La máscara maestra (Amanda Black 14) Capítulo 13
85%

Capítulo 13

T eníamos que llegar al teatro cuanto antes.

Corrimos por la ciudad, cruzamos un par de puentes, atravesamos unos cuantos callejones que apestaban a agua estancada y a fritura de carnaval.

El barrio de San Polo nos engulló ense guida con calles tan estrechas que parecía que Ve necia te obligaba a caminar pegada a la pared.

Aun que estaba en pleno centro, era un barrio que durante el día rebosaba cotidianeidad: bares en los que los clientes apuraban un aperitivo de pie, con el vaso apoyado en la barra; tiendecitas familiares en las que se cruzaban saludos rápidos y que solían estar repletas de vecinos que hacían las compras del día; y, por supuesto, el Campo San Polo, ancho y luminoso, un respiro entre callejones, un pulmón en medio del laberinto que era el barrio.

—En serio, creo que Venecia está diseñada por alguien que odiaba a las personas —bufó Eric. Acababa de resbalar en una losa—. ¿Cómo puede ser tan bonita y tan… traicionera?

—Bueno, no creo que odiase a todas las personas —repliqué—. Creo que sólo odiaba a las que querían llegar vivas a algún sitio.

El teatro apareció al final de una calleja.

Estaba tan encajado entre otros edificios que parecía contener la respiración.

No era el tipo de fachada que sale en las postales: tenía andamios que lo abrazaban por entero, lonas grises tensadas con cuerdas y carteles de LAVORI IN CORSO pegados con cinta.

Aun así, entre las barras de metal y las lonas de obra se adivinaba la fachada original: un arco de entrada alto, de piedra pálida, con una cornisa elegante encima; pilastras gastadas que aún se empeñaban en seguir rectas después de tantos inviernos húmedos; y, más arriba, un frontón con un medallón con algo escrito casi ilegible y dos mascarones de teatro —uno riendo, otro llorando— medio escondidos tras la malla.

La sal y el tiempo se lo habían comido todo a mordiscos, pero incluso así el edificio conservaba ese orgullo de los sitios que, durante siglos, han sido escenario antes que ruinas.

—Nos la tenemos que jugar —dijo Eric—. No hay forma humana de que encontremos el símbolo del rombo grabado en esta fachada…

—Pues nos la jugamos. —Me encogí de hombros—. No es que tengamos muchas más opciones. ¿Hay algún otro edificio en la zona que se parezca al del mapa de Salieri?

—No. Ninguno. O es este o…

No hacía falta que completase la frase.

O era ese o no teníamos nada. Y si no teníamos nada, lo único que podíamos hacer era esperar a que Arlequín hiciese algo. Y justo eso era lo que no pensábamos hacer.

Nos colamos por una entrada lateral medio cubierta por plásticos.

Dentro, el aire cambió de golpe: olía a polvo viejo, a pintura fresca, a serrín y a café frío.

La iluminación era la de una obra nocturna, aunque no había nadie ya allí.

Los focos de luz blanca colgaban de cables retorcidos.

Sus haces lanzaban sombras largas y deformes sobre las paredes.

Todo lo que en un teatro debería ser elegante —los palcos, las molduras, el telón— estaba allí…

, pero como en una foto antigua de colores desvaídos.

El patio de butacas parecía un campo de batalla.

Habían quitado filas enteras de asientos y los huecos destacaban como claros en un bosque.

El escenario estaba invadido por andamios que cubrían la embocadura y subían hacia la zona alta, donde se escondían poleas, cuerdas, barras de luces y todo ese mundo secreto que el público nunca ve.

Colgaban cordajes como lianas. Se oía un susurro suave y constante, como si el edificio se quejara en voz baja.

—Vale —murmuró Eric—. Un sitio perfecto para que aparezca algo que quiera matarnos. Incluso para matarnos sin necesidad de que aparezca…

En ese momento, las luces de obra parpadearon. Una, dos, tres veces. El eco de nuestros pasos se volvió raro, como si alguien lo imitara medio segundo después.

Me quedé quieta.

Eric también.

Arriba, en la pasarela técnica, se oyó una risita.

No era una risa humana normal. Sonaba como una triste imitación. Falsa, apagada, sin rastro de humor. Se desplazaba rápido, de un lado a otro, como si alguien se riera mientras corría.

Una figura saltó de un andamio a otro con una agilidad casi imposible. La vi apenas un segundo… y luego se dejó caer. Aterrizó en un tablón transversal, cerca de uno de los palcos, como si pesara lo mismo que una hoja.

Arlequín.

Su traje de rombos no parecía de tela: parecía piel cosida a trozos, con colores apagados por la oscuridad, como si hubiera pasado siglos bajo el agua.

La máscara que le cubría la mitad del rostro era escalofriante.

De cuero envejecido por los años y con un brillo sucio en los bordes.

La nariz, corta y aplastada, hacía que el rostro resultase casi animal, más cercano a un gato que a una persona.

Y sobre los ojos, las cejas tenían un gesto perenne que no terminaba de decidirse entre la burla y la ira.

Lo peor era que, al no taparle la boca, se podía ver cada movimiento: la mandíbula que bajaba, la comisura que se estiraba, aquella risa hueca y artificial abriéndose paso.

La máscara no conseguía disfrazar su naturaleza inhumana, sólo la convertía.

Como si alguien hubiese decidido que un monstruo era poco…

y hubiese dibujado encima algo mucho más antiguo, hambriento y siniestro a la vez.

Desenvainé la espada.

La hoja respondió con un brillo breve, frío.

Arlequín me miró con la cabeza inclinada. Tras unos segundos, hizo una reverencia exagerada.

—La dama… y su escudero —recitó con voz aguda—. ¿Venís a aplaudir o a morir?

—Bueno, siendo honestos, venimos a matarte más que a otra cosa —solté.

Arlequín aplaudió encantado.

—¡Qué educada! ¡Qué directa! Me resultáis muy antipática.

Y desapareció.

No bajó ni corrió, no. Saltó hacia atrás y se dejó tragar por las sombras del escenario. Se movía por las cuerdas como si fueran escaleras invisibles. Sin esfuerzo.

—¡Va hacia arriba! —gritó Eric señalándolo.

Yo ya corría en su dirección.

Subí por una escalera de obra pegada al lateral del escenario. Era de esas de aluminio, provisionales, y cada peldaño se quejaba con un sonido metálico que me vibraba en las plantas de los pies. El metal estaba frío y resbaladizo y la espada en la mano tampoco ayudaba mucho.

Arlequín apareció al otro lado, colgando boca abajo de una cuerda, como si la gravedad fuera opcional.

—¿De verdad vais a seguirme? —se burló—. No pareces… muy hábil.

—Las apariencias engañan —espeté.

Le lancé una estocada, pero él se balanceó, se soltó y cayó de pie en un tablón estrecho. Mi hoja cortó aire.

Arlequín me sacó la lengua.

—¡Uy! Casi.

Un contrapeso —una bolsa enorme de arena o algo parecido— se soltó de las poleas y cayó con un silbido. Directo hacia mí.

No tuve tiempo de pensar. Me tiré al suelo y rodé. La bolsa se estrelló en el lugar que yo había ocupado apenas un segundo antes y reventó levantando una nube de polvo y partículas que me llenaron la boca.

—¡AMANDA! —gritó Eric desde el patio de butacas.

Intentaba iluminarme el camino con la linterna.

Tosí, escupí y me puse en pie.

—Sigo viva —dije, y me sorprendí de lo poco convincente que sonó.

Arlequín aplaudió desde arriba feliz.

—¡Primera caída! ¡Me encanta este espectáculo!

El suelo crujió bajo mis botas. Un tablón se deslizó. De no saber que era algo imposible, hubiera pensado que el edificio estaba aflojando tornillos a propósito.

Subí otro tramo, esta vez más rápido. Tenía que mantenerlo a la vista.

Pero Arlequín no luchaba como Pantaleón, ni como Polichinela. No se quedaba en un sitio. No plantaba cara.

No.

Él jugaba. Hacía que cada paso fuera un riesgo, que cada segundo me obligara a elegir entre caer o continuar.

Estaba en todas partes y en ninguna.

Y lo peor de todo era que se notaba que estaba disfrutando.

Llegamos a una zona alta, por encima del escenario, donde colgaban barras con focos, cables enrollados, poleas enormes y un laberinto de pasarelas estrechas. Desde allí, el patio de butacas era un abismo negro.

Arlequín corrió por una pasarela metálica tan fina que yo no habría dejado allí ni una mochila. Él, en cambio, hizo una voltereta, cayó sobre una viga y empezó a caminar por ella como si fuera una acera.

Lo seguí.

En cuanto puse un pie en la pasarela, el metal vibró.

—¡No lo penséis! —se burló Arlequín desde la viga—. Si pensáis, perdéis.

Y ahí estaba la trampa.

Yo siempre pensaba. Bueno, no siempre, CASI siempre. Y esa era mi ventaja… Ser una Black.

Empecé a esbozar un plan. Podía engañarlo hasta que se confiara.

Avancé por la pasarela con el centro del cuerpo firme y la espada baja para no perder el equilibrio. Arlequín, en cambio, iba saltando, girando, moviéndose como una marioneta que nadie controlaba.

Intenté atacar otra vez.

Fallé.

Él pasó por debajo de mi brazo riendo y, con un tirón de una cuerda, soltó una barra de focos que bajó de golpe frente a mi cara.

La barra me golpeó el hombro y me empujó hacia atrás.

Miré a mi alrededor calculando a toda velocidad las opciones que tenía. Había un cable, una viga más abajo y la misma barra de focos que me había golpeado. El cable me serviría.

Y caí al vacío.

O, más bien, hice como que me caía.

Me agarré con una mano al cable. Sentí el tirón en el brazo. El cable cortaba como una cuerda áspera. Por un instante, me quedé colgada sobre el escenario. Me balanceaba como un saco. Arlequín se asomó por encima, sonriendo.

—¿Te mareas?

El cable se deslizó un centímetro entre mis dedos.

Abajo, demasiado abajo, estaba el escenario. Si caía, me convertiría en una pegatina de Amanda.

Me columpié hacia un andamio cercano hasta que pude sujetarme a una barra con la misma mano con la que agarraba el cable —en la otra tenía la espada—. Me impulsé y con un salto hacia arriba caí sobre los tablones.

Arlequín chasqueó la lengua decepcionado.

—Bah. Qué poco dramática.

—¿Poco dramática? —Me salió una risa corta—. Estabas seguro de que ya me habías ganado… Y mira, sorpresa. —Me doblé por la cintura en una reverencia.

Empecé a correr tras él, pero en ese momento dejé de intentar ganar con mi cabeza.

Me obligué a hacer lo que él había dicho.

No lo pienses.

Sentí el cuerpo antes que el miedo. El equilibrio antes que la duda.

Cuando Arlequín saltó a otra viga, yo no busqué una escalera. Salté también.

El aire me cortó la cara. Aterricé mal, con un golpe seco en las rodillas, pero no caí. Me enderecé a tiempo para ver cómo se giraba sorprendido.

Por primera vez, Arlequín dejó de sonreír.

—Oh —susurró—. Así que sabes jugar.

—He tenido una buena profesora —gruñí pensando en la tía Paula y en sus entrenamientos imposibles.

Arlequín retrocedió por la viga y yo avancé. Debajo, el escenario parecía un mar oscuro. A nuestra altura, el techo mostraba grietas por donde entraba un hilo de niebla.

Se acababa su espacio.

La viga en la que estábamos terminaba en una plataforma pequeña, pegada a la pared. Detrás de Arlequín sólo había ladrillo húmedo y una lona de obra que se movía con el aire.

Acorralado.

Arlequín alzó las manos, teatral.

—¿Final feliz? —preguntó con esa voz cantarina—. Siempre me aburren los finales felices.

—Pues te vas a aburrir mucho.

Alcé la espada.

Arlequín no sacó un arma. No la necesitaba. Se lanzó hacia mí con una rapidez que no parecía humana e intentó empujarme para que me cayera.

Clavé los pies en la viga y salté hacia atrás.

Pasó por debajo de mí cuando mi cuerpo giraba en el aire.

El aterrizaje casi me hizo fallar, pero usé la espada como contrapeso para volver a equilibrarme.

Él volvió a lanzarse en mi dirección. La furia le desfiguraba la boca.

Durante un segundo, estuvimos los dos luchando por el mismo centímetro de madera y metal.

Vi su máscara a un palmo de mi cara.

Olía a humedad antigua. A polvo. A podredumbre.

—No podéis ganarme aquí arriba —susurró—. Aquí manda el vértigo.

—Pues genial, porque no tengo de eso. Se me ha acabado —le respondí, y apreté la mandíbula.

Me agaché de golpe. Él se pasó de largo y, antes de que pudiera recuperar el equilibrio, le metí el hombro en la espalda.

Arlequín se tambaleó.

Ese era mi momento.

Se giró de nuevo hacia mí. Un golpe con la empuñadura. Otro con el codo. La espada en diagonal obligándolo a retroceder.

Arlequín soltó una carcajada, pero ya no era divertida: era rabiosa.

—¡Tramposa!

—La supervivencia no tiene reglas.

Le tiré una estocada limpia, directa a la máscara.

La hoja tocó el borde blanco y…, esta vez, pude sentirlo.

Como si por fin hubiera algo sólido que cortar.

La máscara se agrietó con un sonido casi delicado.

Arlequín se quedó quieto, como si le hubieran cortado los hilos.

Miró hacia abajo, a su propio pecho, y una luz opaca empezó a filtrarse por las grietas.

—No… —murmuró, y su voz sonó de repente muy lejana—. El número… no termina…

—Sí termina —dije sin bajar la espada—. Y ya es hora de cerrar.

Le di el último golpe.

La máscara estalló en fragmentos de polvo y brillo oscuro. Y en medio de aquella explosión pequeña, algo cayó, pesado y real: un fragmento negro con el mismo brillo extraño que los otros.

Rebotó una vez en la viga.

Y estuvo a punto de caer al vacío.

Me lancé, me estiré como si mi brazo fuera de goma y lo atrapé al vuelo.

Mis dedos se cerraron sobre él, frío y vibrante.

Por un segundo, el teatro entero se quedó en silencio.

Luego, una última risita se deslizó por las cuerdas, como un eco que no quisiera irse.

Miré alrededor.

Arlequín ya no estaba.

Sólo quedaban las sombras largas de los focos de obra, las cuerdas balanceándose despacio y el sonido de un agua lejana golpeando los muros de Venecia bajo la superficie.

Descendí por los andamios hasta el escenario. Eric ya corría hacia mí.

—¡Qué fuerte! —dijo—. ¡Uno menos!

Guardé el fragmento con el máximo cuidado en la mochila.

—No cantes victoria tan pronto —murmuré—. Y no te muevas.

Porque, en el cristal roto de un foco, vi un reflejo que no encajaba con el nuestro.

Una silueta alta, inmóvil.

Observándonos.

Eric siguió la dirección de mis ojos y también lo vio.

—Disimula —susurré.

Mi amigo hizo como que buscaba algo en la mochila.

Permanecimos así por un tiempo que se me hizo eterno.

Poco después, el desconocido se dio la vuelta y desapareció.

Lo que no supo es que a mí también me había dado tiempo a echarle un buen vistazo.