Capítulo 8
V olvimos al hotel caminando a buen paso, las manos metidas en los bolsillos y el frío veneciano pegándose a nuestra ropa hasta casi humedecerla.
Después de pasar todo el día en la biblioteca con la nariz metida en tomos y pliegos antiguos, estábamos reventados.
No había nada como pasarse horas revisando manuscritos de hacía varios siglos para sentirse como en el instituto. Y a mí el instituto me agotaba.
A Eric algo menos.
—Necesito cambiarme ya —murmuré en cuanto cruzamos la puerta del hotel.
Lo dije como si mi sudadera fuera una armadura medieval, pero en realidad sólo necesitaba sentir que ya habíamos comenzado a perseguir a los arquetipos. Me aterrorizaba que aparecieran antes de que diéramos con ellos.
Subimos a nuestras habitaciones.
—Vale, tenemos una larga noche por delante —dije abriendo la puerta—. Será mejor que nos vistamos para la misión. Nos vemos aquí en quince minutos.
—Ni uno más, aunque puede que alguno menos —replicó Eric. Estaba tan ansioso como yo por empezar.
Nada más cerrar la puerta, solté un suspiro que llevaba rato reteniendo y comencé a vestirme.
El mono Black me sentaba como un guante: era cálido, silencioso y tenía ese toque táctico que hacía que cada movimiento pareciera más fácil. Como si fuera una versión mejorada de mi propio cuerpo.
Menos de diez minutos después ya estábamos ambos preparados.
—Te has adelantado. —Eric me miró con una ceja alzada.
—Y tú.
—Eso es verdad.
Mi amigo se había puesto su mono, negro, flexible y con más bolsillos internos de los que podría rellenar en una vida entera.
Llevaba también la mochila —y con total seguridad, su dron—.
Alrededor de la pierna derecha le vi una funda muy discreta ceñida con hebillas. En su interior se escondía un cuchillo.
Lo sabía porque yo tenía una exactamente igual.
No solía llevar armas, nunca me habían gustado, pero aquella era una ocasión «especial», así que, por lo que parecía, ambos habíamos hecho una excepción… O, en mi caso, dos.
—No sé tú —comentó señalando la funda—, pero después de lo de Pantaleón, prefiero estar preparado para… yo qué sé, para lo que sea que venga ahora. Nada bueno, seguro.
—Así me gusta, espíritu optimista —comenté ajustándome el tahalí con la espada veneciana que me había prestado el conde Salieri. Las gemas que la adornaban brillaron bajo la luz mortecina del pasillo.
—Y lo dice la que lleva una espada.
Intenté disimular una sonrisa, pero no me salió del todo bien.
—Y un cuchillo como el tuyo, así que te gano —confesé riéndome—. ¿Listo?
—La verdad es que no —respondió—, pero vamos.
Salimos a la calle.
La niebla se movía en capas bajas, como si no quisiera separarse mucho de los adoquines. La luz de las farolas se proyectaba en el agua y, cada vez que pasaba una góndola, las ondas formaban reflejos sobre las paredes desconchadas de los edificios.
Las máscaras colgadas en los balcones, escaparates y puestos nos parecían ahora bastante más siniestras. Sus sonrisas congeladas encerraban una amenaza.
—Ahora me dan cosa esas máscaras —dijo Eric mientras caminábamos por una calle estrecha—. Siento que nos observan, que esconden algo peligroso.
—Bueno, creo que es lo que hacen —bromeé, pero Eric no se rio.
El puente de Rialto apareció entre la bruma, elevado y elegante como una columna vertebral de piedra.
Estaba todavía despierto. Las tiendas seguían recibiendo un goteo constante de turistas empeñados en llevarse un pedazo de Venecia antes de que cerraran.
Los vendedores, agotados, pero aún animados por el carnaval, charlaban con los últimos compradores mientras el aroma de los puestos de comida flotaba en el aire.
Por el paso central circulaba una corriente tranquila de gente. Algunos viandantes llevaban máscaras medio torcidas; otros, disfraces escondidos bajo los abrigos. Todos tenían ese aspecto desordenado de quienes no saben si están terminando la noche o empezándola.
Las piedras del puente resonaron bajo nuestras botas, recordándonos que Venecia nunca terminaba de secarse.
A ambos lados, las luces de los comercios estallaban en colores vivos: máscaras de diseños imposibles; adornos y joyas hechos de cristal de Murano en rojos, ámbares y azules profundos; abanicos con plumas enormes; colgantes venecianos de mil formas; y cuadernos de cuero hechos a mano.
En algunos tramos, el suelo seguía cubierto de serpentinas que nadie se había molestado en recoger, lo que añadía todavía más color a la escena.
Las lámparas cálidas del interior se mezclaban con el murmullo de los compradores rezagados y daban al puente una vibración extraña, casi eléctrica.
Había algo desconcertante en aquel contraste: la alegría artificial de los escaparates abiertos y, detrás, la sensación de que el puente guardaba secretos mucho más antiguos que el propio carnaval.
Como si Rialto, incluso con gente, luz y bullicio, siguiera siendo un lugar que prefería la penumbra.
—Veamos si tu teoría es cierta —dije—. Busquemos algo relacionado con Pantaleón.
—¿Tal vez un grabado de una bolsa de monedas? —sugirió Eric—. Al fin y al cabo, es lo que aparecía en el mapa que encontramos.
Mientras hablaba, un aroma dulce llegó hasta nosotros. Olía a azúcar, harina y ralladura de limón. Un pequeño puesto de fritole —unos dulces italianos deliciosos— seguía abierto, atendido por un anciano con bigote espeso y manos arrugadas como pergaminos.
—O tal vez podríamos preguntarle a alguno de los comerciantes si anoche vio algo extraño —repliqué y eché a andar en dirección al puesto.
—Buenas noches —saludé.
El anciano nos dedicó una sonrisa cansada pero amable.
—¿Queréis fritole ? Son las últimas de la noche.
—En realidad —dijo Eric en italiano—, buscamos información. ¿Vio anoche a alguien sospechoso en el puente?
—Hijo, en carnaval, todos son sospechosos…
—¿Alguien disfrazado de Pantaleón? —pregunté yo con un acento mucho peor que el de mi amigo.
El hombre me observó unos instantes.
—No es de los disfraces más comunes. —Se rascó la cabeza—. No, creo que no vi a nadie… Lo recordaría. Aunque…
Dejó la frase en el aire.
—¿Aunque…? —le animó Eric.
—Este puente tiene una relación muy antigua con el viejo Pantaleón. ¿Lo sabíais? —Los dos negamos en silencio—. Sí, recuerdo que me lo contó mi abuelo. Él también vendía fritole aquí, igual que su padre y, antes, su abuelo.
—¿Qué le contó? —quise saber.
—Ah, sí, que me voy por las ramas… Pues bien, mi abuelo me dijo que en el puente había una piedra con un grabado, una bolsa de oro, y una frase…
¿Qué decía? —Meditó unos instantes, pero poco después sacudió la cabeza—.
No. No consigo recordarlo. En fin… —El hombre se frotó las manos en el delantal—.
Mi abuelo decía que ese grabado estaba relacionado con el personaje de la Commedia dell’Arte . ¿Sabéis lo que es la comedia del arte?
Asentimos. Sus labios se curvaron en una sonrisa enorme que escaló hasta llenar de arruguitas las comisuras de sus ojos
—Muy bien, muy bien. Hoy en día casi ningún joven conoce la historia, me alegra saber que vosotros sí.
—¿Sabe dónde se encuentra esa piedra? —preguntó Eric.
—Claro que sí. —Se rio—. Podéis encontrarla en el marco de una de las hornacinas del pedestal.
Ahí, donde empiezan las escaleras. —Señaló hacia el extremo norte del puente—.
Si os acercáis, la veréis. Está muy gastada, pero aún queda algo de relieve.
Y creo que hay otras repartidas por toda la ciudad, aunque mi abuelo no sabía dónde estaban.
Eric y yo intercambiamos una mirada rápida.
Compré unos fritole para no parecer descortés y le dimos las gracias.
Nos dirigimos al extremo norte del puente siguiendo la dirección que había señalado el anciano.
La zona estaba menos iluminada y la humedad del canal ascendía por la barandilla en forma de una película fría que se pegaba a los dedos.
Encontramos la hornacina enseguida: un recuadro profundo y vacío en la piedra, demasiado grande para esconder nada.
Pero el marco exterior tenía un desgaste distinto, más irregular.
Saqué la linterna de la mochila y enfoqué la piedra.
Fui recorriéndola despacio, siguiendo cada ángulo y cada línea del marco.
Eric encendió la suya e iluminó desde otro punto para no dejar sombras.
Entre tantas grietas parecía imposible distinguir algo concreto, pero, de pronto, en la esquina inferior derecha, vi una forma ovalada que no encajaba con el resto.
Me acerqué un poco más. Allí, casi borrado por los siglos, estaba el contorno de una bolsa de monedas.
Un rastro de Pantaleón escondido a plena vista.
Debajo había algo escrito, pero resultaba ilegible.
—Eric… —susurré—. Lo tengo.
—¿La bolsa?
—Sí. O lo que queda de ella.
El símbolo estaba tan erosionado que casi parecía un fantasma de piedra. Pero era claramente la misma forma que habían dibujado en el manuscrito del siglo XVI . Una bolsa estilizada, con la parte superior fruncida y un pequeño lazo.
—¡Qué fuerte! Esto confirma mi teoría —dijo Eric mientras hacía fotos—. Seguro que hay símbolos para el resto de los arquetipos en las zonas marcadas en el mapa de Salieri.
Yo me incorporé sacudiéndome las manos.
Eric respiró hondo, sacó su dispositivo de uno de los bolsillos y comenzó a teclear.
—Vale… Voy a probar algo en los archivos de la biblioteca.
Tras unos minutos, su gesto pasó de la mayor de las concentraciones a una sonrisa luminosa.
—Ah, aquí hay algo que podría servirnos —explicó—. Un mapa veneciano del siglo XVII con anotaciones del cartógrafo original. Menciona símbolos tallados en muros y adoquines en distintos lugares de la ciudad.
La pantalla mostró un mapa muy deteriorado. La parte de los bordes estaba casi ilegible, pero el resto se veía bien. Aun así, Eric hizo su magia y consiguió una imagen bastante nítida.
—¿Qué es eso? —pregunté mientras señalaba unas anotaciones en el barrio de Dorsoduro.
—Parecen comas. Espera.
Amplió esa parte del mapa y pude ver varios de aquellos símbolos, aunque estaban situados de manera bastante errática.
—Parece una ruta —comentó Eric.
—¿Desde y hasta dónde?
Eric pellizcó la pantalla para alejar la imagen.
—Parece que el primero está en el puente de la Academia, aunque algunas marcas no están muy claras; sigo pensando que podrían ser comas, pero no estoy segura. Tampoco puedo mejorar la imagen.
—Genial —suspiré—. Vayamos al puente ese y allí ya veremos.
La ruta no era directa. En absoluto. Moverse por las calles de Venecia ya era confuso de día; de noche y con símbolos del siglo XVII como única guía, la cosa se complicaba.
Dimos media vuelta para dejar atrás el Rialto, pero tras avanzar unos cincuenta metros, ambos nos detuvimos.
—¿Lo has oído? —susurró Eric.
El eco de unos pasos a nuestra espalda.
—No te gires —dije—. Sigue andando como si nada.
Él asintió y continuamos nuestro camino, esta vez, prestando atención a las pisadas que nos seguían.
Un poco más adelante, me paré a mirar un escaparate y los sonidos de persecución cesaron.
Me giré a toda velocidad.
Las calles estaban vacías, envueltas en bruma, como si la niebla se hubiera tragado a quien fuera que nos siguiera. De cualquier modo, la sensación persistía, clavada en nuestras nucas: no estábamos solos.
—Vámonos —zanjé—. Si quiere seguirnos, que lo haga. Tenemos cosas que hacer, así que tendrá que caminar.
Y sin mirar atrás —por si esta vez sí veíamos algo—, nos dirigimos hacia Dorsoduro.
Teníamos la certeza de que alguien nos seguía… Y no sabíamos ni quién era ni qué buscaba.