La máscara maestra (Amanda Black 14) Capítulo 5
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Capítulo 5

C uando desperté —demasiado temprano para mi gusto—, lo primero que vi fue el reflejo verdoso de las aguas filtrándose por la ventana y la espada de Salieri apoyada contra la cómoda, metida en su vaina de cuero, como si fuera lo más normal del mundo tener una reliquia veneciana al lado de la maleta.

El conde me la había entregado con una solemnidad exagerada, casi teatral: «Consérvala de momento, por favor.

Tengo la impresión de que será mejor si la llevas tú.

Al fin y al cabo, en Ve necia todo acto tiene un protagonista…

, aunque este todavía no lo sepa, signorina Black».

Sonaba poético.

Casi emocionante.

Pero yo pensaba que me la había dado porque la idea de enfrentarse de nuevo a uno de aquellos espectros le aterrorizaba.

Y, la verdad, no me extrañaba.

Sobre la mesa, dentro de una de las bolsas estancas que Benson siempre incluía en nuestros equipos, brillaba el fragmento que Pantaleón había dejado atrás: un trozo de máscara negro, cruzado por vetas doradas por dentro.

Parecía inofensivo… y al mismo tiempo daba muy mal rollo.

Tenía que acordarme de guardarlo bien en la maleta antes de que alguien del hotel confundiera la pieza con basura y lo tirase. Sólo nos faltaba eso.

Eric llamó a la puerta que comunicaba nuestras habitaciones.

—¿Estás despierta? —preguntó.

—Ahora sí —gruñí medio enterrada bajo las mantas—. Pasa.

Mi amigo entró. Tenía el pelo húmedo, la mochila al hombro y una energía que, a aquellas horas, debería ser ilegal.

—¡Qué fuerte! ¿Todavía estás así? Vamos. —Me agarró del brazo y tiró de mí hasta que no tuve más remedio que levantarme—. A la ducha. YA. Tenemos un montón de cosas que hacer hoy —añadió empujándome hacia el cuarto de baño.

—Voy… Voooy —rezongué—. ¡Si apenas es de día! Y te recuerdo que anoche fui yo la que luchó a muerte. Por si se te ha olvidado.

—No se me ha olvidado, pero por eso mismo. He estado pensando…

Alcé un dedo para hacerle callar.

—No, Eric, todavía no. Aún no estoy despierta. Deja que por lo menos me duche —dije cerrando la puerta.

—¡Vale! —gritó al otro lado—. ¡Voy pidiendo que nos suban el desayuno!

La terraza que compartían nuestras habitaciones daba a un canal estrecho y tranquilo.

Era una mañana fría de febrero y la humedad ya comenzaba a erizarme el cabello.

Visto por el lado bueno, al menos me ayudaba a mantener los ojos abiertos.

El fragmento oscuro descansaba en la mesa, entre los dos, dentro de la bolsa.

Casi parecía escucharnos. Ambos lanzábamos miradas inquietas en su dirección, sin que ninguno se atreviera a romper el silencio que nos rodeaba.

No había acabado el primer café cuando ya me estaba sirviendo el siguiente.

—He estado dándole vueltas… y tengo una teoría —anunció Eric.

Me miró con una ceja alzada. Su manera de comprobar si yo ya estaba dispuesta a escuchar lo que fuese que tuviese que decirme.

Asentí mientras daba otro sorbo.

—Salieri nos dijo que había máscaras hermanas —empezó Eric. Movía las manos como si estuviese ordenando las ideas en el aire—. La de anoche tenía que ser una de ellas. Sólo ha quedado este trozo… y por eso creo que la verdadera Máscara Maestra se forma a partir de estos pedazos.

—¿Por qué? —pregunté.

—¿Por qué qué? —Eric parpadeó, perdido durante un segundo.

—Qué por qué crees que los pedazos forman la Máscara Maestra.

—Ah, bueno. Lo único que quedó de Pantaleón fue esto —señaló la porcelana negra—, ¿no te resulta extraño?

—Puede que tengas razón… —murmuré pensativa a la vez que cogía la bolsita y observaba lo que guardaba en su interior.

—Necesito comprobar algunas cosas, aunque no sé si voy a poder. —Se encogió de hombros—. Pero estoy convencido de que la máscara que le robaron a Salieri sólo servía, en realidad, para poner en marcha todo esto.

—¿A qué te refieres? —Volví a dejar el fragmento sobre la mesa y miré a mi amigo con el ceño fruncido.

—A ver, ¿recuerdas lo que te dije en el avión? —Negué con los labios apretados y Eric resopló—. «La Máscara Maestra obedecerá a aquel que venza a sus enviados…» —recitó.

—Ah, eso. —Fingí que sí que lo recordaba. Spoiler : no coló.

Mi amigo puso los ojos en blanco y suspiró.

—Amanda, lo que quiero decir es que Pantaleón tiene que ser uno de esos enviados.

Apareció en mitad del baile, delante de media Venecia, pero para que eso sucediese alguien tuvo que despertarlo.

La máscara de Salieri llevaba siglos guardada.

¡Siglos! ¿No lo ves? —Volví a negar y él volvió a resoplar—.

¡Por sí sola no hace nada! Alguien ha tenido que activarla y eso significa que, tal vez, sólo tal vez, podamos desactivarla.

Tiene que haber algún sistema para hacerlo. Y si lo hay…

—… podemos averiguarlo. —En ese momento fue cuando mi cerebro decidió despertarse. Las piezas encajaron de golpe. Por fin comprendía lo que mi amigo llevaba queriendo decirme desde que había entrado por la puerta. Sonreí.

Eric me devolvió la sonrisa.

—Exacto. Así que hoy quiero ir a un sitio.

El único lugar que se me ocurre en el que podríamos encontrar algo que confirme mi teoría.

Quiero ir a la Biblioteca Marciana. Allí se guardan manuscritos renacentistas: teatro, cartografía, crónicas…

—Se inclinó hacia mí—. Si existe un registro de la Máscara Maestra o de los Doctores del Teatro, tiene que estar allí.

—Vale —dije—. Vamos a la biblioteca. Pero nos llevamos el fragmento.

—¿No es mejor dejarlo aquí?

—No. Si tu teoría es cierta, alguien está buscando estas partes para formar la Máscara Maestra. Y, si es así, no pienso ponérselo fácil —zanjé cogiendo la bolsa—. Ni hablar. No voy a ponérselo nada fácil.

Guardé el pedazo en la mochila con mucho cuidado y me incorporé.

Era MUY temprano, hacía MUCHO frío y Venecia amanecía llena de máscaras que ocultaban demasiadas cosas. El escenario perfecto para empezar a buscar la verdad… Eso, si la verdad no venía ya a por nosotros.