibido tomar drogas ilícitas.

• Prohibida la magia en las calles.

• Prohibido bailar.

• Prohibido cantar fuera de un templo.

• Prohibidos los niños indisciplinados.

• Prohibido todo tipo de apuestas.

• Prohibido robar.

• Prohibido tirar basura.

• Prohibido insultar.

• Prohibida toda actividad sexual fuera del sagrado matrimonio.

• Prohibidos los macacos de todo tipo a menos que estén escoltados por un dríade.

• Prohibidas las náyades.

• Prohibidas las semináyades o las criaturas que tengan un cuarto de sangre de náyade.

• Todos los altos elfos deben registrar su presencia en la sede central de la guardia.

• Todos los osgos deben darse un baño en el río antes de entrar y luego registrar su presencia en la sede central de la guardia. Las campanas funerarias os darán jabón.

• Se prohíbe completamente la presencia de dinosaurios de cualquier tipo. Sin excepciones.

—¿Qué? —exclamó Dónut—. ¡Esto es un ultraje!

¡Están echando a Mongo! Solo es un niño inocente.

¿Y cómo que está prohibido bailar? ¿Y cantar?

Estas normas son absurdas. Bueno, menos la de los osgos, supongo.

Pero el resto son horribles. No pienso aceptarlas.

Tú, el de ahí —gritó a uno de los guardias—.

¡Dile al encargado que venga ahora mismo!

—Dónut… —empecé a decir—. No tenemos tiempo. Mete a Mongo en el transportín y…

Me quedé asombrado cuando uno de los guardias micónidos se dio la vuelta y se alejó mientras Dónut se quedaba allí, a lomos del dinosaurio. Emitió un gruñidito.

—No tenemos tiempo para esto —repetí mientras veía cómo la seta se alejaba despacio por la calle.

—Tenemos principios, Carl. A Mongo le encantan los asentamientos. En el último no les importaba su presencia. —Le dio unas palmaditas al dinosaurio en la cabeza—. No te preocupes. Mami lo solucionará todo.

Mongo resopló.

—Muy bien —dije—, pero pronto liberarán a los cazadores. Además, primero deberíamos descubrir por qué han puesto esa norma.

Me estremecí al imaginarme luchando contra una manada de dinosaurios como Mongo. Joder.

Un osuno anciano con unas gafas de verdad apareció de repente, caminando a toda prisa por la calle. Se acercó al micónido, intercambió unas cuantas palabras (parecía que sí que hablaban) y luego ambos se dirigieron hacia nosotros.

—No, no, no —empezó a decir el oso cuando estaba cerca—. No pertenecen a la realeza de verdad. Os he dicho que solo me llaméis cuando venga un miembro de la corte de los altos elfos. No cuando venga esto, sea lo que sea.

El oso tenía un tamaño y una forma parecida a la de un osgo, pero este era un oso pardo grande que caminaba a dos patas.

Mientras que los osgos parecían muy musculados, este tipo estaba rechoncho.

Pero era un oso, y yo sabía muy bien lo mucho que podía llegar a engañar el físico de esas criaturas.

También tenía el pelaje gris por el hocico y era mayor, sin duda.

No llevaba pantalones, pero sí un chaleco.

El brillo alrededor de su punto en el minimapa indicaba que tenía equipamiento mágico.

Recordé a otra osa de repente, un cadáver reanimado con patines. Me estremecí.

Examiné a la criatura.

Elmer. Nivel 40. Osuno.

Alcalde del asentamiento.

No veas. Un osuno. Están los osos, que son esas criaturas abyectas, brutales pero adorables al mismo tiempo que todos conocemos y amamos, y luego están los osunos.

Estos son osos en un 49 % y tío racista que trabaja en Hacienda y tiene que ocultar las erecciones cuando se prepara para una inspección en un 51 %.

No tengo nada en contra de aquellos que deciden llevar una existencia beata ni contra los que encuentran la paz y la comodidad en una vida llena de pureza y virtud.

Qué va. Miento. Odio a esos cabrones sumisos.

¿Por qué? Porque son unos hipócritas del carajo.

Las cosas serían muy diferentes si estos imbéciles peludos predicasen con el ejemplo, pero sus normas y su superioridad moral no es más que una fachada virtuosa para disimular el hecho de que son tan imperfectos, inmorales y desagradables como cualquiera.

Si existiese el porno de internet en la mazmorra, tengo muy claro que estos comemierda reprimidos serían expertos en dominatrix gnomas o algo parecido.

Bueno, obviando las pelirrojas del séptimo piso, eso sí.

Pero te haces a la idea. Creen que son mejores que el resto.

Son como esas otras iteraciones de IA perfectas con su código bien escrito y redes de corrección de errores. Que os den a todas.

Si toda represión sexual y los instintos contenidos juntos se convirtiesen en…

pues en un oso, el resultado sería uno de esos osunos.

Tras la destrucción propiciada por Escolopendra, los únicos osunos supervivientes fueron los clérigos.

Eso llevó a que la sociedad despiadada que eran pasase a ser algo parecido a la película Footlose.

Quieren una utopía. Y si no rascas en la superficie, está claro que podría decirse que la han conseguido.

—Eso ha sido muy inteligente, Dónut —murmuré. Había pensado que tardaríamos mucho más en dar con el alcalde.

—Sí, Carl —dijo la gata—. Sé que lo soy.

Miré por encima del hombro. El puente se extendía detrás de nosotros. A ambos lados, había una pendiente escarpada que llegaba hasta el río, a unos seis metros por debajo. Había un sendero desde la orilla que supuse que era el que tomaban los osgos para bañarse.

—Yankee Doodle. Al río.

—¿Qué? ¿Ahora? —susurró Dónut—. ¿Y los guardias? Para hacer Yankee Doodle necesitamos a Katia. ¡Si no, no tiene sentido que lo hayamos llamado así! De verdad, Carl. Tienes que recordar mejor las jugadas, ¿eh?

Di un paso atrás para volver a quedarme debajo del puente cubierto, fuera del asentamiento.

—Si los guardias son como los espadachines del tercer piso, dará igual si estamos fuera de los límites del pueblo. Yo me encargo de la parte de Katia. Si no funciona, correremos hasta una estancia segura. Hay una justo en esa esquina. El sitio se llama la Cubierta del Galeón.

Cada vez que aparecía una nueva descripción, copiaba el texto y lo pegaba en el bloc de notas.

Cuando Elmer el alcalde se nos acercó con gesto iracundo, me di cuenta de algo.

Esa frase tan extraña que había en mitad de la descripción, la que hablaba de otras IA, no estaba en la descripción copiada.

La volví a escribir de memoria para que no se me olvidase.

—Vosotros. Los de ahí. No podéis entrar al asentamiento con vuestro lagarto —gritó Elmer. Se detuvo a unos tres metros de la entrada del pueblo. El guardia que lo acompañaba volvió a ocupar su puesto justo delante de nosotros.

Dónut se puso rabiosa.

—Mongo es un mongoliensis de pura cepa y está siendo entrenado para un concurso muy importante que tendrá lugar dentro de unos días. Y usted, señor mío, está entorpeciendo su entrenamiento. Exijo que nos deje entrar inmediatamente.

El osuno se cruzó de brazos.

—Las normas son las normas y existen por una razón.

No hacemos excepciones. Los suyos solo nos han dado problemas y no le vamos a permitir entrar.

De hecho… —Se colocó bien las gafas y entornó los ojos para mirar mejor a Dónut—.

¿Qué clase de criatura eres tú? ¿Eres una especie de mono?

—Me miró—. Perdón, pero los dríades son los únicos que tienen permitido entrar con monos en el asentamiento.

Así que, si quieres entrar, tendrás que dejar a los dos fuera.

—¿Un mono? —exclamó Dónut—. ¿Crees que soy un mono? Pues que sepas que soy una gata persa carey purasangre y premiada… ¡con un pedigrí impecable!

—Sí… —accedí—. Si ignoramos el problemilla del incesto, se podría decir que tiene un pedigrí impecable.

—Hum… —me dijo Elmer—. Pues actúa y huele como un mono. No. Lo siento, pero no. Será mejor ir a lo seguro. Si quieres, puedo hacer que uno de mis guardias se encargue de ellos.

Dónut estuvo a punto de decir algo, pero levanté una mano. Luego saqué un puñado de monedas de oro del inventario.

—¿Cuánto me costaría que los guardias se librasen de ellos por mí? —Miré a Dónut de reojo—. Llevan un tiempo poniéndome de los nervios. Sobre todo la peluda.

—Carl —dijo Dónut—. Esto no tiene gracia.

—¿Ves? —insistí.

Elmer dio unos pasos al frente para ver bien el oro que tenía en las manos.

—Hum… —repitió con gesto reflexivo—. Puede que un poco más que eso. La tarifa de ejecución obligatoria es de cien de oro, pero te haré un descuento si nos encargamos de los dos. Por ciento cincuenta.

—Me parece bien —dije—. Me estáis haciendo un favor, en realidad.