Capítulo 10
P or supuesto, no pensaba confiar en un monstruo mentiroso que sonreía y te prometía que no iba a hacerte daño. No pensaba darle siquiera el beneficio de la duda, porque, que yo su piera, siempre acababan haciendo justo lo contra rio.
Ni le contesté.
—Ponte detrás y no te muevas —le dije a Eric por encima del hombro.
La mano sobre el pomo de la espada.
—Ya estoy detrás —susurró él—. Si me pego más a ti, parecería tu mochila.
Sin apartar la vista de Polichinela, extendí un brazo hacia atrás y empujé a Eric con suavidad.
—Más atrás. Ve hacia la puerta. Ponte en un lugar seguro. Si esto se cae, alguien tendrá que salir corriendo a por ayuda. Y no va a ser el arquetipo ese.
Eric abrió la boca, por un momento pensé que iba a protestar, pero al final obedeció. Se fue retirando despacio, con las zapatillas chapoteando en el agua que se empezaba a filtrar por las grietas del suelo.
Polichinela siguió sus movimientos con la cabeza en un giro antinatural.
—No tengáis miedo, niña —canturreó—. No me gusta el dolor.
—Genial, ya tenemos algo en común —respondí.
Desenvainé la espada por completo. La hoja salió con un susurro metálico que cortó la atmósfera enrarecida de la sala. Un reflejo azul recorrió la superficie metálica hasta la empuñadura.
El espectro dejó caer la mano y dio un paso. Y luego otro. Avanzaba entre crujidos de madera vieja que protestaba con cada movimiento.
—Lo mismo me equivoco, pero creo que no has venido a hablar, ¿verdad? —pregunté.
—Oh, sí —respondió con aquella voz dulce—. Hablar es lo que mejor hago.
Sonrió un poco más.
Y fue mucho más espeluznante.
—Y quien dice hablar, dice mentir, ¿no?… Me han dicho que mentir se te da muy bien —repliqué.
Polichinela inclinó la cabeza hacia el otro lado.
—No siempre.
Y antes de que pudiera procesar esa respuesta, se lanzó hacia mí.
Me aparté a un lado. Alcé la espada y corté el aire con ella, pero Polichinela fue más rápido. Se dobló sobre sí mismo como un muelle humano y pasó por debajo de la hoja. Noté el roce húmedo de su manga contra mi pierna.
Giré sobre los talones, preparada para contraatacar… y casi dejo caer la hoja por la sorpresa.
Donde antes había una figura, ahora había dos.
Luego cuatro.
Luego ocho.
Se desplegaron como un abanico de pesadilla alrededor de la estancia, todas con la misma máscara, la misma nariz ganchuda, la misma sonrisa imposible, aunque con diferencias.
Algunas se reían con carcajadas agudas que rebotaban en las paredes.
Otras lloraban a gritos. Otras murmuraban cosas incomprensibles.
Una se tiró al suelo y empezó a patalear.
Me encontré en medio de un círculo de Polichinelas. Todos hablaban a la vez.
—No quiero hacerte daño…
—No tienes miedo, claro que no…
—No estás sola, nunca…
—Te conocemos. Sabemos cosas de ti…
—No te mientes a ti misma, ¿verdad?
—No has pensado ni un segundo en huir…
Las voces se atropellaban, subían, bajaban, se mezclaban. Era como estar en una habitación con cien televisores encendidos, cada uno sintonizado en un canal distinto.
—¡Amanda! —gritó Eric desde la puerta—. ¡Son muchos!
—¡No me digas! ¡Aunque no te lo creas, ya me había dado cuenta! —bufé.
Ataqué al más cercano. La espada lo atravesó sin resistencia; al contacto con el hierro, el cuerpo se convirtió en humo y trapos mojados. Se deshizo enseguida en una nube negra que olía a papel quemado y agua de canal.
Otro se abalanzó sobre mi espalda. Giré, salté y corté… Y lo mismo. Se deshizo salpicando sombras a su alrededor.
Los Polichinelas se acercaban, se alejaban, se doblaban, subían a la galería, se dejaban caer otra vez.
Algunos se arrastraban por el suelo con aspecto de arañas demasiado grandes.
Había uno que caminaba del revés, apoyando las manos en el suelo y los pies balanceándose en el aire, como si fuera lo más normal del mundo.
—Amanda. —La voz de Eric sonaba más tensa—. ¡Se están volviendo a… formar!
—¡Lo he visto! ¡Pero no sé qué otra cosa hacer! —grité y esquivé un brazo que se estiró demasiado cerca de mi cara.
La espada cortó a otro. Otra nube negra y pestilente. Otra risa aguda que se apagó de golpe.
No podía seguir así. No podía pasarme toda la noche cortando niebla. En algún momento —la verdad, en uno no muy lejano—, me cansaría y entonces sería mi fin.
Me obligué a parar unos instantes. De un salto me encaramé a la galería, corrí agachada entre los arcos y descendí de nuevo a toda velocidad sin que me vieran. Pegué la espalda a una columna torcida y alcé el filo, preparada, pero, en lugar de atacar, miré.
Observé a los arquetipos uno por uno.
Me fijé en los detalles.
Algunos cojeaban. Otros no. Uno tenía la barriga más grande. Otro apenas tenía. Unos sonreían, otros tenían bocas de dientes afilados y amenazadores. Había pequeñas diferencias en los jirones de tela, en cómo chapoteaban en el agua, en el ritmo de sus crujidos, en las máscaras.
La mayoría se removían por el salón, me buscaban, excepto uno, que miraba la escena medio apoyado en una columna en el otro extremo de la sala. Ese no hacía piruetas ni gritaba. Sólo miraba, como si la cosa no fuese con él.
Recordé lo que me había llamado la atención antes.
La sombra.
Busqué las siluetas oscuras en el suelo, proyectadas por el haz de mi linterna y por la luz pálida de la luna que se colaba por las ventanas rotas.
Casi todas las sombras iban con retraso, como la de antes. Como si no supieran muy bien qué debían imitar. Un Polichinela giraba la cabeza y su sombra lo hacía una fracción de segundo más tarde. Otro levantaba un brazo y era cuando lo bajaba cuando su sombra parecía acordarse de elevarlo.
Sólo había uno cuya sombra no parecía diferente de la mía. Y «parecía» era la palabra clave, porque, como no se movía, no podía comprobarlo. Tenía que acercarme al Polichinela de la escalinata y observar su sombra.
Respiré hondo y corrí hacia donde estaba.
—¡Eric! —grité—. Creo que…
No pude terminar la frase.
Tres Polichinelas se lanzaron contra mí. Rodé por el suelo, notando el agua helada colarse por el cuello del mono. Sentí unas manos largas atraparme el tobillo. Blandí la espada y debí de acertar, porque escuché un chillido y la garra me liberó. Me puse en pie tan rápido como pude.
Cada respiración me raspaba la garganta y la espada me pesaba el doble. No iba a aguantar aquello mucho más tiempo.
—¡Eric! —Volví a intentarlo—. ¡Las sombras! ¿Ves a alguno con la sombra bien?
Yo continuaba avanzando hacia el de la escalinata, pero el problema era llegar hasta allí. Vi que Eric se dirigía también hacia el espectro, que se movió hasta otra columna cercana.
—¡No te acerques! —le ordené a Eric—. ¡Te he dicho que te refugies!
—¡Estoy refugiándome de una manera original! —protestó mi amigo.
Lo vi de reojo: había subido un par de peldaños de la escalera para tener una vista más elevada de la escena. Sostenía el móvil en alto y grababa con la linterna del dispositivo encendida.
—He hecho zoom —jadeó—. Sólo uno proyecta la sombra bien: el que está junto a aquella columna. ¡Es la única que no va desacompasada!
—¿Estás seguro? —respondí.
—Al cien por cien.
Otro Polichinela se abalanzó sobre mí a la vez que soltaba un sollozo exagerado.
—Pobrecita niña… —gimoteó—. Está cansada. Nadie le preguntó si quería ser la heroína…
Corté. De nuevo, nada. Se deshizo.
Detrás de él, el Polichinela de la columna seguía quieto. Me observaba inmóvil. Sólo su respiración parecía moverle el pecho, aunque no creía que respirara de verdad.
Di un paso hacia él.
Las demás copias me cerraron el paso. Una barrera de cuerpos torcidos.
—No merece la pena —se quejó una versión—. Vas a fallar.
—Te gustaba más tu vida antes —musitó otra—. Cuando nadie dependía de ti.
—Es una pena que tu padre no esté aquí para verte —añadió una tercera con tono casi dulce.
Esa dolió.
Algo me apretó la garganta, pero lo aparté con rabia. Ataqué de nuevo. Más niebla negra. Más risas. Más crujidos.
La casa se inclinó un poco más y el agua del piso de abajo empezó a filtrarse a más velocidad entre los tablones del suelo.
Todavía estaba muy lejos de mi objetivo.
El Polichinela que me observaba inclinó la cabeza curioso.
—Qué interesante —murmuró—. Tienes la verdad a un paso, pero te aferras a las mentiras.
—A ver, si no me las estuvieses echando encima… —Resoplé.
La espada era pesada. O quizá yo la notaba más en los brazos. Cada golpe era un recordatorio de lo mucho que me quedaba por aprender, de lo poco que me gustaba admitir que a veces estaba sobrepasada.
Los Polichinelas se cerraron sobre mí. Empezaban a tocarme los hombros, el pelo, la espalda. Sus dedos largos se enrollaban en mi mono, resbalaban por la tela. Notaba el frío de sus manos a través de la ropa.
—No tienes miedo de esto —susurró uno muy cerca de mi oreja—. Tienes miedo de otra cosa.
Alcé la espada y lo corté casi sin mirarlo. Desapareció, pero otro ocupó su sitio.
—Tienes miedo de ella.
Su voz sonó calmada, sin adornos, sin burla. Más directa que las demás.
Supe, incluso antes de girarme, que era él.
El verdadero.
El Polichinela de la columna se había acercado sin que me diera cuenta, caminando entre sus múltiples copias. Ahora estaba a apenas tres metros. No reía. No lloraba. No se tiraba del pelo.
Su atención estaba fija en mí.
Y su sombra le seguía tal y como tenía que hacerlo.
—¿De quién? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
Polichinela alzó una mano temblorosa y se tocó su propia máscara con la punta de los dedos.
—De la mujer que te entrena bajo la lluvia —respondió—. De su mirada cuando fallas. De su silencio cuando no das la talla. Tienes miedo de no estar a la altura.
Noté cómo el suelo se abría bajo mis pies, aunque seguía estando en el mismo sitio.
Durante un segundo, sólo escuché el sonido del oleaje golpeando las paredes, los chasquidos de la madera y mi respiración.
—Eso no es verdad —murmuré.