Capítulo 12 #2
Eric dio por fin con la pregunta que debía hacer.
Su corazón dejó de latir un segundo mientras la formulaba.
—Bien, allá voy: ¿qué diría el otro guardián si le pregunto qué puerta lleva a Colombina?
Una vez se te ocurría, era muy sencillo: el que decía la verdad tendría que responder señalando la puerta equivocada, que sería la que indicaría el guardián mentiroso; y el mentiroso tendría que mentir porque nunca decía la verdad, por lo que, en lugar de señalar la puerta correcta, como haría el guardián honesto, señalaría también la errónea.
De una forma u otra los dos apuntarían a la puerta que no era.
Ambas figuras alzaron el brazo y señalaron la puerta de la derecha.
Eric no dudó.
—Entonces la correcta es la izquierda.
La sala entera vibró con una nota aguda, como si alguien hubiese agitado un montón de campanillas de cristal. Ambas puertas se deshicieron en virutas de vapor oscuro.
Colombina aplaudió con un sonido seco. Palmadas lentas, premeditadas, que a Eric le sonaron a peligro contenido.
—Qué chico tan astuto… —se burló el arquetipo—. Me encanta. Es tan raro encontrar una mente afilada fuera del escenario…
Eric la miró intentando que su rostro no mostrase ninguna expresión.
—De acuerdo —continuó poco después el espectro—. Siguiente acertijo.
—¿Siguiente? Dijiste una prueba…
—Vamos, vamos, no os enfurruñéis, joven sabio, una prueba puede estar compuesta de varias partes, si no me equivoco.
El muchacho supo que no merecía la pena discutir. Ella le había engañado con su ingenio. Lo que sí merecía la pena era aclarar ciertos puntos antes de continuar, y pensaba hacerlo.
Él también podía ser muy ingenioso. Sobre todo, si le iba la vida en ello.
—Vale, pues dime cuántas partes tiene esta prueba. Así, ambos estaremos jugando con las mismas normas. Y confírmame que, si las supero, me dejarás marchar.
Los ojos de Colombina volvieron a entrecerrase, pero sus labios formaron una sonrisa que dejó ver sus dientes puntiagudos.
—¿Qué os parecen tres partes…? Y sí, por supuesto que os dejaré marchar. —Dejó escapar una risa que sonó como un campanilleo—. Aunque no creo que podáis superarlas todas. Si no lo hacéis, sabré que no merecéis vivir y recibiréis vuestro castigo.
—Lo de perderme en algún lugar de esta casa, ¿verdad?
—Cada prueba conlleva un castigo diferente —replicó ella misteriosa.
—De acuerdo —aceptó el chico con un escalofrío. Prefería no saber más sobre ese tema—. Adelante con la segunda.
—La verdad, lo extraño y lo imposible —anunció Colombina mientras tres flores aparecían—. Mis flores favoritas.
Las rosas levitaban en el aire sin nada que las sostuviera.
Una roja, de pétalos gruesos.
Una verde, de belleza casi vegetal.
Y una azul, brillante como un zafiro vivo.
Colombina las acarició sin tocarlas en realidad.
—Una es verdad. Otra es extraña. La tercera jamás debería existir. Decidme cuál es la tercera… o vuestra sangre teñirá mi jardín.
Eric se acercó a las flores flotantes.
Notó cómo la luz de la lámpara se reflejaba sobre cada pétalo de un modo distinto.
Las analizó una por una.
La roja: sombra suave, tallo firme, pétalos ligeramente irregulares.
La verde: parecía tan perfecta que casi resultaba sospechosa… Él nunca había visto una rosa de ese color.
La azul: viva, brillante, hermosa. Pero…
Eric entrecerró los ojos y recordó algo que había leído una vez. O tal vez se lo había dicho su madre. No se acordaba bien, aunque casi con toda probabilidad era lo primero.
Las rosas azules no crecían así en la naturaleza.
Había flores azules, claro, pero no brotaban en los rosales.
La planta no tenía el gen para producir ese color.
Las que se vendían en las floristerías eran rosas blancas que habían sido teñidas o experimentos de laboratorio, nunca tan perfectas como aquella.
Eric tenía la cabeza llena de datos que parecían inútiles a simple vista. Era lo que pasaba cuando leías todo lo que podías.
Además, en las rosas teñidas, también cambiaba el color del tallo y de las hojas, pero en aquella no. Aquella parecía real.
No podía serlo.
—La azul —dijo.
—¿Razón? —preguntó Colombina con tono casi maternal.
—No me dijiste que tuviera que explicar mi respuesta.
—Jugad conmigo, no seáis cruel —pidió ella con voz infantil.
Eric puso los ojos en blanco.
—Es imposible —soltó con un suspiro—. No debería estar viva. No hay rosas azules de manera natural.
La rosa azul explotó, convirtiéndose en un torbellino de chispas que desapareció en el aire.
Colombina no sonrió; sin embargo, parecía casi… feliz.
—Puede que no muráis tan rápido como esperaba —concedió—. Empiezo a pensar que tal vez la sangre no sea lo único interesante que lleváis dentro.
Abrió el abanico y lo agitó una sola vez.
Tres pedestales bajos surgieron del suelo alineados frente a Eric. Sobre cada uno flotaba una máscara distinta.
Una máscara roja.
Una azul.
Una dorada.
Debajo de cada una, una plaquita metálica reflejaba la luz y lanzaba destellos a su alrededor.
—Tres máscaras para un último acto —explicó Colombina frente a los pedestales—. Dos de estas frases dicen la verdad. Una miente. Si descubrís la mentira, se acabó la función. Si falláis… —alzó el abanico como si marcara el final de una escena—, seréis mi cena.
Sonrió enseñando los colmillos.
Eric abrió mucho los ojos y dio un paso atrás. Si no lo había entendido mal, aquel ente pensaba devorarlo si fallaba… Y eso era algo que no le hacía especial ilusión.
De nuevo, deseó que Amanda estuviese allí con él. Su amiga sabría qué hacer.
Pero no estaba.
—Tic, tac —le recordó Colombina con una risa.
Eric tragó saliva y volvió a acercarse a las placas. Se inclinó sobre la primera.
En la máscara roja ponía:
EL CORAZÓN DE COLOMBINA ESTÁ LIGA DO A ESTA MÁSCARA .
En la azul:
E L CORAZÓN DE COLOMBI NA NO ESTÁ LIGADO A LA MÁSCARA ROJA .
Y en la dorada:
EL CORAZÓN DE COLOMBINA ESTÁ LIGADO A LA MÁ SCARA AZUL .
Eric notó cómo su propio corazón le daba un pequeño salto. Aquello no era del todo distinto a resolver un problema de mates, aunque esta vez el error no se corrigiera con una goma de borrar.
Volvió a leer las tres frases y empezó a probar posibilidades en su cabeza.
Primero imaginó que el corazón de Colombina estaba ligado a la máscara roja.
En ese caso, la frase de la roja, «El corazón de Colombina está ligado a esta máscara», sería verdadera.
La de la azul, «El corazón de Colombina no está ligado a la máscara roja», sería falsa, porque sí lo estaría.
Y la de la dorada, «El corazón de Colombina está ligado a la máscara azul», también sería falsa.
Eso dejaba sólo una frase verdadera, y el espectro había dicho que tenían que ser dos.
La opción roja quedaba descartada.
Probó después con la máscara dorada.
Si el corazón de Colombina estuviera ligado a ella, la frase de la roja sería falsa; la de la azul, «El corazón de Colombina no está ligado a la máscara roja», sería verdadera, porque, efectivamente, no lo estaría; y la de la dorada, «El corazón de Colombina está ligado a la máscara azul», volvería a ser falsa.
Otra vez salía sólo una verdad.
La dorada tampoco encajaba.
No quedaba más que la máscara azul.
Eric sintió que el estómago se le encogía, pero siguió el razonamiento hasta el final. Tenía que asegurarse de su respuesta porque el error conllevaba algo horrible.
Si el corazón de Colombina estaba ligado a la máscara azul, la frase de la roja era falsa.
La de la azul era verdadera.
Y la de la dorada también era verdadera.
Eso sumaba exactamente dos frases verdaderas y una falsa, justo lo que pedía el espectro.
No quedaba ninguna otra combinación posible.
Eric levantó la vista hacia Colombina. Notaba el pulso en las sienes, pero la respuesta estaba clara.
—Tu corazón está ligado a la máscara azul —dijo.
Según terminó de pronunciar la frase, la máscara azul se cuarteó. Una línea brillante la recorrió de arriba abajo. Después estalló en luz.
Los espejos se encendieron al mismo tiempo, como si un relámpago hubiese explotado dentro de la sala. Los cristales reflejaron los destellos en mil direcciones.
Colombina retrocedió un paso. Su máscara se agrietó como lo hace la porcelana sometida a demasiada presión.
—Vaya… —susurró—. La inteligencia también puede herir. Sois digno de continuar respirando, joven sabio.
Y se partió en fragmentos luminosos. Su figura se disolvió en un remolino de polvo brillante, dejando atrás un único objeto sólido: un fragmento negro.
Eric se acercó, todavía con el corazón acelerado, y lo cogió con dedos temblorosos.
La sala quedó en silencio.
Un segundo después, una voz muy conocida rompió ese silencio.
—¡Eric!
Amanda irrumpió con la espada levantada.
Él alzó el pedazo de máscara.
—Estoy bien —dijo. Y era verdad, aunque le temblaban las rodillas—. Pero preferiría no tener que repetirlo.
Amanda lo abrazó con fuerza.
—¿Qué ha pasado? —preguntó.
Eric le contó todo lo sucedido en el salón de los espejos sin dejar fuera ningún detalle. Ahora que estaba con su amiga, empezaba a sentirse orgulloso de haber podido vencer a Colombina gracias a su ingenio.
—No vuelvas a hacer esto tú solo —pidió Amanda.
—¡Qué fuerte! Créeme, no era el plan. Toma, guárdalo tú.
Eric le tendió el fragmento con el que había estado jugueteando mientras desgranaba su historia.
Amanda lo tomó y lo guardó, al igual que los otros dos, en una bolsa estanca en su mochila.
Salieron del salón de los espejos y recorrieron la galería hasta la salida. No habían puesto aún un pie en la calle cuando la puerta se cerró sola con un portazo que resonó en la noche. Amanda se dio media vuelta e intentó abrirla.
—Nada —dijo tras forcejear con ella unos instantes—. Está cerrada con llave.
—Cuando llegué estaba entreabierta… —A Eric le tembló la voz.
—Siento no haber estado aquí… —dijo ella.
Sus ojos se quedaron clavados en el suelo.
—No pasa nada. Por lo menos…, ¿pillaste al tipo ese?
Su amiga negó apretando los labios.
Eric suspiró.
—No te preocupes, había que intentarlo —la consoló él.
—¿Y ahora?
El chico sacó su dispositivo y amplió el mapa de Salieri. Abrió otra pestaña y tecleó durante unos segundos.
—Creo que nuestro siguiente destino es este. —Giró la pantalla para que Amanda la viese. Una marca parpadeaba sobre otro punto de la ciudad, un edificio alargado y rectangular—. Es un teatro del siglo XVII . Ahora mismo está cerrado por obras.
Amanda se quedó mirando la pequeña luz que latía en la pantalla, cada destello más insistente que el anterior, como si hasta el mapa supiera que el siguiente problema ya estaba esperándolos.
El siguiente acto ya estaba escrito.
Y su protagonista tenía nombre: Arlequín.