La mascarada del carnicero (Carl el Mazmorrero 5) Capítulo 2
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Capítulo 2

Entrando en la selva.

Salí por la misma puerta por la que había entrado y empezó a caer un aguacero.

El lugar estaba cubierto por una vegetación muy densa y rodeado de arbustos con hojas del tamaño de una cometa.

La lluvia caía en ellos y me salpicaba en la cara, al tiempo que resonaba como si estuviesen tocando miles de pequeños tambores.

A pesar del agua, oía el trino de las aves y el zumbido de los insectos a mi alrededor, a más volumen incluso que la lluvia.

El ambiente estaba tan húmedo que hasta me costaba respirar.

Me dolían los pulmones y los sentí encharcados cuando tomé aire por primera vez.

De repente, dejó de llover. Sin más. Un rayo de luz iluminó un sendero estrecho.

Las hojas y los matorrales no dejaron de gotear y de agitarse de arriba abajo.

Alcé la vista para comprobar si había techo, pero lo único que vi fueron las copas de los árboles.

El ambiente seguía húmedo y agobiante, pero me llegó un leve aroma a flores.

Me di la vuelta y vi que la puerta por la que había llegado se había transformado en una letrina portátil, ahí en mitad de la selva. Abrí titubeante la puerta de plástico y comprobé que en el interior solo había un baño normal y corriente. La cerré y luego eché un vistazo a mi alrededor.

Había un sendero que salía del bosque. Aparecieron dos puntos blancos en el mapa, a unos seis metros, pero no veía qué eran debido a la vegetación. Dónut y Katia me habían comentado con qué iba a toparme, ya que ellas también habían aparecido por la zona, fuera de un asentamiento.

Me dirigí hacia los puntos. Ambos tenían un brillo azul, lo que indicaba que contaban con equipamiento mágico.

En ese momento, apareció frente a mí un muro de bambú de unos tres metros de alto con una puerta.

Los guardias estaban apostados en el interior, cada uno con una lanza enorme que sobresalía unos treinta centímetros por encima del bambú.

Me quedé quieto para examinar a las criaturas.

Lo primero que me pareció ver fue a unos samuráis delgados y altos con rostros pintados de blanco, pero luego parpadeé y vi lo que eran en realidad.

Micónidos. Con dos brazos, dos piernas y sin cuello.

Lo que en un primer momento se me antojaron como gorros cónicos asiáticos resultaron ser los sombreros de una seta.

Las criaturas esbeltas y de color amarillento no parecían haberme visto.

Tenían rostros pintados de blanco de apariencia vagamente humana que miraban hacia el infinito.

Cada una mediría unos dos metros y medio de alto y se quedaron del todo rígidas mientras me acercaba.

Llevaban una túnica holgada y negra con reflejos rojos que se ataban al «tallo» justo por debajo de la cara.

El agua les goteaba de los sombreros de seta.

Campana funeraria. Nivel 95.

Me gustaría pedirte disculpas de antemano por esta descripción, pero disculparme significaría que me arrepiento. ¡Y yo nunca me arrepiento de nada!

Estos tipos con cara de seta no son cetáceos.

Las campanas funerarias son unos guardias que tienen la misión de proteger los asentamientos pequeños del sexto piso. A diferencia de los espadachines de la Ciudad Epigea, estas criaturas no tienen sentido del humor alguno. Además, trabajan día y noche. No deberías hacerlos enfadar.

—Hola, caballeros —saludé mientras me acercaba a la puerta.

Tras ellos, distinguí un pueblo de buen tamaño rodeado por aquella muralla de bambú.

Parecía haber mucha actividad en el interior.

Elfos y criaturas parecidas a árboles deambulaban de un lado a otro.

Había bares y tiendas de varios pisos por las calles, muchas de ellas construidas junto a los árboles.

Algunas estaban incluso dentro de esos mismos árboles.

Era como un pueblecito de tipo alemán con algunas casas del árbol.

Unas criaturas pequeñas y peludas parecidas a monos brincaban por las ramas.

El chapitel de un club Vencedor se alzaba en la distancia contra la muralla de bambú del otro extremo. La punta dorada relucía a la luz tenue.

Entrando en el campamento de dríades de tamaño medio.

Me quedé muy quieto para sopesar lo que estaba viendo y oler el ambiente.

El lugar era bonito. Podría llegar a considerarse un sitio idílico incluso, si no fuese porque estaba en esta mazmorra infernal.

Recordé mi sueño, mi sueño distante y ya imposible de conseguir un trabajo en el bosque, lo más lejos que pudiese del océano.

Era un sueño tonto, la verdad. Trabajar de guardabosques cuando lo cierto era que no había estudiado para ello. Quizá me hubiese dado tiempo de hacer un curso. De ir a clase o algo así. La verdad es que no sabía cómo se conseguía ese tipo de trabajo. Pero ya daba igual.

A mi izquierda, el primero de los guardias cayó al suelo.

Estaba ahí de pie tan tranquilo y, un instante después, cayó como si lo hubiesen talado por la base.

Lo hizo frente a mí y me bloqueó el camino.

El sombrero de seta que tenía por cabeza se arrugó como una lata al chocar contra el suelo.

La lanza enorme repiqueteó contra los adoquines de piedra.

Yo no me moví y me quedé mirando. La criatura no estaba muerta, pero vi la desventaja Paralizado titilando sobre su cabeza.

La segunda campana funeraria emitió una especie de graznido y soltó la lanza. Después también cayó.

«¿Qué cojones?».

El instinto me hizo activar Caparazón protector en aquel mismo instante.

Empecé a oír un siseo iracundo y algo chisporroteó junto al conjuro.

«Hay algo invisible».

Lancé una cortina de humo con la esperanza de ver algo de movimiento entre las volutas.

Me dieron ganas de lanzar una hobomba, pero no sabía en qué dirección hacerlo.

Había PNJ por todas partes, y sabía que los guardias vendrían a por mí si le hacía daño a cualquiera de ellos.

Tenía que herir al monstruo, ya que la mayoría de las criaturas invisibles aparecían al recibir daño.

Un cuerno sonó detrás de mí. Unos gritos empezaron a oírse por el asentamiento. El caparazón volvió a chisporrotear, pero seguía sin ver por qué. Bajé el brazo y cogí la lanza enorme que había soltado el guardia.

Aviso: Recibirás una penalización al usar armas de filo.

C ARL : Necesito ayuda. En la entrada del pueblo.

Tracé un arco hacia delante con la lanza como si fuese una porra, justo al otro lado del conjuro, para intentar hacerle daño a ese maldito enemigo.

¿Qué era? No podía ser un cazador, ya que todos estaban encerrados en la otra ciudad.

Tenía que ser una criatura. Acababa de dejar incapacitados a dos guardias de nivel 95 como si nada.

Los enemigos invisibles siempre eran preocupantes, pero las gafas de sol de Dónut permitían verlos.

Aunque ahora no me servía para nada. Tenía que actuar rápido.

Empecé a repasar el inventario mientras lanzaba tajos a diestro y siniestro sin suerte.

El caparazón iba a desaparecer dentro de unos pocos segundos.

En ese momento se me ocurrió una idea. Pólvora.

Aún tenía varios sacos de la sustancia, cada uno del tamaño de un forro de almohada.

Solté la lanza, saqué uno y lo lancé justo cuando desapareció el caparazón.

El saco empezó a girar por los aires mientras la pólvora negra no dejaba de derramarse.

Chocó contra algo sólido, y vi la silueta de la criatura cubierta de pólvora.

—¡Mierda! —grité al tiempo que me agachaba.

Siseó antes de pasar a toda velocidad sobre mí.

Era más pequeña que Dónut y muy rápida. Cayó al suelo, se sacudió y consiguió quitarse de encima la pólvora, aunque le quedó la suficiente como para saber dónde se encontraba.

Detrás de la criatura invisible apareció una hilera de campanas funerarias que se acercaba despacio.

En ese momento, apareció su punto en el minimapa. No era rojo, sino naranja. Una mascota. Pero no tenía sentido. El caparazón no debería haber funcionado con mascotas. A menos que…

«Claro —pensé—. Tendría que haberlo probado antes».

Busqué el nuevo conjuro Tañido en la lista y lo lancé.

Pling.

El ruido se parecía mucho al del sonar de un submarino. Avanzó, y el mapa brilló al mismo tiempo. Marcó todas las criaturas que no eran ni enemigos ni mazmorreros en la zona. Seguía teniendo a esa cosa justo delante de mí, lista para volver a abalanzarse.

—Uf —grité cuando un segundo punto naranja me atacó por detrás. Sentí un par de colmillos calientes que se me clavaron en el cuello.

¡Te han paralizado!

Caí al suelo incapaz de moverme. Intenté usar una poción de sanación, pero no me dejó hacerlo. Era lo mismo que les habían hecho a los guardias. También los habían paralizado.

—¡Ya voy, Carl! —gritó una voz. Era la de Dónut.

No me podía mover y apareció sobre mí un contador de cinco minutos. Cinco minutos. Era demasiado tiempo, joder. Sentía como si tuviese las extremidades ardiendo.

Oí el disparo de un proyectil mágico que golpeó de lleno a la primera de las criaturas, la que estaba cubierta de pólvora. Cayó de espaldas y aulló mientras el pelaje le ardía y crepitaba. En ese momento perdió la invisibilidad. La salud le había bajado a la mitad.

Era un monstruo peludo, de un negro azabache y parecido a un hurón, con seis patas y demasiados dientes.

Estos eran afilados y excesivamente grandes para su cara; le sobresalían por todas partes.

Dónut volvió a disparar y dejó a la criatura con muy poca vida.

El pelaje siguió crepitando a causa de la pólvora, como beicon en una sartén.

Dónut disparó un tercer proyectil al segundo de los monstruos, el que me había mordido el cuello.

La criatura soltó un siseo. No la vi, pero sí que la oí caer al suelo para luego intentar escapar.