La máscara maestra (Amanda Black 14) Capítulo 11
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Capítulo 11

–¿ A dónde vamos exactamente? —pre gunté todavía junto a la casa del cartógrafo.

El aire frío se nos pegaba a la ropa húmeda; por suerte, los monos Black nos mantenían calentitos.

Eric no levantó la vista de la tableta.

—Al Palazzo Contarini dei Riflessi —respondió—. He estado revisando la información y, por fecha de construcción y situación en el mapa de Salieri, sólo puede ser ese.

—¿Y dónde está?

—En el barrio de San Marco. A unos diez o quince minutos andando si no nos liamos con estas callejuelas. Por suerte, está abandonado.

—Genial —resoplé—. Otra mansión encantada. Justo lo que necesitaba hoy.

Eric sonrió, pero era una sonrisa tensa, cansada.

—¿Qué sucede? —pregunté.

—Bueno, he estado pensando… Los enfrentamientos tienen que ver con el papel del arquetipo en la Comedia dell’Arte . Y Colombina es el ingenio. No sé si estaremos preparados.

—Ya…, entiendo —repliqué—. No te preocupes, nosotros somos superingeniosos.

Como respuesta ingeniosa, dejaba bastante que desear, pero, en aquellos instantes, era lo que había.

Echamos a andar por las calles oscuras a pesar del cansancio.

Venecia parecía contener el aliento mientras Eric y yo avanzábamos a la carrera.

A nuestra derecha, el canal estaba tan quieto que las luces brillaban como luciérnagas atrapadas bajo el agua.

Cada vez que doblábamos una esquina, el sonido de nuestras pisadas se mezclaba con ese silencio espeso que sólo tienen las ciudades antiguas cuando cae la noche.

—Según el mapa, estamos a menos de cinco minutos —jadeó Eric mientras consultaba la tableta.

—Perfecto. Cuanto antes encontremos a Colombina, antes podremos… —No terminé la frase.

Acababa de escucharlos otra vez.

Pasos.

A nuestra espalda.

Los mismos que llevaba oyendo desde el puente de Rialto. No eran pasos grandes, ni pesados. Eran suaves, casi cuidadosos, como si quien viniera detrás tuviera práctica siguiendo a la gente sin ser visto. Me giré al instante.

Nada.

El callejón que acabábamos de cruzar se econtraba vacío, apenas iluminado por un farol oxidado. Pero el eco de los pasos seguía resonándome en los oídos.

—¡Qué fuerte! ¿Otra vez? —susurró Eric con los ojos muy abiertos.

—Sí.

No me gustaba cómo sonaba mi propia voz: demasiado tensa. Respiré hondo para intentar calmarme, pero allí había alguien. Estaba segura.

Avanzamos un poco más rápido. Pasamos junto a una hilera de máscaras colgadas en un escaparate cerrado: todas nos miraban con sonrisa siniestra, la que aparece cuando el cristal refleja la luz en un ángulo raro. Eric intentó bromear con ello, pero ni siquiera él consiguió reír esta vez.

Otra calle; otro puente estrecho; otro susurro de pasos justo detrás.

—Vale —dije de golpe y me detuve en seco—. Ya basta.

Eric casi chocó conmigo.

—¿Qué te propones? Ni se te ocurra… —Eric me miraba con una ceja levantada.

No respondí. Observaba el fondo del callejón, donde algo se había movido. Una sombra. O una figura. O ambas cosas mezcladas. La vi detenerse un instante antes de desaparecer por la izquierda. Casi retándome a seguirla.

O yo me lo tomé así.

—Eric, escucha. Tú ve al palacio ese. Yo voy a intentar averiguar quién nos lleva siguiendo toda la noche.

—¿Qué? ¡No! Amanda, ¿estás loca? ¡Colombina podría…!

—No, tenemos que averiguar quién nos sigue.

Podría ser el culpable de todo esto —le interrumpí—.

Si aparece Colombina, quiero que estés allí antes de que pueda largarse, pero no te enfrentes a ella.

Ni se te ocurra. Sólo vigílala y, si sale del palacio, la sigues, pero NADA MÁS.

—Hice muchísimo hincapié en las dos últimas palabras.

Eric abrió la boca para protestar, pero no le di oportunidad.

—Tardo cinco minutos —dije ya corriendo hacia el callejón—. Sólo cinco. Y si no llego, quédate donde estés. ¿De acuerdo? Yo te llamo.

—¡Espera! —Eric sacó algo pequeño y negro de la mochila y me lo lanzó—. ¡Póntelo, así podremos hablar!

Un intercomunicador. Me lo puse y eché a correr de nuevo.

La figura iba deprisa. Demasiado deprisa. Doblé la esquina y la vi saltar una pasarela de madera con una agilidad silenciosa. El único sonido era el golpeteo de sus zapatos contra las tablas con la precisión de un metrónomo.

—¡Eh! —grité.

Nunca he sido muy amiga del sigilo cuando estoy enfadada.

La figura no se detuvo. Pasó bajo un arco, giró y desapareció. Yo seguí esquivando a turistas tardíos, tablas húmedas, charcos de luz. El corazón me latía tan fuerte que parecía empujarme hacia delante.

La perdí durante un segundo… hasta que la vi subir a un muelle.

Apreté el paso.

No sé durante cuánto tiempo estuve persiguiendo a la figura, pero fue mucho.

Y entonces desapareció. Así. La noche se la había tragado.

Me detuve en seco. No había góndolas moviéndose, no había puertas entreabiertas, no había ventanas iluminadas. Sólo el canal, brillante y tranquilo. Un espejo de agua que me devolvía mi propia imagen distorsionada.

Frustrada, me pasé la mano por el pelo.

—Muy bien. Genial. Perfecto —murmuré para mí—. Ahora eres Batman, Amanda. Una guardiana silenciosa, una protectora vigilante y todo eso, pero en versión mal.

Tenía que volver con Eric.

Cuanto antes.

Miré el reloj. Hacía mucho que me había separado de él.

Era una completa idiota.

Miré a mi alrededor intentando averiguar dónde me encontraba.

Nada me sonaba.

No tenía ni idea de qué dirección tenía que tomar.

Subí la manga del mono y tecleé en mi reloj el nombre del palacio. Cuando el reloj me mostró la ruta, casi me caigo de culo.

Me había desviado un montón. Me iba a llevar un buen rato llegar… Y Eric estaba solo.

Por lo menos el reloj Black —me lo regaló mi tía el mismo día que tomamos posesión del que ahora era nuestro hogar— me indicaría el camino más rápido.

Di media vuelta y salí disparada hacia el palacio. Si le había pasado algo a Eric, no me lo podría perdonar nunca… Y esa sombra misteriosa iba a tener un problema enorme si me la volvía a cruzar.

Corrí entre callejones intentando ignorar el miedo que me trepaba por la espalda.

Por fin, el palacio apareció al final de la calle, iluminado sólo por unas luces altas que hacían que las ventanas parecieran ojos en un rostro dormido.

Cuando empujé las puertas y entré, casi pude ver la electricidad crepitar a mi alrededor. Era el tipo de tensión que se siente justo antes de que un trueno rompa el cielo.

Eric llevaba dentro bastante tiempo.

Y yo esperaba no haber llegado demasiado tarde.