La máscara maestra (Amanda Black 14) Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

Alrededor, las copias se pegaron aún más. Algunas reían, otras repetían «no es verdad» con voces iguales a la mía, burlonas. Sentí dedos huesudos en mis brazos, tiraban de mí en todas direcciones.

La espada me pesaba ya tanto que casi no podía sostenerla.

—Claro —susurró Polichinela—. Por eso te enfadas cuando ella tiene razón. Por eso intentas hacerlo todo sola. Por eso no le cuentas cuándo tienes miedo. Porque no te importa su opinión.

Cada frase era una punzada. Una punzada muy concreta y muy bien dirigida.

Quise decir algo ingenioso. Una broma rápida. Algo que lo callara y me hiciera sentir más fuerte.

Mi voz no encontró ninguna palabra.

Lo odiaba por decir aquellas cosas.

Y lo odiaba aún más porque una parte de mí sabía que estaba diciendo la verdad. No quería fallarle a la tía Paula.

Recordé la lluvia golpeando mi cara en el jardín de la mansión. El peso de la espada en las manos. Mi tía corrigiendo mi postura una y otra vez. Recordé todas las veces que había fingido que no me importaba, que no necesitaba que me miraran con aprobación.

El problema era que sí lo necesitaba.

Y eso era… incómodo. Feo. No me gustaba reconocerlo. No quería que Eric lo escuchase.

Miré a mi amigo.

—Amanda… —Su voz se coló entre todo el ruido, firme—. No le escuches, es un mentiroso.

Polichinela alzó la cabeza hacia él sin dejar de mirarme.

—Yo doblo las verdades —dijo—. Y las suyas son tan fáciles de doblar… ¿Y las tuyas, chico? ¿Quieres que te diga que tú también temes no estar a la altura de tu amiga?

Eric soltó una carcajada.

—¡Qué fuerte! —dijo entre risas—. ¡Qué notición! ¡Como si ella no lo supiese!

El arquetipo pareció confundido ante la respuesta de Eric. Algo en su sonrisa se rompió.

Dudaba.

Eric tenía razón en algo: había mentiras que sólo funcionaban porque se apoyaban en una verdad pequeña escondida justo debajo. Una que querías negar.

Respiré hondo.

Las manos de las copias tiraban de mí. Intentaban hundirme en el agua estancada. Sentí un dedo frío colarse por la manga y tocarme la muñeca. Un escalofrío me recorrió entera.

Podía seguir negándolo.

Podía seguir fingiendo.

O podía hacer algo que no me gustaba nada.

Podía aceptar las cosas tal y como eran.

No había ninguna vergüenza en ello.

—Vale —me escuché decir antes de que mi cerebro tuviera tiempo de censurarme—. Sí, tengo miedo.

Las copias se detuvieron.

Polichinela ladeó la cabeza intrigado.

Tragué saliva. Sentí que la cara me ardía, aunque la temperatura era cada vez más baja en la casa.

—Tengo miedo de no estar a la altura —dije más fuerte—. De la tía Paula. De mi familia. De… de la misión. De que un día alguien se dé cuenta de que se ha equivocado conmigo. De que en realidad no soy tan buena como debería. ¿Contento?

El silencio que siguió fue tan profundo que incluso las gotas que caían desde el techo parecieron detenerse a mitad de camino.

Polichinela me observó.

Y pasó algo raro.

Su sonrisa se ensanchó, pero los agujeros de los ojos se estrecharon, como si estuviera entornando unos párpados que no tenía.

—Muy bien, niña. —Su voz ya no era dulce. Era áspera y espesa—. Me gustan las verdades que duelen.

A mi alrededor, las copias empezaron a temblar.

—Pero… —añadió Polichinela— también te preocupa otra cosa.

«Genial», pensé. «Claro que sí, sigamos, ya puestos…».

—Te preocupa fallarles a ellos —continuó señalando vagamente hacia la escalera—. A los que todavía confían en ti sin pedirte nada a cambio.

—Eso sí que no es verdad —saltó Eric—. Yo le pido un montón de cosas. Información, planes, comida…

—Y aun con eso —siguió Polichinela ignorándolo—, sigues adelante. Aunque tengas miedo.

Algo me apretó en el pecho. No era agradable. Pero tampoco era del todo horrible porque sabía que tenía razón; no obstante, esa era una verdad que no me dolía admitir: me daba pánico que a Eric le ocurriese algo por mi culpa.

Lo que no sabía Polichinela era que yo nunca lo había negado.

—Vaya una novedad, eso es algo que nunca he negado —repuse—. Se lo he dicho hasta a él mismo.

—¡Cierto! —gritó Eric desde la escalera.

De nuevo, el gesto del arquetipo se deshizo. La sonrisa se le había borrado y ahora parecía enfadado.

Las copias empezaron a agrietarse.

Líneas finas y negras aparecieron en las máscaras y se fueron extendiendo como telarañas. Los cuerpos se llenaron de hendiduras que soltaron un polvillo negro.

Uno de ellos dejó escapar una carcajada que se cortó de golpe.

Otro empezó a repetir una frase con voz burlona, «tengo miedo, tengo miedo, tengo mie…», y se rompió por la mitad antes de terminar.

En cuestión de segundos, todo el círculo de Polichinelas se desmoronó.

Se derrumbaron como marionetas a las que alguien hubiera cortado todos los hilos a la vez. Las máscaras explotaron en trozos de sombra que se evaporaron en el aire. Las manos que me sujetaban cayeron al agua y se disolvieron en ella.

Sólo quedó uno en pie.

El verdadero.

El que tenía bien la sombra.

—Gracias —dijo con una reverencia ridícula, doblándose hasta que su cabeza casi tocó el agua—. Las verdades confesadas son mis favoritas. Al fin y al cabo, ¿qué es la verdad sin virtud?

—Pues mira, no sé, digamos que la verdad es que voy a acabar contigo —repliqué levantando la espada—. Y la virtud…, la virtud será que lo voy a hacer sin presumir. Al menos, no demasiado. Tampoco es que yo haya sido nunca muy virtuosa.

Se enderezó despacio.

Y sonrió de verdad.

Lo supe porque, por primera vez y a pesar de la máscara, la sonrisa subió un poquito hasta aquellos ojos vacíos. No era amable. Ni buena. Ni bonita.

Pero tenía algo distinto.

—Adelante, niña —susurró—. Ahora que has dejado de mentirte, puedes herirme.

Se lanzó hacia mí.

Lo vi venir con una claridad casi dolorosa. Cada paso, cada chasquido, cada balanceo de los jirones de tela. Era como un baile que ya habíamos ensayado, sólo que ahora yo conocía los pasos.

La espada era una extensión de mi cuerpo.

Un corte limpio.

Una vibración me recorrió el brazo con el impacto sólido del golpe, por fin real.

Polichinela dejó escapar un sonido agudo, entre carcajada y grito. Su máscara se agrietó desde la frente hasta la nariz y se abrió en un relámpago negro.

—¡Amanda! —escuché la voz de Eric teñida de alivio.

Volví a atacar. Esta vez apunté al pecho. La hoja se hundió como si atravesase madera vieja.

El espectro tembló.

Más grietas se extendieron por toda la máscara, por el cuello, por los hombros. Su sombra también empezó a romperse, un reflejo sobre cristal a punto de hacerse añicos.

—La verdad… —balbuceó— siempre… duele.

—Lo sé —respondí—. Pero, según dicen, también libera.

Di el último golpe.

Soltó una carcajada ronca.

Su cuerpo estalló en una lluvia de fragmentos negros que no llegaron a tocar el suelo. Se deshicieron en el aire y dejaron tras de sí el eco de la última carcajada, que se fue perdiendo poco a poco.

Durante unos segundos, sólo se oyó el agua golpeando los cimientos de la casa.

Luego, algo brilló a unos metros de donde me encontraba.

—¿Eso es…? —Eric ya estaba bajando la escalera con cuidado, intentando no molestar al edificio.

Guardé la espada. Mis brazos temblaban. No estaba segura si por el esfuerzo o por todo lo demás.

Caminamos hacia allí.

Al principio no vi nada. Sólo agua sucia, tablones hinchados y varios trozos de madera flotando, una mezcla de escombros y restos de un naufragio.

En una esquina, semihundido en el agua, había algo. Me agaché y lo cogí con cuidado.

Un trozo de máscara: curvado, negro, con vetas doradas. Al tacto, estaba frío, pero vibraba muy ligeramente, como si tuviera pulso.

—Segundo fragmento —murmuré.

Eric silbó impresionado.

—Pantaleón, Polichinela… —enumeró—. ¿Quién será el siguiente?

Saqué otra bolsa estanca de la mochila y guardé el pedazo en su interior. Después, la coloqué junto al que ya teníamos. En cuanto se rozaron, ambos fragmentos emitieron un brillo tenue y, tras unos segundos, se apagaron de nuevo.

El edificio se quejó.

Esta vez, el sonido no fue sobrenatural.

Fue físico. Muy MUY físico.

Un retumbar grave recorrió la estructura desde los cimientos hasta el techo. Un trozo de yeso se desprendió de la pared y cayó al agua con un chapoteo muy poco tranquilizador.

—Vale, esto no me gusta nada —dijo Eric mirando hacia arriba—. Creo que hemos agotado la paciencia arquitectónica de la casa.

—Vámonos YA.

Nos dirigimos a la carrera al balcón por el que habíamos entrado. El suelo se inclinaba aún más que antes. Por lo visto, la casa se había cansado de esforzarse por mantenerse erguida precisamente en aquel instante.

Salimos al exterior. El aire frío de Dorsoduro nos golpeó la cara. De repente, el olor a moho y papel en descomposición fue sustituido por uno no mucho mejor: agua estancada, algas y pescado viejo.

La casa protestó a nuestras espaldas con otro crujido largo. Ambos la miramos esperando a que se hundiera en las aguas sucias de Venecia, pero, tras unos instantes, nada sucedió.

Nos encogimos de hombros y nos dimos media vuelta.

—Bien —dije—. Uno menos.

—Uno menos y otros esperando —recordó Eric.

Tenía razón.

Arlequín.

Colombina.

Y, en algún momento, tendríamos que enfrentarnos también con el Doctor.