La mascarada del carnicero (Carl el Mazmorrero 5) Capítulo 5
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Capítulo 5

Nota añadida por el mazmorrero Forkith. Vigésima edición.

Teniendo en cuenta algunas de las notas anteriores y mis observaciones, creo que me ha quedado más clara la disposición del Coto de Caza.

Dicen que siempre es la misma, pero no es cierto.

Herot comentó que había unas criaturas altas que aullaban hacia los cielos todas las noches y hacían temblar el mundo.

Azin describió unas aves cometa que surcaban los cielos en todo momento.

Ikicha aseguró que había un clima helado.

Pero no me he encontrado con nada de eso, al menos en esta iteración mía.

La mayor parte del mundo es una selva y eso es una constante, pero los monstruos del interior cambian.

Tened cuidado con los consejos de las ediciones anteriores del libro sobre este piso.

No obstante, el mapa sí que parece ser igual cada vez.

Y también el «entorno político». Es un mundo redondo con una única ciudad con nombre y decenas de asentamientos de varios tamaños y sin denominación, como en el tercer piso.

Según la historia, este mundo era mitad metrópolis y mitad selva antes del ataque de nueve fases de Escolopendra, signifique lo que signifique eso.

Después de dicho ataque, murió casi todo el mundo y la selva empezó a ganar terreno y a apoderarse de las ruinas.

Pero unos cientos de años después, los supervivientes han empezado a reconstruir el lugar.

La ciudad con nombre siempre está en el mismo lugar: al norte, cerca del borde del mapa y dando hacia un valle despejado lleno de monstruos de poco nivel que han colocado allí para que los cazadores entrenen mientras los mazmorreros descienden por la mazmorra.

Al sudeste del todo se encuentra la ciudad de los altos elfos, en la parte más tupida de la selva.

No te acerques a los elfos. Son magos muy poderosos y atacan a todo el mundo.

Hasta los cazadores se mantienen al margen.

Antes del cataclismo, este mundo era un lugar próspero y la ciudad estaba regida por un consejo multirracial, mientras que la selva estaba bajo el control de los altos elfos. Se odiaban entre sí, pero se toleraban y había paz en general. Un río separaba las dos partes.

Dicho río aún serpentea en el mapa. Cuenta con puentes a intervalos regulares, así que mantente alejado del agua. Las náyades viven en ella y son tan horribles como los elfos.

La ciudad con nombre, aunque dicho nombre parece cambiar cada vez, siempre estará bajo el control de una única especie.

Da igual cuál sea. Cuando llegan los cazadores, uno de ellos siempre acaba con el PNJ líder y se hacen con el control.

Creo que es la única ciudad donde tienen permitido hacerlo.

De lo contrario, se apoderarían de todas antes de que llegasen los mazmorreros.

Sea como fuere, cuando se abra el piso, el valle de monstruos de nivel bajo estará vacío de criaturas, el gobierno de la ciudad con nombre se habrá erradicado y uno de los cazadores se habrá autoproclamado Grandioso, que es el título que se le da a los alcaldes de los asentamientos de mayor tamaño.

No te acerques a esa gran ciudad. Los guardias te atacarán nada más verte.

—Lanzado —rugió Bomo. El conjuro tardaría treinta segundos en activarse.

—Carl, Carl, ¿qué estamos haciendo? ¿Te has vuelto loco? —gritó Dónut mientras yo comprobaba mi equipamiento.

Me puse el Anillo de sufrimiento divino en el dedo, el que me había dado Frank Q.

Todas mis características subieron un 5 %.

El anillo funcionaba de forma diferente dependiendo del piso en el que te encontrases, pero el resultado final era el mismo.

Si marcaba a alguien, ya fuese un mazmorrero o un «combatiente no generado por la mazmorra», y luego acababa con él, recibiría un +1 a una de mis características, la que el objetivo tuviese más alta en el momento de su muerte.

Esa bonificación aumentaría a medida que fuese asesinando más y más.

El problema era que, una vez marcaba a alguien, recibía una desventaja horrible que no se me quitaba hasta que me libraba del objetivo. No podía sanarme. En el libro de cocina había visto que dicha desventaja se llamaba «Enconado».

Examiné las propiedades del anillo para asegurarme de que todo iba como tenía previsto.

Seres vivos con marca asesinados: 0.

Beneficio actual de la marca: +1 punto de característica.

Tiempo de recarga del piso actual: No hay tiempo de recarga en este piso.

En este piso, las marcas se crean instantáneamente.

Buena caza.

—Quince segundos —informó Bomo.

Bajé la vista hacia el segundo anillo de pie que tenía en el izquierdo, el que había recibido por el pisotón de Grull. El objeto tenía dos beneficios y ya había usado bastante uno de ellos, Pies pegajosos. El otro era el que estaba a punto de poner a prueba.

—Carl —insistió Dónut—. Creo que deberías contarme cuál es tu plan ahora mismo.

—Cuando queden dos segundos, jugada Depredador —dije.

—Eso no es un plan, Carl. Es una jugada.

—Todo saldrá bien. Tú confía en mí. Será rápido.

Depredador era una de nuestras jugadas más recientes.

Llevaba un tiempo recopilando pociones de invisibilidad y me había asegurado de que Dónut siempre llevase varias encima.

La jugada era simple. Tan pronto como gritase «Depredador», ambos nos haríamos invisibles y Dónut pasaría a usar la visión infrarroja de las gafas de sol.

Dejaríamos de hablar en voz alta, y ella se quedaría sobre mi hombro susurrándome todo lo que viese y que podía pasar desapercibido para mí.

—Perdona, Bomo —dije. Le estallé una poción de invisibilidad contra la cabeza, y el monstruo de roca desapareció.

Yo me bebí una cuando la cuenta atrás llegó a cero. Dónut hizo lo propio.

Desaparecimos, sentí unas náuseas que ya me resultaban familiares y luego aparecimos en la ciudad.

Entrando en Zockau.

D ÓNUT : CARL, QUE SEPAS QUE, SI NO NOS MATAN, MORDECAI SE ENCARGARÁ DE ACABAR CONTIGO.

Aparecimos en un parque pintoresco con césped cortado a la perfección.

La escalera estaba rodeada por un círculo de árboles y unos setos muy cuidados.

La salida al séptimo piso estaba allí mismo y sentía el calor que emanaba de ella.

Unos adoquines llevaban hasta la salida brillante y una luz se alzaba hacia los cielos como si fuese un faro, hasta unos quince metros antes de chocar contra el techo artificial.

La oscuridad se había apoderado del lugar, pero acababa de anochecer.

No había nadie en aquel parque pequeño, pero sí que vi varios puntos en el mapa: una mezcla de blanco, rojo, naranja y un nuevo color.

Púrpura. Los puntos blancos eran los PNJ normales; los rojos parecían ser los guardias de la ciudad; los naranja eran las mascotas, y los púrpura eran los cazadores.

Solo vi tres de estos últimos y ninguno de ellos estaba cerca.

Los guardias de la ciudad no eran los micónidos, sino unos osos humanoides y musculados con armadura pesada. Vi a un grupo alejándose en fila.

Nadie parecía haberse dado cuenta de que estábamos allí. Por el momento.

Una estatua grande se alzaba en las cercanías, de uno de esos humanoides con cabeza de oso.

Una pequeña placa informaba de su identidad, pero no tenía tiempo para pararme a leerla.

La plaza estaba rodeada por edificios comerciales parecidos a los de la zona centro de una ciudad pequeña estadounidenses de la década de 1950.

Unas farolas eléctricas recorrían el parque a intervalos regulares y brillaban tenues con luz amarilla.

Justo frente a nosotros, al otro lado de la calle, había una hilera de bares.

Unas carcajadas estridentes brotaban por la ventana de uno de ellos.

En otro se oía música a todo volumen. Luego percibí el zumbido distante de un conjuro y oí un golpe y más risas.

Mientras contemplaba la escena, un punto púrpura salió por la puerta de uno de los bares. Se detuvo, cayó de rodillas y empezó a vomitar en mitad de la calle. Pertenecía a una especie alienígena desgarbada que no reconocí en la oscuridad. Se puso en pie y entró en otro.

Lo que estaba buscando se encontraba al final de la hilera de establecimientos: la entrada grande y llamativa al club Desperado.

Dicha entrada tenía tres pisos y contaba con unos focos gemelos a cada lado del edificio, que se movían de un lado a otro.

En la Ciudad Epigea, la entrada del club tenía un estilo propio de la década de 1920 que no casaba nada con el ambiente medieval del asentamiento.

En esta ocasión, la arquitectura del club sí que pegaba.

En lugar de un estilo art déco , este hacía gala de un modernismo de mitad del siglo XX .

La entrada estaba cubierta por un arco de hormigón y flanqueada por una fachada angular, con alas a cada lado que parecían cejas.

Daba la impresión de ser uno de esos restaurantes donde no hacía falta bajarse el coche para pedir.

El cartel, que rezaba «Club Desperado: Tan divertido que duele», parpadeó.

Las palabras estaban formadas por decenas de bombillas.

También había una estatua en forma de daga en la parte superior del edificio.

C ARL : Bomo, dirígete hacia el bar que hay al final de la calle, el pequeño con el cartel roto.

Parece que es el más vacío y el único que es una estancia segura de verdad.

Ocúltate en las sombras hasta que se te acabe la invisibilidad.

Cuando ocurra, entra como si nada y ve directo a nuestro espacio personal. Si te atacan, corre. ¿Entendido?

B OMO : Entendido.

No vi al monstruo de roca, pero lo oí avanzando entre la hierba. Había muchos PNJ cretinos en este piso, por lo que nadie iba a fijarse en él a menos que se detuviesen a leer su descripción, que decía que era integrante del séquito de la Princesa Dónut.