Capítulo 15
– A manda Black —dijo con una cortesía perfecta—. Eric.
—Cond… —empezó Eric dando un paso hacia Salieri.
Lo sujeté por el brazo impidiendo que se acercara a él. Había algo que no terminaba de gustarme del todo.
—Veo que habéis sobrevivido —añadió el hombre—. Me alegra.
Era una frase amable que no se tradujo en el gesto de su rostro.
—¿Dónde está el Doctor? —pregunté.
Salieri sonrió apenas.
—Qué directa. Me recuerdas a tu tía Paula.
—Será cosa de familia —repliqué.
Eric me miró de reojo alarmado.
—¿Usted…? —empezó.
Salieri levantó una mano.
—No os inquietéis. Todo lo que está sucediendo… era previsible. Y, si se actúa con método, controlable.
La palabra método activó algo en mi cerebro. Allí estaba ocurriendo algo. Y, efectivamente, no me gustaba en absoluto.
—He venido a ayudaros —dijo Salieri—. A poner fin a esto.
Yo solté una risa seca.
—¿Y cómo se supone que va a hacerlo?
—Habéis reunido casi todos los fragmentos. Gracias a la espada… y a vuestra perseverancia. Ahora, sólo tenéis que dármelos y todo acabará.
Así. Sin más.
—Perdone…, ¿qué? —dije más por ganar tiempo que porque no le hubiese entendido.
—Los fragmentos —repitió con suavidad—. Son demasiado peligrosos para que los lleven encima unos niños. Deben ensamblarse de forma correcta. Con conocimiento. Con virtud.
Hablaba despacio, como si lo que decía fuese demasiado complicado para que lo entendiésemos. Nada que ver con cómo se había dirigido a nosotros el día anterior.
Sacudí la cabeza en una negación.
—No. Eso no va a pasar —recalqué, por si con la negación no había quedado claro.
La lámpara del techo crujió.
Una ráfaga fría recorrió el salón, como si alguien hubiera abierto una ventana. Pero las ventanas estaban cerradas.
Salieri no se movió. Sólo me observó.
—Amanda —dijo, y mi nombre sonó distinto. Más pesado.
Sentí una presión en la cabeza.
Una fuerza invisible, como una mano en mi nuca. Me empujaba. Me obligaba.
Apreté los dientes.
—No —me resistí.
Mi brazo tembló.
Eric dio un paso hacia mí.
—¡Eh! —dijo—. ¡No puede…!
No le dio tiempo a acabar.
La misma fuerza lo tocó a él y lo dejó rígido. No paralizado del todo, pero sí como si alguien le hubiera puesto una mano enorme en el pecho.
Yo luché contra aquella presión, pero las manos no me obedecían. Cogieron la mochila.
La cremallera sonó demasiado fuerte en el silencio.
—No…
Y, aun así, mi mano sacó la bolsa con el primer fragmento.
Frío. Pesado.
Me acerqué al hombre contra mi voluntad.
Lo dejé caer en la palma de Salieri.
Luego el segundo.
Entregarle cada uno era como arrancarme un trozo de victoria.
El conde los fue colocando sobre la mesa con cuidado.
Eric se acercó también, tenía la cara roja.
—Amanda… —murmuró—. No…
El tercer fragmento.
La presión aflojó de golpe.
Me quedé de pie, jadeando, con las manos vacías y un odio caliente subiéndome por el cuerpo.
Salieri juntó las tres piezas.
Una sonrisa se había dibujado en sus labios. Pero, de repente, frunció el ceño.
—Falta uno. ¿Dónde está el cuarto fragmento?
Eric y yo nos miramos.
Volvimos a sentir aquella fuerza apretándonos la mente. Temí que mis manos volvieran a la mochila y sacaran el cuarto, pero nada de eso sucedió. De la misma manera que había venido, la presión se marchó.
—Vaya, parece que no funciona, ¿no? —Me obligué a esbozar una sonrisa, aunque estaba agotada.
Salieri levantó la mirada y dio un paso. Esta vez, nada elegante. Ni siquiera pareció humano.
—Dámelo —ordenó con una voz distinta, áspera, profunda, casi un gruñido.
No. Aquello ya no era Salieri. El conde había abandonado el chat.
Crucé los brazos y afiancé las piernas en el suelo.
—No me da la gana —repliqué.
Salieri inclinó la cabeza y, durante un segundo, su expresión pareció divertida.
Era ese tipo de satisfacción fría que muestra alguien cuando cree que ya ha ganado y está a punto de demostrarlo.
—Parece que piensas que puedes resistirte a mi consejo —comenzó, y de nuevo pareció el conde—, pero esos pedazos los has ganado con mi espada. Sin saberlo, has sido mi campeona. ¿Sabes lo que es un campeón?
—En la Edad Media —explicó Eric—, un campeón luchaba en nombre de otra persona y los resultados contaban como de esa otra persona.
—Me sorprendes, jovencito. —Salieri se volvió hacia él—. Pues bien, al aceptar mi espada, tu amiga ha estado luchando en mi nombre, por lo que todos los fragmentos me pertenecen.
Sentí un vacío en el estómago.
Salieri paseó la mirada por la espada.
Eric me miró pálido.
—¡Yo he preparado el escenario! —exclamó Salieri alzando los brazos—. ¡Vosotros habéis interpretado!
Su voz cambió de nuevo y su silueta se distorsionó mostrando a alguien que no era él. Fue como si de repente otro hablase desde su interior. Usaba su garganta y su cuerpo con una seguridad antigua. Intentaba liberarse.
—La impulsividad. La violencia. El empeño en creer que la voluntad es suficiente… —enumeró, y remarcó cada palabra con un golpe en la mesa—. Diagnóstico: peligrosa pero predecible.
—El Doctor —dije.
Las palabras quedaron suspendidas en el salón.
Salieri —o lo que fuera— sonrió, satisfecho de que lo hubieran reconocido.
—Por fin —dijo.
—Encantada de conocerlo.
—Dámelo. —Alzó una mano exigente frente a mi cara.
—No.
—Es mío.
—La verdad es que no lo es —dije con mi tono más dulce.
—Claro que lo es. Dámelo, niña. Si lo has ganado con mi espada, es mío.
Sonreí.
—Ahí está la cuestión. Que no lo gané con tu espada… Ni siquiera lo gané yo, por lo que ese fragmento no te pertenece. Lo ganó Eric. Él es su propietario.
Se movió hacia mi amigo.
No sacó un arma.
No la necesitaba.
Extendió el brazo como quien va a tomarle el pulso a un paciente…, pero apuntó al corazón.
Eric retrocedió dos pasos.
Yo me interpuse.
—Ni se te ocurra —desenfundé la espada—. Si lo intentas…
El Doctor ni siquiera me miró.
—Te aconsejo que me lo des —le dijo a Eric—. Obedece o no superaréis la prueba.
El suelo tembló y la lámpara se balanceó en el techo.
El salón, por un instante, pareció inclinarse.
—No lo tiene él… Y, de nuevo, tienes que ser más específico —insistí, aunque ahora amenazando—. Si lo quieres, dame un motivo. Uno válido.
El Doctor alzó la barbilla.
—Perfecto —dijo, y su tono sonó encantado—. Una última lección.
Las puertas del salón se cerraron solas de golpe.
La galería superior crujió.
No fue un crujido normal de edificio viejo. Fue el sonido de algo cambiando de sitio, como si el palacio estuviera recolocándose.
Un tornillo saltó de la barandilla y cayó al vacío con un sonido metálico que tardó mucho en apagarse.
Demasiado.
Alcé la vista y me quedé congelada.
El salón de baile ya no era un salón.
El suelo se había desmoronado, sólo quedaba una plataforma de mármol unida a la escalinata central.
Sobre ella estábamos nosotros y el Doctor.
Alrededor, sólo había oscuridad, una nada inmensa, como si algo se hubiese tragado el resto del palacio.
Y arriba, la galería que rodeaba el salón se había reducido hasta convertirse tan sólo en una pasarela de metal estrechísima, apenas un camino del ancho de un pie humano; a los lados, el vacío.
El Doctor alzó una mano tranquilo.
—Arriba —ordenó.
El suelo bajo nuestras botas nos empujó, nos obligó a movernos. Eric me agarró del brazo, asustado.
Corrimos hacia una escalera lateral. Los peldaños parecían más largos de lo normal. Llegamos arriba jadeantes y sudorosos.
El Doctor seguía en su isla, quieto, seguro. Nos observaba.
—No mires abajo —le dije a Eric.
—Ya he mirado.
—Genial —murmuré—. Pues no te separes de mí. Pisa donde yo pise.
La voz del Doctor llegó desde abajo, nítida, como si nos hablara desde el mismo centro de nuestras cabezas.
—Tenéis dos opciones —dijo—. La sensata… y la vuestra. Si aceptáis lo evidente —continuó—, si comprendéis que la obediencia es la forma más inteligente de seguir vivos…, me daréis lo que falta y saldréis caminando.
—¿Y si no? —pregunté.
El Doctor sonrió. Desde nuestra posición, aquella sonrisa era un trazo blanco en mitad de la oscuridad.
—Entonces avanzáis por esa pasarela —dijo casi amable—. Hasta mí.
Miré el camino estrecho. El precipicio a ambos lados parecía más grande que el propio palacio.
Algo se movió al lado de Eric.
Una cuerda colgante que antes debía de sujetar una lámpara se tensó sola y se deslizó hacia su brazo con lentitud.
Nos empujaba a rendirnos. A aceptar su razón… Pero, por lo que fuera, yo no estaba muy dispuesta.
—Avanza, Amanda, ni de broma se lo vamos a dar.
Y, por lo visto, Eric tampoco.
La cuerda intentó enganchar a mi amigo.
La corté con la espada.
Abajo, el Doctor soltó una risita seca.
—Eso es. Seguid esforzándoos —dijo—. Cuanto más os resistáis, más interesante será la caída.
—Vamos, Eric, sigue —animé—. Esto es como un viernes cualquiera.
Mi amigo soltó una carcajada. Temblorosa, pero carcajada.
Los tablones dejaron de chirriar y de quejarse un segundo, como si la frase les hubiera molestado.
Avancé.
Eric me siguió con pasos cortos.
Una tabla crujió y cedió de golpe. Eric cayó con un grito.
—¡ERIC!
Lo agarré por la muñeca en el último segundo.
Sentí su peso tirando de mí hacia abajo. Con la otra mano, clavé la espada en la madera y me afiancé.
Lo subí a pulso con el brazo ardiendo por el esfuerzo. Él acabó cayendo de rodillas en la pasarela.
La voz del Doctor sonó, por primera vez, más tensa.
—Interesante.
—Sí —dije respirando fuerte—. Soy muy interesante. Ahora cierra la boca.
No esperé respuesta. Tiré de Eric y seguimos avanzando.
Al final de la pasarela, una puerta nos llevó de nuevo al salón. Había vuelto la normalidad. Los espejos de los muros nos devolvieron nuestro reflejo. Estábamos rojos por el esfuerzo y el pelo se nos pegaba al rostro debido al sudor.
Y allí estaba Salieri.
En mitad del salón, junto a la mesa donde había dejado los fragmentos.
El Doctor suspiró como un médico cansado.
—Amanda… —dijo—. Te resistes porque te crees libre. Pero la libertad es una ilusión cuando alguien comprende las reglas.