La mascarada del carnicero (Carl el Mazmorrero 5) Capítulo 10
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Capítulo 10

—Muy bien. ¿Lo has entendido? No lo toques hasta que sea el momento de marchar. Es muy estable, pero si lo toqueteas mucho aquí dentro podría pasar a tener el estado Defectuoso.

Bomo gruñó. Detrás de él, el Mazo hizo un ruido de desaprobación.

No estaba enfadado porque Bomo pudiese terminar haciendo algo así; lo que lo enfadaba era que este no quisiese que jugase al Frogger mientras él estaba fuera porque no quería que superase su récord, lo que significaba que el Mazo iba a pasarse dos semanas sin poder jugar si todo iba como habían previsto.

Salimos del espacio personal y empezamos a recorrer las calles. No teníamos tiempo para ponernos a explorar el asentamiento. Todo había quedado destruido, algo que era más evidente aún ahora que había salido el sol. Del espacio pasamos al Whataburger y luego a las calles en dirección sur.

—Los vuestros no son bienvenidos aquí —gritó una criatura.

Era un osgo que estaba sobre una casa y daba martillazos al tejado de madera.

La criatura se puso en pie y nos miró desde arriba.

Llevaba un delantal de cuero ajado y sostenía un martillo gigantesco entre sus garras.

Nos señaló con el martillo. Era la primera vez que veía a un osgo en persona.

Shamus Chaindrive, el capitán del submarino del piso anterior, era un osgo, pero no le quedaba nada más que la cabeza en un tarro y nunca había llegado a verla en realidad.

Los cabrones eran feísimos. Eran grandes, peludos, con orejas puntiagudas y rostro parecido al de un goblin.

Este tenía el pelaje de una tonalidad anaranjada.

Otros eran marrones o rojos. Medían más o menos como yo, pero eran el doble de anchos.

Sería mejor no meternos con ellos si podíamos evitarlo.

Tenía acento de Europa del Este, lo que me recordó al idiota de Vadim, quien se había encerrado en una cápsula de escape para que luego lo matasen las medusas.

—Carl, lo huelo desde aquí. A remolacha encurtida y vodka. Es asqueroso —murmuró Dónut.

Goiter. Osgo. Nivel 42.

Miembro del concilio de este asentamiento.

Los osgos, una de las pocas especies que consiguió no quedar extinguida por el ataque de nueve fases de Escolopendra, se han convertido en una de las más comunes que se encuentran en el distrito Kapok del Coto de Caza, superada únicamente por los osunos y por los elfos de los arbustos.

Los osgos forman parte del mismo árbol filogenético que los goblins y los hobgoblins, lo que quiere decir que son feos, mezquinos y se rumorea que tienen relaciones sexuales con sapos.

Al igual que los hobgoblins, son famosos por hacer explotar cosas, pero las explosiones que causan suelen ser involuntarias.

En el fondo son ingenieros y pasan el día intentando crear autómatas, vehículos y otros artilugios, aunque no se puede decir que tengan demasiado éxito.

Aunque sus nombres sean similares, no son osos. Sus vecinos y rivales, los osunos, aprovechan cualquier oportunidad para dejarlo bien claro.

Tienes que tratar a los osgos como tratarías al tipo grandullón y borracho del fondo del bar. Y puede tener dos posibles resultados: o intenta darte una paliza o hacerse tu amigo. Y no hay forma de predecir cuál de los dos te va a tocar.

—Nosotros no hemos destruido tu pueblo —grité al osgo—. Hemos venido para matarlos.

—Pues eso cambia mucho las cosas. Significa que somos amigos. Os invito a una copa.

—Perdón. Tenemos que irnos —continué—. Pero un consejo: esos tipos volverán dentro de unas pocas horas, así que deberíais prepararos.

Goiter el osgo se crujió el cuello.

—Estaremos preparados.

Le hice un saludo militar y salimos del pueblo.

Tal y como había dicho Miriam, en la selva no había monstruo alguno.

Al menos cerca del camino principal. Sí que había vegetación silvestre y todo tipo de follaje, pero no tuvimos tiempo de examinar nada.

Mordecai me había dado una lista de objetos para buscar que tenía cinco páginas, pero le dije que se hiciese con un poco de oro y que contratase a alguien para buscárselos.

Yo conduje el Carruaje mientras Dónut iba sobre Mongo al lado del vehículo.

El conjuro Deditos centelleantes hacía que Mongo corriese más rápido incluso que el todoterreno de las dunas, y la gata se había puesto a practicar con él para subirlo de nivel.

A Mongo le encantaba ir rápido y graznaba de júbilo siempre que la veía lanzarlo.

Me detuve unas cuantas veces para colocar unas pocas minas Claymore que solo se activasen con los cazadores. Sospechaba que estaba perdiendo el tiempo, pero tampoco tenía nada de malo prevenir.

Mientras viajábamos, Dónut se dedicó a practicar con el canto. Se pasó el viaje intentando lanzar Séquito, pero solo consiguió que apareciese un único Carl ilusorio cuando cantaba con voz grave y monótona, lo que hacía que la ilusión resultante fuese vagamente transparente y no sirviese de nada.

—Carl, este sistema tiene que estar mal —dijo la gata—. No me deja lanzar bien ningún conjuro.

—Sigue esforzándote —le dije—. Ya encontraremos algo para ayudarte…

Me quedé en silencio al recibir una notificación extraña.

Tu dios, Emberus, ha aparecido en este piso.

Detuve el carro y eché un vistazo alrededor. No vi nada. Nada había cambiado.

—¿Qué? ¿Qué pasa? —preguntó Dónut.

Se lo comenté.

—Es probable que haya venido a recoger todo el dinero que le has dejado.

Más o menos un minuto después, me llegó otra notificación.

Emberus ha regresado a los Salones de la Ascendencia.

—Qué raro —dije. Y continuamos nuestro camino.

No tardamos mucho en llegar al río.

No tenía muy claro qué esperar al respecto, pero no encontramos sorpresa alguna.

Era bastante ancho, de unos setenta y cinco metros de lado a lado.

No sabía si era demasiado profundo, y fluía de norte a sur a ritmo lento.

No vi nada sobre el agua ni dentro, pero Dónut me comentó que había visto algunos puntos blancos brillando por aquí y por allá.

Había una pendiente escarpada cerca de la orilla, pero no nos atrevimos a acercarnos.

Un puente de aspecto impresionante y cubierto de madera se extendía sobre el agua, lo bastante ancho como para que lo cruzasen dos carros el uno al lado del otro.

El suelo que había frente al puente estaba chamuscado, lo que indicaba que había estallado una trampa por allí no hacía demasiado tiempo.

Vi la ciudad al otro lado de la estructura, mayor de lo que esperaba. Una pareja de guardias campana funeraria estaba apostada en el otro lado del puente y nos contemplaba impasible.

Quedaba poco menos de una hora para que soltasen a los cazadores.

Detuve el Carruaje y lo guardé en el inventario para luego abrirme paso por el puente pisando fuerte mientras no le quitaba ojo a los puntales que se hundían en el río.

Nos habían comentado que ya habían destruido unos diez puentes.

No eran tantos como esperaba, pero con suerte alguien se lo habría comentado a los cazadores a estas alturas.

Era probable que los que no pudiesen volar o teletransportarse se dirigiesen raudos hacia los puentes que quedaban en pie. Con suerte.

Entrando en el asentamiento osuno grande.

—Debo decir —dijo Dónut mientras se bajaba de la grupa de Mongo— que este lugar huele mucho mejor que el anterior. Normal que a estos osunos no les gusten los osgos.

Nos detuvimos en el extremo del puente, justo delante de los dos guardias micónidos. Me resultó extraño. Los residentes principales del asentamiento eran osunos, que eran criaturas humanoides grandes y con aspecto de oso. En Zockau, los osos eran los guardias y no había de esas campanas funerarias.

A diferencia de la primera aldea de dríades, que se encontraba en la selva, en esta no había casi nada de vegetación.

La selva en sí rodeaba el pueblo grande, pero no había árboles descuidados o silvestres por las calles.

Unas hileras de arbustos bien cortados y de árboles en flor adornaban el lugar, pero estaba claro que lo mantenían muy bien.

Había varias tiendas y gremios por las calles de adoquines.

Vi la entrada de un club Vencedor en la distancia, pero no la de un club Desperado.

Sabía que tenía que estar en alguna parte, porque Mordecai había dicho que ese era el caso en todos los asentamientos «grandes».

No había señal alguna que indicase que los cazadores se habían adentrado en el lugar antes de que los encerrasen. El asentamiento parecía intacto y, como había dicho Dónut, la verdad era que olía bastante bien, a una mezcla de flores con sábanas limpias.

En el mapa apareció un extraño símbolo rojo con forma de diamante en un extremo. Amplié la imagen y vi el nombre TEMPLO DE HELLIK .

Hellik era el hermano y enemigo de Emberus.

Tenía una misión que me obligaba a matar a la deidad, de la que tendría que encargarme en algún momento.

Supuestamente, también conseguía una bonificación cada vez que mataba a un adorador de Hellik, aunque no era algo que tuviese mucha prisa por probar. Ya teníamos bastantes problemas.

No vi templos de Emberus en el asentamiento, aunque sí que me percaté de que había otros cuyo nombre no aparecía en mi mapa. Todos estaban juntos en una calle que había en las profundidades del lugar.

Había decenas de PNJ por allí. La mayoría eran esos osunos grandes y musculosos, pero también vi algunos elfos de los arbustos y dríades, así como enanos y hasta algún que otro osgo y unas pocas criaturas que desconocía.

No vi ninguno de los monos que parecían estar por todas partes en las ciudades más meridionales.

Había un par de puntos con la cruz, que indicaba que eran élites.

Ambos se estaban alejando. Además, también vi dos puntos blancos diferentes que tenían forma de estrella.

Era la primera vez que los veía, pero gracias a Mordecai y al libro de cocina sabía que esos indicadores a veces pertenecían a PNJ que encargaban misiones.

Nos detuvimos delante de uno de los dos micónidos.