Capítulo 7
E xtraje las hojas despacio mientras Eric re so plaba a mi espalda. El pobre estaba sufriendo.
Nada más sacarlas, me volví a poner los guantes. No quería que se desmayase por mi culpa.
Las desplegué con delicadeza y las extendí sobre la mesa.
—¡Qué fuerte! Era imposible encontrar ese bolsillo —comentó mi amigo.
—Bueno, imposible no, pero sí muy muy difícil, porque, ya sabes…, nunca nada fácil. —A Eric se le escapó una risita nerviosa—. Venga, te toca.
Volví a cederle el asiento.
En menos de un segundo, estaba inclinado sobre los papeles intentando averiguar si contenían alguna otra pista.
—Aquí está —murmuró tras unos instantes—. «La Maschera Maestra». Lo pone aquí.
Me acerqué. Había un dibujo no muy grande de una máscara ovalada partida en cinco secciones un poco superpuestas, como los pétalos de una flor. Cada sección tenía un símbolo: una bolsa de monedas, una especie de coma o gancho, unos rombos, una rosa y… un rostro severo con un bicornio.
—¿Qué son esos dibujos? —pregunté señalándolos.
—Si no me equivoco, representan a Pantaleón, Polichinela, Arlequín, Colombina… y el Doctor —explicó Eric—. Son arquetipos, ya sabes… Lo que te conté el otro día, personajes que no encarnan a alguien concreto, sino que son modelos.
—¿Y qué representa cada uno? —pregunté.
—Bueno, si no recuerdo mal, Pantaleón es el avaro; Arlequín, el bromista, siempre está liándola; Polichinela, el mentiroso; Colombina, la lista que siempre va un paso por delante… —Sonrió—. Son personajes que se repiten una y otra vez en montones de obras y cuentos.
—Es como en el instituto, que siempre están la lista, el guapo, la bromista, el deportista y todo eso, ¿no?
—Y el friki, no te olvides del friki.
—Vale, en nuestro insti, ese eres tú. —Eric asintió con una sonrisa—. ¿Y el Doctor qué es?
—El Doctor representa al que presume de saberlo todo —respondió Eric—. El típico personaje que habla con palabras difíciles, siempre cree tener razón y actúa como si fuera más listo que los demás…, aunque muchas veces no lo es.
—Ah…, o sea, el sabelotodo —resumí.
—Exacto —coincidió él—. En las historias, el Doctor es el arquetipo de la razón exagerada, el que intenta explicarlo todo y controlarlo todo. Y claro…, eso a veces puede meterte en un buen lío.
Eric sujetó la página con delicadeza. Estuvo leyendo —o eso creía yo— durante varios minutos; seguía las líneas con el dedo y movía los labios formando las palabras del escrito. Mientras tanto, yo vagaba de nuevo de lado a lado. No quería presionarle y que metiese la pata con la traducción.
—Justo lo que pensaba —dijo por fin.
—¿Y qué es lo que pensabas? —pregunté acercándome a él.
—Que no conozco lo suficiente el italiano antiguo como para traducir esto. —Señaló el papel—. Así que es hora del plan B.
—¿Plan B?
Sacó su dispositivo y fotografió todas las páginas, tecleó algunos comandos y esperó.
—Ah, plan B, ya lo pillo. —Reí.
—Confiar en la tecnología. Yo no puedo traducirlo, pero esta maravilla sí. —Le dio dos palmadas cariñosas a su dispositivo, sonrió y me guiñó un ojo.
Poco después, un tintineo nos avisó de que la traducción estaba lista y Eric leyó el resultado.
—Es una crónica o algo así —murmuró—. Un relato personal. Está escrito por un antepasado de Salieri.
Me incliné sobre su hombro.
—¿Y qué dice?
Eric se aclaró la garganta y leyó en voz baja:
—«Durante la representación del día de San Marcos, el actor tomó la Máscara Maestra.
Mas apenas la hubo ceñido al rostro, la máscara cobró vida.
Su semblante mudó, su voz quedó quebrada.
Y por más que lo intentamos, nadie logró arrancársela.
Cayó muerto antes del tercer acto y sólo entonces la máscara se desprendió de su carne». —Levantó la vista—. Uf.
—Empezamos bien… —susurré.
Me llevé la mano a la cara y sentí un escalofrío. No me gustaba nada la idea de una máscara que se apropiase de mis rasgos.
Eric continuó.
—«Ignorábamos la causa de tan funesto suceso. Intentamos destruirla, y no fue posible. No obstante, recogí la máscara y la alejé del teatro temiendo que buscara otro portador. La oculté en mi palacio y di orden de que jamás mano alguna volviese a tocarla».
—Bueno, el hombre hizo lo correcto al menos —comenté.
—Oh, espera, lo peor viene ahora —dijo Eric pasando al siguiente párrafo—.
«Mas mi hijo, de apenas diez años, dio con el lugar donde la había escondido.
La tomó entre sus manos y por un breve instante osó probársela.
Corrí hacia él con espanto y arranqué la pieza de su faz.
Gracias al Altísimo, el pequeño no sufrió daño alguno».
Se me puso piel de gallina al pensarlo.
—¿El hijo se la puso? ¿Así, sin más?
—Sí, eso parece. Y todavía hay más. —Eric señaló el texto—.
«Aquella misma noche, extrañas sombras comenzaron a mostrarse por la ciudad.
Un mercader afirmó haber visto al avaro junto al Rialto; por los tejados saltaba un bufón; en los espejos, se dejó ver una dama enmascarada; y, en mi propia escalera, creí distinguir la figura del Doctor…
». —Eric hizo una pausa y me miró. Vi horror en sus ojos—.
«Pronto se hallaron cuerpos sin vida. Les habían dado muerte con crueldad y sus rostros habían sido sustituidos por máscaras de carnaval».
Me quedé muy quieta.
—Los arquetipos… pueden matar a cualquiera —afirmé sobrecogida.
Eric asintió.
—Y sigue… «Comprendí entonces que la máscara, aunque debilitada, había despertado al rozar un rostro vivo. Las presencias ansiaban ahora volver a ella y matarían sin tregua a quien se interpusiera en su camino».
Levantó la cabeza hacia mí.
—Amanda, creo que…, al morir el actor, la máscara quedó maldita. Y luego, al ponérsela el niño, se desató esa maldición. Los Doctores del Teatro jugaron con fuerzas que no pudieron dominar. Se les fue de las manos.
—Creo que tienes razón —asentí.
Eric continuó.
—«Partí sin demora en su persecución. Di muerte a Pantaleón en el mercado; alcancé a Arlequín sobre los tejados; enfrenté a Colombina en la sala de espejos, a Polichinela en los canales y al Doctor en la plaza.
Mas este último no se desvaneció como los demás.
Antes de desaparecer, alzó la mano y pronunció estas palabras: “Habéis interpretado bien vuestro papel, signore Salieri. Los fragmentos se inclinarán ante vos… mientras dure vuestro acto. Y con ellos, la Máscara. Y con la Máscara…, todos los hombres obedecerán la voz que salga de vuestros labios”».
Se me pusieron los pelos de punta.
—Amanda…, esto confirma lo que nos dijo tu tía: quien posea la máscara tendrá control total sobre la voluntad de las personas.
—Sí —admití—. Y para poseerla, hay que vencer a los arquetipos esos.
Metí las manos en los bolsillos. Se me habían quedado heladas… y no por la temperatura.
—Y no podemos olvidar que mientras no los detengamos…
—Matarán a cualquiera que se cruce en su camino —finalicé por él—. Si alguien ha despertado la máscara ahora —continué—, es porque está buscando justo eso: obediencia. Poder absoluto.
El silencio que siguió fue pesado, como si la biblioteca entendiera exactamente lo que acabábamos de descubrir.
Me incliné sobre los papeles, pero no estaba mirándolos de verdad. Pensaba en los arquetipos, en las sombras vagando por Venecia y en la máscara que había sido activada.
Eric siguió leyendo, muy serio ahora.
—«Cada presencia, al ser derrotada, dejó tras de sí un fragmento. Por más que lo intenté, no pude destruirlos. Y cada fragmento regresó para dar forma de nuevo a la máscara, reconciliándola consigo misma».
—Los fragmentos… —murmuré—. Como el que tenemos nosotros.
Eric me mostró la pantalla del dispositivo. En ella aparecía un mapa antiguo lleno de marcas toscas. Buscó entre los papeles que había en la mesa y cogió el último del montón. Era el mismo mapa.
Se trataba de un dibujo a mano de Venecia vista desde arriba.
No era exacto, era más bien simbólico: círculos, líneas de agua, puentes, nombres de barrios…
Pero lo interesante eran las marcas: una pequeña bolsa junto a un puente; una nariz curva cerca de Dorsoduro; un rombo sobre un edificio alargado; una rosa dibujada en un palazzo ; y, en el centro, un círculo grande con un bicornio en su interior.
—«Dejé dibujado este mapa para aquel que viniera después y en él señalé dónde tales presencias se mostraron y dónde fueron finalmente vencidas».
Me incliné sobre el dibujo.
—Bueno, Pantaleón no apareció en un puente…
—O tal vez sí… Mira: en el mapa, el símbolo de Pantaleón, la bolsa de monedas, está sobre el puente Rialto y esta parte es la zona del mercado…
—Minimizó el texto y abrió otra pestaña.
En ella buscó el mapa de la ciudad. A continuación, me mostró la pantalla—: Y mira: aquí está el Rialto y aquí el palacio de Salieri.
—Señaló dos puntos sobre el mapa—. Es muy probable que Pantaleón apareciera en el puente y después se dirigiese al lugar con mayor número de máscaras… El palacio de Salieri.
—Tiene lógica.
—Creo que estos son los lugares en los que aparecerán los arquetipos.
—Tenemos que intentar adelantarnos —dije—. Ayer, por suerte, pudimos pararle los pies a Pantaleón y no hubo heridos graves, pero mañana puede aparecer cualquiera de los otros en… Yo qué sé…, en una plaza. Y entonces habrá víctimas.
Eric asintió despacio.
—Sí, necesitamos ir un paso por delante.
—Por no variar… —suspiré.
Eric continuó leyendo. El manuscrito mencionaba también a una familia extranjera que había tenido noticia de la máscara y la había clasificado como «reliquia de desbalance moral».
Tuve la sospecha muy MUY fuerte de que esa «familia extranjera» éramos nosotros.
Los Black. No obstante, el antepasado de Salieri había conseguido convencerlos para guardar él la máscara.
No quería cedérsela a nadie porque, según escribió, «no confiaba en que nadie pudiese resistirse a su poder».
Estaba claro que no conocía bien a mi familia.
Por otro lado, el tipo tenía pinta de ser bastante convincente, ya que los Black accedieron a su petición.
—Creo que se ha abierto un ciclo… —dijo Eric—.
Y tenemos que vencer a todos los arquetipos para que se cierre.
—Pasó a la parte final del manuscrito—: «Reunidos de nuevo los fragmentos, decidí no aceptar jamás el poder que ofrecían.
Encerré la máscara donde la luz no alcanza, temiendo que buscara mi propio rostro.
Mas sé que cuando muera, quedará sin vínculo alguno.
Dormirá… Y despertará tan pronto alguien la encuentre y la use, ya sea por codicia o por ignorancia».
Amanda… —dijo Eric—, esto lo deja clarísimo.
El antepasado de Salieri venció a todos los arquetipos, la máscara tendría que haber obedecido su voluntad, pero el hombre nunca quiso utilizarla.
Al morir…, no sé cómo decirlo… La máscara quedó sin dueño o se volvió a dormir.
—Sí. Hasta ahora, que alguien la ha despertado. —Me quedé mirándolo y sentí que la sala se encogía a nuestro alrededor.
—La máscara no ha despertado por accidente —aseguró.
No. Aquello no había sido un accidente. De eso estaba segura.
Cuando quisimos darnos cuenta, se nos había ido la mañana… y parte de la tarde. La bibliotecaria regresó a la pequeña salita y nos dijo algo en italiano que incluso yo entendí: «Estamos cerrando».
Casi me alegré. No habíamos comido nada desde el desayuno.
Aproveché que la mujer no miraba para guardar en mi mochila las hojas manuscritas con el relato de Salieri. Al fin y al cabo, sólo nosotros conocíamos su existencia y no quería dejarlas y que alguien más las encontrase.
Salimos de la biblioteca y caminamos por las calles hasta un restaurante.
Nuestras tripas llevaban gruñendo un rato y no les habíamos hecho ni caso, pero ya exigían que las llenásemos.
Pedimos bigoli , que resultaron ser unos espaguetis gorditos y rugosos acompañados de una salsa que estaba deliciosa.
Mientras comíamos, nos dimos cuenta de una cosa: sabíamos más o menos dónde encontrar a las presencias, pero sólo más o menos.
Y eso no me gustaba.
Si no averiguábamos dónde aparecerían con exactitud, cuando por fin diésemos con ellas, podía ser demasiado tarde.
Decidimos acercarnos al puente de Rialto. Si la teoría de Eric era correcta, tal vez encontrásemos alguna pista allí, algo que nos indicase nuestro siguiente paso.
Ya era de noche cuando salimos del restaurante.
La noche veneciana continuaba impactándome, nunca había visto algo así.
Era diferente a todo lo que conocía: faroles encendidos sobre el agua, música por toda la ciudad, gente con disfraces muy elaborados y brillantes, risas que vibraban en los callejones.
Pero debajo de todo eso, ahora que conocíamos la verdad, parecía que algo se movía.
Como si, en cualquier esquina, pudiese materializarse otro de aquellos espectros de la máscara.
Caminamos hacia el puente pegados a los muros, siguiendo canales más estrechos para evitar el gentío.
El aire olía a humedad y a azúcar quemado.
El agua casi tocaba los escalones y las luces se reflejaban y partían la ciudad en dos: la de arriba, brillante y alegre; la de abajo, lúgubre y temblorosa, casi como una premonición.
—Si esos arquetipos van a moverse por la ciudad —dije—, tenemos que asegurarnos de llegar antes que ellos.
—¿Y cómo se detiene a unos personajes que no están exactamente vivos? —preguntó Eric.
—¿Con la espada que nos dio Salieri? No tenemos ninguna otra arma que pueda eliminarlos… Me da que nuestros dardos tranquilizantes no servirían de nada con ellos.
—¿Y si no funciona?
Sonreí y me encogí de hombros.
—Entonces… habrá que improvisar.
Nos quedamos un momento mirando el canal. En el agua, las máscaras que adornaban los balcones parecían flotar, como si esperaran su turno para salir a escena.
El juego no había hecho más que empezar.