Capítulo 8
Tenía cajas que abrir y muchísimas cosas que hacer, pero todo podía esperar una hora al menos. Me senté junto a la encimera y descansé unos minutos.
Me había quedado sin libros que leer. Necesitaba algún lugar donde conseguirlos. Pero lo que sí que necesitaba era descansar. No dormir. Descansar. Descansar de verdad.
La mayor parte del tiempo que estaba ocioso me dedicaba a escribir en la tercera pestaña del bloc de notas, apuntando cosas para el libro de cocina.
Había descubierto la manera de abrir páginas nuevas dentro del bloc y de crear borradores.
Últimamente, había pasado mucho tiempo usándolo, lo que me había llevado a pensar que había empezado a pasar todo mi tiempo libre «trabajando».
Incluso mientras jugaba al Frogger , en realidad lo hacía en piloto automático mientras escribía sin pensar un borrador en el bloc de notas.
Planeaba. Me imaginaba situaciones. Teorizaba.
Recreaba las recetas y comentarios de otros de memoria como ejercicio, para asegurarme de que iba a recordarlos.
Intentaba pensar en alternativas. Mi cerebro siempre estaba maquinando y dándole vueltas a muchas cosas una y otra vez.
Hacía poco que me había percatado de una idea que había empezado a brotar en los rincones de mi mente.
Era difícil de explicar. Parecía como si tuviese un arroyo burbujeante y sinuoso entre los juncos de mi cerebro, en lo más profundo.
Siempre había estado allí, lo que significaba que me había acostumbrado tanto al ruido que ya ni siquiera le prestaba atención.
Pero de un tiempo a esta parte se había vuelto más estruendoso.
Aunque no era un ruido en realidad. No era algo físico siquiera.
Era simplemente la sensación de fluir, una que empezaba a cambiar y a volverse más ruidosa.
Había aumentado lo más mínimo, pero suficiente para que al fin me diese cuenta.
Solo había encontrado una forma de silenciarla. Cuando estaba del todo en calma y descansaba bien. Cuando nos encontrábamos en problemas, como cuando habíamos escapado de Zockau hacía poco, notaba la presencia de aquel arroyo, cada vez más estruendoso.
Quedaban unos pocos minutos para que empezase el episodio resumen, por lo que nos quedamos esperando. Mordecai y Dónut hablaron un poco sobre las nuevas mejoras que teníamos disponibles para el espacio personal, como una cama que servía para recuperarnos casi de inmediato.
—No —dije—. No vamos a comprar eso.
Mordecai estuvo a punto de objetar, pero terminó por decir:
—Ya hablaremos al respecto en otro momento.
—¿Seguro que estás bien? —preguntó Dónut mientras se frotaba contra mí. Extendí el brazo y le acaricié el lomo.
—Estoy bien, Dónut. Solo intento relajarme un poco.
Mongo estaba hecho un ovillo al otro lado de la estancia, apoyado contra Britney, quien seguía sentada en el suelo.
La mujer había intentado apartarlo varias veces, pero se había sentado en el sitio de Mongo.
El dinosaurio terminó apoyando la cabeza en su regazo, y ella había terminado por ponerse a acariciarlo como si fuese un perro.
—¿«Relajarte» significa que no vas a abrir las cajas de botín?
Suspiré y saqué las cajas. Era algo que tendría que hacer tarde o temprano. Dónut se sentó a mi lado, emocionada. Ella también tenía una caja de asesino de cazadores por abrir, pero quería que yo abriese las mías antes, porque eran treinta y cuatro y creía que iba a ser más «espectacular».
La primera de mis cajas era una de yonqui de oro. Era una bastante extraña, ya que me la habían dado por usar el Anillo de sufrimiento divino. Esperaba recibir una caja de brutalidad o algo así, que era la que solían darme por los logros relacionados con asesinar personas.
La caja de oro se abrió para luego desaparecer. Un patrón similar a una telaraña apareció frente a mí y se esfumó a los pocos segundos. No salió nada. Me estremecí.
—Oh, no —dijo Dónut—. Otra vez no.
—Cagondiós —murmuré antes de que apareciese el nuevo tatuaje.
—Carl, ¿podrías dejar de hacer que te salgan tatuajes repugnantes? A estas alturas, ya podrías dejarte barba y robar en una licorería. Es el tercero que te sale en una semana. Vas a asustar a Mongo.
Este era el mayor hasta la fecha y me apareció en el codo izquierdo. No tuve tiempo de examinar las propiedades, pero sí que vi que era una telaraña, cuyos hilos estaban segmentados como si fuesen de un gusano. Estaba descolorido, la tinta se había puesto verdosa y el dibujo era de mala calidad.
—Pues a mí me flipa —dijo Louis desde el sillón.
—Mi tío tenía el mismo tatuaje —comentó Firas—. Estuvo en la cárcel.
Las treinta y cuatro cajas de asesino de cazadores quedaron alineadas en una larga hilera que llegaba hasta la pared donde se encontraban nuestras habitaciones.
Había muchísimas, y todos dejaron lo que estaban haciendo para mirar.
Temía que saliesen más tatuajes, la verdad. Respiré hondo y abrí la primera.
Había dos objetos en su interior. Mil monedas de oro y unas garras.
Eran unas garras cercenadas de una criatura similar a un insecto.
Al parecer eran las garras de Xindy, la mantis a la que había reventado en el cielo con los cohetes.
Antes de que me diese tiempo a preguntarme a qué había venido eso, se abrió la siguiente caja.
En el interior había dos mil monedas de oro y otras garras, en esta ocasión de un reptil, llenas de escamas y sanguinolentas.
Era la mano de Chin’Dua, el dracónido borracho que había marcado para luego asesinar.
En la tercera había tres mil monedas y otra mano, esta de un orco.
Ninguno de los apéndices tenía anillos ni adornos, pero me salieron en todas y cada una de las cajas. El dinero aumentaba en mil monedas con cada uno. Terminé con un total de quinientas noventa y cinco mil monedas de oro en el inventario. No estaba mal. Nada mal.
Dónut se me quedó mirando con asco.
—Pues la verdad es que ha sido toda una decepción.
¿Tanto trabajo para recibir solo unas manos horribles?
¡Me siento estafada! Aunque al menos no son lenguas —dijo la gata—.
Lucia Mar colecciona lenguas, que es mucho más asqueroso.
—Detrás de nosotros, la fuente burbujeante de Emberus emitió un ruido y la cantidad de oro que debíamos pasó de cero a veintinueve mil setecientos cincuenta.
Dónut soltó un quejido.
Me quedaba una caja más para terminar. Una de cabronazo de platino.
Resultó ser una poción que me tuve que beber de inmediato. Abrí el tapón con el pulgar y lo hice de un trago. Sabía a zumo de fresa.
¡Tu conjuro Miedo ha subido 5 niveles! ¡Ahora lo tienes a nivel 10!
—Vaya —dije—. Eso ha estado genial. ¿Cinco niveles? Y yo perdiendo el tiempo en la sala de entrenamiento mágico…
Mordecai gruñó.
—Ya tendrías el conjuro a ese nivel si te hubieses puesto a practicar como te dije. Más que una bonificación, podría considerarse una medida correctiva. Lo hacen de vez en cuando. Ahora podrás ponerte a practicar con Tañido.
A nivel 10, el conjuro Miedo también tenía un 2 % de probabilidades de paralizar a mis objetivos y podía lanzarlo en un área más amplia.
Mordecai tenía razón. Tenía que ponerme a practicar con Tañido, que solo lo tenía a nivel 2.
Una vez lo subiese a 5, podría combinar los dos conjuros.
Pero, por el momento, ahora podía imbuir las cortinas de humo y algunos explosivos con Miedo.
Tenía instrucciones de cómo hacerlo en el libro de cocina, pero iba a tener que practicar.
Lo de encantar objetos tenía muchas probabilidades de hacer que acabasen con el estado «Defectuoso».
Además, Miedo hacía que los objetivos escapasen.
Paralizarlos estaba genial, pero solo tenía un 2 % de probabilidades y la experiencia me decía que todo lo que estuviese por debajo del 10 % pasaba a ser «cuando la mazmorra creyese que era beneficioso para la historia que quería contar».
No me gustaba nada que escapasen. Miré a Louis sentado en el sillón.
Él tenía un conjuro que podía venirme muy bien.
Era una pena que ya se hubiese unido al grupo de Katia.
Suspiré y toqué el tatuaje de tela de araña que me había aparecido en el codo.
La pequeña y desagradable telaraña de sufrimiento de la Sierpe Nocturna.
Los portadores de esta marca tienen acceso al gremio de Sufrimiento.
—¿Gremio de Sufrimiento? —dije al tiempo que miraba a Mordecai. No recordaba haber oído hablar de algo así—. ¿Eso qué es?
Mordecai arrugó la frente, un gesto que le dio un aspecto absurdamente adorable.
—Es una secta —explicó—. No es un gremio ni una religión real.
Se parece a lo que tenían los elfos urbanos del tercer piso.
Son centros de información, pero nunca he estado en uno.
Adoran a un semidios, la Sierpe Nocturna, que no es un miembro normal del panteón.
Se parece a Samantha, pero es una larga historia.
La secta tiene algo llamado cristal conmemorativo.
Son parecidos a los cristales de alma, pero nunca se ha llegado a confirmar qué es lo que hacen en realidad.
Todo está relacionado con ese valioso anillo que tienes.
Hace unas temporadas, la trama del séptimo piso al completo estaba centrada en despertar a su dios.
Todo aquel que use un artefacto de sufrimiento divino queda marcado, como tú.
Dónut olisqueó.
—Pues es repulsivo. De haber sabido que Carl iba a quedar marcado, jamás le hubiese permitido usar ese anillo. Nunca vi que Frank o Maggie tuviesen marca, pero ellos sí que parecían el tipo de persona capaz de llevar un tatuaje horrible como ese.
Envié un mensaje al grupo para ver si alguien se había topado con la entrada de alguno de esos gremios.
Después saqué la garra de mantis del inventario y la examiné.
Mientras lo hacía, Dónut abrió al fin su caja.
Soltó un grito de asco cuando apareció una mano gris, y otro de rabia al comprobar que solo había mil monedas.