Capítulo 6
S alimos del hotel y el aire helado nos golpeó la cara.
La ciudad todavía estaba medio dormida: las góndolas se balanceaban despacio, perezosas, sobre las aguas verdosas de los canales.
De vez en cuando, el ruido seco de alguna persiana al levantarse resonaba entre las callejuelas estrechas.
Un par de vecinos cruzaban un puente encogidos en sus abrigos y el olor a pan recién hecho se mezclaba con un frío húmedo que se te metía hasta los huesos.
Las máscaras que adornaban las tiendas aún cerradas nos observaban desde el otro lado del cristal, quietas y calladas, como si esperaran que la noche y el carnaval las despertaran también a ellas.
La Biblioteca Marciana nos aguardaba al otro lado del canal, en la plaza de San Marcos.
El edificio respiraba un aire antiguo, denso, imponente.
Ocupaba toda la esquina de la plaza, enorme y majestuoso, con un brillo claro en el mármol que parecía conservar la luz de cada amanecer desde hacía siglos.
A lo largo de la fachada, se extendían dos pisos de columnas blancas, tan altas que daban la impresión de sostener el cielo.
Sobre los arcos del piso inferior, cabezas de dioses clásicos emergían de la piedra: rostros severos, coronas de laurel y barbas talladas con una precisión milimétrica.
Sus ojos de mármol seguían nuestros pasos con una atención que no me esperaba de un trozo de piedra.
Y arriba de todo, en la balaustrada, estatuas completas de héroes y divinidades vigilaban la plaza, inmóviles.
Algunas sostenían escudos; otras, libros o instrumentos extraños.
Me parecieron unos guardianes bastante serios.
El conjunto desprendía una fuerza silenciosa.
Las sombras de las columnas se extendían sobre el suelo en líneas rectas y perfectas; las figuras altas proyectaban siluetas que parecían avanzar al ritmo del viento.
Casi como si llevasen allí desde siempre.
Un lugar que conocía demasiadas historias… y aguardaba las siguientes.
—Me encanta —susurró Eric mientras observaba maravillado la fachada.
—De verdad que a veces me preocupas —bromeé divertida.
—Esas paredes encierran siglos de conocimiento.
—O sea, lo mismo que tu dispositivo, pero ocupando más espacio. Mucho más espacio.
—Aun así, no me negarás que es una preciosidad. Eso, y que en el siglo XVI no existía nada parecido a esto para conservar el conocimiento. —Alzó el dispositivo y lo agitó frente a mi cara.
— Touché .
Cruzamos la puerta y el aire cambió al instante.
—Pero ¿esto está abierto ya? —pregunté.
—Dale las gracias a Benson y a tu tía, anoche hablé con ellos. Ya sabes… También le pedí ayuda a Lorenzo Salieri.
—Pero anoche tú no sabías que yo iba a acceder a venir contigo.
—¿Estás segura de eso? —Una sonrisa sesgada se extendió por el rostro de mi amigo.
—De nuevo: touché . No sé si me gusta que me conozcas tan bien.
—Claro que te gusta. —Eric rio.
Y no se equivocaba. Claro que me gustaba.
Si el exterior nos había parecido impresionante, el interior no se quedó atrás.
Había un silencio distinto al de la calle, uno que parecía tener peso.
El suelo era de mármol pulido y reflejaba la luz que entraba a través de los ventanales superiores creando destellos que se movían al ritmo de nuestros pasos.
Las paredes estaban cubiertas de estanterías altísimas, tan llenas de libros que parecía imposible que cupiera uno más, todos encuadernados en cuero y tela de tonos gastados que olían a polvo y a siglos.
A la derecha, había un mostrador antiguo con una lámpara de pantalla verde que iluminaba a la bibliotecaria. La mujer levantó la vista como si pudiera ver nuestras intenciones. Entrecerró los ojos mientras nos estudiaba.
A la izquierda, un pasillo estrecho llevaba a otras salas. Desde allí nos llegaba un aroma tenue a madera encerada y pergamino, como si la biblioteca respirara historia a cada minuto.
Sobre nuestras cabezas, unos techos altos y pintados al fresco mostraban escenas mitológicas y símbolos que no reconocí, figuras que extendían brazos o sostenían rollos de escritura nos observaban desde arriba con expresión solemne.
La luz dorada del amanecer entraba por una ventana redonda y dibujaba un círculo perfecto en el centro del vestíbulo, como un foco preparado para iluminar algo importante.
Nos aproximamos a la bibliotecaria. Eric le habló en italiano, rápido y sonriendo.
He de reconocer que no se le daba mal. Aunque me jugaba algo a que había estado ensayando en su habitación.
Yo deambulaba por la estancia observándolo todo. Hasta mis oídos llegaron los nombres Black y Salieri. La mujer se puso en pie y, sin decir ni una sola palabra, nos hizo firmar un registro. Luego hizo un gesto con la mano para que la siguiésemos.
Nos condujo por un pasillo largo, subió un tramo de escaleras y luego otro. Después nos guio por más pasillos hasta detenerse ante un muro.
Estaba cubierto de paneles de madera oscura decorados con figuras talladas. La verdad es que era un trabajo impresionante, pero no entendí por qué nos parábamos allí.
Eric y yo cruzamos una mirada.
Al parecer, él tampoco entendía mucho.
La bibliotecaria apretó un par de tallas del panel y a nuestra espalda se abrió una puerta que no habíamos visto.
Vale, eso sí que no me lo esperaba.
Todavía sin hablar, nos invitó a entrar.
Se trataba de una sala muy pequeña, con ventanas altas que hacían que la luz entrase en rayos diagonales en los que danzaban motitas de polvo.
Había sólo una mesa en el centro de la estancia; sobre ella un atril de madera y un ordenador.
Las paredes estaban cubiertas por estanterías que llegaban hasta el techo.
En un rincón, vimos una vitrina llena de libros con aspecto de deshacerse si los mirabas mucho rato.
— Fondi teatrali, sedicesimo secolo —dijo la bibliotecaria señalando una mesa—. Todo está digitalizado, pero si tienen que coger un libro, háganlo con cuidado —añadió en nuestro idioma tendiéndonos dos pares de guantes de algodón.
—Con todo el cuidado del universo —prometió Eric con su sonrisa más inocente.
Cuando la mujer se fue, me giré hacia él.
—¿Sabías que existía esta sala?
—Más que saber, lo imaginaba. No es una biblioteca veneciana auténtica si no tiene una habitación secreta llena de cosas que nadie ha leído en quinientos años.
—Visto así…
—Y no sólo podemos buscar en esta sala. Salieri también nos ha conseguido un permiso especial para consultar cualquier archivo de la biblioteca, incluso los digitales.
Nos sentamos. Eric empezó a revisar el catálogo online —antiguo pero eficiente— y yo me dediqué a mirar por la ventana. Desde allí se veía una parte de la plaza; gente que paseaba disfrazada, máscaras de nariz larga, capas que se abrían como cortinas al moverse… Todo superteatral.
—Creo que lo tengo —dijo Eric de pronto.
Giré la cabeza. Tenía en la pantalla una referencia: « Giudizio delle ombre . Circolo dei Dottori del Teatro. Venezia, 1594».
—¿ Dottori del Teatro ? —repetí—. Ahí están, los Doctores del Teatro. Por fin algo que me suena.
—Se supone que ellos hicieron la máscara… Eso y que Pantaleón los mencionó anoche… Si hay alguna referencia a ese artefacto, tiene que estar aquí —dijo dando unos golpecitos en la pantalla con el dedo índice.
Leyó algo más y se levantó de la silla. Se puso los guantes, caminó hasta la vitrina y la abrió con mucho cuidado para que las puertas no se cerrasen de golpe y estropeasen los libros.
Examinó los estantes uno por uno y se detuvo en el de abajo.
Revisó los lomos de los libros hasta que dio con el que buscaba y lo extrajo despacio.
Lo sostuvo casi como si fuese un bebé y lo posó en una bandeja que había junto al mueble.
Caminó con ella hasta el atril y colocó en él el libro.
Durante todo el proceso, me dio la sensación de que estaba desactivando una bomba.
Se trataba de un tomo grueso y grande, encuadernado en cuero oscuro y con el título casi borrado. Pero aún se podía leer.
IL GIUDIZIO DELLE OMbrE .
— El juicio de… ¿las sombras? Siniestro… —murmuré.
—O de los espectros —corrigió Eric.
—Ah, pues mucho mejor, sí. Me quedo más tranquila.
Me puse los guantes con un resoplido. No sé muy bien para qué, porque era mi amigo el que estaba sentado frente al atril mientras yo miraba por encima de su hombro.
Abrir aquel libro fue abrir una puerta a otra época.
Las páginas estaban apergaminadas, quebradizas y la tinta algo desvaída.
A los ojos me saltaron un montón de dibujos: escenarios circulares, actores con máscaras numeradas, símbolos y notas al margen en un italiano anticuado.
Había incluso manchas de algo que parecía cera.
—Vale… —Eric se inclinó—. Aquí habla de un « circolo segreto di studiosi, attori e alchimisti …». «Un círculo secreto de estudiosos, actores y alquimistas».
—Muy veneciano todo, pero eso ya lo sabíamos.
—Que « cercavano di rappresentare la verità assoluta dell’anima umana attraverso una sola maschera ». «Querían representar la verdad absoluta del alma humana con una sola máscara».
—Y nadie les dijo que lo mismo era una mala idea, ¿no?
—Por lo visto, no.
Continuó pasando páginas despacio. Prestaba atención a todos los detalles.
Yo empecé a aburrirme y decidí ojear las estanterías mientras Eric continuaba con la lectura.
Tras un buen rato, mi amigo volvió a hablar.
—Se dieron cuenta de que era demasiado poderosa. La máscara se alimentaba del hecho de que la gente llevara otras máscaras, de que asumieran un papel. Podríamos decir que se alimentaba de la mentira… Así que en carnaval podía controlar a toda la ciudad.
—Por eso está pasando ahora —dije—. Porque todo el mundo va enmascarado. Es el mejor momento.
—Bueno, en su época tenía sentido; hoy en día, todos llevamos una máscara…
Ya sabes, las redes sociales y eso. Todo el mundo finge que sus vidas son perfectas o que ellos son perfectos.
—Se encogió de hombros—. Pero, aun así, ahora mismo, Venecia es casi como una batería para la Máscara Maestra.
—Eric continuó leyendo—: Decidieron romperla. Pero no pudieron destruirla.
—Vale, todo eso está muy bien, pero no nos sirve de nada. Seguimos sin saber cómo se ha activado o mejor, cómo la podemos desactivar.
—Aquí no hay nada más. O, por lo menos, nada útil.
—¿Estás seguro? Necesitamos encontrar algo que nos dé alguna pista…
—Ya me gustaría. Pero si quieres intentarlo tú… —Se puso en pie y me invitó a ocupar su silla.
Me acomodé y me incliné sobre el libro. Era uno de los más bonitos que había visto en mi vida, todo cuero oscuro y páginas gastadas de tacto algo rugoso.
Eric lo había dejado abierto por la última página y no pude evitar pasar los dedos enguantados por la guarda posterior, la parte interna de la contracubierta, para sentir la textura de aquel papel.
Noté una pequeña irregularidad con el índice.
Fruncí el ceño y mis ojos se convirtieron en dos rendijas.
Allí había algo.
En la parte más cercana al canal, allí donde se une la tapa con el lomo, noté una pequeña diferencia en la textura.
Una línea que no se distinguía a simple vista.
Pasé el dedo por ella.
—¿Qué pasa?
—Creo que esto es un bolsillo secreto —repliqué sin alzar los ojos—. No te enfades, pero tengo que quitarme el guante.
Eric intentó disimularlo, pero los ojos muy abiertos, las cejas alzadas y una mueca que le curvaba los labios hacia abajo me indicaron que estaba horrorizado.
—Bueno, si no queda otra… —dijo por fin.
—No, no queda otra.
Me quité el guante y palpé de nuevo. Por fin encontré un resquicio por el que abrir el bolsillo.
Y allí estaban.
Unas cuantas hojas manuscritas, amarillentas y frágiles dobladas sobre sí mismas.
Algo me dijo que estábamos a punto de encontrar justo lo que habíamos ido a buscar.