Capítulo 1 #3
Se han abierto vuestras últimas opciones de patrocinio y ha dado comienzo la puja. Eso es todo por el momento. Ahora, ¡salid ahí fuera y matad, matad, matad!
Mientras se reproducía el anuncio, los PNJ empezaron a limpiar la estancia y a cerrar el estadio.
Un grupo de cocodrilianos empezó a recoger las cuerdas de terciopelo y los postes.
Un cretino se paseaba por la zona con una escoba y una papelera, mientras un grupo de elfos empezó a enrollar las alfombras rojas. Me pareció una imagen estúpida.
Un elfo encapuchado se acercó mientras yo escuchaba el anuncio. Arrastraba un carrito vacío donde supuse que iba a cargar las alfombras. Se quedó quieto para mirarme mientras yo estaba centrado en el mensaje. Lo examiné con cautela.
Ian. Elfo de los arbustos. Nivel 30.
Ayudante del estadio de registro.
Se trata de un PNJ no combatiente.
¿Sabes esos chicos emo que siempre estaban deprimidos en el instituto y que se sentaban en el suelo durante la hora de la comida?
Si tenían actividades extraescolares, estas siempre eran teatro, la comisión del anuario o el temido club de anime.
Querían cambiar el mundo guiándose por una causa de mierda.
Todos trabajaban en esa cafetería donde servían batidos.
Luego, al terminar el instituto, la sociedad los absorbió.
Fue como tirar un líquido negro en un arroyo caudaloso: se diluyeron.
Un parpadeo y ya no estaban allí. Habían desaparecido junto a su tinte negro y todos sus sueños.
Pues eso es un elfo de los arbustos. Criaturas antaño orgullosas y de aspecto casi indistinguible de los altos elfos que han terminado siendo los tipos normales y corrientes de la especie.
Si los miras muy detenidamente, verás las arrugas alrededor de sus ojos o la leve chepa que ha empezado a salirles.
Es una prueba de su derrota. Suelen usar magia druídica y trabajan en lugares donde los meten en cubículos.
A veces, recuerdan el pueblo poderoso que fueron en el pasado.
—Señor, estamos cerrando. Tiene que entrar en un cambiador.
—Perdón, estaba escuchando el anuncio.
—Sin problema, señor. Buena suerte.
—Gracias —dije—. Buena suerte también a ti. Te recomiendo que intentes pasar desapercibido a partir de ahora.
El elfo hizo una pausa y se me quedó mirando.
—Eres Carl, ¿verdad? Dicen que bombardeaste Larracos.
—Así es —respondí—. Vaya, las noticias vuelan por aquí.
—Los he oído hablar sobre el tema. A los otros mazmorreros, quiero decir. Dijeron que liberaste un dios feral entre los ejércitos y que ibas a volver a hacerlo en este piso.
—Pues no lo hice, no. Es lo que creían que iba a hacer. Pero, en lugar de eso, inundé Larracos. Iba a lanzarles un dios dentro de unos pocos días, pero me han quitado mi juguetito.
Ian asintió reflexivo. La criatura puso gesto nostálgico.
—Siempre lo hacen. Si consigues un poco de poder, te lo arrebatan.
La próxima vez, asegúrate de usarlo lo más pronto que puedas.
Ahora será mejor que sigas tu camino. Si entras en la selva, no te salgas del sendero.
Y mantente alejado de la ciudad de Zockau, incluso cuando haya terminado la cuenta atrás.
Está en la parte más septentrional. Es el lugar donde se encuentran los alienígenas.
No juegan limpio, así que ten cuidado. En la cacería de la temporada anterior, uno de ellos mató a mi hermano sin razón aparente.
Trabajaba en un puesto de comida y le arrancó la cabeza.
Como los guardias no lo vieron, no hicieron nada.
—¿Recuerdas las temporadas anteriores? —pregunté, intrigado de repente.
—Era humano, como tú. Hace mucho tiempo fui mazmorrero.
Normalmente soy ayudante en el club Vencedor, pero esta temporada me ha tocado ser limpiador urbano.
Nos usan para trabajar en los estadios de inicio.
Todos los que ves aquí fueron mazmorreros en otra época.
Creo. A veces me cuesta distinguirlos. Tengo que decir que este ha sido el grupo más pequeño que he visto jamás.
Y no debería de estar diciendo estas cosas.
Puedo meterme en problemas si me salgo del guion. Será mejor que sigas tu camino.
Asentí.
—Me marcho. ¿Sabes qué cazador mató a tu hermano? ¿Volverá este año?
Ian se estremeció.
—Sí, sí. Ella ha vuelto. Siempre vuelve. Se llama Vrah y es una mantis. Hay un grupo de unos veinte cazadores habituales que vienen todas las temporadas. Vrah se queda con las cabezas de todos aquellos a los que mata y se las pone por el cuerpo. No te acerques a ella, amigo mío. Ha matado a miles.
Se estremeció como si le hubiese dado un corrientazo. Sin mediar más palabra, miró al suelo y siguió arrastrando el carrito.
Me di la vuelta y entré por la puerta.
La estancia era pequeña, agobiante y olía a desinfectante.
Me pregunté cómo podía caber ahí dentro alguno de los mazmorreros más grandes, como Chris.
En la pared había una televisión antigua con una ranura para monedas iluminada.
En la pantalla, estática. Los pies se me quedaron pegados al suelo al entrar y tuve que levantar la pierna con fuerza.
Había un cartel manchado y escrito a mano en mi idioma en la pared.
«Solo una persona por puesto». En ese momento, me di cuenta con consternación de que aquel lugar era exactamente lo que parecía.
La pantalla titiló y apareció en ella una cuenta atrás de diez minutos. Se formaron unas palabras y también empezó a reproducirse el mismo mensaje con sonido.
Bienvenido, mazmorrero.
Tienes diez minutos para elegir tu mejora de clase. La tuya, anarquista moderado, necesita una especialidad. Tendrás tres opciones. Elige sabiamente, ya que el cambio no se puede revertir. Si no tomas una decisión, se elegirá al azar. Conservarás todas las mejoras de la clase anterior.
La voz robótica y sin emoción alguna era poco habitual para la mazmorra. Aparecieron las nuevas especializaciones en la pantalla:
Revolucionario.
Guerrillero.
Agente provocador.
No podía hacer clic ni interactuar con el menú.
Era una imagen en la pantalla y me vi obligado a quedarme mirando.
Mordecai y yo ya habíamos comentado cuáles serían las opciones más probables, y aquellas eran más o menos lo que nos habíamos imaginado.
Las tres contaban con una mejora de puntos de característica que no me esperaba.
Revolucionario.