Capítulo 9
D orsoduro quedó a nuestros pies cuando cruzamos el puente de la Academia: un barrio tranquilo, de esos que salen en las guías como «perfecto para pasear sin prisa», justo lo contrario de lo que estábamos haciendo nosotros.
En la zona reinaba una calma sospechosa: establecimientos ya cerrados, canales oscuros, casitas bajas y farolas de luz mortecina, casi aburrida por la niebla.
Dorsoduro era, a diferencia del resto de Venecia, un barrio que no vivía de cara al turismo.
Al otro lado del Gran Canal, estaba el teatro del barrio de San Marco; a este, en cambio, todo tenía un aire más humano, más tranquilo e íntimo.
Entre las fachadas gastadas, se intuía el aire bohemio de los talleres artesanos y de las pequeñas galerías de arte, de la Academia y de los museos que atraían a gente que sabía lo que iba a ver.
Era un barrio universita rio que, durante el día, los estudiantes llenaban con sus risas y sus prisas.
Incluso el espacio cambiaba: por momentos, las callejuelas se abrían, como si el barrio necesitara respirar, pero la niebla lo desdibujaba todo, borraba las referencias y dejaba sólo lo esencial: piedra mojada, agua negra y esa sensación incómoda de que allí la ciudad no estaba actuando para nadie y de que, sólo por eso, podía ser más peligrosa…
—Un barrio tranquilo —dijo Eric asomándose al canal.
—¿Tranquilo como en «tranquilo, que lo malo viene ahora»? —respondí y solté una risa nerviosa.
—O como en «tranquilo, que de aquí no sales vivo» —Eric me siguió la broma.
Con el dispositivo en la mano, fue buscando la esquina en la que estaba marcado el primer símbolo. Se detuvo frente a un edificio y no necesitamos buscar mucho; casi en uno de los extremos de la fachada, vimos la coma tallada en la piedra.
Eric suspiró.
—Bueno, pues ahí está.
—Por lo menos esta vez no ha sido difícil…
Y empezamos a seguirla.
—Segunda coma —informó Eric poco después.
En un zócalo había grabada una curva diminuta, justo en la base, casi oculta bajo el musgo y la humedad.
Fuimos encontrando más.
Una coma en el escalón de una iglesia.
Otra en una ventana rota.
Otra en un puente secundario que olía a pescado y a agua estancada.
Y continuábamos escuchando los pasos a nuestra espalda, pero cuando nos dábamos la vuelta…, nada. Ni un alma.
Llegó un momento en el que ya casi nos daba igual. Si nuestro perseguidor quería algo, ya nos lo diría. Aun así, yo iba atenta a que el sonido no se acercase, a que se mantuviese más o menos a la misma distancia. No quería que le sucediese nada a Eric.
A medida que avanzábamos, el sonido del carnaval iba desapareciendo. Las calles se hacían más oscuras y angostas. Algunas estaban tan vacías que los pasos resonaban como si la calle estuviera hueca.
—La ciudad está…, no sé, ¿demasiado silenciosa? —murmuré.
—Eso significa que vamos en la dirección correcta —dijo Eric a la vez que lanzaba miradas nerviosas a su alrededor.
—¿Desde cuándo el peligro es la dirección correcta?
—Desde que te conozco.
—¿No te cansas de tener siempre razón? —repliqué con una sonrisa que intenté que fuese tranquilizadora.
Puede que no me saliese del todo bien.
La ruta nos llevó a una parte de Dorsoduro que no parecía salir en las postales turísticas. Las casas estaban torcidas, como si hubieran envejecido de golpe. El agua había mordido los cimientos hasta tragarse puertas enteras.
—Esto no es buena señal —dijo Eric.
—¿El qué? ¿Todo?
—Eso es.
La última coma nos dejó frente a un edificio que parecía un diente podrido a punto de caerse.
A simple vista, daba la impresión de que sólo con que el viento soplase un poco más fuerte se derrumbaría sobre sí mismo.
La mayor parte de la planta baja se encontraba sumergida.
El agua entraba y salía por la puerta con un movimiento lento y regular mordiendo los tablones hinchados en cada golpe del canal.
La fachada, cubierta de algas y manchas verdosas, tenía grietas profundas que abrían la piedra y formaban una telaraña de trazos irregulares.
La madera de las contraventanas se veía deformada y corroída.
Hacía tiempo que había perdido la batalla contra la humedad.
Varias tejas habían desaparecido del tejado, dejando huecos oscuros y vigilantes.
La planta superior estaba torcida, casi parecía huir de sí misma. Un sonido líquido y grave retumbaba en el interior cada vez que el agua golpeaba los cimientos. Parecía salir desde la garganta de la casa, como si el edificio protestara.
Eric suspiró y se giró hacia mí.
—¿Estamos seguros de que esto no se va a caer con nosotros dentro? —preguntó.
—A ver, seguros, seguros, no estamos —respondí—. Pero si ha aguantado hasta hoy, seguro que puede aguantar un poquito más, ¿no?
No es que mi respuesta lo tranquilizase, más bien al contrario, pero tendría que servir.
El aire alrededor era más frío que en el resto del barrio y olía intensamente a madera mojada, moho y algo metálico, como si hubiera óxido en suspensión. Incluso la niebla parecía evitar tocar la casa y se deslizaba alrededor de ella sabiendo que no era un lugar al que acercarse.
Eric consultó su dispositivo un momento.
—Estoy buscando a quién perteneció esta casa… —murmuró—. Vale, aquí está. Propietario original: un cartógrafo del siglo XVII , Cosimo Zanetti.
—Un cartógrafo —repetí—. Vaya, qué casualidad.
Eric negó con la cabeza.
—En realidad, no. ¿Y si este hombre trazaba rutas secretas y tallaba símbolos raros por toda la ciudad? —Me miró de reojo— ¿Y si también formaba parte de los Doctores del Teatro…?
—Podría ser… —respondí—. No sabemos si el antecesor del conde le pidió ayuda a alguien… O si el espectro de Polichinela apareció aquí y el cartógrafo lo vio… No sé, tal vez sumó dos más dos. Podría ser cualquier cosa.
Con cada paso que dábamos, mi cuerpo se iba tensando más y más. Aun así, tenía que seguir adelante. No porque quisiera, sino porque ya habíamos llegado demasiado lejos como para echarnos atrás. Eso, y que, al ser una Black, no me quedaba otra.
—¿Vamos? —pregunté.
—Después de vos —contestó Eric intentando sonar cortés.
Vimos un pequeño balcón en el piso superior, retorcido, pero todavía accesible desde una repisa exterior.
Me agarré a la barandilla oxidada y la salté. A continuación, ayudé a Eric. La puerta del balcón estaba cerrada, pero le di una patada y la madera cedió con un chasquido húmedo.
Dentro nos recibió el olor denso del moho, de la humedad antigua y de algo más profundo, con un regusto a sal y a papel en descomposición.
Podíamos oír cómo el agua golpeaba las paredes en el piso de abajo.
Dimos unos pasos. El suelo crujió.
—Genial. Un sitio encantador para morir a manos de un personaje ficticio —susurró Eric.
—No exageres —dije—. Hemos estado a punto de morir en sitios mucho más encantadores.
Una sonrisa torcida se extendió por su rostro.
Mi broma había funcionado.
Saqué la linterna de la mochila y la prendí en la solapa del mono.
Seguimos andando por el pasillo hasta que el haz de luz iluminó algo en una habitación que hizo que me detuviera en seco.
—Eric…, mira.
En las paredes había un montón de máscaras dibujadas.
Decenas. Algunas completas, otras rotas.
Rostros sonrientes, tristes, grotescos. Todas dibujadas con tinta negra, ya corrida por la humedad, pero todavía reconocibles.
Algunas se repetían, pero ninguna era una copia exacta de otra.
Cada máscara tenía un gesto distinto, un ángulo diferente o una mirada que la convertía en más inquietante que la anterior.
Unas parecían hechas con prisa y otras, con paciencia y detalle.
En conjunto, no era un mural bonito; al contrario, daba escalofríos.
Un catálogo de caras que te miraban sin verte —o eso esperaba yo—.
A medida que avanzaba, casi sentía sus ojos ciegos clavados en mí, aunque sabía que eso era imposible.
La luz mortecina y las gotas que resbalaban por la tinta les daban aspecto de estar vivas, pero, aun sabiendo que no era posible, me costó muchísimo sacudirme la sensación de que nos vigilaban.
—Quien haya dibujado esto no está bien del todo… —murmuró mi amigo.
—No, no está bien en absoluto. Dan muy mal rollo.
Entramos en la habitación, que resultó ser bastante más grande de lo que nos había parecido. Era como un salón de baile de dos plantas, con una galería de arcos que recorría todo el perímetro del piso superior.
Caminamos hacia la pared del fondo y la luz del foco chocó con una piedra que me llamó la atención. Me aproximé y la observé. Parecía diferente al resto, así que pasé los dedos por la superficie.
Allí, casi borrado por el tiempo, había un grabado.
Lo leí.
O, por lo menos, lo intenté.
—Eric, ven, aquí dice algo sobre la verdad… —Él obedeció con un gesto de aprensión en la cara.
—«El mentiroso no oculta la verdad, la dobla hasta desfigurar su rostro» —leyó en voz baja.
Nos miramos.
A continuación, sentimos un temblor leve en el suelo.
Un cambio casi imperceptible en el ritmo del agua que inundaba el primer piso.
Un chasquido suave, como de madera vieja… o de huesos.
—¿Amanda…? —susurró Eric.
Miré alrededor.
—No te muevas.
El crujido se repitió, más fuerte. Venía de la galería, a nuestra derecha.
Después, un golpe sordo y algo que se deslizaba entre los arcos.
Y entonces lo vimos.
Un cuerpo.
Una figura. Casi humana, pero no del todo.
Descendió desde el piso superior y aterrizó con movimientos torpes, como un títere al que le hubiesen cortado los hilos.
Eric ahogó un grito.
La figura se incorporó despacio, articulación por articulación, como si todas necesitaran recordar cómo funcionaban.
Primero un brazo demasiado largo.
Luego una pierna que parecía hecha de madera quebrada.
Todo en ella parecía hecho de madera, pero de una madera viva, casi blanda, como si respirase.
Las articulaciones crujían con un sonido húmedo.
Aquí y allá asomaban pequeñas grietas, muy finas.
Y, entre ellas, se adivinaba algo más oscuro y espeso.
Casi como si fuese sombra líquida. Incluso el color variaba, con zonas más claras, casi del color del pino, y otras más enrojecidas y oscuras.
Su espalda chasqueó al enderezarse. El sonido se me incrustó en el cerebro e hizo que mi cara se contrajese en una mueca de asco.
Y al fin levantó la cabeza.
Mi linterna alumbró una máscara negra que no llegaba a cubrirle la boca.
Era alargada. Torcida. Con una nariz ganchuda que proyectaba una sombra deformada.
Sus labios lucían una sonrisa fija, demasiado amplia. Imposible, desagradable y forzada. Un corte en forma de media luna que parecía cosido con alambre oxidado.
Pero lo peor eran los ojos: dos agujeros negros, sin brillo, sin emoción. Como si detrás no hubiera un rostro, ni carne, ni nada que pudiera considerarse vivo.
La ropa era blanca, aunque destrozada; le colgaban jirones por todas partes y chorreaba agua. Y, a pesar de ello, cada trozo parecía flotar como impulsado por un viento invisible.
El cuerpo era asimétrico. Un hombro más alto que otro, con una joroba y una barriga redonda y abultada. Una de las manos tenía los dedos demasiado largos. Una pierna más corta. En resumen, parecía un puzle mal montado.
Y su sombra.
Su sombra me produjo un escalofrío.
No lo seguía.
No es que no tuviese: la tenía, pero iba con retraso, desacompasada. Se movía un segundo más tarde que el espectro.
No pude evitar retroceder. Eric se pegó a mi espalda.
La figura dio un paso y todo su cuerpo sonó como huesos entrechocando entre sí.
Otro paso.
Más chasquidos y crujidos.
Su sonrisa no cambió.
—Imagino que este es Polichinela, ¿no? —pregunté a Eric, que continuaba a mi espalda.
—Imaginas bien, pero, por lo que veo, es su versión oscura.
—Ya… Bueno, tú no te acerques a él.
Posé la mano sobre la empuñadura de la espada.
Polichinela inclinó la cabeza hacia un lado, estudiándonos con esa máscara inmóvil. Después levantó la mano derecha, huesuda, larga, temblorosa. Señaló a Eric.
Comencé a desenvainar. Noté cómo mi amigo se tensaba —todavía más— al anticipar lo que estaba por venir.
El espectro movió la cabeza hacia el otro lado con movimientos mecánicos. Y entonces habló.
La voz era suave.
Dulce.
Amable.
—No tengáis miedo… No pienso haceros daño.
—Es un mentiroso, Amanda —advirtió Eric en mi oído.
El silencio que siguió fue tan espeso como el agua del canal.
La sonrisa de la máscara se curvó apenas un milímetro más.
Y por primera vez esa noche, pensé que quizá, sólo quizá, habíamos cometido un error al ir allí.
Porque no había nada más aterrador que un monstruo mentiroso que sonreía…
… y te prometía que no iba a hacerte daño…