Capítulo 14
–¿ S e ha ido? —preguntó Eric en voz baja.
Asentí.
Una idea había empezado a formarse en mi cabeza.
—¿Me recuerdas qué papel tiene el Doctor en todo esto?
—Es el que lo sabe todo —susurró Eric mirando de reojo hacia el lugar por el que había desaparecido la sombra—. El que habla como si estuviera dando clase. Suelta palabras raras, te diagnostica la vida y espera que le aplaudas por ser más listo.
—O por parecerlo —murmuré.
—Exacto. No necesita la fuerza para ganar. Te hace dudar. Te mete normas en la cabeza. Te convence de que si no le obedeces, eres tonto o estás equivocado.
Noté un frío detrás de las costillas.
—O sea…, que su poder es la autoridad.
—La autoridad y el rollo infinito —añadió Eric—. Si te engancha en una discusión, ya ha ganado.
—Llama a mi tía, creo que vamos a necesitarla aquí antes de que termine la noche.
Salimos al aire frío del invierno veneciano, aunque apenas lo sentimos. Creía haber descubierto por fin quién era nuestro perseguidor, aunque necesitaba confirmarlo.
Había estado siempre ahí, vigilándonos, intentando controlarlo todo: el Doctor.
No podía ser nadie más.
Como si nuestros actos hubiesen sido dictados por él.
O eso creía él.
Pero había cometido un error: yo le había visto sin que él lo supiese.
El rostro tapado por una media máscara de cuero negro con una nariz redondeada y gruesa, casi como un pimiento. Los agujeros de los ojos eran tan estrechos que no te permitían ver lo que había detrás, pero me habían hecho sentir como si estuviese en un examen y él ya me hubiese suspendido.
Las ropas terminaban de convertirlo en un profesor antiguo salido de una pesadilla.
Iba vestido de negro de arriba abajo: un abrigo largo y pesado que colgaba en jirones, como si lo hubieran arrastrado por el fondo de un canal, y debajo una casaca oscura bien ajustada, también húmeda, pegada al cuerpo en pliegues pesados.
Los pantalones seguían el mismo patrón: negros, empapados, deshilachados en los bajos, como si el agua no hubiera dejado de morderlos en años.
Y, sin embargo, al cuello llevaba una gorguera blanca —o algo parecido— que parecía un círculo de papel rígido, impecable. Demasiado limpia. Tan perfecta que daba más miedo que la ropa rota, como si incluso la suciedad obedeciera una norma… y esa norma la impusiera él.
Saqué el móvil y en dos segundos encontré una imagen. Se la mostré a Eric.
—¿Es este el Doctor?
—Sí, ese mismo. ¿Por qué?
—Porque creo que es el que lleva toda la noche pisándonos los talones.
Mi amigo abrió mucho los ojos y sus labios formaron una O perfecta.
—¡Qué fuerte! ¿Qué hacemos? —dijo cuando consiguió reaccionar.
—Ahora lo perseguiremos nosotros. —Una sonrisa torcida me curvó los labios.
—Pero no sabemos dónde está.
—Me juego algo a que va al palacio Salieri. Creo que piensa que estamos jugando según sus normas.
Las calles eran un laberinto de piedra húmeda, de faroles con luz enferma y de ventanas oscuras que aun así parecían vigilarnos.
Cruzamos un puente, luego otro, y otro más.
El agua negra de los canales nos acompañaba en la carrera.
A veces el carnaval parecía muy lejano, un ruido apagado detrás de una puerta cerrada; otras, una carcajada de algún turista despistado nos rozaba y desaparecía en la niebla.
No paraba. No pensaba. Sólo avanzaba. Si me detenía a pensar, me daría cuenta de lo cansada que estaba.
Eric iba a mi lado. Respiraba como si estuviésemos corriendo una maratón, pero no se quejaba. Como yo, se movía ya casi por inercia.
Cada paso que dábamos nos acercaba al final.
Fuese el que fuese.
Llegamos al palacio situado en la plazuela, junto al canal que a aquellas horas ya dormía.
Santa Croce era un barrio más serio que el resto de Venecia y, por la noche, esa sensación se volvía más fuerte gracias a la piedra oscura, los portones enormes, los edificios clásicos y un silencio elegante que no era nada tranquilizador.
Más bien al contrario, nos resultó hasta amenazante.
Las ventanas del palacio estaban cerradas…, excepto una, en el segundo piso, donde se filtraba una luz tenue y amarillenta.
La puerta principal estaba entornada. Todo olía a trampa; sin embargo, no nos quedaba más que caer en ella.
Mejor dicho, que el Doctor pensase que habíamos caído en ella.
Empujé. La madera cedió con un chirrido. El aire del interior era más frío. Olía a cera para suelos y a madera barnizada; también había un rastro de perfume caro, como la noche anterior, que se había quedado atrapado en cortinas y alfombras.
Entramos.
El vestíbulo era enorme. Mármol. Columnas.
Un suelo que brillaba lo suficiente como para que mi reflejo se viera deformado, más alto, más delgado, casi el de otra persona.
Había retratos en las paredes: hombres con pelucas, mujeres con joyas, miradas orgullosas.
Y en el centro, una escalera ancha que subía hacia la oscuridad.
Avanzamos.
Y en cuanto di el tercer paso, el palacio respondió.
No con palabras. Con un sonido.
Un clic seco.
La puerta que acabábamos de cruzar se cerró sola detrás de nosotros con un golpe que me sonó bastante definitivo.
—Si intento abrirla, no voy a poder, ¿verdad? —preguntó Eric con resignación.
—No lo creo —respondí.
—Ya me lo imaginaba.
Desde algún lugar del piso de arriba llegó un murmullo. Era el sonido de alguien hablando. Parecía que consigo mismo, porque no escuché nada que indicase que alguien le contestara.
Comenzamos a subir la escalinata. Con cada paso la voz se hacía más potente. Sonaba a discurso.
Largo. Seguro. Satisfecho.
O mucho me equivocaba o aquella voz pertenecía al Doctor.
Agarré la empuñadura de la espada.
—Ten cuidado —le dije a Eric—. Si las cosas se ponen feas, sales de aquí, aunque tengas que romper una ventana… O cinco. Me da igual cómo lo hagas, pero te largas.
Él asintió.
En el primer rellano, un pasillo se extendía hacia la izquierda.
Y hacia la derecha.
Y al frente.
Demasiadas opciones con las que equivocarse.
—¿Por dónde? —susurró Eric.
Lo miré y me encogí de hombros.
La voz volvió a sonar. Esta vez más cerca.
Como si estuviera a escasos metros…, pero sin mostrar a su propietario.
—Seguid mi indicación —dijo una voz—. Id a la derecha.
Me quedé quieta.
Era una voz masculina, culta, con ese tono de quien te corrige, aunque todavía no hayas abierto la boca.
—No es una orden —añadió la voz—. Es un consejo. Y los consejos, cuando provienen de alguien más preparado, conviene aceptarlos.
—No acepto consejos no solicitados —dije en voz alta.
Y no mentía. En general, sólo acepto consejos de Eric, de Benson y de mi tía Paula.
Di un paso hacia la izquierda.
La voz rio con un sonido hueco y rasposo.
—Error —dijo.
La luz de los apliques parpadeó. El pasillo cambió sin moverse: se estiró, se alejó, como si alguien hubiera tirado de él desde el fondo. Los cuadros se duplicaron en las paredes y, donde antes había piedra lisa, brotaron puertas nuevas.
El Doctor continuó paciente.
—No os conviene improvisar. La improvisación es un vicio. Un síntoma. Y los síntomas hay que tratarlos con método.
Los retratos a ambos lados parecieron prestar atención y uno de ellos —un hombre con una peluca absurda y una sonrisa de superioridad— movió los labios.
—Método —susurró.
Otro retrato repitió:
—Método.
Otro:
—Obediencia.
Y uno más:
—O muerte.
Los rostros de los retratos empezaron a murmurar a la vez, un coro torpe e insistente que repetía las palabras del arquetipo como si fueran una verdad absoluta.
El aire se cargó de golpe; me picó la nariz con un olor casi eléctrico, de tormenta a punto de caer.
No era sólo el Doctor. Era una fuerza, el palacio entero empujándonos hacia la rendición.
—Tenéis dos opciones —dijo—. Reconocer que sois ignorantes y dejaros guiar… o persistir en el error hasta caer.
Eric me apretó el brazo, pero no dijo nada.
Intenté avanzar, pero el suelo se movió, un temblor leve, como si el pasillo estuviera a punto de desplomarse.
La voz esperó.
Apreté la empuñadura de la espada.
Podía discutir. Podía soltar un discurso sobre que yo no obedecía a nadie. Podía perder el tiempo.
Y justo eso era lo que el Doctor quería.
Si intentaba ganarle en su terreno, perdería; sin embargo, podía llevarle al mío. Que fuese él el que tuviese que explicarse, quien tuviese que razonar.
Alcé la barbilla.
—Tienes que ser más específico —dije.
Silencio.
Los retratos callaron de golpe.
—¿Qué? —dijo la voz, por primera vez un poco irritada.
—Que qué quieres —repetí sin levantar el tono—. ¿Cuál es la prueba?
Noté cómo la presión del pasillo oscilaba.
—La prueba es vuestra propia capacidad de… —empezó a decir la voz.
—Eso no es una prueba —corté—. Dime qué se supone que tenemos que hacer y listo.
Otra pausa.
—Lo que tenéis que hacer es obedecer.
—Y yo insisto en que eso no es una prueba. Nada indica menos inteligencia que la obediencia ciega. Tienes que darme un motivo para que lo haga y, de momento, ni siquiera has sabido explicarme en qué consiste tu prueba.
El pasillo empezó a recuperar su normalidad.
Las puertas dejaron de multiplicarse.
Los cuadros se quedaron quietos.
Eric abrió mucho los ojos.
—¿Acabas de… echarle la bronca a un pasillo? —susurró.
—Sí. Y parece que ha funcionado.
Avancé hacia la derecha, esta vez sin pedir permiso.
El suelo no vibró.
La voz no rio.
En el piso de abajo se iluminó una habitación y alumbró todo el vestíbulo.
—Y ahora abajo —resoplé.
Descendimos de nuevo por la escalera y nos dirigimos allí.
El salón del baile.
Estaba iluminado por algunas lámparas, no todas las que había, sólo las suficientes para que las sombras fueran elegantes.
Había espejos altos en las paredes, molduras doradas, cortinas pesadas.
El mismo sitio donde, el día anterior, había conocido al conde Lorenzo Salieri rodeado de máscaras, música y gente sonriendo demasiado.
Esta vez no había música.
Ni gente.
Y, aun así, el salón parecía lleno.
En el centro, junto a una mesa larga, estaba el conde.
Impecable. Traje oscuro, sin una arruga, casi parecía recién planchado. Llevaba los guantes puestos a pesar de que allí no hacía frío, al contrario, el salón estaba caldeado. El nudo de la corbata perfecto, el cabello impecable. Ni un pelo ni un hilo estaban fuera de lugar.
Su elegancia no era la de quien se viste para impresionar, parecía casi hereditaria. Algo que venía inscrito en su ADN junto con su color de piel o su estatura.
Tenía la postura de alguien que no ha tenido que trabajar en su vida. Alguien que nunca ha cargado una caja o ha corrido para coger un tren. La espalda recta, la barbilla elevada, los hombros relajados.
Cuando alzó los ojos, no hubo sorpresa, alegría ni enfado.
Sólo nos miró como si llegáramos tarde a una cita.
Pero llegábamos justo a tiempo.