La mascarada del carnicero (Carl el Mazmorrero 5) Capítulo 6
9%

Capítulo 6

Nota añadida por el mazmorrero Everly. Quinta edición.

Abrí los ojos a duras penas. Me sentía como si me hubiese atropellado una manada de elefantes. Me dolía todo. Aún tenía una página entera llena de notificaciones, pero las ignoré por el momento.

Dónut estaba sentada sobre mi pecho y me miraba con gesto preocupado.

Nos estábamos moviendo. Sentí la gravilla crujiendo debajo.

Me encontraba en la parte trasera de una carreta.

Alcé la vista al cielo nocturno; estaba oscuro, pero el ambiente resplandecía con un brillo opalescente a nuestro alrededor, como la superficie de una burbuja de jabón al reflejar la luz.

Al parecer estábamos protegidos por algún tipo de escudo mágico.

Nos encontrábamos dentro del área de efecto de un conjuro.

—¡Se ha despertado! —gritó Dónut. Levantó la cabeza y dijo—: Pero la salud le sigue bajando.

—La desventaja desaparecerá pronto —respondió la mujer—. Ya ha pasado lo peor. No te preocupes, pequeña.

—¿Qué ha pasado? —gruñí—. ¿Hemos matado a alguno más?

—Has estado a punto de morir, Carl —explicó Dónut—. Y te lo hubieses tenido bien merecido. ¿A qué ha venido eso, ya que estamos? Que sepas que, a partir de ahora, no pienso participar en uno de los planes típicos de Carl a menos que me cuentes qué tienes pensado. Mongo está muy enfadado contigo.

Sentí un resplandor cálido y la salud volvió a llenárseme.

La mujer había lanzado algún conjuro. Poco después, empecé a perder vida de nuevo, como si fuese una fuga en una cañería.

No sabía por qué, pero al menos bajaba despacio.

Aunque me dolía. Abrí el menú de salud y miré las desventajas que tenía activas.

DOLORIDO DE COJONES y RASTRO DE SANGRE .

La primera ya la conocía de antes. Aparecía siempre que resultaba gravemente herido.

Y el nombre era muy descriptivo. Duraba más o menos una hora, pero en esta ocasión aún quedaban seis en la cuenta atrás.

No tenía nada para quitármela. No afectaba directamente a mis características, pero me dolía todo el cuerpo mientras estaba activa.

Rastro de sangre era nueva. Estaba a punto de desaparecer, pero era una desventaja espantosa.

Rastro de sangre.

Esta desventaja de desangramiento mágico, favorita entre cazadores y cobradores de morosos de deudas médicas, suele usarse con armas a distancia.

Tu salud baja a un ritmo lento pero constante.

Puedes curarte, pero todas las heridas abiertas que tuvieses al recibir la desventaja seguirán sangrando, lo que ayuda a que sigan tu rastro.

También hace que huelas muy mal. O muy bien.

Todo depende de la nariz del olfateador.

Había recibido una decena de desventajas más, pero todas habían desaparecido ya.

—¿Cuánto tiempo llevo inconsciente? —pregunté al tiempo que intentaba incorporarme. Estaba cubierto por completo de sangre—. Sé que matamos a dos como mínimo. ¿Fueron más?

—No te levantes todavía —dijo la mujer. Me puso una mano en el hombro con cuidado para volver a tumbarme. Hice un mohín.

—¡Estabas en coma! —gritó Dónut—. Solo ha sido media hora. Si no hubiésemos salido de la ciudad, estarías muerto. Miriam, Prepotente y Bianca te han salvado.

Me oí gruñir.

—Tienes que descansar un poco más, guapo —dijo la mujer, Miriam Dom—. Dentro de una hora llegaremos al asentamiento y podrás entrar en tu espacio seguro y dormir.

—¿Dónde estoy?

—Estamos en la parte de atrás de una carreta —respondió Dónut—. Bianca tira de ella y Prepotente se ha adelantado para asegurarse de que el camino es seguro. Miriam me ha estado ayudando a sanarte, así que tienes que darle las gracias.

—Gracias —dije. Tenía la cabeza como un bombo. Ya veía un poco menos borroso, pero me sentía como si acabase de despertarme de un sueño muy largo.

D ÓNUT : Y QUE SEPAS QUE CREO QUE NO LE CAES MUY BIEN A PREPOTENTE. PERO TE HA SALVADO, ASÍ QUE PÓRTATE BIEN CON ÉL.

Una mano me tocó en la frente. Tenía los dedos helados. Me acarició el pelo.

—Descansa un poco, ¿vale?

¡Te han Aliviado! Todo te duele un poco menos. Las desventajas pierden un 10 % de su efectividad.

Dónut se inclinó hacia mí.

—En serio, Carl. ¿Cuál era tu plan exactamente?

¿Entrar en la ciudad, hacer que todo estallase por los aires y salir corriendo?

Puede que hayas matado a muchos, pero seguro que también los has enfadado más.

Por eso tienes que contarme primero cuál es el plan, para poder decirte que es una estupidez.

—Quería bloquear la entrada del club Desperado y luego identificar al alcalde e intentar matarlo.

O matarla. En este caso era Vrah, una mujer.

Pertenece a una especie llamada mantis. De haber acabado con ella, me hubiese convertido en alcalde, lo que me hubiese permitido ordenar a los guardias de la ciudad que matasen a todos los cazadores.

—Cogí aire—. Dios, pero qué cansado estoy.

—Te quedaste en coma por accidente —explicó Miriam.

Estaba sentada detrás de mí y no había dejado de acariciarme el pelo.

Me sentí un poco raro, pero al mismo tiempo era agradable—.

Era la desventaja Atontado que recibiste a causa de un virote de ballesta, pero el efecto aumentó a causa del conjuro de Prepi.

—Perdón por las molestias —dije.

—No pasa nada —comentó ella—. Estábamos tardando demasiado y creo que nos habían descubierto. Alguien estaba lanzando un contraconjuro y algo me dice que nuestro plan no hubiese funcionado a tiempo.

—Eso es porque están haciendo trampas —dije alzando la voz—. Esos cazadores tienen a otras personas viendo el programa ahí fuera y les chivan información.

Oí un grito distante.

—Prepi ha capturado algo —comentó Miriam—. La desventaja Hemorragia está mucho mejor. Voy a salir a alimentarme. Tú quédate aquí y descansa. No tardo en volver para ver cómo estás, ¿vale?

Gruñí. La sentí ponerse en pie detrás de mí, para luego ver cómo una mujer morena con túnica salía volando desde la carreta y se alejaba.

—¿Puede volar? —pregunté.

—Yo tampoco lo sabía —dijo Dónut—. Ahora es vampira.

Vuela, pero tiene que beber mucha sangre para sobrevivir.

Aún es sanadora. Es muy raro. Solo bebe la sangre de algo que Prepotente acabe de matar.

Tiene que hacerlo rápido. No sé si puede transformarse en murciélago ni si la luz del día le hace daño.

Ni si es alérgica al ajo. Espero que no.

Es italiana, así que serlo sería una pesadilla para ella.

Me quedé allí intentado recuperar el aliento.

Si no movía ninguna parte de mi cuerpo, no sentía dolor.

El crujido del sendero bajo la carreta me resultaba extrañamente familiar.

Recordé estar en la parte de atrás del coche de mis padres.

Oí un resoplido parecido al de un caballo, seguido de un repiqueteo similar al de un insecto.

Luego se me ocurrió mirar el mapa. Atravesábamos una zona muy frondosa.

Había un punto naranja enorme delante de nosotros, y los dos puntos azules de Miriam y la cabra estaban por allí cerca, rodeados por las equis de algunos enemigos y por un punto rojo.

Dónut se había quedado haciéndome compañía en la carreta. No vi a nadie más.

—Mordecai quiere saber si usaste ese anillo —dijo la gata un momento después—. Le aseguré que no lo sabía, pero lo llevas puesto, así que supongo que sí que lo habrás hecho.

Extendí la mano, me lo quité y volví a guardarlo en el inventario.

—Lo usé una vez con el borracho aquel y luego le transferí la desventaja a la cazadora que volaba.

Quería llamar la atención de la alcaldesa, ya que supuse que sería la más fuerte del asentamiento.

Pero también quería asegurarme de que funcionaba antes de empezar a usarlo en serio.

No estaba seguro de si Supercontagiador podía combinarse con el anillo.

Y ya he comprobado que sí. Funciona muy bien, sobre todo cuando se combina con Tañido, porque se lo puedo transferir a cazadores que se encuentran muy lejos.

Me incorporé, pero la cabeza empezó a darme vueltas y tuve que volver a tumbarme sobre la madera. Me di cuenta de que la carreta era una de las de la Maraña de Hierro modificada con ruedas de madera.

Dónut suspiró.

—¿Solo usaste el anillo una vez?

—Sí. Estaba a punto de hacerlo otra vez con el orco, pero el barril se desestabilizó muy rápido y la lista de nombres era demasiado larga. No están ordenados por proximidad. No me iba a dar tiempo de encontrarlo.

—Mordecai dice que es adictivo. Eso no me gusta. Ya te he de­senganchado del tabaco y de tu adicción crónica a la masturbación. No te conviene tener más vicios, Carl.

Intenté volver a incorporarme. Gruñí al ver a la criatura que tiraba de la carreta. No dejaba de hacer ruido y un calor brotaba del cuerpo de aquella mascota enorme. Había crecido desde la última vez que la había visto. Ahora tenía el tamaño de un caballo de tiro.

—Bianca, ¿no? —pregunté.

La criatura, que en el pasado había sido una cabra normal, había consumido la misma galleta de mascota que había transformado a Dónut y a Prepotente en mazmorreros.

Unas llamas etéreas y negras se agitaban alrededor del pelaje negro y demoniaco de la horripilante criatura.

También olía a chamusquina. Un par de alas achaparradas le brotaban del lomo anguloso.

Era tan negra que su presencia parecía absorber la escasa luz del ambiente, como si fuese una grieta en el espacio-tiempo. El calor me llegaba en oleadas.

Bianca del Ciao. Familiar engendro infernal. Nivel 32.

Es una mascota de la mazmorrera Miriam Dom.

Alguien dijo en una ocasión: «Todos los perros van al cielo». Está claro que esa persona nunca conoció a Susan, la corgi galesa de Pembroke que su padre le regaló a la futura reina Isabel II el día de su decimoctavo cumpleaños.