Capítulo 4
—Tened cuidado, chicos. No os salgáis del camino —advertí.
—Vamos con la caravana. Estaremos bien —dijo Katia mientras Chris, Arcillez, Muy Taciturno y ella salían de la estancia segura—. Nos vemos luego.
—¡Adiós, Katia! ¡Adiós, Chris! —se despidió Dónut. Intentaba sonar animada, pero me percaté de la tristeza en su voz. Katia se inclinó para darle un beso a la gata en la cabeza, y Dónut sollozó en ese momento.
Mongo graznó con pesadumbre.
—Nos vemos esta noche —dije.
Katia se me quedó mirando.
—No hagas ninguna tontería.
—Te prometo que no —mentí.
Tan pronto como se marcharon, Dónut y Mordecai se dirigieron al asentamiento para irse de compras.
En aquel no había club Desperado y yo aún no me sentía seguro intentando entrar en el club Vencedor, por lo que dependieron por completo de las tiendas que hubiese por el lugar para encontrar los suministros que necesitaban.
Solo nos quedaban cien mil de oro después de comprar las dos habitaciones nuevas y teníamos que encontrar el conjuro Escudo para Dónut. Mordecai también quería hacerse con un objeto que tuviese un encantamiento llamado Garganta de oro, que al parecer era la versión de la mazmorra del autotune .
La nueva clase de barda de Dónut no usaba puntos de maná.
Lo único que tenía que hacer para lanzar conjuros era ponerse a cantar.
Estaba genial, claro, pero había un problema.
Un problemón. La canción tenía que sonar afinada, por lo que la clase no nos servía de nada hasta que no encontrásemos ese objeto.
¿Que por qué?
Pues porque cuando Dónut intentaba cantar sonaba como una gata borracha de helio a la que acabasen de aplastar con una apisonadora.
Y aunque lo de bailar no se le daba muy mal, cuando las notas empezaban a brotar de ese gaznate desafinado, el ritmo de su cuerpo pasaba a ser el de un burro de tres patas intentando bajar unos escalones congelados.
Había dos tipos de canciones. Algunos de los conjuros hacían que apareciese la letra flotando frente a ella en el aire, por lo que tenía que cantar en plan karaoke inventándose la melodía. Al parecer, daba igual cuál fuese dicha melodía mientras estuviese afinada.
Pero dos de los conjuros funcionaban de forma diferente. Cuando elegía uno de ellos, la melodía empezaba a sonar de fondo y tenía que inventarse la letra sobre la marcha. Al parecer, también daba igual lo que dijese la letra mientras cantase afinado.
No sabía cuál de las dos opciones era peor, la verdad.
Pero eso no impidió que Dónut intentase lanzarlos una y otra y otra vez.
Los primeros tres conjuros servían de apoyo al grupo: Aplauso cerrado, que aumentaba la Destreza de todos los integrantes y hacía que nuestros conjuros fuesen más poderosos.
Séquito, que creaba varias versiones ilusorias de todos los del grupo, y Bis, que era un conjuro de Sanar grupo que también eliminaba algunas desventajas.
Mordecai se había quedado muy sorprendido con este último.
Dónut había conseguido lanzar estos tres manteniendo una voz regular y monótona.
Las canciones eran poco más que un párrafo corto.
Por desgracia, la potencia del conjuro estaba ligada a la calidad de la interpretación.
Es por ello por lo que todos sus conjuros iban a ser muy débiles hasta que encontrase esa ventaja con el autotune .
Las otras dos canciones eran conjuros ofensivos y no podía lanzarlos por el momento. Uno era un ataque psiónico y el otro uno de hielo, como los de Elle.
Dónut también había recibido un conjuro normal gracias al Club de Grimorio por Piso de la Mazmorra.
Se llamaba Día de colada y servía para eliminar un objeto de armadura de un oponente y tirarlo al suelo.
Cuanto más nivel tuviese el conjuro, más poderoso era.
A nivel 5, servía para quitar pecheras y otras partes del torso.
A nivel 10, para desnudar por completo al oponente.
A 15, podía hacerlo con varios enemigos al mismo tiempo.
Gracias al nuevo estudio de magia, podíamos entrenar los conjuros como si estuviésemos en la sala de entrenamiento, pero a diferencia de esta solo podía usarlo una persona cada vez.
La habitación también era necesaria para algunas de las pociones de alto nivel de Mordecai, pero no tenía muy claro cómo iba a usarla él.
Es por eso por lo que tuvimos que organizar un horario muy estricto.
Dónut se pondría a subir Proyectil mágico, que se había estancado a nivel 11 a pesar de todo lo que lo usaba, y yo seguiría entrenando mi conjuro Miedo, que no había pasado de nivel 5.
Envié un mensaje a Dónut y le dije que se pusiese a practicar con Día de colada mejor. No cuestionó mi decisión.
—¿Y si le ocurre algo a Katia y no la podemos proteger? —me preguntó después de que los demás se marchasen—. Mongo nunca me perdonaría si le ocurriese algo a nuestra amiga.
Rasqué a la gata detrás de la oreja.
—Es muy probable que, ahora mismo, esté más segura lejos de nosotros.
—Vamos, Dónut —dijo Mordecai—. A comprar.
El Mazo hizo un amago de seguirnos al exterior, pero Mordecai levantó una mano peluda de osezno—. Será mejor que te quedes, grandullón.
—Tranquilo, Macito —dijo Dónut—. Quédate por aquí. No tardaremos mucho.
El cretino gruñó y luego se volvió a girar hacia la recreativa de Frogger , que habíamos tenido que mover para colocarla junto a las pantallas de televisión.
Tras ampliar el lugar con dos habitaciones más, el espacio personal empezaba a llenarse.
Aún cabían una o dos estancias adicionales, dependiendo del tamaño, pero a partir de ahí íbamos a tener que buscar la manera de desbloquear el segundo piso.
Fui directo hacia la nueva habitación, el taller de fabricante de bombas avanzado. Era pequeña, de unos tres metros de ancho, pero alargada. Me hizo sentir como si estuviese en la calle de una bolera.
Iba a seguir haciendo gran parte del trabajo en la mesa de zapador, pero aquel lugar tendría dos funciones principales.
La primera era «copiar» un diseño o un explosivo existente y hacerlo aparecer en el taller, donde podía colocarlo y hacerlo explotar.
No había explosiones propiamente dichas en aquel lugar, sino que eran virtuales, como si fuese un videojuego.
También me permitía crear una persona o un grupo de personas virtuales en miniatura, o incluso una aldea entera, colocar la bomba, activarla y comprobar el efecto que tenía.
Además, podía pausar la explosión para ver bien cómo estallaba según su ubicación.
Luego, podía volver a la mesa y usar esa información para ajustar el diseño, el estallido o la potencia.
El sistema no era perfecto, eso sí. A veces te daba como resultado un abanico de opciones que podían llegar a ocurrir.
Era algo en lo que el libro de cocina insistía mucho.
Que explotase de cierta forma en la simulación no garantizaba que fuese a hacerlo así en la realidad.
Había miles de factores ambientales leves que podían llegar a afectar a la explosión.
Como el taller era la versión «avanzada», también podía probar bombas y explosiones incendiarias que no tenía en el inventario.
Podía crear una bomba virtual y ver cómo funcionaba.
Por ahora solo podía usar objetos que tenía en el inventario, pero con suerte eso cambiaría una vez consiguiese algo de experiencia.
La segunda función de la estancia era la mesa de creación que había al fondo, donde podíamos modificar explosivos de verdad.
Era una mesa de trabajo especializada, y a nivel 1 no era tan buena como la de zapador de nivel 5 que ya tenía yo, sobre todo a la hora de crear explosivos desde cero. Al menos por ahora.
No obstante, la mesa estaba diseñada para examinar y diseccionar explosivos y también era absolutamente necesaria para diseñar algunas bombas a gran escala.
Me quedé de pie frente a la mesa, temblando.
Por primera vez desde que me había hecho con ella, saqué la bomba llamada el Juicio Final de Carl y la coloqué en la superficie.
Dicha superficie se remodeló para acomodar la vitrina de segadora de cristal, que brillaba como un sol en miniatura.
Aquella cosa estaba a un microsegundo de explotar y no había nada que pudiese hacer para evitarlo, pero sí que podía examinarla.
La copié usando la interfaz del taller para poder trastear con ella en el simulador.
Luego volví a guardar la de verdad en el inventario con manos aún temblorosas.
Algún día terminaría por usarla. Algún día.
«Muy bien —me dije—. Deja de perder el tiempo y ponte manos a la obra».
Nos quedaban veintiuna horas para que soltasen a los cazadores y unas seis o siete hasta que la oscuridad se apoderase de la selva. Saqué un cartucho de dinamita hobgoblin y empecé a cortarlo con mucho cuidado en veinte pedazos.
El viaje para ir de comprar había sido una decepción en general, pero Mordecai había conseguido muchas hierbas y suministros de los comerciantes del asentamiento.
Hasta había recogido algunas plantas del suelo.
El problema fue que no encontraron el conjuro Escudo ni ningún objeto mágico con el encantamiento Garganta de oro.
Aún no había nada bueno en la interfaz de la tienda, pero sabía que eso iba a cambiar dentro de unos pocos días.
Mordecai quería que saliésemos y empezásemos a buscar un tipo de seta pequeña que solo aparecía por la noche.
—Estarán en la base de los árboles del pueblo, por lo que no tendréis que salir a la selva.
Esto es igual que el tercer piso. Manteneos alejados de los callejones y estad pendientes por si veis algunas de esas mascotas.
Por la mañana llegará una caravana al lugar, y creo que deberíais seguirla cuando se marche.
Se dirigirá hacia el sur para llegar hasta un asentamiento mayor que este.
Desde allí, podréis empezar a construir una zona defensiva para poneros a grindear .
Es muy probable que el equipo de producción de La venganza de la hija os meta en algún lío dentro de poco, si es que no han cancelado esa historia, por lo que me gustaría asegurarme de que estáis preparados para cuando ocurra.
Pero ahora mismo solo necesito las setas.
—Que sí. Iremos a buscar tus hierbitas. Salimos ya —comenté—. Bomo, ¿podrías acompañarnos?
—¿Seguro que quieres llevarlo? —preguntó Mordecai.
—El Mazo sí que se va a quedar encerrado —respondí—. Pero podemos arriesgarnos a sacar a Bomo.
—¿Crees que esos cazadores pueden ver lo que hacemos?
—preguntó Dónut mientras salíamos del asentamiento.
Me olió a tierra húmeda y todo estaba muy oscuro ahí fuera.
Un par de criaturas arbóreas pasaron frente a nosotros sin hacernos el más mínimo caso.
Una pareja de monos se balanceaba entre sus ramas.
Dónut hizo un amago de lanzar el conjuro Antorcha, pero hice un ademán para detenerla—.
En plan…, ¿podrían hacer trampas y tener amigos que estuviesen viendo el programa desde el exterior, siguiéndonos, para luego contarles dónde estamos en cada momento?
—Pues, en teoría, la gente que está fuera de la mazmorra no puede hablar con los de dentro, ni siquiera con los turistas, pero ya sabemos cómo se las gastan aquí.
El hecho de que nos hayan demandado por nuestro plan del piso anterior es prueba suficiente para saber que nos vigilan muy de cerca.
Creo que deberíamos dar por hecho que terminarán por saber lo que estamos haciendo.
Eso sí, no creo que tengan línea directa, sobre todo teniendo en cuenta que el acceso al club Desperado quedó inutilizado en el noveno piso.
Pero terminarán por enterarse. Por ello, tenemos que mantener en secreto nuestros planes lo máximo posible.
Por cierto, ¿podrías hacerme un favor muy rápido? ¿Podrías guardar a Mongo?
—Pero para mantener en secreto nuestros planes primero necesitamos un plan —comentó Dónut—.
Mongo, venga. Métete en el transportín. No, suelta eso.
Creo que es caca de micónido. Venga, Mongo.
Haz lo que te ha dicho mami. ¡Buen chico!
¡Buen chico, Mongo! —Volvió a girarse hacia mí—.
Pero también es agradable no estar con secretitos un día o dos.
Me servirá para ponerme a practicar las canciones. ¿Por qué querías guardar a Mongo?
—No practiques las canciones en el asentamiento —dije al tiempo que extendía el brazo para rascar a Dónut—. Podríamos activar la amenaza de esos micónidos y no nos conviene. Además, me gustaría pedirte perdón por lo que estoy a punto de hacer.
—¿Pedirme perdón por qué? ¿No hemos salido a coger hierbas?
—Nos vamos a ir de cacería ahora mismo. Pero será rápido. Prepárate.
C ARL : Bomo, lanza el conjuro. Envíanos a las escaleras en Zockau. Ya.