La mascarada del carnicero (Carl el Mazmorrero 5) Capítulo 3
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Capítulo 3

—Me gustaría pasar un tiempo a solas con mi cliente —dijo mi representante legal cuando apareció en la estancia. Había pedido un abogado, Orren se había quedado en silencio y, un instante después, apareció una nueva criatura junto al intermediario.

—¿A solas? —preguntó Orren, como si le divirtiera la situación—. Este es mi despacho. Puedo desconectar la retransmisión a los demás, pero tendréis que sufrir mi presencia.

Me quedé tan sorprendido porque hubiese funcionado lo de pedir un abogado que casi ni escuché la conversación. Todo lo que había leído aseguraba que los abogados no empezaban a verse en la mazmorra hasta el décimo piso.

Quasar.

Abogado defensor del mazmorrero n.º 4.122.

La pequeña criatura empezó a brillar mientras Orren lo examinaba. Yo estaba muy seguro de que aquel alienígena no estaba en la estancia con nosotros en forma corpórea, pero no podía confirmarlo a menos que intentase tocarlo.

Era un extraterrestre gris. Gracias a haber leído algunas descripciones del libro de cocina, sabía lo que era aquella criatura.

Se trataba de un nuliano, aunque en general se los llamaba «nulos».

Los había visto alguna que otra vez entre el público de los programas de entrevistas, pero no eran muy habituales.

Era una especie parecida a los mitigadores, aunque estos últimos eran mucho más altos.

El tipo mediría cerca de un metro cuarenta centímetros.

Se parecía al típico alienígena del Área 51 con la piel gris, ojos grandes y cabeza protuberante.

Llevaba un traje marrón con una corbata que tenía una ilustración de lo que parecía ser una nula bailando el hula-hula.

Dicha ilustración estaba animada y no dejaba de girar sobre sí misma.

A diferencia de lo lento que hablaban sus hermanos mayores, este tipo parecía una ametralladora inclemente y tenía acento de Nueva York, lo que era incluso más inquietante.

—Vas a tener que salir de la estancia —insistió Quasar a Orren—. Las normas son las normas. Tengo que hablar a solas con mi cliente.

—Desconectaré mis receptores de sonido. ¿Te parece bien así? —preguntó Orren—. No me voy a ir. Tu cliente y tú podéis salir si queréis, pero no os lo recomendaría. Hay entradas al club Desperado en Zockau.

La amenaza había sido muy clara. Podía haber cazadores en la pista de baile.

Quasar suspiró con dramatismo.

—Muy bien, pero si te enteras de algo la IA del sistema lo sabrá y pondré una reclamación. La última que pusimos fue bastante desagradable para tu compañera, ¿recuerdas? Y saca esos objetos de aquí. Mi cliente no va a tocarlos a menos que firmemos un acuerdo.

—Tenéis cinco minutos —dijo Orren mientras se hacía con los relojes y con la caja de movimiento. Los objetos desaparecieron. Luego extendió el brazo y se tocó el lateral de la cabeza, supuse que para desactivar los auriculares o lo que quiera que usase para oír. No vi que ocurriese nada.

Quasar hizo un movimiento rotatorio con un dedo para indicarle que se diese la vuelta en la silla.

El intermediario gruñó, pero accedió a hacerlo.

La criatura con cabeza de pecera sacó lo que parecía una pelota de goma y empezó a hacerla rebotar contra la pared de detrás y cogerla con destreza cada una de las veces que volvía hacia él.

El nulo se quedó mirando a Orren unos instantes y luego se encogió de hombros. Después, se acercó al escritorio y se apoyó en él girado hacia mí. Sacó un objeto que parecía un vapeador con forma de tubo e inhaló. El humo se pixeló al expandirse, lo que me confirmó que era un holograma.

—Vamos a ver, chico. Esto tiene que ser rápido. Estás en la mierda y están a punto de llegar los mayores. ¿Me sigues?

—Que… ¿Qué? —pregunté, intentando encontrarle algo de sentido a lo que acababa de decir. No podía apartar la mirada de la alienígena bailando el hula-hula de su corbata. La ilustración me guiñó el ojo en ese momento—. Esto… ¿Eres un abogado? ¿Trabajas como los abogados de la Tierra?

—Mira, chaval. Si te vas a poner a balbucear, nuestra relación va a ser muy corta.

No tengo ni idea de cómo trabajan los abogados de tu planeta, pero la experiencia me dicta que son prácticamente iguales en todas partes.

Tenemos prisa, por lo que hay que cortar los jijijajás de la primera cita y pasar a la parte en la que las cosas se ponen serias, ¿lo pillas?

Se me ocurrieron millones de preguntas, pero me limité a asentir.

—Primero, no creas nada de lo que te ha dicho este gusano.

La mayoría de los Valtay son unos embaucadores de mierda, pero los desnudos son los peores.

El hecho de que no tengan cuerpo es señal más que suficiente para saber que son de la peor calaña.

Y si encima son intermediarios… pues eso.

Cuando eras pequeño, ¿conociste alguna vez a algún niño capaz de chivarse a los adultos por algo que habíais hecho solo por mojarle sus receptores?

Pues ese es el tipo de escoria que se convierte en intermediario.

Que les den. —Dio una calada larga al vapeador —.

¿Has entendido? Los intermediarios son basura.

—Levantó la voz, como si estuviese poniendo a prueba que Orren no reaccionaba ni lo más mínimo.

No lo hizo—. De ahora en adelante, siempre que te hagan aparecer en un sitio así no digas nada excepto: «Quiero hablar con mi abogado».

¿Vale? Y por su teta izquierda, no toques nada hasta que llegue yo.

Lo has hecho bien. Estaban intentando tentarte para que cogieses el artefacto mientras estaba en bloqueo administrativo.

De haberlo hecho, habrían tenido derecho a borrarlo.

—Dios —comenté mientras miraba el espacio del escritorio donde habían estado las partes del portal.

—Sí, a ese administrador pez del fango le estaba dando un ataque. Esos idiotas quieren que te lo quedes aunque se la hayas montado buena. Una cosa sí te voy a decir, chico: la verdad es que me has sorprendido un poco y todo.

—A ver. Entonces ¿vas a ser mi abogado a partir de ahora?

—Así es. Me llamo Quasar, por cierto. Seré tu defensor y el de nadie más, así que no trabajo para esa gata ni para la señora rara que se transformó en una pala. Solo para ti.

—¿Y tu trabajo es protegerme, intentar que no me hagan nada?

—¿Que no te hagan nada? —Soltó un bufido—.

Cuando un mazmorrero llega al décimo piso, no se puede decir que tenga mucho control sobre su destino.

Se convierte en un ciudadano del Sindicato de manera oficial, y cuando alguien se convierte en ciudadano del Sindicato, este lo destroza y se dedica a joderlo sin piedad.

No puedo evitar que te den por culo, pero podría decirse que seré tu condón.

¿Tenéis condones en vuestro planeta? Todo el mundo tiene condones.

Pues eso, que el culo te va a doler haga lo que haga, pero al menos no cogerás una infección de ácaros trípticos genitales.

—¿Y qué ganas tú con esto? —pregunté.

—¿Qué gano yo? Por sus tetas, chico. ¿Además de un dolor de cabeza, quieres decir? Pues créditos. No muchos, eso sí, pero suficientes como para seguir comprando sacudidas de receptor y bastoncillos de gelatina. Soy un nulo. Los ricos no suelen contratar a los que son como yo, así que aquí estamos.

Intenté averiguar si la defensa de aquel tipo iba a ser mejor o peor para mí. Sospechaba que no tenía elección.

—¿Y qué evita que el Imperio Calavera te soborne para joderme vivo?

Soltó una carcajada.

—Me encanta como piensas, chico. Los humanos sois tan paranoicos como mi especie.

—Le dio otra calada a aquel vapeador tan extraño.

El dispositivo se iluminaba con cada una de ellas—.

Supongo que estás teniendo en cuenta la ética y el orgullo que suponen haber trabajado y estudiado durante veinte ciclos enteros para defender a cabrones como tú, ¿no?

Pues la respuesta corta es que no hay nada que evite que un tercero intente sobornarme.

Pero las buenas noticias para ti son que ya estás jodido y que, si quisiese hundirte en la miseria, lo único que tendría que hacer es no actuar.

Es por eso por lo que, si ves que estoy haciendo lo mínimo, sería una señal de que el rey Óxido me ha estado untando.

Pero, aunque no lo creas, tengo mi orgullo.

El día que acepte un soborno de esos imperialistas de mierda con cara de cerdo mi vida habrá dejado de tener sentido.

—Nuestro representante nos comentó que los abogados no suelen aparecer hasta el décimo piso. ¿Qué haces aquí entonces? —pregunté.

—Mira, ¿de verdad quieres pasar el poco tiempo que tenemos hablando de esto?

Tu representante tiene razón, pero la mayoría de los mazmorreros no tienen problemas con los intermediarios tan pronto.

Y menos en una reunión en la que está presente el subministro de la agencia de Especies Nativas.

El Sindicato tiene muchos departamentos, lo que significa que hay un burócrata o un comité para prácticamente todo.

Y cada uno de esos chupatintas y comités tiene normas, leyes y reglamentos que pueden llegar a remontarse a miles de ciclos.

Y todos esos departamentos son como dientes entremezclados que trituran todo a lo largo del tiempo para conseguir impulso y seguir avanzando.

Es una máquina perpetua que no parará hasta que el universo termine por implosionar.

¿Y cómo se engrasa dicha máquina? Pues con los cuatro lubricantes del universo: sangre, lágrimas, impuestos y abogados.

Cuando me di cuenta de que no había respondido a mi pregunta, Quasar cambió de tema.