Capítulo 12
E ric se detuvo frente a la puerta del palacio. Pequeñas gotas de sudor resbalaban por su frente a pesar del frío. Sentía que en Venecia había más oscuridad de la que debería existir en una ciudad iluminada por tantos faroles.
Alzó la vista y observó la fachada.
La entrada principal era un arco alto rodeado de columnas desconchadas con la pintura levantada en algunas partes. En muchas partes. Todo gritaba abandono y descuido. Entre las grietas, asomaba la piedra húmeda, verdosa, manchada por años de niebla y agua salada.
Eric escuchó el rastro de una fiesta en un palacio cercano: música, risas, conversaciones que llegaban hasta él en retazos.
Miró a su alrededor y localizó de dónde venía el sonido.
Apenas veinte metros más allá tenía lugar un baile.
Había gente disfrazada en la puerta, charlando, divirtiéndose.
Si Colombina abandonaba el salón de los espejos, ese sería el primer lugar que visitase.
Tenía que impedirlo.
Volvió a enfrentarse al Palazzo Contarini.
La puerta se encontraba entreabierta, un rectángulo negro en medio de la fachada, como una boca que se hubiera quedado congelada en medio de un bostezo.
A Eric le extrañó ese detalle. Un palazzo como aquel, aunque estuviera abandonado, debería tener un candado, una cadena, algo.
Pero no había nada. Ni un guardia. Ni un cartel.
Y, por supuesto, no había una luz encendida en el zaguán.
Nada que le invitase a entrar, pero debía hacerlo. Sabía que debía hacerlo.
El viento sopló y el chico escuchó el crujido suave de la madera cuando la hoja de la puerta se abrió un par de centímetros más. Ahí estaba la invitación, casi silenciosa y nada apetecible, a traspasar el umbral.
Una bocanada de aire frío salió del interior, como un suspiro atrapado entre paredes.
Eric resopló para reunir el valor que parecía escapársele a cada segundo que pasaba.
Encendió la linterna y se la prendió en la solapa del mono.
Entró.
El vestíbulo parecía una cueva de mármol.
El techo abovedado estaba pintado con una escena de carnaval tan antigua que los colores habían perdido toda la intensidad y parecían sombras borrosas de lo que alguna vez fue una escena alegre y elegante.
El sonido de sus pasos se alargaba más de lo normal, como si los ecos, asustados, prefiriesen no separarse mucho de él.
Todo olía a moho, a madera vieja y a algo dulzón y antiguo. Como el perfume de rosas que solía utilizar su abuela y que no le gustaba nada. Siempre le escalaba por las fosas nasales y se le quedaba pegado a la garganta durante horas.
Eric avanzó hacia la galería principal guiado por el haz de la linterna y por la tenue luz que se filtraba desde una puerta situada al fondo.
Necesitaba dar con el salón de los espejos, pero, para ello, no le quedaba otra que recorrer aquellas estancias en una penumbra polvorienta.
Con cada paso, podía sentir que el aire se volvía más denso.
No era sólo silencio: era expectativa. Una sensación parecida a la que se produce en el cine justo antes de que empiece la película.
Cruzó un primer salón casi vacío con las marcas claras de cuadros desaparecidos en el papel de las paredes. Una cortina medio caída dejaba entrar una tira de luz proveniente del canal que serpenteaba despacio por la pared cada vez que el agua se agitaba fuera.
En la siguiente estancia, varias sillas apiladas bajo sábanas amarillentas parecían sombras encogidas contra la pared.
El eco de sus pasos rebotaba en los techos altos y regresaba con un ligero retraso, el suficiente como para que pareciera que había alguien siguiéndolo.
Se detuvo; el eco se detuvo también. Sólo quedó el goteo lejano de alguna filtración y el murmullo apagado del canal.
El suelo cambió de pronto: las baldosas lisas dieron paso a un dibujo geométrico que formaba un camino hasta un arco más alto flanqueado por columnas agrietadas. Al otro lado, la luz era distinta, más fría e intensa, como si no viniera de una lámpara, sino de muchas.
Eric respiró hondo, apretó el cuchillo en la funda y cruzó el arco.
El salón de los espejos era peor de lo que imaginaba.
La sala era alargada, alta, bordeada por docenas de espejos antiguos cuyas superficies no reflejaban correctamente.
Algunos estaban empañados, otros tenían grietas que parecían sonrisas torcidas.
La luz que se filtraba por los ventanales y rebotaba en ellos era amarillenta y enfermiza, y hacía que todo se viera como a través del cristal del fondo de una botella.
Eric sintió un escalofrío subiéndole por la espalda. No era sólo el frío: era la sensación de estar siendo observado desde todos los ángulos…, incluso desde aquellos en los que sabía que no había nadie.
Probó el comunicador.
—Amanda…, ¿me escuchas?
Estática.
Nada más.
La temperatura descendió varios grados de golpe.
Una brisa suave recorrió la sala, aunque las ventanas no estaban abiertas. El reflejo de uno de los espejos onduló y en su superficie se formaron círculos concéntricos, como si estuviera hecho de agua y alguien hubiese arrojado una piedra.
Los círculos siguieron creciendo hacia el marco dorado hasta que apareció ella.
Colombina.
Su vestido parecía tejido con capas de seda superpuestas en tonos marfil y dorado pálido.
Cuando se movía, sus ropas se abrían en pequeños pliegues brillantes, dejando ver bordados diminutos en forma de flores y máscaras, tan finos y delicados que casi daban ganas de acercarse más sólo para comprobar que eran reales.
La máscara de un blanco nacarado reflejaba la luz con un brillo frío. No caminaba: se deslizaba; parecía que la gravedad no fuese una ley, sino más bien una mera sugerencia para ella. Era hermosa, de una manera extraña, pero lo era; no obstante, había algo en su manera de mirar que gritaba peligro.
La mujer miró a Eric y sonrió; al hacerlo, el chico alcanzó a ver que sus dientes no eran del todo normales. Los labios sonrosados dejaron ver dos filas de colmillos puntiagudos, afilados, que esperaban la ocasión adecuada para morder.
Eric retrocedió un paso.
Llevó la mano a la funda y extrajo el cuchillo. Lo empuñó con más desesperación que habilidad.
Colombina se quedó quieta.
Y entonces, con un gesto exagerado, se llevó la mano al pecho como si él la hubiese insultado.
—¿Un puñal…? —susurró horrorizada—. Ay, muchacho…, qué vulgaridad. Ningún filo humano puede detenerme cuando deseo una vida.
La voz era dulce, melodiosa y suave. Pero debajo había algo áspero y seco que le restaba humanidad.
—Ya, pero lo mismo puede entretenerte un rato —alegó Eric.
—Podría ser, pero no he venido a mataros rápido —continuó. Bajó el brazo con un ademán elegante—. En realidad, todavía he de decidir si merecéis morir. O si, por el contrario, merecéis vivir.
El arma tembló un segundo en la mano de Eric.
Todas las neuronas le gritaban que huyese de allí cuanto antes.
Pero luego pensó en la fiesta del palacio cercano, en las personas que había visto en la calle, en lo que esa criatura podría hacer si él no la retenía hasta que llegase Amanda.
Respiró hondo y soltó el aire con un resoplido tan fuerte que se le hincharon los carrillos.
—¡Qué fuerte! —murmuró para sí—. Pues vale, si todavía no quieres matarme, dime qué quieres —dijo tratando de no mostrar miedo.
Colombina sonrió detrás de la máscara.
Eric casi prefirió que no lo hubiera hecho.
—Una prueba —canturreó ella—. Si la superáis, quizá viváis. Si falláis…
El muchacho casi pudo ver los puntos suspensivos flotando frente a su cara.
Con un movimiento de abanico, Colombina hizo que la sala se doblara sobre sí misma.
Las paredes desaparecieron un instante y, cuando volvieron a materializarse, había dos puertas idénticas en medio de la sala. Ambas tenían el mismo color, el mismo pomo desgastado, incluso la misma grieta en la pintura.
Dos figuras oscuras —guardianes sin rostro— se alzaban junto a ellas. Parecían hechos de sombras solidificadas.
Colombina avanzó entre ellos con pasos de baile.
—Uno dice siempre la verdad —dijo señalando a un guardián—.
El otro siempre miente. —Señaló al otro—.
Una puerta os conducirá a mí. La otra os encerrará para siempre en algún lugar de esta casa.
Un lugar que no está aquí ni tampoco allí.
—Se detuvo y se echó hacia adelante con la cabeza inclinada, como si fuese a contarle un secreto—.
Sólo podréis hacer una pregunta. Una sola. Tenéis una única oportunidad.
Eric observó las dos figuras.
El primer impulso fue buscar diferencias visibles. Los guardianes parecían idénticos. Hasta las cuencas de sus ojos —oscuras y sin pupilas— eran iguales. Las puertas no mostraban señales que las distinguieran. No había ninguna pista evidente.
Mirar no le iba a desvelar el truco, así que optó por la siguiente opción: la lógica.
Echó un vistazo rápido por encima del hombro por si veía llegar a Amanda.
El pasillo por el que había entrado en el salón de los espejos estaba vacío.
—Vale, estoy solo —dijo en un susurro—. Eric, piensa.
Tenía que ser muy cuidadoso con la pregunta porque podría ser la última de su vida.
Meditó durante unos minutos.
—Tic, tac, tic, tac. —Colombina danzaba a su alrededor—. Cada segundo que pasa se parece más y más al último que os queda, pequeño sabio.
—Cállate —ordenó él seco—. No dijiste que hubiese tiempo, así que puedo pensar todo lo que me dé la gana.
Eric vio que, detrás de la máscara, los ojos de Colombina se convertían en dos rendijas que rezumaban odio.
Los labios del chico se alzaron en una sonrisa de satisfacción.
Había conseguido romper aquella fachada dulce y encantadora con la que el espectro se había presentado ante él.
Por muy hermosa que fuese, era un monstruo y no iba a permitir que ganara.
—Oh, adelante —dijo ella con una reverencia exagerada—. Pensad cuanto queráis. Sólo estaréis retrasando el momento de vuestra muerte.